Gaceta Crítica

Un espacio para la información y el debate crítico con el capitalismo en España y el Mundo. Contra la guerra y la opresión social y neocolonial. Por la Democracia y el Socialismo.

Contra la OTAN, contra las falsedades y manipulaciones del poder. 40 AÑOS DESPUÉS.

Manuel Sacristán y Francisco Fernández Buey (Espai Marx), 12 de Marzo de 2026

40 años después del referéndum del 12 de marzo de 1986

Edición de Salvador López Arnal

INDICE

PRESENTACIÓN (MSL)
1. El peligro de la guerra con armas nucleares
2. La salvación del alma y la lógica
3. La OTAN hacia dentro
PRESENTACIÓN (FFB)
1. ¿Y por qué no disolver democráticamente al pueblo?
2. Sobre la OTAN
3. Carta de la redacción
4. Un año después

Presentación (MSL)

Manuel Sacristán Luzón (1925-1985) se mostró lúcido y muy activo en sus últimos años en la lucha antinuclear, en las movilizaciones ecologistas, y en el apoyo a las luchas feministas y al movimiento pacifista transformador y antimilitarista. Concretamente en la lucha contra la OTAN y contra las falsedades y manipulaciones para la permanencia de nuestro país en la alianza militarista. Recordando el 40º aniversario del referéndum otánico, hemos seleccionado aquí tres de sus escritos.

Recuerdo el resultado del 12 de marzo de 1986: participación: 59,42% (la derecha promovía la abstención); votos Sí: 56,85%; votos NO: 43,15%.

La pregunta formulada: «El Gobierno considera conveniente, para los intereses nacionales, que España permanezca en la Alianza Atlántica, y acuerda que dicha permanencia se establezca en los siguientes términos: 1.º La participación de España en la Alianza Atlántica no incluirá su incorporación a la estructura militar integrada. 2.º Se mantendrá la prohibición de instalar, almacenar o introducir armas nucleares en territorio español. 3.º Se procederá a la reducción progresiva de la presencia militar de los Estados Unidos en España. ¿Considera conveniente para España permanecer en la Alianza Atlántica en los términos acordados por el Gobierno de la Nación?» (Las cursivas son mías).

1. El peligro de la guerra con armas nucleares

Apareció por vez primera en una hoja titulada «Protesta i Sobreviu» que fue editada por los Comités anti-OTAN de las Universidades de Cataluña (concretamente, por la redacción del Comité de Económicas, Universidad de Barcelona), el 26 de octubre de 1981. Fue publicado posteriormente por El País, el 16 de enero de 1983, y recogido en Pacifismo, ecologismo y política alternativa con ligerísimas variantes. Se presenta aquí la versión publicada por los comités antiotánicos.

La reciente declaración del presidente Reagan acerca de una posible guerra nuclear «limitada» (limitada geográficamente) a lo que los estrategas llaman «el teatro europeo», no han hecho más que dar a conocer a una amplia opinión pública, generalmente muy mal informada, algo que ya sabían desde hace tiempo todas las personas interesadas por la política internacional o –cosa más importante– por la supervivencia de los europeos y preocupadas por la ingente suma de sufrimientos con los que la estrategia calcula y razona tranquilamente. Por eso hay que reconocer que lleva razón el secretario de Defensa estadounidense, Weinberger, cuando afirma que su presidente no ha dicho nada nuevo. Son más bien los estadistas europeos los que se comportan con dudosa sinceridad cuando aparentan escandalizarse de algo que saben y comparten.

En efecto, desde hace unos tres años está fuera de duda que la estrategia de la OTAN se aparta de la anterior concepción del armamento nuclear como una amenaza disuasoria, es decir, capaz de impedir la guerra generalizada porque su utilización masiva (la de grandes cabezas nucleares transportadas por vectores balísticos intercontinentales), supondría tal desastre para las dos grandes potencias1 que se abstendrían de llevarla a cabo. Seguramente, esa misma concepción escondía ya un grave peligro de catástrofe, al basarse, como se basa, en la creencia, contraria a toda experiencia histórica, de que sea posible acumular indefinidamente un arsenal destructor sin que la misma acumulación de armamento desencadene un día u otro una dinámica bélica. Pero todavía es más peligrosa para la paz la concepción que ahora se va imponiendo en las direcciones militares, a saber, que es posible ganar una guerra nuclear «ilimitada», sin que todos los territorios del bloque que se considere sufran daños insoportables. Con eso, lo que anteriormente se consideraba en la propaganda oficial como imposible, incluso inimaginable, la guerra con armamento nuclear, se hace finalmente viable para estadistas y estrategas que se imaginan a sí mismos protegidos eficazmente en su búnkers.

Como ha dicho el historiador inglés E. P. Thomson2, en realidad la guerra nuclear no sólo es imaginable, sino que se ha imaginado y realizado ya dos veces, contra las poblaciones de Hiroshima y Nagasaki. Lo inimaginable, dice Thompson, parece ser que eso nos pase a nosotros, pero no que se lo inflijamos a otros. De hecho, un Gobierno integrado en la OTAN, el británico, de conducta sin duda más transparente que los demás, quiere practicar ya de un modo abierto la «educación»de su población para imaginar una guerra nuclear: se trata de un boletín –Protect and Survive–enel cual, tras una portada en la que campean las banderas británica y norteamericana entrelazadas sobre un montaje fotográfico que generalmente representa cohetes con la estrella soviética, se da a la población instrucciones (másbien entre inútiles y ridículas, dicho sea de paso) para esa futura guerra nuclear victoriosa.

Las armas nucleares de teatro o tácticas son el nuevo instrumento que ha de permitir esas guerras según la concepción de estadistas y estrategas. Entre esas armas destacan las de la última generación, los proyectiles de crucero (cruise missiles) que la OTAN se propone desplegar en Europa occidental en 1983. Esos proyectiles está dotados de un sistema de localización (radar) y de una memoria que contiene la topografía de la ruta que ha de seguir el cohete hasta su objetivo, guiado por un mecanismo automático de dirección. El cohete maniobra evitando obstáculos, como si fuera una aeronave (en realidad lo es, a diferencia de la naturaleza balística de los proyectiles intercontinentales), lo que le permite volar muy bajo (a unos 60 metros de la superficie) y no ser detectado por los sistemas de alarma enemigos. Por último, su precisión, que sobrepasa con mucho la de las armas balísticas, le permite alcanzar su objetivo, hasta 2.500 kilómetros de distancia, con un margen de error inferior a su propia longitud.

Un arma así no tiene ninguna función disuasoria, defensiva o de réplica; no está pensada para amenazar al contrario con una respuesta devastadora si éste ataca, que arrasará amplias áreas pobladas de su territorio. El proyectil de crucero es un arma de ataque de blancos precisos, seguramente militares (emplazamientos de cohetes enemigos, etc) para dejar preventivamente inerme al contrario. Tampoco los proyectiles soviéticos SS-20, aunque muy inferiores técnicamente, son armas claramente defensivas. En general, la cohetería de alcance medio (armamento táctico o de teatro) esta pensada no para disuadir a la parte contraria, de modo que no se llegue al choque, sino para intervenir en un determinado teatro bélico de tal modo que no quede afectado el territorio de al menos de una de la superpotencias (los EE.UU.), o que quede afectada sólo una parte (la europea) del territorio de la otra (la URSS).

El despliegue de las armas nucleares tácticas, en cuyas características se aprecia claramente la aceptación de la guerra nuclear limitada a territorio ajeno, es un paso más en un camino de preparación de la guerra en el que se han dado ya otros muy importantes, premeditada o involuntariamente: la decisión de la OTAN de incrementar los gastos materiales hasta el 3% del PIB (1978); el reforzamiento de las bases USA en el Índico, rechazando el plan de desmilitarización de ese océano; la negativa de los USA a ratificar el acuerdo soviético-norteamericano de 18 de junio de 1979 sobre la limitación del armamento nuclear estratégico (SALT II); la decisión de la OTAN de instalar los 572 euromisiles (12 de diciembre de 1979); la directiva presidencial 59 de Carter (verano de 1980), que confirmaba el teatro bélico europeo; la reciente declaración del presidente Reagan en el mismo sentido, etc.

El ingreso de España en la OTAN sería un paso más en la preparación de la guerra: el paso consiste en dotar el dispositivo militar de la OTAN de una base logística profunda para el movimiento de las reservas y del aprovisionamiento. Esto se reconoce ya abiertamente (después de un largo período de negativas) incluso en los órganos mas filonorteamericanos. Por ejemplo, en el número 1.225 de La Actualidad Económica (15-21 de octubre de 19813): «Dentro del teatro de operaciones europeo la Península ibérica constituiría la base logística natural de Europa por su lejanía inicial de la zona de contacto centroeuropea (…)».

Se puede temer que el ingreso de España en la OTAN –esto es, la ampliación en profundidad de la base logística de la Alianza– provoque en los militares del Pacto de Varsovia la decisión de rectificar sus posiciones, presionando, por ejemplo, a Yugoslavia, para que ingrese en la Alianza oriental. En ese caso, la esperanzadora parte de Europa que sostiene la neutralidad y, con ella, el último resto de buen sentido humano en el continente, quedaría reducida a Suecia, Finlandia , Austria y Suiza4, y se habría dado dos pasos más –el español y el yugoslavo– hacia la monstruosidad de muertes y de sufrimientos a que conduce la perversión del «realismo» de la política y la estrategia tradicionales.

VOLVER AL INDICE

2. La salvación del alma y la lógica

Publicado inicialmente en El País en dos partes, el 2 y el 3 de julio de 1984, respondiendo a un artículo publicado en el mismo diario por Fernando Claudín y Ludolfo Paramio en el que defendían la conveniencia de la permanencia de España en la OTAN. El artículo del traductor de El Capital fue reproducido más tarde en mientras tanto, nº 20, pp. 16-22, y en Pacifismo, ecologismo y política alternativa. Apareció firmado como: «MSL y el colectivo de mientras tanto».

En carta enviada desde México a Vera Sacristán, el 26 de marzo de 1983, Sacristán explicaba: «Me llamaron de nuevo Andreu Claret [entonces vicesecretario general del PCE] y un imprevisible periodista. Andreu quería mi firma para un papel pidiendo el referéndum sobre la OTAN. Me resultó clarísimo que era una iniciativa del PCE y que estaban más solos que la una, porque al preguntarle yo nombres de gentes que hubieran ya firmado, me repitió tres veces el de Caballero Bonald y no dijo ni siquiera Ana Belén. Pero, a estas alturas, me pareció que debía dar la firma. Primero y principal, porque todo lo que vaya contra la OTAN o el Pacto de Varsovia es bueno, lo haga quien lo haga. Y segundo y secundario, porque, dada la situación, ni siquiera me parece malo echarle una manita a la ruina del PCE, aunque no sea más que por resistirse un poco a la ola de fundación Ebert que nos invade. Y el periodista, qué risa tía Felisa, quería hacerme una entrevista por teléfono para radio Nacional de España. A ver, así deprisa, que el teléfono es caro, qué opina usted de Marx. Le dije que soy tan carroza que no doy entrevistas por teléfono. Casi no doy ni la hora por teléfono. No le gustó nada, y me echó un rollo (pagaba la casa, evidentemente).»

Fernando Claudín y Ludolfo Paramio terminan su esfuerzo por completar el 0,5% de españoles que cada mes han de convertirse al amor de la OTAN (El País, 16 y 18 de junio) declarando, con el latino, que diciendo lo que dicen han salvado su alma5. Si es así hay que temer que la salvación del alma esté reñida con la lógica, pues lo que Claudín y Paramio llaman «razonar» o «argumentar» no se parece demasiado a lo que solemos llamar así. En la segunda parte de su artículo, cuando el lector cree llegado el momento de que los autores le expongan sus argumentos en favor de las desnudas afirmaciones de la primera parte, se encuentra con la declaración de que ya han intentado razonarlas anteriormente. Y así todo se queda en aseveraciones a palo seco, y en su mayor parte conjeturales e improbables, que no se argumentan nunca.

Pero si lo que más salta a la vista en el artículo es su falta de lógica, eso no se debe a contraste con una buena información de hecho. La cojera de ésta es sobre todo evidente en la unilateralidad con que los autores describen la amenaza soviética sin mencionar ninguno de los hechos que documentan la peligrosidad del bloque occidental para la humanidad. La unilateralidad llega alguna vez a la falsedad redonda, como cuando Claudín y Paramio afirman que las únicas intervenciones militares ocurridas en Europa después de la segunda guerra mundial son las perpetradas por la URSS, silenciando la intervención occidental en la guerra civil griega (aparte de que no se ve por qué habría que considerar menos peligrosas, incluso para los europeos, las intervenciones de otro tipo y en otras áreas, como las rusas en Asia o las norteamericanas en América Central y América del Sur).

