Eileen Jones (Jacobin), 21 de Marzo de 2026

En un momento de profunda agitación y el lanzamiento de una nueva guerra descabellada, Hollywood se atuvo en su mayor parte a su mandato de «mantener la política fuera» en la ceremonia de los Óscar de este año. Javier Bardem, sin embargo, se mantuvo firme: no a la guerra y libertad para Palestina.
«No a la guerra y Palestina libre», dijo el actor español y presentador de los Óscar Javier Bardem, que es un gran tipo y un firme hombre de izquierda. Arrancó una gran ovación del público en la 98.ª ceremonia de los Premios de la Academia celebrada el domingo por la noche, probablemente porque fue un alivio escuchar la declaración política más directa de la velada.
¡Y qué velada! Victorias en su mayoría predecibles, incluyendo las agradables —Paul Thomas Anderson como Mejor Director; Una batalla tras otra como Mejor Película; Jessie Buckley como Mejor Actriz; Michael B. Jordan como Mejor Actor— y las desalentadoras, como Sean Penn ganando el Óscar al Mejor Actor de Reparto por encima de Delroy Lindo y Benicio del Toro, para encima no estar presente para recogerlo. Y ni empecemos con que La única opción, de Park Chan-wook, ni siquiera haya sido nominada a Mejor Película Internacional, cuando fue un logro cinematográfico muy superior a la ganadora del premio, la noruega Valor sentimental, y a casi todo lo demás que se premió este año.
Hubo algunos chistes divertidos del presentador que regresaba, Conan O’Brien, que arrancó fuerte luciendo el monstruoso cabello y maquillaje de Amy Madigan en la película de terror Weapons. «¡Parezco Bette Davis con lupus!», chilló, logrando un astuto guiño cómico a una figura mayor de la historia de Hollywood antes de salir corriendo perseguido por unos niños alegremente homicidas y encontrarse editado dentro de otras películas nominadas al Óscar, como en unos solemnes intercambios escandinavos con Stellan Skarsgård en Valor sentimental («¡Aprendí noruego para esto!»). Aunque, como de costumbre, algunos chistes cayeron en un silencio incómodo, especialmente el chiste aburrido que aludía a la paliza que recibe Timothée Chalamet en Marty Supreme.
La cuidadosamente elaborada secuencia «In Memoriam» fue más efectiva que de costumbre, especialmente el extenso homenaje de Billy Crystal al fallecido Rob Reiner. Aunque hubo varios percances técnicos en la transmisión, incluyendo un trabajo de cámara aparentemente ebrio a lo largo de toda la ceremonia y problemas de sonido que hicieron inaudible la primera mitad del homenaje de Barbra Streisand al fallecido Robert Redford y a su único trabajo como coprotagonistas, Nuestros años felices (1973).
Streisand escribió extensa e indignadamente sobre ello en su vasta y detallada autobiografía de 2023, Mi nombre es Barbra. Sin embargo, ahí estaba, elogiando a Redford por haberse opuesto a que el personaje que se le pedía interpretar «no tuviera columna vertebral». Claro que el personaje no tenía columna vertebral (se suponía que ese era el punto de la película), pero son los Premios de la Academia, así que ahí estaba Streisand poniéndose sentimental al respecto y cantando el lúgubre crescendo de la canción del título, que ganó el Óscar a la Mejor Canción Original en 1974. Y estoy segura de que no quedó ni un ojo seco en la sala.
Eso es Hollywood: el sentimentalismo y también la amnesia. Y en consonancia con tales tradiciones, fue una velada apacible, con todos comportándose con decoro en un momento en que el decoro simplemente parece… extraño. Si alguna vez hubo un momento para que la gente perdiera el sentido de las convenciones y despotricara sobre la locura que se vive a diario en Estados Unidos, este era el año. Hubo ocasionales comentarios acertadamente encendidos, pero muy pocos. El ganador del Óscar al Mejor Cortometraje por Mr Nobody mod Putin [Don Nadie contra Putin], por ejemplo, ofreció una advertencia que pareció apropiada para la ocasión, precisando que la película trata «de cómo puedes perder tu país, a través de incontables actos de complicidad».
Aunque también fue la transmisión de los Óscar con la tendencia más agresiva a bajarle el volumen a la gente en el escenario, como en el desagradable momento en que uno de los integrantes de KPop Demon Hunters, a punto de hablar tras ganar el premio a la Mejor Canción, no solo fue inmediatamente ahogado por la orquesta, sino que quedó sumido en la oscuridad mientras la cámara se alejaba y ascendía hasta las vigas para asegurarse de que el público televidente no pudiera ver las reacciones del equipo de KPop ante semejante crueldad gratuita.
Pero hubo fragmentos mucho más mordaces sobre lo que le está pasando a Hollywood en términos de las amenazantes «nuevas tecnologías», que en realidad ya no son tan nuevas. Un sketch sobre una corporación que «hace películas muy altas y delgadas» para que quepan en los teléfonos celulares, por ejemplo, parece una referencia antigua a los hábitos de consumo de las generaciones más jóvenes. YouTube se quedará con los derechos de transmisión de los Premios de la Academia a partir de 2027, lo que inspiró un sketch sobre los anuncios que probablemente interrumpirán los Óscar el año que viene, en el que Jane Lynch promocionaba un producto a los gritos: «¡Esta es la linterna que mató a Bin Laden!»
Un sketch en blanco y negro con O’Brien personificando al enamorado Rick en Casablanca e intercambiando información básica sobre la trama con el pianista Sam (interpretado por Sterling K. Brown), para que los jóvenes, que supuestamente no tienen capacidad de mantener la atención, puedan seguir la película, tenía líneas destacadas como: «Ella definitivamente contribuyó a mi cinismo general, siendo esto la Segunda Guerra Mundial y demás».
En pocas palabras, fue una noche de Óscar típica de los últimos años en la mayoría de los aspectos, con todo el mundo siendo amable y vistiendo cuidadosas prendas de diseñador y murmurando palabras de protesta ocasionales como la triste y apagada observación de Paul Thomas Anderson cuando ganó el Mejor Película por Una batalla tras otra: «Escribí esta película para mis hijos, por el desorden doméstico que les dejamos». ¡El desorden doméstico!
No importa cuán hastiado estés de los Premios de la Academia —y yo creía haber superado el hastío hace mucho tiempo—, este parece un momento en que lo «típico» simplemente no alcanza o, en todo caso, no debería alcanzar. Creo que fue durante el elaborado homenaje a Damas en guerra, en honor al decimoquinto aniversario de su estreno (¡quince años enteros desde aquella comedia con mujeres bastante divertida!), que empecé a sentir que, incluso para los Óscar, esto representaba un compromiso con la fatuidad que bordeaba lo siniestro.
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