Gaceta Crítica

Un espacio para la información y el debate crítico con el capitalismo en España y el Mundo. Contra la guerra y la opresión social y neocolonial. Por la Democracia y el Socialismo.

La orden ejecutiva de Trump y las opciones de Cuba

Pedro Monzón Barata (ex embajador) – ORINOCO TRIBUNE – , 24 de Marzo de 2026

Donald Trump (izquierda) y Marco Rubio (derecha) detrás de una bandera de Cuba. Foto: Zeinab el-Hajj/Al Mayadeen.

Donald Trump (izquierda) y Marco Rubio (derecha) detrás de una bandera de Cuba. Foto: Zeinab el-Hajj/Al Mayadeen.

Pedro Monzón Barata sostiene que la última orden ejecutiva de Trump y sus amenazas contra Cuba representan una escalada deliberada de la presión estadounidense a largo plazo, cuyo objetivo es estrangular la economía y la soberanía de la isla. La respuesta de Cuba es de resistencia, adaptación y defensa en los ámbitos energético, diplomático y de supervivencia nacional.

Una nueva y más directa amenaza se cierne ahora sobre Cuba, impuesta por la brutal fuerza del imperio. El 5 de marzo de 2026, mientras la atención mundial estaba centrada en la creciente agresión imperial contra Irán, el presidente Donald Trump hizo una declaración escalofriante y arrogante: después de Irán, Cuba será la siguiente. En una entrevista telefónica con  Politico , afirmó sin rodeos que «Cuba también caerá». Al día siguiente, en un evento en la Casa Blanca, reiteró que la acción contra Cuba es «solo cuestión de tiempo» una vez concluido el conflicto con Irán. Esto no es mera retórica; es el anuncio público de un plan premeditado para borrar a nuestra nación del mapa.

Sus planes incluyen cada vez más una agresión militar final, pero el refuerzo del bloqueo energético es el arma elegida para este ataque definitivo. Washington busca paralizar centrales eléctricas, bombas de agua, hospitales, ambulancias y el transporte, congelando la economía del país. Esta tragedia, obra del gobierno de Estados Unidos, representa un acto de cinismo histórico sin parangón en el siglo XXI ,  que traspasa el umbral de la guerra no convencional para infligir un sufrimiento masivo a una población pacífica.

Los apagones de 12, 16 y 20 horas que sufrimos no son un accidente geopolítico ni una crisis de gestión, sino terrorismo de Estado a gran escala, un crimen de lesa humanidad ejecutado con la frialdad de un verdugo que determina el punto exacto para infligir la máxima agonía. La orden ejecutiva de Trump del 29 de enero de 2026, que declara a Cuba una «amenaza inusual y extraordinaria», es coherente con la intervención militar en Venezuela y el secuestro de Maduro. Son brazos de la misma pinza cuyo objetivo final no es derrocar a un gobierno, sino borrar de la historia el ejemplo vivo de la Revolución Cubana.

La retórica imperial de las “sanciones”, la “promoción de la democracia” y la “lucha contra el terrorismo y las drogas” es la cáscara podrida que oculta el rostro genocida de la política exterior estadounidense. ¿Qué legitimidad moral puede reclamar una nación que ha elevado la violencia estatal a la categoría de doctrina y práctica? Desde Hiroshima y Nagasaki hasta Vietnam y Raqqa; desde la financiación de escuadrones de la muerte en Centroamérica y Oriente Medio hasta la tortura en Abu Ghraib y Guantánamo (territorio cubano usurpado), mientras se protegía a terroristas convictos en suelo estadounidense, como Luis Posada Carriles, el cerebro detrás del atentado aéreo contra un avión cubano que mató a 73 personas inocentes el 6 de octubre de 1976. Las acusaciones de Washington son una proyección patológica: acusa a Cuba de lo que constituye su propia esencia. Su terror tiene un rostro concreto: niños sin medicamentos oncológicos, respiradores que fallan, alimentos que no llegan por falta de combustible. Esta política inmoral ha sido condenada durante 32 años consecutivos en las Naciones Unidas. Es la política del gánster que incendia la casa cuando la víctima se niega a arrodillarse.

