Gaceta Crítica

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155 años de la Comuna de París

José Manuel Rivero (TOPO EXPRESS), 20 de Marzo de 2026

155 AÑOS DE LA COMUNA DE PARÍS: EL DÍA QUE EL PUEBLO INVENTÓ EL FUTURO

El 18 de marzo de 2026 se cumplieron 155 años de aquel levantamiento único e irrepetible que transformó las calles de la capital francesa en un laboratorio de sueños realizables; el verdadero asalto a los cielos. Hablo de la Comuna de París, la primera revolución proletaria de la historia. Un destello de organización popular que, a escala de ciudad y en apenas 72 días, demostró que otro mundo no solo era posible, sino que podía construirse desde las bases, con las manos desnudas y arrebatando el timón de la historia a quienes siempre la habían acaparado.

Para comprender la magnitud del 18 de marzo de 1871, hay que mirar el tablero completo. Francia venía de una guerra desastrosa contra Prusia. La burguesía francesa, atrincherada en Versalles bajo el mando de Adolphe Thiers, había claudicado ante Bismarck. Para las élites, el verdadero enemigo no era el ejército extranjero que sitiaba París, sino el pueblo parisino armado que se negaba a rendirse. Fue en esa encrucijada donde quedó al descubierto la gran farsa: cuando sus privilegios de clase peligran, la burguesía nacional no duda en aliarse con el invasor para aplastar a sus propios trabajadores. El pacto Thiers-Bismarck permitió que 170.000 soldados franceses liberados por Prusia se unieran a la masacre.

Aquel levantamiento no fue una asonada convencional. No lo lideraban generales ni políticos de salón. La chispa saltó de madrugada, cuando el gobierno de Thiers intentó robar los cañones de la Guardia Nacional ubicados en Montmartre, artillería que había sido sufragada por suscripción popular. Fueron las mujeres las primeras en percatarse. Se interpusieron con sus cuerpos entre el ejército regular y sus propios barrios, confraternizaron con la tropa y evitaron la masacre. Figuras como Louise Michel, o las organizadoras de la Unión de Mujeres como Elisabeth Dmitrieff y Nathalie Lemel, dieron la primera voz de alarma y vertebraron la defensa. Fue una revolución con nombre de mujer desde su génesis, asumiendo un rol de vanguardia política y combativa.

En sus 72 días de existencia, la Comuna comprendió una verdad histórica fundamental: la clase obrera no podía limitarse a tomar la maquinaria del Estado burgués y utilizarla para sus propios fines; debía destruirla y crear una nueva. E inventó la democracia en su sentido más material y profundo. La Comuna no fue un organismo parlamentario charlatán, sino una corporación de trabajo, ejecutiva y legislativa al mismo tiempo. Decretó el sufragio universal con mandato imperativo y referéndum revocatorio. Los elegidos no eran amos, sino delegados al servicio del pueblo. Y para fulminar el arribismo y la casta política, se estableció que ningún funcionario público, desde los miembros de la Comuna hasta los jueces, podría cobrar un salario superior al sueldo medio de un obrero. El Estado dejaba de ser un botín.

Las medidas adoptadas en tan corto lapso revelan un programa socialista y de clase de una madurez asombrosa. En lo económico, se dio el primer paso hacia la socialización de los medios de producción: el decreto del 16 de abril ordenó la incautación de las fábricas y talleres abandonados por los patronos huidos para entregarlos a las cooperativas de trabajadores. Se suspendió el pago de los alquileres y se frenaron los desahucios, requisando los pisos vacíos de los ricos para alojar a las familias sin techo que habían sufrido los bombardeos. Se abolieron los intereses de las deudas que asfixiaban a la clase trabajadora y a la pequeña burguesía, y se prohibió el trabajo nocturno en las panaderías, asestando un golpe directo a la explotación capitalista antes de la consolidación del sindicalismo moderno. Además, se ordenó a los Montes de Piedad la devolución gratuita de las herramientas de trabajo empeñadas por los obreros durante el asedio.

