Gaceta Crítica

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Cuba: Una isla de dignidad, resistencia y ejemplo para la humanidad

Manu Pineda -ex eurodiputado de Izquierda Unida 2019-2024- (MUNDO OBRERO), 19 de Marzo de 2026

La instrumentalización del sufrimiento humano como arma política constituye una violación flagrante del derecho internacional y un atentado directo contra la dignidad de las personas.

Escolares cubanos | Fuente: @PresidenciaCuba

Fuente: @PresidenciaCuba

Cuba es una isla pequeña, limitada en recursos naturales y estratégicos, pero extraordinaria en dignidad, soberanía y solidaridad. Desde el triunfo de su Revolución en enero de 1959, la isla ha representado un faro de esperanza para los pueblos que aspiran a decidir su propio destino sin sometimiento a poderes externos. A pesar de carecer de arsenales militares y de no suponer amenaza alguna para Estados Unidos ni para ningún otro país, Cuba ha sido objeto de una política sistemática de agresión por parte del imperio estadounidense durante más de seis décadas. La pregunta es inevitable: ¿por qué Estados Unidos mantiene un hostigamiento tan prolongado y profundo contra un país que no tiene nada que ver con sus intereses estratégicos tradicionales? La respuesta es política y moral: Cuba representa un ejemplo de soberanía, de dignidad, de defensa de la humanidad y de un proyecto social donde el bienestar de los seres humanos y del medio ambiente se subordinan al desarrollo integral, no a la acumulación de riqueza para unos pocos. Ese ejemplo es intolerable para un imperio que organiza su poder sobre la dominación económica y militar y que busca borrar cualquier modelo alternativo de justicia social.

Desde los primeros meses posteriores a la victoria de la Revolución, Estados Unidos aplicó políticas destinadas a derrocar al gobierno cubano. El memorándum de Lester D. Mallory en abril de 1960 fue explícito en su lógica: provocar hambre, descontento y frustración en la población para debilitar el apoyo al nuevo gobierno y forzar un cambio de régimen. Meses después, en febrero de 1962, comenzó el bloqueo económico, financiero y comercial que continúa hasta hoy, configurando uno de los asedios más prolongados y criminales de la historia. Décadas después, la orden ejecutiva firmada por Donald Trump que califica a Cuba como “amenaza inusual y extraordinaria” y prohíbe la importación de petróleo, forma parte de esta misma estrategia de asfixia y coerción, que incluso amenaza a terceros países que comercien o cooperen con la isla. Todo esto evidencia que la agresión no se limita a afectar la vida de los cubanos, sino que busca subordinar la soberanía de otras naciones a la política exterior de Washington, imponiendo un modelo de relaciones internacionales vertical, unilateral y coercitivo, que ignora la Carta de Naciones Unidas y margina a los organismos multilaterales.

El efecto de estas medidas sobre la población es devastador. Familias privadas de electricidad para cocinar, conservar alimentos o mantener condiciones mínimas de vida; hospitales obligados a tomar decisiones extremas que ponen en riesgo tratamientos vitales; escasez de medicamentos y alimentos que afectan principalmente a niños, ancianos y enfermos. La instrumentalización del sufrimiento humano como arma política constituye una violación flagrante del derecho internacional y un atentado directo contra la dignidad de las personas. La guerra económica y el bloqueo no son abstractos: se traducen en hambre, enfermedades prevenibles, interrupción de servicios esenciales y un desgaste constante de la vida cotidiana.

Pero Cuba no se ha limitado a resistir pasivamente. La isla ha convertido la solidaridad internacional en una de sus marcas históricas más fuertes. Desde el primer momento, la Revolución entendió que la verdadera fuerza de un país no reside en su poderío económico ni en su arsenal militar, sino en la capacidad de apoyar a otros pueblos y fortalecer la cooperación humana y social. Cuba ha enviado brigadas médicas a decenas de países en América Latina, África y Asia, combatiendo epidemias, fortaleciendo sistemas de salud y salvando vidas donde ninguna otra nación podía o quería llegar. Las Brigadas Médicas Henry Reeve han operado en contextos de emergencia como terremotos, huracanes y epidemias, demostrando que la cooperación internacional no es solo posible, sino indispensable para la dignidad de la humanidad.

Defender a Cuba hoy significa proteger la soberanía de todos los pueblos, garantizar su derecho a decidir su futuro, preservar la legalidad internacional y la convivencia pacífica

Cuba también ha puesto al servicio del mundo su experiencia educativa. Maestros y educadores cubanos han formado parte de programas de alfabetización y desarrollo educativo en lugares tan diversos como Nicaragua, Bolivia, Haití, Mozambique y Guinea-Bissau. En muchos de estos países, la presencia de maestros cubanos significó la posibilidad de enseñar a generaciones que antes estaban privadas del acceso a la educación. La cooperación cultural también ha sido una prioridad: la isla ha compartido su música, su arte, su literatura y su cine, mostrando que la cultura es un puente que fortalece la fraternidad entre los pueblos y que puede ser una herramienta de resistencia frente a la hegemonía cultural impuesta por los poderosos.

Cuba ha apoyado, además, procesos de emancipación y lucha por la independencia en otros continentes. En Angola y en Argelia, por ejemplo, Cuba envió no solo apoyo militar y logístico, sino también médicos y educadores que contribuyeron a consolidar la soberanía de estos países frente a la colonización y a las agresiones externas. Estas acciones muestran que la Revolución cubana no se limita a proteger sus fronteras, sino que coloca la humanidad en el centro de sus políticas, nacionales e internacionales, subordinando la economía al bienestar de las personas y al desarrollo sostenible, en contraste con el capitalismo global, que subordina al ser humano y al medio ambiente a la acumulación de capital.

El caso de Cuba es también una lección pedagógica sobre cómo el imperialismo neofascista ejerce su poder en el mundo contemporáneo. La combinación de legislación interna, narrativa de seguridad nacional, sanciones económicas y amenazas a terceros países revela un modelo de dominación que utiliza la coerción para disciplinar gobiernos soberanos. Sin embargo, la resistencia cubana demuestra que ningún pueblo puede ser doblegado simplemente mediante presión económica o coerción política. La isla nos enseña que la dignidad, la soberanía y la solidaridad internacional son fuerzas más poderosas que cualquier bloque económico o sanción unilateral.

Defender a Cuba hoy no es solo un acto de justicia hacia la isla, sino una obligación moral y política de toda la humanidad. Significa proteger la soberanía de todos los pueblos, garantizar su derecho a decidir su futuro, preservar la legalidad internacional y la convivencia pacífica. Significa también reconocer que Cuba ha dado mucho a la humanidad y que ahora nos corresponde devolver esa solidaridad, apoyando a la isla frente a ataques injustos, bloqueos prolongados y agresiones unilaterales. Defender a Cuba es defender la vida, la salud, la educación, la cultura, la cooperación y el respeto al medio ambiente; es afirmar que otro mundo es posible, un mundo basado en justicia, equidad y solidaridad entre los pueblos.

Cuba, en palabras de Eduardo Galeano, es “la voz de la dignidad en un mundo donde el servilismo es alta virtud”. Defenderla significa defender la humanidad y la posibilidad de un futuro libre de humillaciones y opresión. Por eso, hoy más que nunca, el mensaje es claro:  Cuba no está sola, ¡Dejad vivir a Cuba!

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