La persistencia de este crimen.
Esta política de terror no surgió con Trump, ni con el siglo XXI .  Tiene un origen preciso, un documento fundacional que revela su intención genocida.

El 6 de abril de 1960, el subsecretario Lester D. Mallory redactó el memorándum fundacional de la política estadounidense hacia Cuba, desclasificado años después como prueba irrefutable de intenciones genocidas: «La mayoría de los cubanos apoya a Castro… No existe una oposición política efectiva… La única forma previsible de negarle apoyo interno es mediante el desencanto y la insatisfacción derivados de las dificultades económicas… Deben emplearse rápidamente todos los medios posibles para debilitar la vida económica de Cuba, negarle dinero y suministros, provocar hambre, desesperación y el derrocamiento del gobierno». La orden ejecutiva de Trump de 2026 es la aplicación del principio de Mallory con herramientas del siglo XXI.

Esta agresión energética no es nueva. Desde 2019, los petroleros fueron perseguidos, amenazados e interceptados en aguas internacionales; los armadores fueron multados e intimidados por temor a perder el acceso a la economía estadounidense. La orden ejecutiva formalizó una guerra energética que ya estaba en marcha. Ahora se prohíbe el suministro total de energía, el fluido vital de cualquier sociedad moderna, con el mismo objetivo de siempre: provocar la desesperación para derrocar la Revolución, pero con mayor precisión letal. El cálculo perverso busca el colapso de múltiples sistemas como caldo de cultivo para una intervención “humanitaria”. No buscan una transición pacífica, sino un Estado fallido dócil para administrar y del que borrar el fantasma de la dignidad insurgente.

Apagón total y asfixia total.
Lo que busca el imperio no es un simple ajuste económico, sino un colapso humanitario. El mundo fue testigo de esto el 4 de marzo, cuando una falla en la central termoeléctrica Antonio Guiteras, la más grande del país, dejó a dos tercios de la nación sin electricidad, incluyendo La Habana. Esto no fue un accidente. Fue la manifestación más brutal de la “guerra energética” declarada por Washington. Como ha denunciado la  Agencia Cubana de Noticias  , la orden ejecutiva de Trump reproduce la fórmula genocida del Memorando Mallory de 1960: provocar hambre y desesperación en la población para derrocar la Revolución.

La causa inmediata del apagón fue la “debilidad del sistema eléctrico por falta de combustible”. Desde el 9 de enero, ningún barco cargado de combustible ha llegado a la isla, y la odiosa presión estadounidense, mediante amenazas de aranceles a los países que envían petróleo a Cuba, ha paralizado las importaciones. El propio presidente Trump lo admitió el 5 de marzo, declarando: “Cortamos todo el petróleo, todo el dinero, o cortamos todo lo que viene de Venezuela, que era la única fuente. Y quieren llegar a un acuerdo”. Mientras tanto, la administración Trump, en un acto de cinismo sin límites, mantiene un “bloqueo de facto” permitiendo solo envíos muy pequeños a empresas privadas, intentando dividir a la nación y crear una dependencia que socave la soberanía. Es el mismo guion: financiar una quinta columna mientras se asfixia al pueblo.

Terrorismo de Estado y sus consecuencias humanas.
Las consecuencias de esta política criminal tienen nombres y rostros. Mientras los cubanos hacían fila para comprar velas durante el apagón masivo, el mundo pudo ver el rostro del terrorismo de Estado que denunciamos. Un padre, Damián Salvador, lo expresó con la crudeza de quien no tiene nada que perder: “Todo lo que tienes en la nevera se echa a perder: la carne, la leche del bebé, todo”.