Las doctrinas militares.

Lo más notable de lo mucho que ocultan Claudín y Paramio a propósito de este asunto de la peligrosidad de las superpotencias es la diferencia entre las respectivas doctrinas militares explícitas. Vergonzantemente admiten que «el belicoso actor establecido en la Casa Blanca no ofrece la misma imagen que el vacilante campesino que ahora parece dirigir la URSS. Pero el punto no es saber si Chernenko es persona pacífica o no, ojalá que sí». Desde luego que no es ése el punto, ni tampoco lo es la personalidad de Reagan, sino el hecho de que, mientras la doctrina militar y política de Moscú –acaso por la inferioridad económica y tecnológica que contribuye a determinarla– afirma la coexistencia pacífica y la paridad militar, y cuenta en su instrumental retórico con el compromiso de no realizar ningún ataque nuclear antes que el adversario, la doctrina norteamericana, persistente desde los años cincuenta –y patrón de la de la OTAN, que se ha negado a seguir a la URSS en la declaración de renuncia al primer golpe–, aspira a mantener la inicial superioridad nuclear de los EE.UU. desde los días de Hiroshima y Nagasaki. Paul Warnke, el que fue negociador estadounidense en las conversaciones Salt II, observa que «ningún dirigente militar en su sano juicio (estaría) dispuesto a cambiar las fuerzas de combate norteamericanas por las soviéticas», lo que le mueve a rechazar el descontento de la administración norteamericana por «el actual equilibrio nuclear estratégico, en el cual no seríamos lo suficientemente superiores». En efecto: la peligrosa doctrina militar que busca la superioridad y no el equilibrio, doctrina que lleva a la irrefrenabilidad de la carrera de armamentos, se ha exacerbado bajo la administración Reagan, cuyos miembros no dudan en formularla crudamente. Colin Gray, por ejemplo, hoy asesor del Departamento de Estado y de las comisiones de desarme norteamericanas, escribía en Foreign Policy en el verano de 1980: «Sólo hay seguridad cuando se es algo superior […] Occidente debe encontrar caminos que le permitan utilizar armas atómicas como medio de presión, reduciendo a la vez a un mínimo la potencial y paralizante autodisuasión». El artículo, buena prueba de la hipocresía con que se sostiene la tesis de la disuasión recíproca, se titula significativamente «Victory is possible». Más concluyente todavía es la Fiscal Year 1984-1988 Defense guidance, redactada bajo la responsabilidad del secretario de Defensa norteamericano Weinberger, el hombre al que la conservadora Universidad de Munich negó el grado de doctor, considerando irrecibible, por deficiencia científica, su tesis sobre política internacional. El New York Times del 31 de mayo de 1982 y el Los Angeles Times del 15 de septiembre del mismo año publicaron extractos que les habían llegado de esa Guía. Según ellos, los EE.UU. «tienen que poseer la capacidad y ponerse en situación de obligar a la URSS a concluir lo antes posible las hostilidades en condiciones favorables para los EE.UU.». Weinberger no desmintió esas informaciones, sino que se limitó a declarar que ésa debe ser la aspiración normal de todo ministro de defensa. Por último –para terminar con nuestro modesto y reducido intento de rectificar el estrabismo de Claudín y Paramio–, el 16 de enero de 1983 United Press International, que había conseguido el texto completo de la Guía, comunicaba amplios trozos de ella; el siguiente puede servir de muestra: «No hay ninguna posibilidad de arreglo ni de coexistencia pacífica con la Unión Soviética». Nada parecido se puede poner en boca del más rudo mariscal del Este.

La nueva peligrosidad de las potencias.

De todos modos, eso no nos parece muy importante; lo sensato es pensar que, llegados adonde hemos llegado, las dos superpotencias son igualmente peligrosas para todos, por lo que Claudín y Paramio llaman «la autonomía de los intereses militares» aunque ellos, con su lógica tuerta, la ven sólo en la URSS, ocultando que fueron los EEUU la primera sociedad en que se percibió el fenómeno, expresado en la célebre y meritoria declaración final del presidente Eisenhower acerca del «complejo militar-industrial». Un vistazo a la cronología de la introducción de armas nuevas –que Claudín y Paramio parecen ignorar– les bastaría para comprobar que en esa peligrosa dinámica han ido casi siempre por delante los EEUU, entre otras cosas por su superioridad tecnológica. Pero para nuestros autores, mientras que en la URSS hay que temer «la autonomía de los intereses militares», en los EEUU «el rearme tiene sus límites en una situación de crisis». Aquí la bizquerra partidista se nutre mucho también de ignorancia de hechos; nada permite garantizar que una guerra no puede estallar antes de que se alcance ese límite, y, por otra parte, el menor coste de la cohetería de contrafuerza –los cohetes de alcance intermedio, como los SS20 y sucesores, los Pershing II y los de crucero– respecto de los proyectiles balísticos intercontinentales contribuye considerablemente a alejar aquellos límites económicos ya de por sí remotos, como lo sugiere la correrosa vitalidad de ese proyecto monstruoso en futuras muertes y presentes dólares que es el MX norteamericano.

Lo más característico del artículo de Claudín y Paramio es la gratuidad de las afirmaciones, el mal razonamiento (cuando lo hay) y el tradicionalismo de sus concepciones políticas. Sorprende –como otras muchas cosas del artículo– que los autores asuman ciegamente la falacia de los halcones de los dos bloques, basada en la ignorancia de nociones comunes de los juegos de estrategia. Claudín y Paramio, por su partidismo, la aplican sólo a la URSS, de esta manera: si España saliera de la OTAN se puede sospechar que los equivalentes soviéticos de Reagan verían en tal decisión una confirmación de la justa línea por ellos seguida y acentuarían su dureza esperando nuevas escisiones de la alianza occidental. Sólo serviría para aumentar la tensión». Si uno no está cegado por el partidismo, nota en seguida que, de ser esa conjetura estratégica base racional de actuación, también habría de serlo desde el lado ruso, por lo que la situación desembocaría en una espiral de réplicas «duras», recíprocas, y dado el marco nuclear, en la catástrofe. Por lo demás, también en este punto hay ignorancia de hechos pertinentes, a saber, que ni la desvinculación de Yugoslavia del bloque oriental ni la salida de Albania del Pacto de Varsovia aumentaron el peligro de guerra en Europa, sino todo lo contrario. Lo que han de promover los hombres y las mujeres de buena voluntad es precisamente muchas escisiones de los dos bloques, hasta la disolución de éstos.

Otra falsedad, ésta de particular interés para el lector español, es la tesis de que la pertenencia da la Comunidad Económica Europea implica la pertenencia a la OTAN. Sin discutir ahora la problemática conveniencia de ingresar en la CEE, sobre todo en su estado actual, la afirmación choca con el contraejemplo de Irlanda6, que es miembro de la CEE y no lo es de la OTAN. No hay, pues, tal necesidad.

Otra afirmación inconsistente es la tesis de que ser neutral es «practicar la política del avestruz». «Nuestro razonamiento» (así llaman Claudín y Paramio a una mera conjetura muy endeble) «es que, si se opta por el voluntarismo, por contribuir a la causa de la paz, la permanencia en a OTAN nos ofrece perspectivas no deseables, y desde luego no asequibles si la abandonamos». También aquí nos limitaremos, por brevedad, a recordar un contraejemplo: no es verdad que Suecia, desde fuera de la OTAN, puede hacer y haga por la paz menos que Noruega desde dentro de la Alianza, ni que el gobierno yugoslavo, desde fuera del Pacto de Varsovia, pueda hacer por la paz menos que el gobierno polaco desde dentro.

El pacifismo y los bloques.

El mal razonar empieza a ser cómico cuando para Claudín y Paramio la evidencia de «profundos intereses económicos que trabajan a favor de la integración europea» (aspecto parcial, dicho se de paso, de una situación caracterizada más decisivamente por la progresiva aceptación europea de su posición subordinada respecto de la economía norteamericana) resulta ser un motivo para reforzar no la división de Europa en bloques. Y ya se llega a la risa cuando se lee que «no resulta inimaginable una Europa neutral y desnuclearizada, de la que España será marginada si no permaneciera en la OTAN»: de modo que, si somos neutrales y desnuclearizados desde el principio, quedaremos aislados de una posible Europa neutral y desnuclearizada: áteme usted esa mosca por el rabo. Claudín y Paramio reconocen que «el objetivo estratégico [debe] ser , obviamente, la desaparición de los bloques». Y para eso proponen reforzarlos, por lo menos uno de ellos. El intríngulis de ese giro mental debe ser la «negación de la negación»: parece que a Claudín y Paramio les queda demasiada «lógica dialéctica» de antes de su conversión7.

Claudín y Paramio creen que el movimiento pacifista se mueve por viejos prejuicios. Esa creencia se basa en su ignorancia del desarrollo del movimiento pacifista y en el prejuicio de que el pacifismo es pro-ruso. Los dos defectos aparecen, por ejemplo, en este caso: «Los pacifistas que argumentan sobre la base del ya muy sobrepasado overkill para criticar el despliegue de los misiles Pershing o de crucero bien podrían aplicar el mismo criterio a los cachivaches soviéticos». En primer lugar, el pacifismo de los años ochenta no razona principalmente sobre la base del overkill, como era acertado en los años sesenta, sino teniendo en cuenta las características de las armas de contrafuerza. Y, en segundo lugar, los pacifistas españoles aplican el mismo criterio a los «cachivaches soviéticos», por ejemplo, uno de nosotros, hace ya casi dos años, en las mismas páginas de El País, a propósito de los SS 20.

El pacifismo y la política tradicional.

Muy viejos son Claudín y Paramio en su concepción de la política. Para ellos, de acuerdo con la siniestra sabiduría de todos los gobiernos tradicionales –incluido el moscovita–, la respuesta a la crisis internacional es «un acrecentado aparato militar»; y no sienten siquiera la necesidad de mencionar las posibles defensas alternativas que más de un jefe militar español –por ejemplo, y recientemente, el señor Piris– considera al menos con respeto, ya que no con aplauso.

Su tradicionalismo político impide a Claudín y Paramio entender el pacifismo. Así se explica que opongan a los pacifistas la afirmación de que en caso de guerra pereceríamos aunque no estuviéramos en la OTAN. La diferencia para un pacifista –diferencia que nuestros autores, evidentemente, ni aprecian ni siquiera perciben– consiste en que, no estando en ningún bloque, él no habría contribuido al asesinato innumerable. El pacifismo no consiste en sacrificar todo valor a la supervivencia, no consiste en no querer morir, sino en no querer matar. Un pacifismo inteligente sabe que ese programa no carece de dificultades pero lo prefiere a la milenaria noria de crímenes que es la historia política.

La política tradicional nos parece un arte perverso de conducir a los pueblos adonde no quieren ir, por medio de alguna forma de engaño más o menos paternalista basado en el axioma de que la opinión de los interesados no viene a cuento, porque el pueblo es ignorante. En una eficaz división espontánea del trabajo, el uno intentado ampliar por la derecha y los otros dos por la izquierda el consabido 0,5%, el contralmirante Jesús Salgado y Claudín y Paramio profesan la sustancia de la política tradicional: los dos últimos creen salvar el alma arrostrando como mártires la impopularidad del otanismo en esta masa de ignorantes con prejuicios que seríamos los españoles; el contraalmirante no considera prudente dejar la cuestión de la OTAN «a la sola influencia de unas cuantas pintadas y algunas escaramuzas bullangueras rebozadas de vinillo gratuito a tantos rublos el hectolitro», porque esas cosas requieren «profundos conocimientos sobre política exterior, políticas… y otras muchas y variadas ciencias» que el pueblo, como es notorio, no posee. La calumnia de los rublos, vilipendio del sacrificio económico de tantos pacifistas, es la versión en lengua cuartelera de la insinuación, más sutil, de que el movimiento pacifista es pro-soviético, hecha por Claudín y Paramio.

