El Viejo Topo – Francisco Fernández Buey y Salvador López Arnal, 12 de Marzo de 2026

TRAS EL REFERÉMDUM SOBRE LA PERMANENCIA OTÁNICA
Como en tantas otras ocasiones, no hay duda alguna del decisivo papel (teórico y práctico) que Francisco Fernández Buey (1943-2012) desempeñó en las masivas movilizaciones antiotánicas contra la OTAN y la permanencia de España en la organización militar atlántica. Los comités anti-OTAN, el PCE, el PCPE, organizaciones de la izquierda comunista (MC, LCR) y cristianos por el socialismo (José María Valverde entre ellos, celebramos su centenario) se alimentaron praxeológicamente de sus reflexiones y acciones.
Recogemos aquí un texto, por él escrito, que apareció en mientras tanto, 26 (mayo 1986), pp. 3-14. Firmado como “Carta de la Redacción”.
Recordemos el resultado del referéndum celebrado el 12 de marzo de 1986: participación: 59,42% (la derecha promovía la abstención); votos Sí: 56,85%; votos NO: 43,15%, y la pregunta formulada: “El Gobierno considera conveniente, para los intereses nacionales, que España permanezca en la Alianza Atlántica, y acuerda que dicha permanencia se establezca en los siguientes términos: 1.º La participación de España en la Alianza Atlántica no incluirá su incorporación a la estructura militar integrada. 2.º Se mantendrá la prohibición de instalar, almacenar o introducir armas nucleares en territorio español. 3.º Se procederá a la reducción progresiva de la presencia militar de los Estados Unidos en España. ¿Considera conveniente para España permanecer en la Alianza Atlántica en los términos acordados por el Gobierno de la Nación?” Las cursivas son del editor.
Lector, lectora:
Cuando estas reflexiones lleguen a tus manos, la resaca del referéndum sobre la OTAN habrá quedado atrás. Pero en tu recuerdo estará todavía aquel resultado capaz de obrar un milagro. Todos, aquella noche, habían logrado salir vencedores. Aunque lleguemos tarde a la cita, como suele ser propio de una revista trimestral, queremos dejar constancia de nuestra inesperada y contundente derrota del 12 de marzo. Todo el mundo parece haber decidido atribuirse victorias; nosotros empezamos por reconocer la derrota. Habíamos dicho y escrito antes del 12 de marzo que una suma de votos negativos superior a los afirmativos habría sido un gran paso para la paz. Habría abierto una brecha en la dinámica de bloques, permitiendo a España emprender la senda de la neutralidad y la desmilitarización. Habíamos dicho y oído que por esa senda habrían podido transitar después otros países que llevan muchos más años encadenados a un bloque militar, razón por la cual un recuento de noes superior al de síes habría supuesto una importantísima victoria para los movimientos de paz en Europa -del este y el oeste- y los propios Estados Unidos.
Por si todo ello fuera poco, aún añadimos que un cómputo negativo mayoritario habría significado un merecido bofetón a la clase política española. Enmendarles la plana habría supuesto corregir el torcido rumbo de aquella transición pactada por arriba, frenar la americanización de nuestra vida política mediante un ejercicio de democracia directa, y abrir un claro espacio para que una alternativa política de izquierdas cambiara la composición de los parlamentos de este país.
Quizá importan poco tales pronósticos cuando se trata de jugar a la victoria atribuida, pues sus tácitas reglas de juego declaran nula toda promesa o declaración preelectoral una vez librada la partida. Pero es ahí justamente donde esta revista se encuentra incapacitada para aplicarse idéntica norma y declararse como otros vencedora moral. No sólo pronosticó: tuvo la peregrina ocurrencia de entrar en juego haciendo suya una regla adicional que censuraba la falsedad y el autoengaño como herramientas políticas.
