Gaceta Crítica

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La guía de historia de Tolstói que Trump y Netanyahu no leyeron.

Ramzy Baroud (Sitio web del autor), 19 de Marzo de 2026

La guía de historia de Tolstói que Trump y Netanyahu no leyeron.Una bandera iraní ondea entre las ruinas de una comisaría atacada el 2 de marzo durante la campaña militar estadounidense-israelí en Teherán, Irán, el 3 de marzo. | Vahid Salemi/AP

¿Cómo se puede bombardear un país «sin piedad» y acabar fortaleciéndolo?

Cuando el secretario de Defensa estadounidense, Pete Hegseth, declaró que Washington no mostraría «cuartel ni piedad con nuestros enemigos», el mensaje era inequívoco: no se trataba de una guerra limitada, sino de una campaña abrumadora destinada a doblegar a Irán, militar, política y socialmente. 

La lógica que subyace a esta postura no es nueva. Un país sometido a años de sanciones, agobiado por dificultades económicas y sacudido periódicamente por protestas, se fracturaría internamente ante un ataque sostenido. La presión se intensificaría, las divisiones se profundizarían y el sistema político acabaría colapsando.

Esa era la expectativa. Pero el resultado ha sido el contrario. En todo Irán, millones de personas han salido a las calles, no solo para rechazar la guerra, sino también para expresar su apoyo a las instituciones militares y políticas del país. En lugar de colapso, ha habido consolidación. En lugar de fragmentación, cohesión.

Esto no es simplemente un error de cálculo. Es el fracaso de toda una forma de pensar sobre la historia.

Durante décadas, gran parte del pensamiento estratégico estadounidense e israelí se ha basado —implícita o explícitamente— en la premisa de que los sistemas políticos pueden debilitarse y transformarse desde el exterior. La presión económica, las operaciones psicológicas, la escalada militar y el ataque a los líderes se consideran herramientas que, aplicadas con la intensidad suficiente, producirán resultados predecibles. 

En el caso de Irán, este enfoque se vio reforzado por tensiones internas visibles: quejas económicas, malestar social y oleadas de protestas que parecían indicar una sociedad bajo presión.

Sin embargo, estos indicadores se interpretaron de forma aislada. Se trataron como señales de un colapso inminente, en lugar de como expresiones de una sociedad compleja y dinámica. Lo que faltaba en este análisis no eran datos, sino profundidad.

Hace más de un siglo, León Tolstói ofreció un marco que ayuda a explicar precisamente este tipo de fracaso. En Guerra y paz , sobre todo en su segundo epílogo, Tolstói desmantela las explicaciones de la historia centradas en las élites, lo que más tarde se conocería como la teoría del «Gran Hombre». Rechaza la idea de que los líderes, los generales y las élites políticas determinen los acontecimientos, y en cambio, cuestiona los fundamentos mismos de cómo se entiende la historia.

Tolstói sostiene que la historia no se construye de arriba hacia abajo. No es producto de la voluntad individual impuesta a sociedades pasivas. En cambio, surge de la interacción de innumerables acciones individuales, cada una moldeada por las circunstancias, la cultura, la memoria y la necesidad. Como él mismo afirmó: «En los acontecimientos históricos, los grandes hombres… no son más que etiquetas… con la menor conexión posible con el acontecimiento en sí».

Lo que, en retrospectiva, parece el papel decisivo de los líderes suele ser una ilusión. Tolstói insiste en que aquellos a quienes consideramos poderosos están, de hecho, limitados por fuerzas mucho mayores que ellos mismos. «Los reyes son esclavos de la historia», escribe, describiendo la historia misma como «la vida inconsciente y general de la humanidad», que utiliza a los individuos como instrumentos en lugar de obedecerlos.

Desde esta perspectiva, el poder no reside en el individuo, sino en el colectivo. Los líderes no crean la historia; son arrastrados por ella.

Esta perspectiva conduce a lo que podría describirse como un modelo de historia en forma de colmena. La sociedad funciona como una colmena, donde ningún actor individual dirige el conjunto, pero surge un patrón coherente de la interacción de innumerables partes. El propio Tolstói abordó esta idea con un lenguaje diferente, argumentando que para comprender la historia, es necesario desviar la atención de los gobernantes hacia las innumerables pequeñas acciones que, en conjunto, determinan los resultados.

El pensamiento estratégico moderno se enfrenta precisamente a este desafío. Es muy eficaz para medir lo cuantificable: el declive económico, la frecuencia de las protestas, la capacidad militar y la retórica política. Sin embargo, le cuesta explicar lo que no se puede medir fácilmente: el peso acumulado de la experiencia colectiva, los marcos culturales e históricos a través de los cuales las sociedades interpretan los acontecimientos y las formas en que las poblaciones responden, no mecánicamente, sino de manera adaptativa, a la presión externa.