Los «medios antiimperialistas que –invirtiendo la paranoia de Reagan– parecen situar el imperio del mal en la Casa Blanca», a los que aluden Claudín y Paramio, somos, además de algunos amigos, el colectivo editor de mientras tanto, revista en la que apareció, acuñada para otros, la expresión «intelectuales orgánicos de la OTAN» que ellos temen (y con motivo, visto su artículo) que se les aplique. En la injusta alusión de nuestros autores hay ya algo peor que mala lógica (además de mucho de ésta): nosotros, que somos partidarios de la neutralidad de España y consideramos igualmente peligrosas para la humanidad a las dos superpotencias, por la razón de que el peligro más grave y característico de la presente situación arraiga en la irracional dinámica, que les es común, del armamentismo nuclear, químico y biológico, padeceríamos una paranoia partidista, mientras que Claudín y Paramio, partidistas en más de un sentido, defensores de la militancia de España en uno de los bloques, serían serenamente ecuánimes. Y mientras se escandalizan de la paja que es en el ojo pacifista la insignificante presencia de algún grupúsculo sectario que intenta parasitar el movimiento, no notan la maciza viga que campea en el órgano de su visión política internacional, el hecho de que esa política es la de la derecha conservadora, la derecha fascista y los militares de Franco.

Verdaderamente, Claudín y Paramio cultivan «lo vedado por la lógica y autorizado por la policía», que decía el viejo Marx.

VOLVER AL INDICE

3. La OTAN hacia dentro

Se publicó en el diario Liberación con fecha 2 de diciembre de 1984. Posteriormente fue recogido en el mientras tanto nº 25 y medio dedicado a la OTAN, y reimpreso en Pacifismo, ecologismo y política alternativa.

Es uno de sus artículos políticos más influyentes del autor de Panfletos y materiales. Destacado, entre otros, por Francisco Fernández Buey, Antoni Domènech, Miguel Candel, José Luis Gordillo, Jordi Mir y Víctor Ríos.

Muy poca gente cree que España tenga que mantenerse en la OTAN por la necesidad de defenderse de una agresión de los países del Pacto de Varsovia. Probablemente no lo cree ningún miembro del gobierno, y en todo el PSOE sólo algunas personalidades de mucho peso, pero escaso y reciente arraigo en lo que fue un partido socialista. Por eso es característico que el alegato a favor de la presencia de España en la OTAN no se limite a lo estratégico, sino que opere con una acumulación de argumentos: a la supuesta amenaza militar o misteriosamente política de la URSS (¿cómo va a ser políticamente amenazador un dinosaurio de pies de barro que ha perdido casi todo prestigio ideológico?) se suma la presión de los aliados y los gobiernos que han de darnos permiso para que entremos en la Comunidad Económica Europea. Esta es una constricción interna al ámbito de la OTAN, a diferencia de la externa, constituida por la supuesta amenaza del Pacto de Varsovia.

Alguna vez, los portavoces oficiales u oficiosos del gobierno9, en vena de sinceridad y siguiendo el uso, tan instructivo, de separar radicalmente ética y política, se dejan ir a la valerosa confesión de que, propiamente, la presión a la que hay que responder integrándonos en la OTAN es la de las potencias occidentales, no la de los países del Este. Los aliados mismos, más frecuente y abiertamente que los gobernantes españoles (para los cuales ha de ser más penoso decirlo), añaden un tercer argumento en favor de la presencia de España en la OTAN, que consiste en un chantaje parecido al anterior: la integración en la OTAN satisface a los militares y los ocupa en asuntos técnicos, por lo que disminuirá su propensión a destruir la democracia mediante un golpe armado.

Todos esos son aspectos internos de la cuestión española de la OTAN, son OTAN hacia dentro. Quienes esgrimen tales razones internas –internas a la Alianza o la política española– para apoyar la integración en la OTAN son más sinceros que los autores de los discursos oficiales acerca del peligro soviético. Pero si sus argumentos prenden entre los españoles, es posible que su efecto político sea mucho menos malo que el de la simple hipocresía o el de la paranoia que realmente cree en la amenaza militar del «imperialismo soviético» o del Imperio del Mal sobre España. Uno y otros están trabajando, hay que suponer que, al menos algunos, sin proponérselo, para destruir no ya la insustancial democracia que hoy tiene el país, sino algo mucho más importante, a saber, la confianza que aún le quede a una parte de los españoles en la posibilidad de una vida política decente. La insistente exhortación a aceptar, como buenas bases de la actuación falsedades manifiestas, o como fatal e ineluctable la sumisión a una o varias coacciones, siempre con el argumento explícito o tácito de que lo político es amoral (así entienden los autores de esa conminación el hecho de que su política es inmoral), tiene que acabar por corromper políticamente a muchos y sumir a otros tantos en la inhibición. Ya se ha andado mucho por ese camino, en el que fue la izquierda social: tenemos poca militancia en partidos y poca sindicalización10. En cuanto a la corrupción, no amenaza sólo a la base social que puede suponérsele aún al gobierno, sino también a la derecha. Ni siquiera al más atlantista puede serle muy sano saber que está en la OTAN mediante la falsedad y el chantaje.

Se ha dicho que las decisiones norteamericana y soviética de instalar proyectiles de alcance intermedio en Europa tiene acaso más sentido simbólico que directamente militar. E. P. Thompson ha sostenido eso sólidamente: en ambos casos se trata ante todo de confirmar el sometimiento de los vasallos respectivos, de subrayar «la unidad de la Alianza Atlántica» o la «fortaleza monolítica del Pacto de Varsovia». Algo semejante puede darse en este país con el asunto de la OTAN. Tal vez lo más importante que ocurra si el consenso de unos y otros políticos nos integra definitivamente en la OTAN no sea la integración misma, sino la imposición a los españoles del sentimiento de impotencia, de su nulidad política, de su necesidad de obedecer y hasta de volver su cerebro y su razón del revés. Ocurre, en efecto, que la situación de partida presenta, con más claridad que en ningún otro país de Occidente, un dato que el gobierno y sus aliados en este punto, hasta la extrema derecha, tienen que eliminar: la mayoría de los españoles es contraria a la permanencia de España en la OTAN, y el gobierno está comprometido a celebrar un referéndum sobre la cuestión. Para mantener, en esas circunstancias, la permanencia en la Alianza, no hay más que dos caminos: o un acto despótico claro, o la violentación de unos cuantos millones de conciencias por procedimientos tortuosos, por «lavado de cerebro». Es muy posible que la primera solución –la que adoptarían con gusto los franquistas– fuera menos corrosiva de la sustancia ético-política del país que la segunda. Pero ésta es seguramente la que los sedicentes socialistas tienen más a mano. Con ella el gobierno empezaría –si no ha empezado ya– a desintegrar moralmente a los militantes de su propio partido (ya más predispuestos que otros de la izquierda al indiferentismo, por su costumbre de estar en una misma organización con gentes de concepciones muy distintas y hasta opuestas), y de ahí la gangrena se extendería, a través de la potente estela de arribistas que arrastra el PSOE, hasta sectores populares extensos. Hacia dentro es la OTAN para España tan temible como hacia fuera y más corruptora.

Notas de edición (sobre los artículos MSL)
1 Estados Unidos y la URSS.
2 Sacristán tradujo su «Protesta y sobrevive» para mientras tanto.
3 Revista de orientación neoliberal.
4 Los dos primeros países son actualmente miembros de la OTAN.
5 Así terminaban Cluadín y Paramio su artículo, con el texto clásico «Dixi et salvati animam meam.»
6 Tampoco es actualmente miembro de la OTAN.
7 A posiciones no marxistas ni comunistas.
8 Alberto Piris Laespada (1932). General de Brigada de Artillería. En reserva desde 1989.
9 De mayoría parlamentaria PSOE, con Felipe González como presidente de gobierno.
10 Mucho menor en la actualidad como es sabido.

VOLVER AL INDICE

Presentación (FFB)

Como en tantas otras ocasiones, fue decisivo el papel (teórico y práctico) que Francisco Fernández Buey (1943-2012) tuvo en las masivas movilizaciones ciudadanas contra la OTAN y la permanencia de España en la organización militar atlántica. Los comités anti-OTAN, el PCE, organizaciones de la izquierda comunista (MC, LCR) y cristianos por el socialismo (José María Valverde, maestro suyo, entre ellos; celebramos este año su centenario) se alimentaron praxeológicamente de sus reflexiones y acciones.

Se seleccionan aquí cuatro intervenciones antiotánicas del autor de Marx (sin ismos) y de La gran perturbación. Dos de ellas previas al referéndum del 12 de marzo de 1986; posteriores en los dos casos restantes.

1. ¿Y por qué no disolver democráticamente al pueblo?

Publicado en mientras tanto, 25 ½ (Barcelona-febrero de 1986), pp. 7-18. El texto está fechado el 12 de enero de 1986).

AMáximo1,recordandounencuentrovallisoletano

Después del alzamiento del17 de junio elsecretario delasociedadde escritores mandó distribuir unas octavillas enla avenidaStalin, en las que sedecía que elpueblo se habíajugado laconfianzadelGobierno, y que ahora sólo podría reconquistarla redoblando su trabajo. ¿No sería más sencillo que el Gobierno disolvieraelpuebloeligiera otro nuevo?

BERTOLT BRECHT, La disolución (1953)

El Congreso de los Diputados conmemora la festividad de los Santos Inocentes

Esta vez los servidores cotidianos de noticias y de novedades consumibles no habrán tenido que estrujarse el majín para inventar la broma con que sorprender a los lectores, radioyentes o televidentes que cada 28 de diciembre esperan de la impagable profesionalidad de aquéllos la inocentada de turno. No, en esta ocasión la broma ritual iba en primera página, ya servida en titulares: el Partido Socialista Obrero Español2 votó en el Congreso de los Diputados por primera vez a favor de la permanencia de España en la OTAN3. Varios siglos de laicismo habían convertido la leyenda de los Inocentes –originalmente contada como una tragedia– en costumbre humorística a la que se prestan en competición, pero con igual desenfado, infantes y adultos de nuestras sociedades. Pero en la Navidad de 1985 parece que hayamos vuelto a los orígenes de la tragedia, pues las nuevas inocentadas electrónicas y los tradicionales monos de papel clavados con el alfilerito en las espaldas del colega no son sino naderías bobaliconas comparadas con la celebración en regla de la vieja historia, adornada además con el boato parlamentario.

Sólo que, como es del dominio público al menos desde que Valle Inclán se lo hizo decir a Máximo Estrella, en España la tragedia no es tal, sino esperpento. Razón por la cual si no se quiere contribuir al tedioso «a pesar de todo estamos en el mejor de los mundos» con que el poder adoctrina en España a los simples, ni tampoco hacerse mala sangre, tal vez lo mejor sea no salirse del jardín de los cómicos.

El Congreso de los Diputados votó, en efecto, a favor de que España continúe siendo miembro de la Alianza Atlántica. Y lo hizo, según las crónicas, con tantos votos en contra que pueden contarse con los dedos de una mano. Cierto es que no todos los que votaronlo mismo dijeron lo mismo. Unos parlamentarios, en nombre de la coherencia política que les caracteriza y que les ha permitido sin mayores traumas reprimir ayer todo tipo de manifestaciones en las que se pedía libertad y manifestarse hoy bajo pancartas en las que se pide libertad (¡y pensar que aún hay gentes que se ríen de lo de libertadparaquién!4),preferirían estar en la OTAN a todos los efectos; tal coherencia, expresada en una lengua que en estos tiempos se usa poco, podría traducirse así: quieren –como siempre han querido los conservadores cuando hablan de modales– que además de ser siervos de Ronald Reagan5 nos vistamos como tales, como corresponde a nuestra condición de criadas.

Otros parlamentarios, aquellos que siguen llamándose «socialistas» sin rubor y sin necesidad ya de tener que acudir al psiquiatra –para decirlo con una fina distinción política que propuso hace poco Luis Solana6, y sobre la que volveremos– son partidarios de que en esto de la OTAN nos quedemos como estamos; en este caso la ingeniosa ocurrencia del señor Presidente del Gobierno elevada a teoría política por Ludolfo Paramio7] resulta un poco más difícil de traducir al lenguaje cotidiano que la coherencia lógica de los conservadores de las relaciones propiedad y destructores de todo lo demás, pero puede intentarse con la ayuda del otro Máximo: formar parte de una alianza militar sin ser miembros de la estructura militar de la alianza militar susodicha8. Ateme esa mosca por el rabo, diría Mairena. Y va su discípulo Guerra9 y la ata (con la inestimable colaboración de Tiempo de Paz, todo sea dicho).