Pero la revolución también libró la batalla por la hegemonía cultural. Mientras las grandes potencias mantenían a sus pueblos en el oscurantismo, los communards declararon la educación laica, gratuita, obligatoria y politécnica para todos los niños y niñas, combinando el trabajo manual con el intelectual. Convencidos de que no hay emancipación económica sin emancipación ideológica, asestaron un hachazo al dogma: decretaron la separación total de la Iglesia y el Estado, eliminaron el presupuesto de cultos y nacionalizaron los bienes eclesiásticos. La razón, la ciencia y la cultura —con la Federación de Artistas democratizando el arte— debían ocupar el lugar de la superchería.

Sin embargo, toda esta audacia transformadora chocó contra un error estratégico de consecuencias fatales: el sagrado respeto ante las puertas del Banco de Francia. La institución financiera, con sus arcas repletas —más de 30 mil millones de francos en activos— permaneció intacta, gestionada por sus directivos burgueses bajo la mirada tolerante de una Comuna que no supo ver el filo económico de su propia espada. Los números son tozudos: durante su existencia, la Comuna recibió del Banco 16,7 millones de francos, fundamentalmente para pagar a la Guardia Nacional. En el mismo período, Versalles obtuvo de la red de sucursales del Banco de Francia la friolera de 257 millones. Casi veinte veces más recursos para aplastar la revolución que para sostenerla.Friedrich Engels lo expresó con meridiana claridad años después: «La cosa más incomprensible es, sin duda, el sagrado respeto con que la Comuna se detuvo humildemente a las puertas del Banco de Francia. Fue un grave error político. El Banco en manos de la Comuna hubiera valido más que diez mil rehenes. Hubiera significado la presión de toda la burguesía francesa sobre el Gobierno de Versalles para que negociase la paz con la Comuna» . La lección es inequívoca: no basta con transformar las relaciones sociales a escala local si se entrega a la reacción el control del crédito, la moneda y el sistema financiero. El poder político sin respaldo económico es un castillo de naipes.

Esta enseñanza sobre la necesidad de estatalizar la banca, de hacerse con el poder económico y financiero, es quizá la más relevante para los movimientos emancipatorios contemporáneos. Porque de nada sirven los decretos sobre vivienda digna si los bancos y los fondos de inversión pueden seguir especulando con ella. De nada sirven las políticas sociales si el corazón financiero del sistema permanece en manos enemigas, financiando a la contrarrevolución mientras las arcas públicas se vacían.

La Comuna fue masacrada en mayo durante la «Semana Sangrienta». La brutalidad de Thiers, ejecutando a entre 10.000 y 20.000 parisinos en las calles y frente al Muro de los Federados, fue el terrorismo de clase en su máxima expresión; el castigo ejemplarizante contra quienes osaron desafiar el orden de la propiedad. 43.522 comuneros fueron hechos prisioneros, 1.054 mujeres entre ellos, y miles fueron deportados a Nueva Caledonia. Pero el ideal no pudo ser fusilado en el cementerio del Père-Lachaise. Las cenizas de aquella primera experiencia de poder popular, con sus aciertos y con sus errores, abonaron las grandes luchas revolucionarias del siglo XX y siguen siendo un faro estratégico en este convulso 2026.

Hoy, cuando la democracia parlamentaria se vacía de contenido sometida a los dictados del capital, cuando la vivienda es un bien especulativo, el trabajo digno una quimera y los servicios públicos son desmantelados, recordar el 18 de marzo de 1871 no es un ejercicio de nostalgia erudita. Es un acto de militancia política e histórica. Es la confirmación empírica de que cuando la clase trabajadora toma las riendas de su propio destino, puede, en apenas 72 días, sembrar las semillas de la eternidad. Y también es la advertencia de que, para que esas semillas germinen, no podemos repetir el error de dejar a la Banca, al capital financiero, fuera de la revolución.

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