El gobierno revolucionario, lejos de rendirse, ha implementado medidas de emergencia para preservar los servicios esenciales: una semana laboral de cuatro días para el sector público, racionamiento de combustible y la reducción de las actividades de transporte y educación. Estas son las medidas de una nación que se prepara para lo peor sin dejar de funcionar, priorizando la vida. Pero la realidad es que la escasez de combustible está llevando al límite a sectores sensibles como la salud, el transporte y el suministro de agua, lo que ha llevado incluso a las Naciones Unidas a advertir sobre un riesgo inminente de «colapso humanitario».

La ominosa amenaza de «adquisición amistosa» de Trump.
Mientras el pueblo iraní resiste y enfrenta la agresión estadounidense-israelí que ya ha costado miles de vidas, incluyendo niños muertos en ataques aéreos, Trump ha dirigido su mirada a nuestra patria con creciente beligerancia. El 9 de marzo, intensificó drásticamente sus amenazas, sugiriendo la posibilidad de una «adquisición amistosa» de Cuba, o tal vez no tan amistosa. «Puede ser una adquisición amistosa, puede que no lo sea. No importaría porque realmente están, como digo, en las últimas. No tienen energía. No tienen dinero. Están en serios problemas desde el punto de vista humanitario», declaró Trump. Este es el lenguaje de una potencia colonial, que trata a las naciones soberanas como territorios para ser adquiridos.

La estrategia del imperio es clara: primero Venezuela, luego Irán y ahora Cuba. Trump se ha jactado de que la captura del presidente Maduro el 3 de enero y la desestabilización de Venezuela fueron pasos esenciales para cortar el salvavidas de Cuba. Ha reconocido públicamente que el empeoramiento de la situación en nuestra isla es consecuencia directa de su “intervención”. Y ahora, mientras el conflicto en Irán se complica más de lo previsto, ha dado a entender con su arrogancia característica que el secretario de Estado ultraderechista, Marco Rubio (hijo de inmigrantes cubanos con un largo historial de animosidad hacia la Revolución), está listo para asumir la cartera de Cuba.

El terrorismo de Estado como doctrina.
Este patrón de explotación y agresión no es excepcional; es la doctrina constante de la política exterior estadounidense. La política exterior de EE. UU. es un catálogo de terrorismo de Estado: derrocamiento de gobiernos democráticos (Mossadegh en Irán, Arbenz en Guatemala, Allende en Chile), apoyo a dictaduras sangrientas (Pinochet, Videla, Somoza), las invasiones de Panamá y Granada; guerras basadas en mentiras descaradas, como en el caso de Irak; bombardeos con drones en guerras interminables; creación y financiación de grupos terroristas. ¿Y qué es el bloqueo sino terrorismo económico masivo? La diferencia entre un terrorista con una bomba y un burócrata que niega insulina a un niño es solo una cuestión de método: ambos infligen dolor para doblegar la voluntad. Esta es la verdadera cara del imperio: una máquina generadora de dolor que se presenta como el único médico capaz de curar las heridas que inflige.

La propaganda imperial, que se presenta como defensora de la democracia y los derechos humanos, se desmorona ante los hechos. Estados Unidos carece de autoridad moral para juzgar. Es el principal violador de soberanías, el mayor exportador mundial de violencia y un patrocinador histórico del terrorismo de Estado. Mientras acusaba a Cuba de violaciones de derechos humanos, Washington concedió asilo en Miami a los terroristas Posada Carriles y Orlando Bosch; mantuvo a Julian Assange confinado y torturado por denunciar sus crímenes de guerra; y, en Guantánamo, continúa usurpando territorio cubano y sometiendo a personas a prisión y tortura sin juicio.

Pero dejando de lado la inmoralidad del acusador, debemos plantearnos una pregunta más fundamental: ¿existen razones objetivas para que Cuba merezca un castigo? La respuesta documentada es un rotundo no. Cuba respeta y promueve los derechos humanos como una prioridad absoluta. No existe ningún caso probado de tortura o represión inhumana. Es un país de paz donde la justicia social y la solidaridad son la esencia misma del sistema: atención médica y educación universales y gratuitas, legislación laboral progresista y seguridad social, participación política inclusiva, cooperación internacional desinteresada y mucho más. Mientras que en Estados Unidos y Europa las manifestaciones pacíficas son brutalmente reprimidas, las personas son discriminadas, la pobreza y la migración son criminalizadas y los sistemas penitenciarios albergan a millones de personas, Cuba mantiene una seguridad ciudadana envidiable y prioriza la equidad y la solidaridad como principios del Estado.