***
Hemos de decir, por tanto, y sin ánimo ele aguafiestas, que el imponente mazazo del recuento de votos emitidos contra pronóstico el 12 de marzo ha sido la derrota más seria sufrida por los movimientos pacifistas desde el inicio del despliegue de los euromisiles. Una derrota de la paz, y una victoria del belicismo nuclear, que refuerza la dinámica de bloques por parte occidental en un momento en que la administración Reagan está alcanzando las cotas más altas de agresividad: escalada intervencionista en Nicaragua y -en medio de lo que fue un mare nostrum- contra Libia; hostigamiento de sus propios aliados europeos para subordinarlos económicamente e incluirlos subalternamente en el proyecto de guerra de las galaxias; bloqueo de las conversaciones de Ginebra por la evidente determinación norteamericana de añadir a sus armas de contrafuerza el escudo protector de la SDI [32], que en las próximas décadas podría proporcionarle todas las piezas necesarias para una estrategia de primer golpe nuclear. Y todo ello cuando la Unión Soviética [33] está ofreciendo las propuestas de desarme bilateral negociado más serias y audaces de los últimos tiempos: retirada mutua de cargas nucleares de medio alcance en Europa sin contar inicialmente las británicas y francesas; reducción a la mitad de los respectivos arsenales estratégicos; y, muy especialmente, su moratoria unilateral a las pruebas nucleares hasta la siguiente detonación atómica estadounidense.
Que, en una situación así, un país como España decida permanecer en la OTAN mediante referéndum supone un éxito sin precedentes de las orientaciones belicistas. Por primera vez un bloque militar ha sido refrendado en las urnas, y la OTAN ha logrado salir electoralmente legitimada de la prueba. Las consecuencias para otros proyectos de referéndum a iniciativa de movimientos pacifistas parecen previsibles.
También en el plano de la política interior el resultado es negativo como saludable habría sido el opuesto. Se consolida finalmente el sistema político surgido de la transición, y quedan reforzadas sus peores rasgos: indiscutida primacía de las oligarquías de unos pocos grandes partidos, desdibujamiento de los programas -el PSOE no volverá a prometer nada concreto- y su sustitución por las imágenes publicitarias de los candidatos, separación de las instancias de representación y decisión, dilución de la representación misma por la distancia creciente entre elegidos y electores. Se acentúa además el enquistamiento del PSOE en ese sistema parlamentario degenerado, con su corrupta legión de arribistas y funcionarios. Tras unos y otros prosperará aún más el cinismo intelectual y político que los justifica.
Admitimos pues algo un poco peor que la victoria de Felipe González y su partido. Admitimos la victoria del sistema de poder económico-militar que primero subordina a gobiernos como el de González, a los dictados de la superpotencia norteamericana, y los utiliza después para conformar las opiniones públicas de sus respectivos países. Un sistema político de representación indirecta desnaturalizada, parlamentario y nada democrático, es el instrumento más eficaz para el avance de ese nuevo militarismo fraguado por la alianza del poder económico con los estados mayores nucleares. Su victoria es nuestra derrota. Únicamente nos negamos a admitir que el triunfo de la OTAN sea el del pueblo español (tanto si se incluye como si se excluye del mismo a vascos, catalanes y canarios [34]). Y, como nuestra voluntaria impericia en el juego político establecido nos ha hecho admitir la derrota, procedamos al repaso que quizá deseen evitar quienes habiendo perdido como nosotros decidieron atribuirse una victoria moral.
***
Cuando poco antes de convocarse el referéndum redactamos el editorial del anterior número extraordinario consideramos la peor hipótesis entonces previsible: que lo convirtieran en un plebiscito aclamatorio, con una pregunta confusa vinculando la OTAN con cualquier otro asunto, unos medios de comunicación controlados por el gobierno que no respetarían la menor apariencia de ecuanimidad, y un martilleo sobre los posibles votantes del no acerca de «las nefastas consecuencias sin cuento que para «estabilidad democrática» tendría el triunfo de su opción» todo lo cual daría lugar -con el concurso de la derecha política- a una apretada victoria del poder. En el mismo número reproducíamos un artículo de Manuel Sacristán, publicado quince meses antes en Liberación [35], considerando la violentación de unos cuantos millones de conciencias por procedimientos tortuosos, por «lavado de cerebro», como la vía que los «sedicentes socialistas» tenían más a mano para mantener en la OTAN un país cuyos habitantes albergaban sentimientos nada proclives a esa alianza militar.