A esta última maravilla de los creadores de imagen para uso de gentes que, como Rodríguez de la Borbolla10, no tienen demasiado interés por la lógica pero saben en cambio distinguir sin vacilar entre poesía y política (recuérdese la intervención de aquél en el XXX Congreso del PSOE), a este resultado quintaesenciado de la en otros tiempos formación «dialéctica» de algunos que hoy son cuadros «socialistas», las minorías nacionalistas opusieron el matiz verbal que las caracteriza y que por el momento les sigue dando votos: retahíla de fórmulas adversativas convenientemente endulzadas, guiños dialectales a uno y otro lado para acabar, como casi siempre que se habla de cosas importantes en el Parlamento, con la fórmula litúrgica de una misa en la que casi todos ya habían comulgado previamente en la sacristía, o sea, diciendo amén. En estos sectores la coherencia política y la coherencia lógica es también admirable; sin duda piensan alcanzar la autodeterminación de las patrias pequeñas –la cual predican a sus clientelas al volver de los amenes– bajo la mirada bondadosa y paternal del señor Secretario General de la OTAN.Los votantes del PNV y de CDC pueden seguir sintiéndose satisfechos: es casi seguro que sus representantes parlamentarios han obtenido de lord Carrington11 un regalo verbal navideño parecido al que logró Felipe González, el regalo en este caso de que si no en el menú al menos sí en la carta del Restaurante OTAN para el próximo año habrá un plato congelado, pero listo para ser calentado con microondas, llamado Autodeterminación.

Todo eso era cosa esperada; tan esperada y sabida que esta vez el debate parlamentario –a lo que parece, pues no se ha hablado mucho del asunto– no ha logrado alcanzar los altos valores de otras ocasiones en los paneles de audiencia. ¿Será verdad que la gente está harta y aburrida de círculos cuadrados, supuestas coherencias de censores que hablan de libertad y cháchara de políticos oportunistas de la que el ciudadano sólo saca un poco de agua clara cuando algún ingenuo echa la lengua a pacer por su cuenta’? Algo de esto se intuye en la calle, aunque es difícil saberlo con certeza pues todavía no existen institutos para la encuestación que pregunten esas cosas y los que hay, pagados por quienes pueden pagarlo o pagados por el conjunto de los contribuyentes, pero patrimonializados por el poder –según otra revelación reciente–, parecen estar gastando todo el fósforo de los expertos en lograr la pregunta mágica12 que obligue al hombre de la calle a vomitar sus contradicciones para que por fin, al día D se atreva a escribir en la papeleta lo único que en opinión del régimen, va a permitirle dormir sin pesadillas aquella noche: Sí mi presidente,sí.

Y aquí llegan los Inocentes. A pesar de todo lo anterior, a pesar de que el Parlamento vota casi unánimemente en favor de la permanencia en la OTAN. a pesar de que los partidos con mayor representación parlamentaria en el Congreso y en las distintas nacionalidades y regiones (con la excepción del País Vasco) se han pronunciado ya repetidas veces en el mismo sentido, a pesar del fósforo gastado por los técnicos encuestadores, a pesar de las acusaciones indignas contra las organizaciones pacifistas, a pesar de la euforia de Alfonso Guerra (quien, con la cautela que le caracteriza predijo hace un año un cambio importante en la opinión del país sobre este asunto), a pesar de los militares, a pesar de que los principales medios de comunicación han ido presentando a la Alianza Atlántica sucesivamente –según los vientos y con lo estudios de mercado correspondientes a las distintas temporadas– como el ángel de Occidente, como una biblioteca ambulante, como la hermana siamesa de la CEE13, como la mano invisible que garantizará el buen negocio en el mundo libre o por último, como una casa de comidas con gerencia familiar, a pesar de todo eso –digo– el personal sigue en sus trece. La misma noche de la festividad de los Santos Inocentes entraba en máquina el resultado de la enésima (y por el. momento última) encuesta realizada al respecto. Según los datos publicados por LaVanguardiael 45% de los ciudadanos continúa mostrándose partidario de la salida de España de la OTAN. La brecha abierta entre lo que un día se llamó pueblo y lo que sigue llamándose parlamento es tan evidente que en otras circunstancias hubiera producido rasgamiento de vestiduras, autocrítica sinceras, reflexiones profundas y hasta congresos extraordinarios de partidos políticos afectados por el revés. Esta vez, en cambio, casi nada: el dato aséptico en TV, la llamada de atención de El País y los parlamentarios ¡a olvidar el trago! Ningún representante de ninguno de los partidos políticos atlantistas ha hecho tampoco en esta ocasión el comentario que es de rigor cuando las cifras de las encuestas no son favorables: «yo no creo en las encuestas». Y, sin solución de continuidad, los notables de un partido que tanto ha preconizado de palabra el socialismo democrático se han reunido como si tal cosa para concretar en la práctica los acuerdos adoptados casi sin oposición en su asamblea confederal, es decir, para acordar la estrategia que permita cambiar la intención de voto de la mayoría de los ciudadanos.

Lamayoríaparlamentariase lamentaamargamente de lasoberaníapopular.

Sin darse cuenta de que en esteasunto ambos están hablando en nombre de dos minorías, PSOE y AP14 se han enzarzado entonces en un debate verbal cuyas armas arrojadizas son una y otra vez los grandes conceptos del mundo «libre», la representación democrática, la soberanía popular, la relación entre representación directa e indirecta, los intereses de la nación, los sacrificios que hay que hacer para enseñar al pueblo ignorante, etc. Eso sí: en todo este debate que amenaza con prolongarse hasta el día antes del referéndum (si AP no acaba aceptando los pactos que Luis Solana ha ofrecido a la derecha en nombre del PSOE para curar a ésta de la esquizofrenia) unos y otros están teniendo un exquisito cuidado en no mencionar el dato básico de la situación, a saber: que somos mayoría los que estamos en contra de la OTAN.Ellos, unos y otros, para los cuales «partir de lo que hay», «atenerse a los hechos», «ser realistas» y «aceptar las cosas (esto es, el mercado) como son» se han convertido en principios tan respetados en otros contextos como los mandamientos del viejo catecismo del padre Astete15.

Así, gracias a la especial habilidad esperpéntica de los protagonistas de este auto sacramental representado en honor de la democracia de transición, hemos podido enterarnos de que «la abstención activa sólo cabe en mentes que no tienen muy claros los principios democráticos» o de que «es antidemocrático negar a los ciudadanos el ejercer un derecho como es el de no participar en un referéndum innecesario». Lo chocante, lo que al ciudadano sensible y preocupado por la libertades reales y no por la palabras, lo que al hombre que votó al PSOE en las anteriores elecciones16 para cerrar el camino al neofranquismo tiene que dejarle de una pieza es que lo primero, lo de la «abstención activa», lo dice un individuo de un partido «socialista» en un país donde no hace mucho lo único que podía hacer una persona de talante democrático era preconizar precisamente la abstención activa ante referenda orgánicos; y que lo segundo, lo de que «es antidemocrático negar a los ciudadanos el derecho a no participar en un referéndum» lo dice ahora un señor17 que justamente hace veinte años, como colaborador de Franco, obligó a los ciudadanos a votar en un referéndum bajo la amenaza de no pagarles el salario correspondiente si no acudían a la urnas especialmente preparadas para el acontecimiento.

¡Qué ocasión, qué hermosa ocasión para que los liberales de antes –quiero decir los de antes del neoliberalismo y la fascistización silenciosa– se pusieran a bien con su conciencias echando una ojeada a la paja del ojo propio a la enorme paja que ya no se ve de tanto como ha crecido en este mundo «libre»! ¿Qué se hicieron de la ironía de hace años sobre las cuasi unanimidades de congresos de los partidos comunistas? ¿Dónde está la imparcialidad liberal y tolerante de todos aquellos que comentaban con sorna las unanimidades de los parlamentos de países gélidos en los que se decidían asuntos vitales contra la opinión de la mayoría de la población? ¿Qué se hizo de la dignidad y de la ética liberales con que no hace mucho se aplaudía y apoyaba solidariamente a los disidentes que en otros lugares se atrevían a levantar la voz de la resistencia contra las cuasi unanimidades de congresos y parlamentos? El calcetín se vuelve del revés: el editorialista liberal que se mofó de la monótona unanimidad de los célebres telegramas de CCOO a ElPaís18debería decir ahora al menos una palabra sobre toda esta mierda para que los otros podamos seguir pensando que los gusanos de la conciencia todavía son algo, además de usarse, como se usan tan a menudo, para pescar truchas en ríos revueltos.

Siguen diciendo las crónicas que algunos parlamentarios del PSOE expresaron «su pena» por haber tenido que votar por primera ve en las Cortes a favor de la OTAN. El cronista no da nombres. Como el objetivo del cronista no es dividir a ese partido, no hacen falta nombres. Cuando se trata de partidos menores o –para ser más precisos– de partidos de izquierda y de organizaciones alternativas entonces sí, entonces por lo general se nos informa con detalle de la vida y milagros del disidente y hasta de las ocultas intenciones para el futuro que éste sólo comunicó la noche anterior a su compañía de cama. Y es lástima que en este caso se nos haya ocultado el nombre de los parlamentarios del PSOE que sintieron pena, porque el movimiento pacifista además de enviarles unánimes, aunque monótonos, telegramas compadeciéndolos podía haberles ofrecido en primera instancia que se pasaran al grupo mixto por aquello de que las penas compartidas son menos; allí están ya de vuelta de la vieja costumbre por la que se lamenta amargamente la soberanía popular cuando ésta no coincide -como ocurre ahora en el caso del PSOE- con las opiniones propias.

ElseñorPresidentedelGobiernosufresacrificándose por todosy los intelectualesdel régimen, comprensivos,se ponen ateorizar sobre laesquizofrenia

Este enaltecedor sentimiento consistente en sentir pena de uno mismo y sufrir por los demás se ha convencido de un tiempo a esta parte en el descubrimiento político capital de la mayoría parlamentaria. Los cronistas no están seguros de cuándo empezó todo, pero no hay duda de que en algún momento dado de los mil días de gobierno «socialista» algunos de los notables del PSOEempezaron a darse cuenta de que el motivo de la regeneración ética no resultaba en este país de gárrulos y decidieron que era mejor recuperar la vieja música del estadista y del político sacrificado por todos. Uno de estos dirigentes –cuyo nombre no puede darse aquí para no frustrar la noble tarea del agente secreto que por la mañana, en su puesto, declara una cosa y por la noche, tomándose unas copas con los amigos, la contraria– contaba no hace mucho a quien quisiera oírle que todo empezó con lo de la cabeza y el corazón. Ya saben: la declaración aquella del señor Presidente del Gobierno sobre la OTAN en la que nos hizo saber que su corazón está con nosotros, pero su cabeza no. Yen verdad debió ser ese el momento porque a partir de entonces los agentes dobles, poniendo en peligro sus sueldos, se atrevieron a hacer circular ciertas bromas acerca del cordial y las meninges del señor Presidente que hasta entonces sólo se habían permitido con el señor Morán19.

Fue por aquellas fecha cuando las cosas empezaron a cambiar en serio. Superados los primeros chistes malintencionados de los agentes secretos, los intelectuales del régimen empezaron a caer en la cuenta de que el problema del señor Presidente no sólo les incumbía desde el punto de vista estrictamente material, sino que además, en sustancia, era el suyo propio, su problema. Lo que suele llamarse un problema generacional. Los intelectuales y asimilados de la generación del Sesentayocho tenían, también ellos, su aún joven corazón inflamado por aquellos vientos del cambiarla vida y pedirlo imposible, pero su cabeza –y hasta su estómago, si se me permite el homenaje intempestivo al camarada Amadeo Bordiga con cuyo materialismo nos ilustraba no hace mucho tiempo alguno de los que hoy son cuadros del PSOE– les estaba pidiendo lo posible, y si lo posible no es cambiar la vida de las sociedades -pensaron- entonces tal vez lo adecuado sea cambiar la vida de uno mismo.

Hay que decir que durante algún tiempo esa conclusión se mantuvo todavía en el marco de las ideologías del Sesentayocho perfumadas con el encanto contractual que de vez en cuando les añadía Rubert de Ventós20. Eran los días de la ambigüedad calculada. El señor Presidente del Gobierno no había resuelto aún la división en que se hallaba su persona y, ateniéndose a una estricta y tradicional concepción dualista de la naturaleza humana, iba dando una de cal y otra de arena, una de corazón y otra de cabeza. Se intentó incluso resolver la escisión interior del alma del señor Presidente mediante un recurso de rancia raigambre en la literatura europea, el desdoblamiento de la personalidad. Y así González daba la de cal, la de cabeza, y Guerra la de arena, la de corazón (o viceversa, porque como en tantos otros casos de desdoblamiento al final no está uno muy seguro de cuál es el lado bueno). Mientras la escisión se mantuvo, la mayoría parlamentaría vivió todavía días felices. Por aquellos tiempos las juventudes «socialistas» y los animadores culturales por oposiciónorganizaban aún interesantes encuentros en los cuales el ideólogo de turno solía cuadrar el círculo sin apenas contradictores. La cosa no era particularmente difícil: se contrataba al intelectual de cierto nombre que casualmente andaba por París el 27 de abril de 1968 y se le pedía que contara aquella fiesta; el intelectual se animaba, refrescaba vívidamente en su memoria los gloriosos eslóganes y el correspondiente coloquio acababa con la conclusión buscada: «Pues bien, tronchos, aquella cojonuda movida para cambiar esta plasta de vida es la bandera que nosotros, el PSOE, hemos recogido. Adelante la juventud». Es cierto que a veces el intelectual, o asimilado, se quedaba un poco perplejo al final recordando inferencias similares que él mismo había hecho en sus años mozos (aunque entonces el «nosotros» se refería a otros partidos), pero tampoco era cosa de desengañar a los «tronchos» con el desengaño propio.