La paradoja de la «amenaza inusual y extraordinaria»

Esto nos lleva a una aparente contradicción que, tras un análisis más profundo, revela la verdadera naturaleza del conflicto.

¿Cómo puede una isla de 10 millones de habitantes, un supuesto «estado fallido en decadencia», representar una «amenaza inusual y extraordinaria» para la superpotencia? Es una burda falacia, cuyo único propósito es confundir. Pero si profundizamos, revela una realidad: no temen a Cuba por su tamaño militar o económico, sino por el poder de nuestro ejemplo. La demostración de que un pueblo pequeño, pobre y bloqueado puede construir una sociedad más justa, resistir durante décadas la agresión del imperio más poderoso y exportar solidaridad en lugar de guerra. Esto prueba que otro mundo es posible, que la dignidad no se compra ni se vende, y que la soberanía popular prevalece sobre la dominación imperial. Por eso deben destruir a Cuba: nuestra mera existencia desmiente su narrativa de que no hay alternativa al capitalismo salvaje.

Cuba resiste y no se detiene.
Y, sin embargo, a pesar de esta amenaza existencial, Cuba no solo resiste, sino que avanza.

La resistencia cubana no es inmovilidad, sino movimiento constante, adaptación permanente y creatividad incesante. No resistimos para permanecer estáticos, sino para seguir existiendo y avanzando. Cuba ha borrado el concepto de colapso que predice el imperio, transformando los obstáculos en oportunidades y la escasez en un estímulo para la innovación.

Consciente de nuestra vulnerabilidad energética, la Isla ha estado ideando acciones para afrontar el bloqueo de combustible. No son improvisaciones, sino el resultado de un análisis estratégico, escenarios de contingencia y la acumulación de reservas morales y materiales, que no siempre pueden hacerse públicas.

Además de resistir el bloqueo, trabajamos de forma autónoma para resolver nuestros propios problemas y deficiencias. Somos conscientes de las carencias de gestión, los errores cometidos y las estructuras que debemos perfeccionar. Pero precisamente porque buscamos soluciones por nuestros propios medios, sin tutela externa, el bloqueo es doblemente criminal: nos asfixia y reduce nuestra capacidad de corregir con nuestros propios recursos.

De la «opción cero» a la «guerra de todo el pueblo».
Esta capacidad de autocorrección y adaptación no es nueva. Se perfeccionó en el crisol del Período Especial, y de esa experiencia surgieron estrategias concretas.

Ciertamente, la respuesta a la agresión ha sido calculada, serena y decisiva. Cuando el enemigo apaga nuestras luces, activamos la inteligencia colectiva y recurrimos a la experiencia pasada. Uno de los legados del Periodo Especial fue la concepción de la «Opción Cero»: un escenario límite para el que estamos preparados, fundamentado en la decisión de resistir, desinteresadamente, en defensa de la soberanía. Esto implica un racionamiento energético drástico pero racional; la priorización absoluta del combustible para los servicios esenciales; la agricultura urbana y suburbana para la autosuficiencia alimentaria; el retorno a la tracción animal y al transporte en bicicleta; y la conversión de la industria a tecnologías de bajo consumo. Se priorizan los servicios esenciales: hospitales, donde la electricidad decide entre la vida y la muerte; centros de educación general y especial; e industrias fundamentales para la supervivencia y el desarrollo. El tejido productivo y social básico está protegido.