Recordamos todo esto ahora precisamente para declarar a continuación que los componentes del colectivo editor de esta revista no esperábamos el resultado que finalmente arrojaron las urnas. Pese a nuestras dudas y prevenciones, no sospechamos que aquel brutal allanamiento de varios millones de conciencias, obligándoles a «volver su cerebro y su corazón al revés», iba a producirse en el tiempo récord de una semana.
No es probable que las encuestas mintieran el jueves 6de marzo cuando coincidían casi todas en mostrar un rechazo aún mayoritario de la OTAN. A pocos días del fin de campaña, la incógnita era ya sólo una: si aquella mayoría aguantaría el vendaval televisivo, radiofónico y periodístico, si llevaría hasta las urnas sus sentimientos contrarios a la OTAN; o si, por el contrario; confundida por una derecha que buscaba desnaturalizar a toda costa el sentido de la consulta, avasallada por un gobierno y su partido que la intimidaban a diario con su coro servil de funcionarios e intelectuales dependientes, y viéndose por fin seriamente amonestada en familia por el mismísimo presidente, haría de tripas corazón para decir amén.
En una semana la ofensiva en toda regla del poder arrasó esos varios millones de voluntades, logrando que votaran sí, o que optaran por inhibirse aturdidos y hastiados por tanta persecución. El resultado marca un hito en el ejercicio de la política como arte de conducir a los pueblos donde no quieren ir. Una experiencia tan singular merece detenerse a examinar en detalle con qué medios se logró doblegar la voluntad de tantos no convencidos, y en qué medios sociales resultaron más eficaces.
***
El no había ganado claramente la calle, los canales de comunicación horizontales, todos los debates públicos en igualdad de condiciones. Pero carecía de recursos para traspasar el umbral de todas las puertas. Eso sólo les está permitido al servicio de correos, a las ondas radiofónicas de las grandes cadenas y, sobre todo, a la televisión. La televisión es un monopolio del Estado en manos del gobierno central, salvo en el País Vasco, Cataluña y Galicia donde lo comparte con los gobiernos autonómicos. Lo ha sido durante toda la campaña de manera escandalosa. Pero en los últimos y decisivos días la manipulación televisiva alcanzó las mismas cotas increíbles que los fríos sudores de la intranquilidad gubernamental.
Pero ya era previsible de antemano que un gobierno converso al atlantismo, comprometido a la vez a permanecer en la OTAN y a celebrar un referéndum con la opinión pública predispuesta en contra, no reparara en medios para allanar posibles votos negativos. Por sí solo el bombardeo televisivo no explica el resultado contra pronóstico del referéndum.
Además, la confusión e intimidación padecidas por el electorado no son imputables únicamente el gobierno y al hecho de que su presidente convirtiera en casa propia los estudios de TVE durante los dos últimos días de la campaña. A la confusión del electorado -que finalmente se traduciría en un voto proatlantista- contribuyó también la estrategia de la derecha política española liderada, como es sabido, por un experto en plebiscitos amañados.
Esta era una estrategia arriesgada, incluso temeraria: minar a toda costa el referéndum, deslegitimar su resultado cualquiera que éste fuese, confundir al electorado desdibujando el fondo de la cuestión refrendada. La derecha española calculaba -y así lo dijo explícitamente en varias ocasiones- que independientemente del resultado del referéndum el partido gubernamental haría todo lo posible por mantener a España dentro de la OTAN y en ese cálculo basó la propia decisión de jugar fuerte, es decir, de apostar por erosionar al PSOE con la vista puesta en las próximas elecciones generales. Para Fraga (y en parte también para Roca [36]) el sí o el no del electorado en el referéndum contaban menos que poner al PSOE contra las cuerdas.