El asunto empezó a empeorar a medida que el señor Presidente del Gobierno iba superando la escisión íntima. Otro agente doble, en este caso miembro de la 36ª policía paralela, acaba de contar en sus memorias que fue otro Presidente, el actual Presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, quien encontró la pócima que necesitaba el nuestro para salir de aquella tremenda tensión interna. De acuerdo con esa versión (cuya veracidad no está garantizada, cierto es), el Presidente Reagan le habría dicho al Presidente González en una de sus entrevistas rápidas cuyo tema central fue la OTAN: «Los Estados Unidos de Norteamérica son un gran país. Cuando una criada no les sirve la despiden y buscan otra». Momento en el cual el Presidente Reagan miró fijamente hacia el lugar que ocupa Marruecos en el mapa del Imperio y el Presidente González comprendió. Comprendió que la pregunta básica de Alicia en el paísde lasmaravillas(aquella de «¿quién manda aquí?») había quedado contestada de una vez por todas, razón por la cual –como decía Pinocho– la escisión entre corazón y cabeza quedaba superada.

Con ello se acabó también el desdoblamiento de personalidad. Fuera porque las masas ignorantes asimilaban el viejo tema literario al nombre de un bárbaro ruso del siglo pasado llamado Dostoievski y no era cosa, claro está, de dar carnaza rusófila al pueblo en un momento de mucha tensión internacional, fuera porque, efectivamente, la franqueza del señor Presidente de los Estados Unido obró el milagro, lo cierto es que a partir de entonces González-Guerra fue ya una sola y única persona. Incluso en el asunto OTANSe hizo entonces una llamada a los intelectuales y asimilados para que explicaran al pueblo reticente que en el fondo en lo que hacía a la posición sobre la OTAN, el PSOE no había cambiado tanto como decían las malas lenguas. Así se abrió el camino hacia la verdad histórica: los intelectuales llamaron a la franqueza del Presidente Reagan y a la curación inesperada del Presidente González «razón de estado», explicaron que el eslogan «de entrada, no» era ya suficientemente meridiano, puesto que después de «entrada» iba inequívocamente una coma que lo decía todo, y que en el caso de haber querido decir otra no hubieran puesto la coma. Lo más acostumbrados al trato con lo líderes de opinión llegaron todavía un poco más lejos argumentaron: pero ¿acaso no recordáis que basta Máximo se dio cuenta y sacó un chiste al día siguiente en el que se leía «de entrada no de salida tampoco»? ¿qué clase de dirigentes políticos sois vosotros cuyas entendederas están por debajo de las de un simple humorista? Y luego, la estocada definitiva: está en marcha una reconversión casi industrial que va a afectar principalmente a los líderes de la opinión y a los intelectuales que nosotros llamamos orgánicos…

A pesar de este argumento tan decisivo, a pesar de que Claudín y Paramio saltaron nuevamente a la arena para disipar temores de disidentes internos con la sana intención de convencer a éstos y a los demás de que fuera de la OTAN no hay más que caquita y el espíritu de Zhdanov21, se sabe de buena tinta que unos cuantos cuadros e intelectuales del PSOE habrían murmurado por lo bajo y otros incluso habrían dicho en público cosas como ésta: «La campaña a favor de la OTANen los barrios va a hacerla su puta madre». Tampoco se sabe en este caso el nombre de los disidentes y menos aún el de la sacrificada madre tan vilmente insultada, aunque este último se supone. ¿Debemos suponer, en cambio, que los intelectuales murmuradores o incluso los que se atrevieron a alzar la voz en público contra la progenitora del instructor sociocultural son aquel líder al que el consejismo del joven Gramsci22 le parecía –al iniciarse la transición– reformismo idealista de pequeño burgués de origen campesino, o aquel catedrático de universidad que no ha mucho ilustraba a sus alumnos desbordando a Tony Negri por la izquierda? ¿O más bien hay que suponer que se trata de aquel otro literato al que la política le producía frigidez y sólo se recuperaba mediante la subversión permanente de todos los valores? ¿Se tratará tal vez de los viejos topos de los Setenta, o de aquel economista al que Lin Piao le parecía una hermana de la caridad, o de aquel profesor trotskista que pretendía expulsar a Mandel de la IV Internacional acusándole de pesimismo crónico? ¿Será acaso nuestro intelectual murmurador, ese que hoy no está dispuesto a ir al barrio, ni siquiera a la universidad, para explicar la buena nueva de las bondades de la OTAN, aquel otro profesor de universidad que tan precozmente descubrió el revisionismo de Carrillo23, o el sociólogo a quien la Virgen de Fátima le comunicó en su infancia de escoltista que todo poder corrompe, que aquí no hay Dios que se salve y que, por lo tanto, sólo cabe la acción directa? ¿O será, por un casual, aquel otro intelectual cosmopolita que en el Sesentayocho decidió que no había ya problemas nacionales para redescubrir en el Setentaysiete que lo único moralmente sano es luchar por la independencia de la patria y acabar en el ochentaytres haciendo la síntesis dialéctica como animador cultural? ¿O será, por último, el intelectual ecologista decepcionado de todos los partidos izquierdistas que decidió hacer de agente doble en la Dirección General de Medio Ambiente?

No se sabe todavía; pero pronto lo sabremos porque todos estos amigos de la generación que vivió la época dorada del du-du-á (la anterior al herpes, talco y tecno-pop), y que luego honradamente creyeron que la política del PSOE era la continuación del sesentayochesco cambiar la vida, saben que nosotros sabemos que, aunque no vayan a los mítines pro-OTAN en los barrios y en las universidades, les va a crecer la nariz si no dicen algo y pronto.

A todo esto, superada la fase de la escisión y el desdoblamiento, el señor Presidente del Gobierno, ya distendido y sin dramatismo, ha logrado hacer la cala definitiva en la compleja estructura psíquica de quien diariamente se ve en la obligación de decidir por todos. Y lo ha dicho redondo: «mi problema es que llevo años sacrificándome por todos los españoles». Se han dado ya muchas interpretaciones a esa confesión, ninguna de las cuales –en opinión de nuestro informante, en este caso un conocido psiquiatra que no es argentino ni siquiera agente doble– calan en lo hondo de las cosas. No, no se trata de un desliz del señor Presidente del Gobierno, ni siquiera de la muestra profunda de un subconsciente megalomaníaco que haya que relacionar con lo del Azor24, ni mucho menos de una concesión pasajera a la habilidad inquisitiva del señor Cebrián25. Nada de eso: se trata de la nueva política del PSOE. Con aquella luminosa frase el señor Presidente del Gobierno pretende lo que el oráculo de Delfos: en lo obvio está la verdad profunda, la verdad que sólo desvelaremos en abril de 1986, cuando el referéndum sobre la OTAN se haya celebrado ya. Dice mi experto informante –y algo podemos adelantar aquí– que aquella sutil sentencia se comprenderá en toda su plenitud cuando, una vez perdido el referéndum sobre la OTAN el señor Presidente disuelva las cámaras, presente la dimisión y vuelva a ser elegido -entonces ya defendiendo abiertamente el atlantismo, no como en 1982- por la misma mayoría que le habrá obligado a dimitir en marzo26. Entonces –insisto: según el psiquiatra anticonductista, que es al tiempo un inveterado pesimista– todo se hará luminoso; el señor Presidente se sacrifica, efectivamente, por todos los españoles: por los que se abstengan en el referéndum, por los que no le voten en el referéndum, por los que le voten en el referéndum y por los que le voten después del referéndum. El supuesto en que se basa tal hipótesis es que como para entonces ya no existirá izquierda propiamente dicha en España habrá de producirse una especie de comunión de los santos entre el que se sacrifica y aquellos en nombre de los cuales se hace el sacrificio.

He de decir que no concedí la más mínima plausibilidad a una hipótesis tan retorcida y especulativa hasta que leí, con retraso, el interesante artículo que sobre la esquizofrenia de la derecha publicó el 19 de diciembre Luis Solana en El País. La contundencia con que el autor declara que por primera vez en la historia de España la izquierda ha dejado de ir al psiquiatra tiene que leerse, sin ninguna duda, como una velada alusión al momento en que el señor Presidente superó su desdoblamiento y se declaró inequívocamente proatlantista (recuérdese que el propio Luis Solana fue un precursor en eso y que a partir de ese momento la quinta columna empezó a hablar del «hermano listo»). Es verdad que la pieza ensayística de Solana se abre con una afirmación que a más de uno le parecería un tanto fuerte, aquella de que desde finales de los setenta, y en unos pocos años, los españoles hemos recorrido el mismo camino que buena parte de los pueblos europeos tardaron en recorrer dos siglos. Pero leída desde después de la implantación del IVA, tal afirmación resulta razonable sobre todo si no se quiere discutir sobre caminos sino simplemente sobre el final de los mismos: el contento que se ha producido en la mayoría de la población sólo es comparable al que produce la permanencia en la OTAN.

Volvamos, pues, al tema de fondo: la esquizofrenia. Le hice observar a mi amigo el psiquiatra que una persona que firma como dirigente de un partido socialista y obrero y al mismo tiempo como miembro de la principal organización de los empresarios no era precisamente el tipo adecuado para lanzar la primera piedra en eso de estar libres de doctores de psiques. Pero el experto me replicó que objeciones de ese tipo son antiguallas, argumentos de la vieja izquierda que siempre está pensando en la lucha de clases. Al contrario –dijo él– ser al mismo tiempo «socialista obrero» y «empresario capitalista» facilita mucho el equilibrio psicológico y favorece la comunicación humana, pues si alguien en la calle te aborda con la consabida historia de que está en paro, son seis de familia, etc., le puedes contestar como socialista-obrero que se vaya a dormir al metro, y si al llegar al despacho un pequeño empresario se te queja del IVA le puedes contestar que tú estás a favor de los monopolios y de las transnacionales. En realidad –concluyó– ésa es la forma en que la gente psíquicamente sana ha resuelto siempre el eterno problema que nos plantea la contradicción entre lo que somos y lo que quisiéramos ser.

Con esta óptica, si uno vuelve al artículo de Solana descubrirá que, en efecto, el remedio que el autor recomienda a la derecha española para librarse de la esquizofrenia y lograr el equilibrio espiritual de que goza «la izquierda» (después de ese paso de gigante de dos siglos en seis años) es tan sencillo que parece mentira que no se nos haya ocurrido antes. Pasa con el descubrimiento de Solana como con las grandes gestas científicas: la solución estaba allí, al alcance de cualquiera, y, sin embargo, siempre nos sorprendemos cuando se logra. Elemental: un pacto PSOE-AP sobre el momento adecuado y la pregunta adecuada par ganar el referéndum. Esas cosas se negocian o ¿acaso no estamos en una economía de mercado? La fecha: ¿Qué tal el 9 de marzo, por ejemplo?27 Con ello conmemoraríamos de paso el vigésimo aniversario de la asamblea constituyente del sindicato democrático de estudiantes de la universidad de Barcelona28, asamblea en la que, como se sabe estábamos todos, unos dentro y cobrando y otros fuera y repartiendo, pero todos al fin y al cabo. Y la pregunta igual. ¿Qué tal por ejemplo, la propuesta por Perich en ElJueves?Es un poco obscena, pero como antes le vamos a poner al personal El imperiode los sentidos29la gente ya estará curada de espantos: «¿quieren ustedes salirse de la OTAN o prefieren quedarse en la OTAN y que además se la chupemos?».

Parece ser que la razón de que la derecha haya rechazado hasta ahora el pacto fue precisamente la obscenidad de la pregunta propuesta por los «socialistas» para el referéndum, la cual provocó una intervención de última hora pero decisiva, de la Conferencia Espiscopal. Esta última recordó de paso a los dirigentes de AP que la forma tradicional y católica de superación de las esquizofrenias no es el laico convertirse en lo contrario de lo que se dice ser, ni tampoco el pacto con el diablo, sino el confesonario: locura la cura el cura, no el psiquiatra –dijo el señor Presidente de la Conferencia Episcopal al ser consultado.