La respuesta: serenidad, racionalidad y soberanía energética.
Pero el imperio y sus lacayos, como el secretario de Estado Marco Rubio, se equivocan una vez más si creen que la desesperación nos hará rendirnos. La serenidad y la convicción de las que hablo quedaron demostradas el 6 de marzo, cuando, en menos de 48 horas, se restableció el servicio eléctrico en el 80% de los hogares de La Habana y en la mayor parte del país. Esa capacidad de respuesta no es improvisación: es la madurez de un pueblo que ha superado crisis mucho peores.

Paralelamente, aceleramos la revolución de las energías renovables. El primer ministro Manuel Marrero Cruz lo dejó claro: “Cuba sigue trabajando para lograr la soberanía energética”. No son palabras vacías. Mientras Washington bloquea, nosotros construimos. Estamos acelerando la instalación de 49 nuevos parques fotovoltaicos que ya aportan más de 1000 MW al sistema, duplicando la generación renovable del 3% al 10% en el último año. La meta es alcanzar entre el 15% y el 20% de la matriz energética con fuentes limpias para fin de año. Además, el gobierno ha aprobado exenciones arancelarias y fiscales para que familias y empresas importen e instalen paneles solares. Convertimos la escasez de combustible en la mayor oportunidad para aprovechar el sol que tenemos en abundancia. Es la victoria de la inteligencia colectiva sobre la fuerza bruta.

Diplomacia y principio de solidaridad.
Esta batalla no se libra solo dentro de nuestras fronteras. Se extiende a cada trinchera diplomática donde está en juego la verdad de Cuba.

En el ámbito diplomático y jurídico, libramos una batalla global por la verdad. Desmontamos las acusaciones exponiendo las acciones ilegales del agresor. Insistimos en que el término correcto es bloqueo, no embargo: más precisamente, se trata de guerra económica y política. La diferencia es crucial desde el punto de vista legal y moral: un embargo es una medida entre beligerantes; un bloqueo es un acto de guerra diseñado para aislar, asfixiar y matar de hambre a una población civil, con un alcance extraterritorial que incluso viola la soberanía de terceros países.

Nuestra voz cuenta con un apoyo abrumador en la Asamblea General de la ONU, año tras año, gracias a la solidaridad orgánica de Nuestra América, expresada a través de los comunicados de ALBA-TCP y las declaraciones conjuntas de organizaciones, instituciones, países y personalidades destacadas. El Sur Global vive la agresión contra Cuba como propia y ve en ella la esencia de su propia lucha.

La solidaridad internacional cubana es un rasgo distintivo e inédito. A diferencia del imperio, que promueve el terrorismo, Cuba ofrece ayuda médica, educación y asistencia técnica. Las brigadas médicas han salvado millones de vidas; los educadores han alfabetizado a poblaciones enteras. Se trata de cooperación pura, no de intervención militar ni de saqueo. «Médicos, no bombas», resumió Fidel. Esta verdad otorga a Cuba prestigio moral ante el mundo e inspira reciprocidad.

Incluso dentro del “monstruo” (como lo llamó José Martí), surgen movimientos solidarios y voces valientes. Cubanos en el extranjero, empresarios extranjeros con inversiones en la isla y gobiernos y ciudadanos amigos nos ofrecen su apoyo. Esta red transnacional demuestra que Cuba no está sola: nuestra causa es justa y el imperio no ha logrado monopolizar el discurso global.

Cuba y la multipolaridad.
Esta creciente red de solidaridad no es casual. Coincide con un profundo cambio en el orden mundial.

Muchos se preguntan sobre el posible papel de la ayuda crucial de las potencias emergentes que configuran el orden mundial multipolar. Cuba reconoce las sinceras muestras de solidaridad de nuestros amigos más poderosos, pero abordamos el tema con serenidad estratégica, sin romanticismo ingenuo ni dependencia. Agradecemos la ayuda en momentos críticos, pero nuestra victoria final debe ser el resultado de nuestro propio esfuerzo, nuestro ingenio y nuestra unidad.