Es cierto que esta estrategia de la derecha hizo pasar malos ratos al conjunto de los proatlantistas: suscitó desazón en sus correligionarios europeos y norteamericanos, obligó a los principales banqueros del país a hacer una insólita declaración a favor del sí, confundió a una parte de los votantes conservadores y cuando las últimas encuestas publicadas mostraron la persistencia de la intención de voto negativo de la mayoría- obligó al PSOE a buscar correveidiles que intentaran convencer a los líderes de Alianza Popular de la necesidad de un giro de última hora. En toda esta confusionaria operación hay que reconocerle a la derecha un mérito: su seguridad en que el monopolio de la televisión iba a ser el elemento decisivo en la consulta. Mérito, por otra parte, nada honroso, pues era fruto de su anterior experiencia en esta clase de apaños.
Es difícil decir hasta qué punto esta antidemocrática y energuménica actitud de la derecha ha contribuido al final como yunque al éxito de los martillazos gubernamentales. Para saberlo con alguna certeza habría que tener datos, que no tenemos, acerca de qué parte del electorado conservador al que las encuestas daban favorable al no se abstuvo realmente o decidió votar afirmativamente con los banqueros en vez de con Fraga; habría que tener datos, que tampoco tenemos, sobre qué parte del electorado «socialista», que hasta el día 8 de marzo pensaba votar no, votó finalmente sí por miedo al vacío que en palabras de su presidente crearía el no, o por miedo a Fraga, como en las últimas elecciones generales. ¿Fue el miedo al lobo fraguista el elemento decisivo o fue el miedo a la libertad? Esa es la pregunta. Para la cual hemos de confesar humildemente que no tenemos una respuesta precisa, aunque nos inclinamos a pensar que hubo una combinación de los dos miedos.
En cambio, una cosa está clara: ambas fuerzas proatlantistas aparentemente opuestas colaboraron de manera tácita en una misma ceremonia de la confusión alejando decisivamente para varios millones de votantes la opción que de verdad eligieron -la OTAN– de la que en su aturdida intención tenían al entregar el voto. El 12 de marzo no hubo un referéndum, sino un referéndum y medio: el otro medio fue un ensayo general para las elecciones próximas. Y en esto los expertos del CIS sí acertaron.
***
Para lograr una confusión. intimidación y manipulación en masa se precisa algo más que manipuladores, intimidadores y confusionarios con potentes medios en sus numos. Se requieren, además, varios millones de personas que se dejen intimidar, confundir y manipular. La segunda gran cuestión a considerar del resultado del referéndum sobre la OTAN es ésta: dónde, en qué medios sociales y por qué motivos consiguió hacer mella la fuerza compulsiva del poder.
La campaña de la Coordinadora de Organizaciones Pacifistas, acompañada en Madrid y otros puntos por la Plataforma Cívica para la salida de la OTAN, logró hasta cierto punto el principal de sus objetivos: cruzar barreras de clase y de edad, franquear disciplinas de voto electoral y hacerse oír en bastantes medios. Alentaron y unieron a tanta o más gente que en los mejores. momentos de la lucha antifranquista, y con formas notablemente más abiertas, participativas y unitarias. Convocaron las manifestaciones más concurridas reunidas en los últimos tiempos en toda Europa, recibiendo el apoyo expreso y la solidaridad de un amplio abanico de fuerzas de paz en el mundo. Ganaron el interés y la participación activa de muchos jóvenes para quienes el pacifismo es hoy el punto de referencia político con el que más sintonizan. Pese al cerco en toda regla de los grandes medios de comunicación invariablemente en manos proatlantistas. A pesar, también, de los sectarismos partidistas y los protagonismos injustificables presentes todavía en la cúspide organizativa de ese gran, diverso, joven y sano movimiento por la paz en España.