Ese es el contexto –la imposibilidad inmediata del pacto sobre momento y pregunta– en el que hay que entender la confesión del señor Presidente del Gobierno al señor Cebrián.

Lo importante ahora para esa mayoría de la población que se ha mantenido firme en sus convicciones y que ha logrado traer de cabeza a expertos encuestadores y teóricos políticos durante estos dos últimos años, es tener las cosas clara para el día del referéndum y para los días que vendrán después del referéndum. Esto exige no dejarse coger en la trampa de la nueva política del PSOE. Hay que salvar al señor presidente del duro peso que sin duda le significaría el que se siga sacrificando por todos,pero no aceptar eso como una política de recambio a lo del regeneracionismo ético. Y lo mejor para descargar al señor Presidente del Gobierno de tanto sacrificio es votar noa la OTAN en el referéndum. Van a repetirnos que todos los refrenda los gana el convocante. No es verdad. Hay al menos una excepción: la de otro que se creyó Dios en el país vecino.. Yno han pasado deello tantos años. Si la mayoría sigue diciendo no,si vota en conciencia, si apaga la TV cada vez que amenacen con manipular las conciencias, entonces habremos salvado al señor Presidente del Gobierno. Hagámoslo por él. Las encuestas dicen que la mayoría le queremos, seamos consecuentes: querámosle como se quiere a un amigo, a una compañera, librémosle de la carga que lleva encima, hagamos algo para que deje de ser un normópata y vuelva a ser, como los demás, un poco esquizofrénico; saquémosle de la Moncloa, que le dé el aire.

Si logramos eso, muchas cosas pueden cambiar en este país para bien. Si no, si al final el poder gana el referéndum, el mal moral estará hecho. Se sabe de buena tinta que en ese caso el próximo consejero del señor Presidente del Gobierno va a ser un dramaturgo que en sus años jóvenes tuvo –según decía él– un venazo brechtiano del cual sólo le quedó una idea fija que trata de inculcar al señor González Márquez en cada una de las cenas que la Corona ofrece a los intelectuales: ¿Y por qué no disolver al pueblo?

VOLVER AL INDICE

2. Sobre la OTAN

Guion desarrollado de la intervención del autor en una mesa redonda celebrada en la Facultad de Económicas de la Universidad de Valladolid (donde era entonces profesor) el 10 de marzo de 1986, dos días antes del referéndum.

Creo no equivocarme mucho si digo que todos –ponentes y oyentes– empezamos a estar ya un poco cansados de la repetición de frases, eslóganes, amenazas velada y recriminaciones vertidas durante la campaña sobre el referéndum OTAN. Observo, por otra parte, que en los últimos días se está haciendo cada vez más uso del argumento que los poderosos siempre han considerado decisivo: nosotros o el caos. Cuando el poder –que no es lo mismo que el gobierno– está compartido entre lo que un día se llamó los poderes fácticos (los de verdad) y quienes los gestionan, ese argumento decisivo se suele dividir en dos:

1) o hacéis lo que decimos, o nos hundimos.

2) haced lo que queráis, porque de todas formas se va a hacer lo que nosotros queremos.

En este caso, el primero es el mensaje final del PSOE en la campaña; y el segundo es el mensaje de AP y de las formaciones nacionalistas del País Vasco y de Cataluña30.

No voy a polemizar con esas dos formas de convencimiento de los ciudadanos. Simplemente dejo en el aire una pregunta: ¿por qué dudáis tanto de la sensatez y de las racionalidad de la mayoría cuando la mayoría no está de acuerdo con vosotros? ¿Por qué siempre habláis de la madurez y racionalidad del pueblo cuando os vota y lo llamáis emotivo e irracional cuando, como en este caso, no está de acuerdo con vuestras opiniones? ¿Está acaso vedado por algún principio democrático el que la mayoría pueda equivocarse, y equivocándose, hacerlo mejor que lo que lo habéis hecho vosotros? Al fin y al cabo quienes van a votar no a la OTAN ni fueron ministros de Franco, como el Sr. Fraga Iribarne, ni hicieron los cálculos para la creación de los 800 mil nuevos puestos de trabajo31.

***

En este tema de la OTAN hay un argumento que muchas personas compartimos y que es el único que voy a desarrollar aquí:

Si de verdad se quiere la paz hay que preparar la paz, hacer algo por ella. Y la mejor manera de preparar la paz no es reforzar alianzas militares construyendo armas, haciendo negocio con su venta a terceros y luego lamentándose hipócritamente de que estos terceros los utilicen. En suma, se hace más por la paz denunciando el militarismo de los bloques y de las alianzas militares que reforzándolos. Pues ser parte de una alianza militar supone mantener la vieja idea de que para lograr la paz hay que preparar la guerra.

Como este es un argumento muy sencillo, es natural que la mayoría lo comparta. Es tan natural que dicen compartirlo incluso los que están a favor de las alianzas militares y votan presupuestos armamentistas. Cuando a estos últimos se les pregunta cómo pueden estar a favor de las dos cosas a la vez, siempre acaban diciendo que en el mundo en que vivimos hay que ser así, que no se puede ser de otra manera. Pero entonces se rebaten a sí mismos: no creen de verdad que para lograr la paz haya que preparar la paz. Y, en efecto, no es ninguna casualidad que al llegar a este punto siempre se nos hable del enemigo o de los enemigos por una parte y, lo que es peor, incluso de los amigos que no nos permitirían el no estar en una de las alianzas militares.

VOLVER AL INDICE

3. Cartadelaredacción

Firmado como «mientras tanto», el texto, escrito por el autor, apareció en mientras tanto, 26 (mayo 1986), pp. 3-14. La primera parte del artículo está fechada en marzo de 1986; la segunda el 1º de mayo.

Lector, lectora:

Cuando estas reflexiones lleguen a tus manos, la resaca del referéndum sobre la OTAN habrá quedado atrás. Pero en tu recuerdo estará todavía aquel resultado capaz de obrar un milagro. Todos, aquella noche, habían logrado salir vencedores. Aunque lleguemos tarde a la cita, como suele ser propio de una revista trimestral, queremos dejar constancia de nuestra inesperada y contundente derrota del 12 de marzo. Todo el mundo parece haber decidido atribuirse victorias; nosotros empezamos por reconocer la derrota. Habíamos dicho y escrito antes del 12 de marzo que una suma de votos negativos superior a los afirmativos habría sido un gran paso para la paz. Habría abierto una brecha en la dinámica de bloques, permitiendo a España emprender la senda de la neutralidad y la desmilitarización. Habíamos dicho y oído que por esa senda habrían podido transitar después otros países que llevan muchos más años encadenados a un bloque militar, razón por la cual un recuento de noes superior al de síes habría supuesto una importantísima victoria para los movimientos de paz en Europa –del este y el oeste– y los propios Estados Unidos.

Por si todo ello fuera poco, aún añadimos que un cómputo negativo mayoritario habría significado un merecido bofetón a la clase política española. Enmendarles la plana habría supuesto corregir el torcido rumbo de aquella transición pactada por arriba, frenar la americanización de nuestra vida política mediante un ejercicio de democracia directa, y abrir un claro espacio para que una alternativa política de izquierdas cambiara la composición de los parlamentos de este país.

Quizá importan poco tales pronósticos cuando se trata de jugar a la victoria atribuida, pues sus tácitas reglas de juego declaran nula toda promesa o declaración preelectoral una vez librada la partida. Pero es ahí justamente donde esta revista se encuentra incapacitada para aplicarse idéntica norma y declararse como otros vencedora moral. No sólo pronosticó: tuvo la peregrina ocurrencia de entrar en juego haciendo suya una regla adicional que censuraba la falsedad y el autoengaño como herramientas políticas.

***

Hemos de decir, por tanto, y sin ánimo ele aguafiestas, que el imponente mazazo del recuento de votos emitidos contra pronóstico el 12 de marzo ha sido la derrota más seria sufrida por los movimientos pacifistas desde el inicio del despliegue de los euromisiles. Una derrota de la paz, y una victoria del belicismo nuclear, que refuerza la dinámica de bloques por parte occidental en un momento en que la administración Reagan está alcanzando las cotas más altas de agresividad: escalada intervencionista en Nicaragua y –en medio de lo que fue un marenostrum– contra Libia; hostigamiento de sus propios aliados europeos para subordinarlos económicamente e incluirlos subalternamente en el proyecto de guerra de las galaxias; bloqueo de las conversaciones de Ginebra por la evidente determinación norteamericana de añadir a sus armas de contrafuerza el escudo protector de la SDI32, que en las próximas décadas podría proporcionarle todas las piezas necesarias para una estrategia de primer golpe nuclear. Y todo ello cuando la Unión Soviética33 está ofreciendo las propuestas de desarme bilateral negociado más serias y audaces de los últimos tiempos: retirada mutua de cargas nucleares de medio alcance en Europa sin contar inicialmente las británicas y francesas; reducción a la mitad de los respectivos arsenales estratégicos; y, muy especialmente, su moratoria unilateral a las pruebas nucleares hasta la siguiente detonación atómica estadounidense.

Que, en una situación así, un país como España decida permanecer en la OTAN mediante referéndum supone un éxito sin precedentes de las orientaciones belicistas. Por primera vez un bloque militar ha sido refrendado en las urnas, y la OTAN ha logrado salir electoralmente legitimada de la prueba. Las consecuencias para otros proyectos de referéndum a iniciativa de movimientos pacifistas parecen previsibles.

También en el plano de la política interior el resultado es negativo como saludable habría sido el opuesto. Se consolida finalmente el sistema político surgido de la transición, y quedan reforzadas sus peores rasgos: indiscutida primacía de las oligarquías de unos pocos grandes partidos, desdibujamiento de los programas –el PSOE no volverá a prometer nada concreto– y su sustitución por las imágenes publicitarias de los candidatos, separación de las instancias de representación y decisión, dilución de la representación misma por la distancia creciente entre elegidos y electores. Se acentúa además el enquistamiento del PSOE en ese sistema parlamentario degenerado, con su corrupta legión de arribistas y funcionarios. Tras unos y otros prosperará aún más el cinismo intelectual y político que los justifica.

Admitimos pues algo un poco peor que la victoria de Felipe González y su partido. Admitimos la victoria del sistema de poder económico-militar que primero subordina a gobiernos como el de González, a los dictados de la superpotencia norteamericana, y los utiliza después para conformar las opiniones públicas de sus respectivos países. Un sistema político de representación indirecta desnaturalizada, parlamentario ynada democrático, es el instrumento más eficaz para el avance de ese nuevo militarismo fraguado porla alianza del poder económico con los estados mayores nucleares. Su victoria es nuestra derrota. Únicamente nos negamos a admitir que el triunfo de la OTAN sea el del pueblo español (tanto sise incluye como si se excluye del mismo a vascos, catalanes y canarios34). Y, como nuestra voluntaria impericia en el juego político establecido nos ha hecho admitir la derrota, procedamos al repaso que quizá deseen evitar quienes habiendo perdido como nosotros decidieron atribuirse una victoria moral..

***

Cuando poco antes de convocarse el referéndum redactamos el editorial del anterior número extraordinario consideramos la peor hipótesis entonces previsible: que lo convirtieran en un plebiscito aclamatorio, con una pregunta confusa vinculando la OTAN con cualquier otro asunto, unos medios de comunicación controlados por el gobierno que no respetarían la menor apariencia de ecuanimidad, y un martilleo sobre los posibles votantes del no acerca de «las nefastas consecuencias sin cuento que para “estabilidad democrática” tendría el triunfo de su opción» todo lo cual daría lugar –con el concurso de la derecha política– a una apretada victoria del poder. En el mismo número reproducíamos un artículo de Manuel Sacristán, publicado quince meses antes en Liberación35considerando la violentación de unos cuantos millones de conciencias por procedimientos tortuosos, por «lavado de cerebro», como la vía que los «sedicentes socialistas» tenían más a mano para mantener en la OTAN un país cuyos habitantes albergaban sentimientos nada proclives a esa alianza militar.

Recordamos todo esto ahora precisamente para declarar a continuación que los componentes del colectivo editor de esta revista no esperábamos el resultado que finalmente arrojaron las urnas. Pese a nuestras dudas y prevenciones, no sospechamos que aquel brutal allanamiento de varios millones de conciencias, obligándoles a «volver su cerebro y su corazón al revés», iba a producirse en el tiempo récord de una semana.