En este contexto, la unidad nacional de Irán no es una anomalía, sino un reflejo de fuerzas más profundas.

La sociedad iraní se ha forjado a lo largo de una larga historia de convulsiones y resistencia: revolución , guerra, intervención extranjera y presión económica constante . Estas experiencias no dan lugar a una visión política simple ni uniforme, sino que generan una realidad social compleja y a menudo contradictoria, en la que coexisten la disidencia y la cohesión. Sin embargo, ante una amenaza externa, estas complejidades pueden manifestarse de maneras inesperadas.

Lo que en tiempos de relativa estabilidad puede parecer fragmentación, se transforma en unidad cuando la amenaza se percibe como existencial. Esto no es resultado únicamente de la coordinación central o la propaganda, como suele sugerirse. Es el resultado de innumerables decisiones individuales: personas que reevalúan sus prioridades, reajustan sus posturas y responden a una sensación compartida de peligro.

Tolstói observó una dinámica similar en Rusia durante la invasión napoleónica de 1812. La derrota del ejército francés no fue simplemente el resultado de una brillantez estratégica o un mando centralizado. Surgió del efecto acumulativo de acciones locales: campesinos que se negaron a cooperar, comunidades que se adaptaron a la invasión, individuos que tomaron decisiones que, en conjunto, moldearon el curso de la guerra. Estas acciones no estuvieron coordinadas formalmente, pero produjeron un resultado coherente.

Esto es lo que Tolstói quiso decir cuando desafió a los historiadores a mirar más allá de los gobernantes y a centrarse, en cambio, en las innumerables acciones humanas que realmente producen el cambio histórico.

Una lógica similar se observa en el concepto palestino de sumud , o firmeza. Tras décadas de ocupación y despojo, la resiliencia palestina no se ha sustentado principalmente en estructuras centralizadas ni estrategias formales, sino en el propio pueblo: su tejido social, su continuidad cultural y su memoria colectiva. Como han argumentado numerosos pensadores, desde Antonio Gramsci hasta Ghassan Kanafani y Howard Zinn, la historia no se impone simplemente desde arriba, sino que se construye desde abajo.

Esto no significa que el liderazgo, las instituciones o la estrategia sean irrelevantes. Significa que no son suficientes por sí solos para explicar los resultados históricos.

La expectativa de que Irán se fracturaría bajo presión militar fracasó porque se basó en un enfoque de análisis erróneo. Trató a la sociedad como un sistema que podía ser manipulado mediante la fuerza externa, en lugar de como un organismo vivo y adaptable, moldeado por su propia dinámica interna. Interpretó la disidencia interna como una debilidad, en lugar de como parte de un proceso social más amplio y complejo.

Lo más importante es que partía de la premisa de que la historia puede ser manipulada.

Pero la historia no es una secuencia lineal de entradas y salidas. No es un programa que pueda ejecutarse según lo planeado. Es un proceso emergente, moldeado por la interacción de fuerzas que no pueden predecirse ni controlarse por completo.

En un sistema así, una fuerza abrumadora no garantiza el resultado deseado. En algunos casos, produce el efecto contrario: fortalece las mismas estructuras que pretendía debilitar.

Si Tolstói observara el momento actual, probablemente rechazaría las narrativas dominantes centradas en líderes, estrategias y cálculos geopolíticos. No comenzaría con presidentes ni generales, sino con el pueblo: los millones de personas cuyas acciones, en conjunto, están moldeando el curso de los acontecimientos de maneras que ningún modelo puede prever por completo.

La unidad nacional que se observa hoy en Irán no es simplemente un fenómeno político, sino histórico. Refleja la profunda dinámica de una sociedad que responde a la presión externa, no como un objeto pasivo, sino como una fuerza activa.

Esta es la lección que se suele pasar por alto. Esta máxima concuerda con la revisión que Gramsci hizo del dicho de Cicerón: «Historia magistra vitae» (La historia es la maestra de la vida). Para Gramsci, era necesario añadir una importante salvedad : la historia es la maestra de la vida, pero no tiene discípulos.

La historia no se forja en salas de guerra ni en centros de análisis. Se forja en las decisiones acumuladas de la gente común, que actúa dentro de las limitaciones y posibilidades de sus propias realidades. El poder, en este sentido, no reside únicamente en los estados o los líderes. Reside en lo colectivo: distribuido, dinámico y a menudo invisible hasta que los momentos de crisis lo hacen visible.

Lo que estamos presenciando no es una excepción a las reglas de la historia.

Es la regla misma.

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