Sin embargo, y en agudo contraste con la capacidad para interesar a sectores de las capas medias con mayores niveles de instrucción, la derrota del 12 de marzo fue resultado principalmente de las dificultades del movimiento por la paz para conectar con los más desfavorecidos de la sociedad. Los barrios obreros, los bloques-dormitorio y sus inhóspitas calles del abandono, votaron mayoritariamente -por Felipe- con los banqueros y empresarios, con Thatcher, Kohl, Craxi, Lubbers, Carrington y Ronald Reagan. Y lo mismo, o peor, en los pueblos sin tierra del sur. Eso fue al final lo más determinante: la profunda derrota moral y política de la clase trabajadora con que se ha saldado el proceso de transición al postfranquismo.
La OTAN ganó la partida gracias al voto del miedo y la ignorancia, gracias a la desagregación cultural obrera, al analfabetismo funcional de los desheredados con televisor. La España pobre fue esta vez, nuevamente, una España caciquil, aunque ahora los caciques hablen a sus clientes luciendo puños y rosas en una pantalla. Y, de todas formas, esa combinación de viejas y nuevas miserias culturales explica sólo una parte de los amenes obreros en el referéndum, corno lo muestran claramente los ejemplos en contra de Canarias, Sagunto, Marinaleda o algunas comunidades mineras asturianas. Hay otra parte, que es la fundamental: la inconsciencia de clase. Sin consciencia de ser tal no existe la clase obrera como sujeto ‘colectivo, como agente histórico. El 12 de marzo muy poca clase obrera existió en las urnas de España.
Y esa crisis de identidad como clase de los trabajadores resalta aún más cuando todas las centrales sindicales se manifestaron contrarias a la OTAN. Comisiones Obreras y la CNT han colaborado con los colectivos pacifistas de forma bastante más estrecha que las relaciones existentes entre sindicatos y movimiento por la paz en cualquier otro país desarrollado. El problema está en otro lugar: la exigüidad de todos los sindicatos en el conjunto de trabajadores asalariados, su escasa capacidad para mantener una resistencia cultural y moral como clase. O, dicho de otra forma, se trata de la aceptación por parte de una mayoría de los trabajadores de la lógica económica y política del capitalismo. La patente crisis de las opciones comunistas no es pues un fenómeno superficialmente político, tiene ya, desde hace bastante tiempo, implicaciones sociológicas muy hondas.
***
Mientras las encuestas del 6 de marzo esbozaban un mapa electoral que parecía evocar los de 1931 o 1936, el que salió de las urnas se asemeja lejanamente al de las elecciones del bienio negro republicano. En lugar de una España periférica y otra interior, las amonestaciones de Felipe González consiguieron poner firmes -o hacer esconder la cabeza- a la mayoría de España excepto el País Vasco, Navarra, Cataluña y Canarias. Si, como subrayara Alfonso Guerra, fueron votos obreros los que al final arrimaron el hombro por la Alianza Atlántica, eso sólo inclinó la balanza allí donde un Felipe presidente del gobierno español manda mucho sobre los temores y confianzas populares. Ese es el primer dato para entender las excepciones vasca, catalana y canaria.
Es falso que el triunfo del no en Cataluña y el País Vasco sea producto únicamente del voto de castigo nacionalista, burgués, antisocialista y de derechas hábilmente auspiciado por CiU y PNV. Está claro que un resultado así ha de tener relación con la realidad diferencial de Cataluña y el País Vasco como naciones. Pero es una relación más compleja que las intrigas de sus partidos burgueses nacionalistas hegemónicos. Consiste fundamentalmente en la crisis de legitimación del Estado español que introducen dichas diferencias nacionales.
El partido de Roca y Pujol, e igualmente el PNV en la práctica por las recomendaciones contradictorias de Ardanza y Garaicoetxea, optaron por conceder libertad de voto a sus seguidores mientras se declaraban fervorosos atlantistas y colaboraban con Alianza Popular en denostar el referéndum. Esa actitud respondía a una doble motivación. Por una parte -por ejemplo, en Cataluña la claramente liderada por Roca- se acariciaba, claro está, un voto de castigo al gobierno central mantenido en unas proporciones controlables.