Sin embargo, el valor simbólico de Cuba trasciende las circunstancias. No somos el Estado paria que la propaganda nos presenta; somos una nación con un capital político y moral sustancial, prueba viviente de que es posible resistir y derrotar al hegemonismo más poderoso de la historia. Confiamos, sin chovinismo, en que el mundo entero, y los actores clave del orden multipolar, no permitirán que Estados Unidos borre a Cuba del mapa político. La solidaridad concreta ya se hace sentir con creciente fuerza.

Una fortaleza inexpugnable en la tormenta geopolítica.
Nuestra lucha no es un asunto local: es la primera línea de batalla de una guerra civilizacional global entre el unilateralismo genocida y la aspiración a un orden internacional justo basado en el respeto y la cooperación. Cada día que resistimos, cada apagón que sobrevivimos, cada acto de agresión que desmantelamos, fortalece la credibilidad de nuestra alternativa. Defendernos es defender el derecho de cada pueblo a vivir en soberanía.

La ferocidad del imperio no se detiene en las fronteras de Cuba. La agresión contra Venezuela, que culminó con el secuestro del presidente Nicolás Maduro y su esposa el pasado 3 de enero, tenía un objetivo secundario: arrebatarle a Cuba su principal fuente de combustible. Sin embargo, han vuelto a subestimar la solidaridad militante de nuestros pueblos y la fortaleza de nuestros líderes. El presidente Miguel Díaz-Canel ha reiterado la voluntad de dialogar con Estados Unidos, pero siempre desde el respeto a la soberanía y sin la menor concesión a la injerencia. Cuando Trump amenazó con que “Cuba va a caer”, la respuesta de nuestro presidente fue inmediata y firme: Cuba se defenderá “hasta la última gota de sangre”.

Una fortaleza invencible.
Pero si la diplomacia fracasa, si el bloqueo se intensifica, si el imperio recurre a su último argumento, Cuba está preparada para responder con su defensa definitiva.

Mientras libramos batallas económicas, de comunicaciones y diplomáticas, mantenemos una vigilancia y preparación inquebrantables en materia de defensa nacional. La brutal intervención en Venezuela, donde 32 valientes colaboradores militares cubanos cayeron luchando contra fuerzas abrumadoras, no nos intimidó: nos llenó de orgullo y nos reveló la ferocidad del enemigo y la necesidad de estar preparados para el escenario más extremo.

Cuando el imperialismo amenaza, nuestro pueblo no tiembla ni se esconde: se presenta en fortificaciones, campos de tiro y unidades militares. La «Guerra de Todo el Pueblo» no es un concepto abstracto: es una realidad física, practicada cada sábado en cada municipio, barrio y lugar de trabajo. Es la materialización del principio de Fidel de que todo cubano es un soldado.

Este singular sistema defensivo no se basa en portaaviones furtivos ni en armas hipersónicas inalcanzables, sino en la conciencia política, el entrenamiento y la valentía de millones de personas. Las Fuerzas Armadas Revolucionarias, como columna vertebral profesional, se integran orgánicamente con la popular Milicia Territorial, que domina el terreno y sabe cómo usar armas, tácticas y estrategias. Se trata de una disuasión por negación llevada al extremo: hacer que el costo de una invasión sea tan prohibitivo en vidas, tiempo, recursos y prestigio que se vuelve impensable, incluso para los halcones más agresivos de Washington.

No encontrarían un ejército convencional al que aniquilar, sino una nación entera transformada en un enjambre de resistencia, donde cada ciudadano está preparado y entrenado para enfrentarse al enemigo. No se trata de derrotar a un gobierno impuesto; tendrían que derrotar al propio pueblo, porque la Revolución Cubana es el pueblo entero.

Serenidad, racionalidad y convicción.
Lo que sustenta esta disposición no es el miedo, sino un estado mental particular que los visitantes de la isla suelen destacar.

En Cuba se percibe una atmósfera particular de serenidad, racionalidad, profunda convicción, disposición al sacrificio y seguridad en el éxito final. No se trata de una euforia ingenua ni de la negación del peligro, sino de la madurez de un pueblo que ha atravesado múltiples crisis y conoce la capacidad destructiva del enemigo y su propia fortaleza.