No es probable que las encuestas mintieran el jueves 6de marzo cuando coincidían casi todas en mostrar un rechazo aún mayoritario de la OTAN. A pocos días del fin de campaña, la incógnita era ya sólo una: si aquella mayoría aguantaría el vendaval televisivo, radiofónico y periodístico, si llevaría hasta las urnas sus sentimientos contrarios a la OTAN; o si, por el contrario; confundida por una derecha que buscaba desnaturalizar a toda costa el sentido de la consulta, avasallada por un gobierno y su partido que la intimidaban a diario con su coro servil de funcionarios e intelectuales dependientes, y viéndose por fin seriamente amonestada en familia por el mismísimo presidente, haría de tripas corazón para decir amén.

En una semana la ofensiva en toda regla del poder arrasó esos varios millones de voluntades, logrando que votaran sí, o que optaran por inhibirse aturdidos y hastiados por tanta persecución. El resultado marca un hito en el ejercicio de la política como arte de conducir a los pueblos donde no quieren ir. Una experiencia tan singular merece detenerse a examinar en detalle con qué medios se logró doblegar la voluntad de tantos no convencidos, y en qué medios sociales resultaron más eficaces.

***

El nohabía ganado claramente la calle, los canales de comunicación horizontales, todos los debates públicos en igualdad de condiciones. Pero carecía de recursos para traspasar el umbral de todas las puertas. Eso sólo les está permitido al servicio de correos, a las ondas radiofónicas de las grandes cadenas y, sobre todo, a la televisión. La televisión es un monopolio del Estado en manos del gobierno central, salvo en el País Vasco, Cataluña y Galicia donde lo comparte con los gobiernos autonómicos. Lo ha sido durante toda la campaña de manera escandalosa. Pero en los últimos y decisivos días la manipulación televisiva alcanzó las mismas cotas increíbles que los fríos sudores de la intranquilidad gubernamental.

Pero ya era previsible de antemano que un gobierno converso al atlantismo, comprometido a la vez a permanecer en la OTAN y a celebrar un referéndum con la opinión pública predispuesta en contra, no reparara en medios para allanar posibles votos negativos. Por sí solo el bombardeo televisivo no explica el resultado contra pronóstico del referéndum.

Además, la confusión e intimidación padecidas por el electorado no son imputables únicamente el gobierno y al hecho de que su presidente convirtiera en casa propia losestudios de TVE durante los dos últimos días de la campaña. A la confusión del electorado –que finalmente se traduciría en un voto proatlantista– contribuyó también la estrategia de la derecha política española liderada, como es sabido, por un experto en plebiscitos amañados.

Esta era una estrategia arriesgada, incluso temeraria: minar a toda costa el referéndum, deslegitimar su resultado cualquiera que éste fuese, confundir al electorado desdibujando el fondo de la cuestión refrendada. La derecha española calculaba –y así lo dijo explícitamente en varias ocasiones– que independientemente del resultado del referéndum el partido gubernamental haría todo lo posible por mantener a España dentro de la OTAN y en ese cálculo basó la propia decisión de jugar fuerte, es decir, de apostar por erosionar al PSOE con la vista puesta en las próximas elecciones generales. Para Fraga (y en parte también para Roca36) el sí o el no del electorado en el referéndum contaban menos que poner al PSOE contra las cuerdas.

Es cierto que esta estrategia de la derecha hizo pasar malos ratos al conjunto de los proatlantistas: suscitó desazón en sus correligionarios europeos y norteamericanos, obligó a los principales banqueros del país a hacer una insólita declaración a favor del sí,confundió a una parte de los votantes conservadores y cuando las últimas encuestas publicadas mostraron la persistencia de la intención de voto negativo de la mayoría, obligó al PSOE a buscar correveidiles que intentaran convencer a los líderes de Alianza Popular de la necesidad de un giro de última hora. En toda esta confusionaria operación hay que reconocerle a la derecha un mérito: su seguridad en que el monopolio de la televisión iba a ser el elemento decisivo en la consulta. Mérito, por otra parte, nada honroso, pues era fruto de su anterior experiencia en esta clase de apaños.

Es difícil decir hasta qué punto esta antidemocrática y energuménica actitud de la derecha ha contribuido al final como yunque al éxito de los martillazos gubernamentales. Para saberlo con alguna certeza habría que tener datos, que no tenemos, acerca de qué parte del electorado conservador al que las encuestas daban favorable al no se abstuvo realmente o decidió votar afirmativamente con los banqueros en vez de con Fraga; habría que tener datos, que tampoco tenemos, sobre qué parte del electorado «socialista», que hasta el día 8 de marzo pensaba votar no, votó finalmente por miedo al vacío que en palabras de su presidente crearía el no, o por miedo a Fraga, como en las últimas elecciones generales. ¿Fue el miedo al lobo fraguista el elemento decisivo o fue el miedo a la libertad? Esa es la pregunta. Para la cual hemos de confesar humildemente que no tenemos una respuesta precisa, aunque nos inclinamos a pensar que hubo una combinación de los dos miedos.

En cambio, una cosa está clara: ambas fuerzas proatlantistas aparentemente opuestas colaboraron de manera tácita en una misma ceremonia de la confusión alejando decisivamente para varios millones de votantes la opción que de verdad eligieron –la OTAN– de la que en su aturdida intención tenían al entregar el voto. El 12 de marzo no hubo un referéndum, sino un referéndum y medio:el otro medio fue un ensayo general para las elecciones próximas. Y en esto los expertos del CIS sí acertaron.

***

Para lograr una confusión. intimidación y manipulación en masa se precisa algo más que manipuladores, intimidadores y confusionarios con potentes medios en sus numos. Se requieren, además, varios millones de personas que se dejen intimidar, confundir y manipular. La segunda gran cuestión a considerar del resultado del referéndum sobre la OTAN es ésta: dónde, en qué medios sociales y por qué motivos consiguió hacer mella la fuerza compulsiva del poder.

La campaña de la Coordinadora de Organizaciones Pacifistas, acompañada en Madrid y otros puntos por la Plataforma Cívica para la salida de la OTAN, logró hasta cierto punto el principal de sus objetivos: cruzar barreras de clase y de edad, franquear disciplinas de voto electoral y hacerse oír en bastantes medios. Alentaron y unieron a tanta o más gente que en los mejores. momentos de la lucha antifranquista, y con formas notablemente más abiertas, participativas y unitarias. Convocaron las manifestaciones más concurridas reunidas en los últimos tiempos en toda Europa, recibiendo el apoyo expreso y la solidaridad de un amplio abanico de fuerzas de paz en el mundo. Ganaron el interés y la participación activa de muchos jóvenes para quienes el pacifismo es hoy el punto de referencia político con el que más sintonizan. Pese al cerco en toda regla de los grandes medios de comunicación invariablemente en manos proatlantistas. A pesar, también, de los sectarismos partidistas y los protagonismos injustificables presentes todavía en la cúspide organizativa de ese gran, diverso, joven y sano movimiento por la paz en España.

Sin embargo, y en agudo contraste con la capacidad para interesar a sectores de las capas medias con mayores niveles de instrucción, la derrota del 12 de marzo fue resultado principalmente de las dificultades del movimiento por la paz para conectar con los más desfavorecidos de la sociedad. Los barrios obreros, los bloques-dormitorio y sus inhóspitas calles del abandono, votaron mayoritariamente –por Felipe– con los banqueros y empresarios, con Thatcher, Kohl, Craxi, Lubbers, Carrington y Ronald Reagan. Y lo mismo, o peor, en los pueblos sin tierra del sur. Eso fue al final lo más determinante: la profunda derrota moral y política de la clase trabajadora con que se ha saldado el proceso de transición al postfranquismo.

La OTAN ganó la partida gracias al voto del miedo y la ignorancia, gracias a la desagregación cultural obrera, al analfabetismo funcional de los desheredados con televisor. La España pobre fue esta vez, nuevamente, una España caciquil, aunque ahora los caciques hablen a sus clientes luciendo puños y rosas en una pantalla. Y, de todas formas, esa combinación de viejas y nuevas miserias culturales explica sólo una parte de los amenes obreros en el referéndum, corno lo muestran claramente los ejemplos en contra de Canarias, Sagunto, Marinaleda o algunas comunidades mineras asturianas. Hay otra parte, que es la fundamental: la inconsciencia de clase. Sin consciencia de ser tal no existe la clase obrera como sujeto ‘colectivo, como agente histórico. El 12 de marzo muy poca clase obrera existió en las urnas de España.

Y esa crisis de identidad como clase de los trabajadores resalta aún más cuando todas las centrales sindicales se manifestaron contrarias a la OTAN. Comisiones Obreras y la CNT han colaborado con los colectivos pacifistas de forma bastante más estrecha que las relaciones existentes entre sindicatos y movimiento por la paz en cualquier otro país desarrollado. El problema está en otro lugar: la exigüidad de todos los sindicatos en el conjunto de trabajadores asalariados, su escasa capacidad para mantener una resistencia cultural y moral como clase. O, dicho de otra forma, se trata de la aceptación por parte de una mayoría de los trabajadores de la lógica económica y política del capitalismo. La patente crisis de las opciones comunistas no es pues un fenómeno superficialmente político, tiene ya, desde hace bastante tiempo, implicaciones sociológicas muy hondas.

***

Mientras las encuestas del 6 de marzo esbozaban un mapa electoral que parecía evocar los de 1931 o 1936, el que salió de las urnas se asemeja lejanamente al de las elecciones del bienio negro republicano. En lugar de una España periférica y otra interior, las amonestaciones de Felipe González consiguieron poner firmes –o hacer esconder la cabeza– a la mayoría de España excepto el País Vasco, Navarra, Cataluña y Canarias. Si, como subrayara Alfonso Guerra, fueron votos obreros los que al final arrimaron el hombro por la Alianza Atlántica, eso sólo inclinó la balanza allí donde un Felipe presidente del gobierno español manda mucho sobre los temores y confianzas populares. Ese es el primer dato para entender las excepciones vasca, catalana y canaria.

Es falso que el triunfo del no en Cataluña y el País Vasco sea producto únicamente del voto de castigo nacionalista, burgués, antisocialista y de derechas hábilmente auspiciado por CiU y PNV. Está claro que un resultado así ha de tener relación con la realidad diferencial de Cataluña y el País Vasco como naciones. Pero es una relación más compleja que las intrigas de sus partidos burgueses nacionalistas hegemónicos. Consiste fundamentalmente en la crisis de legitimación del Estado español que introducen dichas diferencias nacionales.

El partido de Roca y Pujol, e igualmente el PNV en la práctica por las recomendaciones contradictorias de Ardanza y Garaicoetxea, optaron por conceder libertad de voto a sus seguidores mientras se declaraban fervorosos atlantistas y colaboraban con Alianza Popular en denostar el referéndum. Esa actitud respondía a una doble motivación. Por una parte –por ejemplo, en Cataluña la claramente liderada por Roca– se acariciaba, claro está, un voto de castigo al gobierno central mantenido en unas proporciones controlables.

Pero había otra vertiente, y era la voluntad de no enfrentarse con su propio electorado, sensible al sentimiento de horror ante el peligro de guerra, el creciente belicismo en las relaciones internacionales y el curso imparable de la carrera de armamentos. Que los gobiernos autonómicos en los que confían aparezcan escasamente relacionados con tales asuntos evita que dicha sensibilidad, bastante acentuada en medios muy católicos, pueda entrar en conflicto con sus lealtades políticas.

Es cierto que análogas sensibilidades podrían. haberse encontrado también en estado difuso entre votantes del PSOE. Pero ahí está precisamente la cuestión. Dado que la capacidad de intimidación moral de Felipe González se centra en el País Vasco o Cataluña en sectores culturalmente desagregados de la inmigración, sólo cabían allí dos posibilidades: o el PNV y CiU asumían el mismo papel compulsivo, falseador y corruptor que el PSOE ha representado en el resto de España; o bien toleraban que sus votantes decidieran más libremente su voto, a sabiendas del previsible resultado, para canalizarlo y adulterarlo después como mero voto de castigo ajeno al asunto de fondo.

La primera alternativa podría haberles costado a los partidos nacionalistas conservadores tan cara como al PSOE, sin reportarles a cambio ningún beneficio particular. Los asentimientos de última hora de la cúpula del PNV sólo pueden entenderse por su precaria situación parlamentaria. Pero lo más determinante de la segunda opción, claramente mantenida en Cataluña, era la notable disminución de constricciones desde arriba con que los votantes vasco o catalán podían decidir su voto. Ese margen de autonomía ha sido loimportante, y no la posterior instrumentalización de sus efectos.