Pero había otra vertiente, y era la voluntad de no enfrentarse con su propio electorado, sensible al sentimiento de horror ante el peligro de guerra, el creciente belicismo en las relaciones internacionales y el curso imparable de la carrera de armamentos. Que los gobiernos autonómicos en los que confían aparezcan escasamente relacionados con tales asuntos evita que dicha sensibilidad, bastante acentuada en medios muy católicos, pueda entrar en conflicto con sus lealtades políticas.
Es cierto que análogas sensibilidades podrían. haberse encontrado también en estado difuso entre votantes del PSOE. Pero ahí está precisamente la cuestión. Dado que la capacidad de intimidación moral de Felipe González se centra en el País Vasco o Cataluña en sectores culturalmente desagregados de la inmigración, sólo cabían allí dos posibilidades: o el PNV y CiU asumían el mismo papel compulsivo, falseador y corruptor que el PSOE ha representado en el resto de España; o bien toleraban que sus votantes decidieran más libremente su voto, a sabiendas del previsible resultado, para canalizarlo y adulterarlo después como mero voto de castigo ajeno al asunto de fondo.
La primera alternativa podría haberles costado a los partidos nacionalistas conservadores tan cara como al PSOE, sin reportarles a cambio ningún beneficio particular. Los asentimientos de última hora de la cúpula del PNV sólo pueden entenderse por su precaria situación parlamentaria. Pero lo más determinante de la segunda opción, claramente mantenida en Cataluña, era la notable disminución de constricciones desde arriba con que los votantes vasco o catalán podían decidir su voto. Ese margen de autonomía ha sido lo importante, y no la posterior instrumentalización de sus efectos.
***
Uno de los elementos sorprendentes de la rotunda victoria de la OTAN es la reacción que parece más común entre quienes participamos de la campaña por la neutralidad y la paz, los del no. Hemos perdido, pero de momento no ha cundido la desmoralización y la desbandada. La indignación aún supera con creces al abatimiento. Quizá por las malas artes que ha empleado el gobierno para ganar.
Quizá porque esta vez estuvimos de verdad muy cerca. Quizá porque muchos jóvenes, y otros que ya no tanto, además de tomar parte en una tarea por considerarla urgente y justa, se han sentido a gusto participando de un movimiento que podían hacer suyo con bastantes menos constricciones de aparatos de partidos y aspirantes a directores que en otras ocasiones. El caso es que hay ganas de seguir luchando entre muchos de aquellos que no se doblegaron a las amonestaciones de Felipe González.
Eso nos lleva a pensar en el futuro próximo, conscientes de la importancia de lo que ahora suceda en lo que queda y lo que hay a la izquierda del PSOE. La decepción que todavía no ha cundido podría acusarse más adelante, cuando se relaje la actual indignación, si no se forjan nuevas perspectivas capaces de interesar a una franja considerable de las muchas y variadas gentes del no.
Es una tarea que compete a todos los que trabajamos juntos en el referéndum para salir de la OTAN, y se presenta en dos planos distintos que tienen tiempos diferentes. Por una parte, la derrota del no revela una presencia aún insuficiente de la cultura política de la paz, de la percepción de la gravedad con que urge resistir la dinámica belicista que se acrecienta y abrir brechas alternativas. El triunfo electoral de la OTAN homologa nuestro movimiento por la paz con el de los países europeos miembros de ese pacto militar, exigiéndole retos y oponiéndole cercos parecidos. Por eso es particularmente importante robustecer, en el sentido de las fuerzas de paz, los segmentos de cultura pacifista más conscientes de las profundas dimensiones de la amenaza y la necesaria radicalidad de las alternativas.
La permanencia en la OTAN comportará enfrentar las muchas y variadas manifestaciones de militarización consiguientes, a sabiendas de lo difícil que resultará detenerlas una a una. También por eso un trabajo cultural más hondo, de signo pacifista, parece ahora más necesario que nunca para vertebrar una resistencia que deberá comenzar a tomar la forma de desobediencia civil: promoción de la objeción fiscal y al servicio militar, aprendizaje de la acción directa no violenta.