Esta serenidad es confianza y concentración, la calma que precede y acompaña a la acción decisiva, fruto de décadas de formación política, educación integral y la institucionalización de la conducta revolucionaria. Cuando Fidel ya no estaba físicamente entre nosotros, muchos predijeron un colapso inminente. Pero la perseverancia revolucionaria no es un fenómeno fortuito: es el resultado de un proceso consciente que transformó la intuición, la actitud política y la valentía de héroes, mártires y el Comandante en Jefe en una doctrina estatal resiliente y adaptable, profundamente arraigada en las masas. Ese es nuestro capital.

Lo absurdo del bloqueo.
Y, sin embargo, todo este aparato de agresión, esta guerra de seis décadas, no solo es criminal, sino profundamente irracional.

Sin bloqueo, ambos pueblos se beneficiarían. Los empresarios estadounidenses accederían a un mercado vecino de 10 millones de consumidores; disfrutarían de una cultura reconocida internacionalmente, hermosas playas, una naturaleza pródiga y una población acogedora. Los cubanos accederían a tecnología, inversiones y mercados para impulsar su desarrollo. Ambos pueblos podrían establecer relaciones amistosas en lugar de enfrentarse. Es irracional y doloroso fomentar el derramamiento de sangre en una confrontación innecesaria. El bloqueo es absurdo en todos los sentidos: económico, político, moral, cultural y legal.

A pesar de este absurdo, Cuba no cierra la puerta al diálogo, pero tampoco abrirá la puerta a la sumisión.

Hay sectores donde, a pesar de las profundas diferencias, podemos dialogar y colaborar: el medio ambiente, la lucha contra el narcotráfico, la gestión ordenada de la migración y la cooperación científica. Pero hay una línea roja innegociable: no negociaremos la soberanía. Ni un ápice. Nada. No pedimos permiso para existir, para elegir nuestro sistema político ni para mantener nuestra independencia. Estamos dispuestos a dialogar en igualdad de condiciones, pero jamás bajo amenaza, coacción o chantaje.

El error de cálculo de Trump.
El líder del imperio cree que puede añadir a Cuba a su lista de conquistas, refiriéndose a nosotros como “uno de los pequeños” territorios. Se jacta de que su intervención nos ha debilitado, de que estamos desesperados por llegar a un acuerdo. Habla de una “adquisición amistosa” como si nuestra patria fuera un terreno que se pudiera adquirir. Está profundamente equivocado.

Lo que Trump no entiende (y ninguno de ellos entiende) es que Cuba no está en venta. No estamos desesperados por llegar a un acuerdo; estamos decididos a resistir. Los “últimos resquicios” que él cree que nos quedan no son los últimos estertores de un régimen moribundo, sino el combustible de un pueblo cuya dignidad se ha forjado en décadas de resistencia. La oscuridad que pretende imponernos solo hace brillar con más fuerza la luz de nuestra convicción.

La victoria de las ideas.
Esto nos lleva a la pregunta final e inevitable:

¿Podrá el bloqueo energético, sumado al bloqueo de seis décadas, finalmente doblegar la Revolución Cubana? La respuesta se encuentra en los archivos de los fracasos imperiales. Lo han intentado todo: la invasión de Playa Girón (1961), donde el Ejército Rebelde y una milicia recién creada y aún mal entrenada infligieron su primera gran derrota militar al imperialismo estadounidense en América; la guerra terrorista de las décadas de 1960 y 1970, con sabotaje y ataques biológicos; la aterradora Crisis de los Misiles de Cuba (1962); el estrangulamiento del Período Especial, que forjó una resistencia de acero; una guerra cultural y mediática permanente, y el atractivo seductor del «cambio suave». Y ahora, el asalto final al sistema energético. Pero aquí estamos: en pie, luchando, creando.