Junto al desarrollo de una cultura de paz frente al militarismo, la reconstrucción de una oposición de principio al actual sistema político, económico, militar y social, requiere también análogos avances en otros ámbitos como el ecológico, vecinal, de los movimientos de mujeres. Para disponer de renovadas fuerzas contrarias al sistema con auténtica capacidad de resistencia, de incomodar a los que mandan, se requiere a la vez una proliferación de iniciativas ciudadanas múltiples, y la articulación de las mismas en una cultura política. alternativa racional que, recogiendo el peso de las tradiciones emancipatorias más viejas, sea capaz de responder a los nuevos y acuciantes desafíos de este fin de siglo. Todo eso no puede improvisarse en poco tiempo. Pese a su urgente necesidad, son tareas a contemplar a medio plazo.
Sin embargo, mucha gente está urgiendo tras el referéndum el surgimiento de una opción política nueva que vertebre en las próximas elecciones las esperanzas de muchos que han estado trabajando desinteresadamente por el no. No es ajena a esa demanda electoral inminente que el referéndum se planteara como el primer round cuya réplica eran las elecciones de octubre, ni que el mayor daño infringido por las solemnes admoniciones de Felipe González fuera su pregunta sobre los eventuales gestores de un resultado negativo. En cualquier caso, se oye por muchos lugares la coincidente propuesta de una alternativa electoral de izquierdas con la mínima credibilidad para ser votada en las próximas elecciones por algunos millones, aunque sólo sea para castigar al PSOE sin favorecer a Fraga y abrir un pequeño resquicio en el sistema parlamentario que frene su antidemocrática degeneración. Los partidos políticos de la izquierda tradicional no pueden ser insensibles a esa expectativa. Pero lo que seguramente está pidiendo mucha gente es algo más que juntar todos los partidos que quedan a la izquierda del PSOE en una lista común, a modo de coalición.
La fórmula concreta quizá no esté aún muy dibujada ni entre los mismos que la solicitan, pero el deseo común es probablemente llevar a las elecciones una candidatura conjunta que recogiera toda la variada constelación ele gentes diversas que han trabajado juntas en la campaña contra la OTAN, y con el mismo espíritu abierto y unitario que se ha respirado en la base de dicho movimiento. Eso podría tomar la forma de listas electorales independientes de variada composici6n, con un programa reducido pero muy claro surgido del denominador común de todos, sin excluir a nadie ni aceptar protagonismos que supongan la exclusión de otros.
Las elecciones próximas parecen una oportunidad para ensayar una opción así, que no debe ser ni la repetición con retoques de última hora de las fórmulas ya conocidas, ni puede ser un imposible alumbramiento instantáneo de una alternativa política enteramente nueva. Condición indispensable para su éxito es, sin duda, que los varios grupos surgidos de la crisis de la tradición comunista decidan no dirimir en estas elecciones sus disputas de primacía, sumándose a las demás fuerzas de paz en un empeño común sin hegemonías de nadie.
De momento no parece una condición fácil de salvar. Que se haya eludido una revisión crítica y autocrítica mediante la atribución de una victoria moral en el referéndum no augura nada bueno: supone perpetuar el pernicioso vicio del engaño propio y ajeno en la práctica política. Tampoco traen buenos augurios las prisas por recomponer lo que fuera el PCE con procedimientos que parecen un tragicómico juego de los disparates. Y ya resultan esperpénticas las declaraciones de Santiago Carrillo, verdadero especialista en destrozar todo aquello que respire vitalidad, atribuyendo la derrota del movimiento por la paz en el referéndum a su falta de dirección política.
De la superación de esas y otras dificultades, o la frustración de una iniciativa electoral innovadora y audaz, depende sustancialmente que tras las elecciones no cunda en diferido la decepción por la pérdida del referéndum. Si cada grupo político situado a la izquierda del PSOE decide entrar en liza con los demás, presentándose a las elecciones en solitario o con pequeñas coaliciones, sin que nadie recoja el verdadero espíritu que ha conseguido los varios millones por los que van a competir, el próximo parlamento puede resultar aún más atlantista que el actual. ¡Que ya es decir! ¿Se impondrá esta vez el sentido común, o las reticencias de siempre, los viejos sectarismos y personalismos ahogarán nuevamente las esperanzas de tantos?
(Marzo de 1986)
POSTDATA TRAS LA CONVOCATORIA DE ELECCIONES
La convocatoria de elecciones anticipadas, al precipitar una ofensiva de la «clase política» institucional, más que facilitar probablemente entorpecerá el proceso de formación de un verdadero movimiento alternativo en España: un movimiento social y político portador de un proyecto antiexterminista, ecologista, de paz, contrario a la desigualdad social y a todo tipo de opresión, antisexista y educador de formas distintas de intervención y realización de la política.
La convocatoria electoral anticipada, realizada en un momento de intensificación del autoritarismo imperial, tiene por uno de sus objetivos reafirmar las formas de dominio político establecidas para segar la colaboración y el diálogo entre fuerzas políticas, grupos de actividad social, corrientes de opinión y personas que confluyeron en la exigencia del referéndum y el rechazo de la OTAN.
La activación de los medios de manipulación de masas (televisión y gran prensa empresarial) para multiplicar los mensajes de los distintos sectores de la «clase política» institucional; la sustitución de la discusión racional de problemas, programas y disyuntivas por la omnipresencia de sonrientes iconos de los dirigentes políticos; la reducción de los ciudadanos al papel de espectadores de una delirante tergiversación de nuestros verdaderos problemas sociales, o también -¿por qué no decirlo?- la incertidumbre y la disparidad tácticas de diversos sectores de una alternativa potencial, pero débil todavía, dan de sí una circunstancia que puede constituirse en forzoso compás de espera entre lo conseguido hasta ahora y las tareas inevitablemente pendientes.
Parece que ante la convocatoria electoral se manifiestan tres orientaciones entre los portantes de esta alternativa: una tiende a reconstruir un partido comunista desde los grupúsculos mayores a que éste se veía reducido o a un frente electoral más amplio, buscando cubrir un hueco a la izquierda del PSOE; otra, a la presentación electoral de una opción verde; y la tercera tiende a rechazar en este momento la participación electoral y se propone fundamentalmente ensanchar la base y la comunicación del embrión alternativo que fue, no hay que olvidarlo, el motor del empuje recobrado.
A la larga, sin embargo, ninguna de las tres orientaciones puede por sí sola alcanzar en nuestro país hegemonía suficiente para articular un proyecto de cambio político-social.
Este, por lo pronto, tendría que constituirse en dique de las imposiciones del Imperio y de quienes en él se cobijan: tanto en la política internacional, contra la fuerza militar, como en la política interior, contra una política basada en el expolio de los embajadores y de la naturaleza para mayor ganancia de multinacionales y de bancos.
No ya para avanzar, sino simplemente para contener la degradación precipitada de la vida en común, esta alternativa ha de estar sostenida por un verdadero movimiento social vivo. Frente a esta necesidad, hoy son demasiadas las gentes, las problemáticas, las esperanzas y las exigencias de solidaridad que quedan fuera de cada una de las tres orientaciones que parecen compendiar el estado actual del embrión de movimiento.
Al margen de elecciones, lo necesario es tender puentes, establecer comunicación, hacer sonar el tam-tam entre los diversos grupos de personas, personas, corrientes ideológicas, corrientes de opinión, centros de discusión y de acción, grupos y corrientes sindicales, micropartidos y simplemente partidos; multiplicar la consciencia de que participar en la cosa común no es sólo ni principalmente votar, de que es preciso discurrir, entre todos, todos los extremos de un proyecto para hacerlo proyecto común, sostenido por gentes que no desean ser -ni que haya- profesionales de la política; y de que es preciso establecer la responsabilidad y la vinculación exigibles entre quienes momentáneamente coordinen o gestionen la participación común y quienes les den su confianza.
1º de mayo de 1986
Cordialmente,
Revista MIENTRAS TANTO
Libros relacionados:




Deja un comentario