Nuestra fuerza no se mide en barriles de petróleo ni en megavatios, sino en reservas morales inagotables. Se nutre de la ética de Martí, que estableció el culto a la plena dignidad del hombre como primera ley de la República. Se alimenta del pensamiento de Fidel, que legó la convicción de que las batallas decisivas se ganan con ideas, unidad y un vínculo indisoluble entre el liderazgo y el pueblo. Se fortalece con la memoria viva de cada sacrificio colectivo superado, desde la campaña de alfabetización hasta la pandemia.

El camino inmediato será sumamente difícil: oscuridad física que duele, escasez que oprime e incertidumbre constante. Pero es precisamente en esta oscuridad forzada donde la luz de nuestra razón, nuestra moral y nuestra certeza histórica brilla con fuerza inextinguible. Estados Unidos, en su obsesión patológica por destruir nuestro ejemplo, solo exhibe su propia brutalidad y miseria moral, al tiempo que revela la fortaleza de nuestros principios.

Haremos lo que siempre hemos hecho, lo que mejor sabemos hacer: resistir, crear y vencer. Porque sabemos que un pueblo unido por una causa justa, consciente de sus derechos y dispuesto a sacrificarse por su dignidad y soberanía, es una fuerza que hace que todos los imperios se derrumben. Nuestra victoria final no será un titular en la prensa occidental; será la eterna perdurabilidad de Cuba como nación libre, soberana, socialista y solidaria, inspirada por Martí y Fidel. Será el triunfo de la idea de que otro mundo es posible, necesario e inevitable. Mientras los cubanos tengan la voluntad de luchar, la llama de la Revolución, como el sol que aprovechamos en nuestros paneles solares, jamás se extinguirá.

Estas son las opciones de Cuba.

Bibliografía
• Lamrani, S. (2024). La guerra económica contra Cuba: una perspectiva histórica y legal

Perspectiva. Revista Mensual de Prensa.

• Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba (MINREX). (2025). Declaraciones del MINREX sobre el bloqueo económico, comercial y financiero. MINREX. https://cubaminrex.cu
• Gustafsson, JEC (2021). Académico danés respalda batalla de Cuba contra cruel bloqueo estadounidense. Misiones ubana. https://misiones.cubaminrex.cu/es/articulo/espalda-académica-danesa-cubas-batalla-contra-el-cruel-bloqueo-estadounidense
• Anwar Yassine. (2022, 4 de noviembre). Intervención en reunión de la Asociación José Martí en Líbano. Cubaminrex. https://misiones.cubaminrex.cu/es/articulo/jose-marti-association-libanon-reaffirms-solidarity-cuba
• Taimur Rahman. (2024, 28 de agosto). Intervención en sesión de intercambiosobre Cuba en Lahore. Cubaminrex. https://misiones.cubaminrex.cu/es/articulo/cuba-si-bloqueo-no-también-pakistan
• Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba (MINREX). (2026). Informe anual sobre el bloqueo: Necesidad de poner fin al bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por los Estados Unidos de América contra Cuba. MINREX.
• Partido Comunista de Cuba. (2021). Conceptualización del Modelo Económico y Social Cubano de Desarrollo Socialista. Editora Política.
• Oficina Nacional de Estadística e Información (ONEI). (2025). Anuario Estadístico de Cuba 2024: Sector Energético. ONEI.
• Martí, J. (2019). Obras completas. Edición crítica. Centro de Estudios Martianos.
• Castro, F. (1975). Selección de discursos acerca del partido. Editorial de Ciencias Sociales, Instituto Cubano del Libro.
• Díaz-Canel, M. (2024). Intervención en la Asamblea Nacional del Poder Popular: Políticas para el enfrentamiento al bloqueo energético. Ediciones del Consejo de Estado.

Pedro Monzón Barata, ex embajador y cónsul general de Cuba en São Paulo; investigador del Centro de Investigación sobre Política Internacional.

Deja un comentario

Acerca de

Writing on the Wall is a newsletter for freelance writers seeking inspiration, advice, and support on their creative journey.