***

Uno de los elementos sorprendentes de la rotunda victoria de la OTAN es la reacción que parece más común entre quienes participamos de la campaña por la neutralidad y la paz, los del no. Hemos perdido, pero de momento no ha cundido la desmoralización y la desbandada. La indignación aún supera con creces al abatimiento. Quizá por las malas artes que ha empleado el gobierno para ganar.

Quizá porque esta vez estuvimos de verdad muy cerca. Quizá porque muchos jóvenes, y otros que ya no tanto, además de tomar parte en una tarea por considerarla urgente y justa, se han sentido a gusto participando de un movimiento que podían hacer suyo con bastantes menos constricciones de aparatos de partidos y aspirantes a directores que en otras ocasiones. El caso es que hay ganas de seguir luchando entre muchos de aquellos que no se doblegaron a las amonestaciones de Felipe González.

Eso nos lleva a pensar en el futuro próximo, conscientes de la importancia de lo que ahora suceda en lo que queda y lo que hay a la izquierda del PSOE. La decepción que todavía no ha cundido podría acusarse más adelante, cuando se relaje la actual indignación, si no se forjan nuevas perspectivas capaces de interesar a una franja considerable de las muchas y variadas gentes del no.

Es una tarea que compete a todos los que trabajamos juntos en el referéndum para salir de la OTAN, y se presenta en dos planos distintos que tienen tiempos diferentes. Por una parte, la derrota del no revela una presencia aún insuficiente de la cultura política de la paz, de la percepción de la gravedad con que urge resistir la dinámica belicista que se acrecienta y abrir brechas alternativas. El triunfo electoral de la OTAN homologa nuestro movimiento por la paz con el de los países europeos miembros de ese pacto militar, exigiéndole retos y oponiéndole cercos parecidos. Por eso es particularmente importante robustecer, en el sentido de las fuerzas de paz, los segmentos de cultura pacifista más conscientes de las profundas dimensiones de la amenaza y la necesaria radicalidad de las alternativas.

La permanencia en la OTAN comportará enfrentar las muchas y variadas manifestaciones de militarización consiguientes, a sabiendas de lo difícil que resultará detenerlas una a una. También por eso un trabajo cultural más hondo, de signo pacifista, parece ahora más necesario que nunca para vertebrar una resistencia que deberá comenzar a tomar la forma de desobediencia civil: promoción de la objeción fiscal y al servicio militar, aprendizaje de la acción directa no violenta.

Junto al desarrollo de una cultura de paz frente al militarismo, la reconstrucción de una oposición de principio al actual sistema político, económico, militar y social, requiere también análogos avances en otros ámbitos como el ecológico, vecinal, de los movimientos de mujeres. Para disponer de renovadas fuerzas contrarias al sistema con auténtica capacidad de resistencia, de incomodar a los que mandan, se requiere a la vez una proliferación de iniciativas ciudadanas múltiples, y la articulación de las mismas en una cultura política. alternativa racional que, recogiendo el peso de las tradiciones emancipatorias más viejas, sea capaz de responder a los nuevos y acuciantes desafíos de este fin de siglo. Todo eso no puede improvisarse en poco tiempo. Pese a su urgente necesidad, son tareas a contemplar a medio plazo.

Sin embargo, mucha gente está urgiendo tras el referéndum el surgimiento de una opción política nueva que vertebre en las próximas elecciones las esperanzas de muchos que han estado trabajando desinteresadamente por el no. No es ajena a esa demanda electoral inminente que el referéndum se planteara como el primer roundcuya réplica eran las elecciones de octubre, ni que el mayor daño infringido por las solemnes admoniciones de Felipe González fuera su pregunta sobre los eventuales gestores de un resultado negativo. En cualquier caso, se oye por muchos lugares la coincidente propuesta de una alternativa electoral de izquierdas con la mínima credibilidad para ser votada en las próximas elecciones por algunos millones, aunque sólo sea para castigar al PSOE sin favorecer a Fraga y abrir un pequeño resquicio en el sistema parlamentario que frene su antidemocrática degeneración. Los partidos políticos de la izquierda tradicional no pueden ser insensibles a esa expectativa. Pero lo que seguramente está pidiendo mucha gente es algo más que juntar todos los partidos que quedan a la izquierda del PSOE en una lista común, a modo de coalición.

La fórmula concreta quizá no esté aún muy dibujada ni entre los mismos que la solicitan, pero el deseo común es probablemente llevar a las elecciones una candidatura conjunta que recogiera toda la variada constelación ele gentes diversas que han trabajado juntas en la campaña contra la OTAN, y con el mismo espíritu abierto y unitario que se ha respirado en la base de dicho movimiento. Eso podría tomar la forma de listas electorales independientes de variada composici6n, con un programa reducido pero muy claro surgido del denominador común de todos, sin excluir a nadie ni aceptar protagonismos que supongan la exclusión de otros.

Las elecciones próximas parecen una oportunidad para ensayar una opción así, que no debe ser ni la repetición con retoques de última hora de las fórmulas ya conocidas, ni puede ser un imposible alumbramiento instantáneo de una alternativa política enteramente nueva. Condición indispensable para su éxito es, sin duda, que los varios grupos surgidos de la crisis de la tradición comunista decidan no dirimir en estas elecciones sus disputas de primacía, sumándose a las demás fuerzas de paz en un empeño común sin hegemonías de nadie.

De momento no parece una condición fácil de salvar. Que se haya eludido una revisión crítica y autocrítica mediante la atribución de una victoria moral en el referéndum no augura nada bueno: supone perpetuar el pernicioso vicio del engaño propio y ajeno en la práctica política. Tampoco traen buenos augurios las prisas por recomponer lo que fuera el PCE con procedimientos que parecen un tragicómico juego de los disparates. Y ya resultan esperpénticas las declaraciones de Santiago Carrillo, verdadero especialista en destrozar todo aquello que respire vitalidad, atribuyendo la derrota del movimiento por la paz en el referéndum a su falta de dirección política.

De la superación de esas y otras dificultades, o la frustración de una iniciativa electoral innovadora y audaz, depende sustancialmente que tras las elecciones no cunda en diferido la decepción por la pérdida del referéndum. Si cada grupo político situado a la izquierda del PSOE decide entrar en liza con los demás, presentándose a las elecciones en solitario o con pequeñas coaliciones, sin que nadie recoja el verdadero espíritu que ha conseguido los varios millones por los que van a competir, el próximo parlamento puede resultar aún más atlantista que el actual. ¡Que ya es decir! ¿Se impondrá esta vez el sentido común, o las reticencias de siempre, los viejos sectarismos y personalismos ahogarán nuevamente las esperanzas de tantos?

(Marzo de 1986)

POSTDATA TRAS LA CONVOCATORIA DE ELECCIONES

La convocatoria de elecciones anticipadas, al precipitar una ofensiva de la «clase política» institucional, más que facilitar probablemente entorpecerá el proceso de formación de un verdadero movimiento alternativo en España: un movimiento social y político portador de un proyecto antiexterminista, ecologista, de paz, contrario a la desigualdad social y a todo tipo de opresión, antisexista y educador de formas distintas de intervención y realización de la política.

La convocatoria electoral anticipada, realizada en un momento de intensificación del autoritarismo imperial, tiene por uno de sus objetivos reafirmar las formas de dominio político establecidas para segar la colaboración y el diálogo entre fuerzas políticas, grupos de actividad social, corrientes de opinión y personas que confluyeron en la exigencia del referéndum y el rechazo de la OTAN.

La activación de los medios de manipulación de masas (televisión y gran prensa empresarial) para multiplicar los mensajes de los distintos sectores de la «clase política» institucional; la sustitución de la discusión racional de problemas, programas y disyuntivas por la omnipresencia de sonrientes iconos de los dirigentes políticos; la reducción de los ciudadanos al papel de espectadores de una delirante tergiversación de nuestros verdaderos problemas sociales, o también –¿por qué no decirlo?– la incertidumbre y la disparidad tácticas de diversos sectores de una alternativa potencial, pero débil todavía, dan de sí una circunstancia que puede constituirse en forzoso compás de espera entre lo conseguido hasta ahora y las tareas inevitablemente pendientes.

Parece que ante la convocatoria electoral se manifiestan tres orientaciones entre los portantes de esta alternativa: una tiende a reconstruir un partido comunista desde los grupúsculos mayores a que éste se veía reducido o a un frente electoral más amplio, buscando cubrir un hueco a la izquierda del PSOE; otra, a la presentación electoral de una opción verde; y la tercera tiende a rechazar en este momento la participación electoral y se propone fundamentalmente ensanchar la base y la comunicación del embrión alternativo que fue, no hay que olvidarlo, el motor del empuje recobrado.

A la larga, sin embargo, ninguna de las tres orientaciones puede por sí sola alcanzar en nuestro país hegemonía suficiente para articular un proyecto de cambio político-social.

Este, por lo pronto, tendría que constituirse en dique de las imposiciones del Imperio y de quienes en él se cobijan: tanto en la política internacional, contra la fuerza militar, como en la política interior, contra una política basada en el expolio de los embajadores y de la naturaleza para mayor ganancia de multinacionales y de bancos.

No ya para avanzar, sino simplemente para contener la degradación precipitada de la vida en común, esta alternativa ha de estar sostenida por un verdadero movimiento social vivo. Frente a esta necesidad, hoy son demasiadas las gentes, las problemáticas, las esperanzas y las exigencias de solidaridad que quedan fuera de cada una de las tres orientaciones que parecen compendiar el estado actual del embrión de movimiento.

Al margen de elecciones, lo necesario es tender puentes, establecer comunicación, hacer sonar el tam-tam entre los diversos grupos de personas, personas, corrientes ideológicas, corrientes de opinión, centros de discusión y de acción, grupos y corrientes sindicales, micropartidos y simplemente partidos; multiplicar la consciencia de que participar en la cosa común no es sólo ni principalmente votar, de que es preciso discurrir, entre todos, todos los extremos de un proyecto para hacerlo proyecto común, sostenido por gentes que no desean ser –ni que haya– profesionales de la política; y de que es preciso establecer la responsabilidad y la vinculación exigibles entre quienes momentáneamente coordinen o gestionen la participación común y quienes les den su confianza.

1º de mayo de 1986

Cordialmente,

MIENTRAS TANTO

VOLVER AL ÍNDICE

4. Un año después

Publicado en FFB, Discursos para insumisos discretos, Madrid: Ediciones Libertarias, pp. 285-288. No fechado, pero escrito probablemente en torno al 12 de marzo de 1987.

El primer aniversario del referéndum sobre la OTAN ha pasado casi desapercibido para la mayoría de la población. Unas pocas y distantes menciones en la prensa diaria y el recordatorio obligado, breve y de oficio, en televisión ha sido todo lo que han dado de sí las fuerzas políticas que tanto empeño pusieron hace un año en cambiar la opinión de los españoles.

Tampoco en el otro lado, en el de los que nos opusimos a la permanencia de España en la OTAN ha habido tensión moral o ganas suficientes para proponer una reflexión colectiva acerca de lo que han sido estos doce meses, sobre la consecuencias del referéndum. Un par de ciclos de conferencias con escasa participación y poco más. En nuestra región37, ni eso. Y la campaña prevista contra las bases norteamericanas ha chocado hasta ahora con obstáculos y divisiones que no por esperados y previsibles son menos negativos.

No es difícil explicar por qué las fuerzas atlantistas, lo mismo el PSOE que la oposición de derechas, prefieren olvidar el referéndum o echar un tupido velo sobre su resultado. Hace un año la oposición de derechas equivocó su táctica y no logró el objetivo que se proponía con la abstención, como se puso luego de manifiesto en las elecciones generales. Y el partido del gobierno tuvo que manipular demasiadas conciencias y desnaturalizar tanto las señas de identidad de la izquierda como para sentirse ahora satisfecho de lo conseguido en el referéndum. Ganar en esas condiciones tiene siempre su precio, aunque éste se pague sólo a plazo medio. ¿Dónde están, un año después, las organizaciones pacifistas partidarias de la OTAN que el PSOE se inventó en las últimas semanas de la campaña sobre el referéndum? ¿Qué se ha hecho de la supuesta conciencia cívica de aquellos intelectuales reconvertidos de prisa y corriendo al atlantismo en aras del 0,5% mensual de renuncias exigido por el vicepresidente del gobierno Alfonso Guerra? ¿Cómo celebrar como un éxito político lo que se logró con tantas mentiras e intoxicaciones y encima con la opinión mayoritaria en contra de vascos, catalanes, navarros y canarios? Entre las valoraciones que en su momento se hicieron del resultado del referéndum hay una ampliamente compartida en los sectores de lo que queda de cultura de izquierdas en el país. Es ésta: en el vuelco final de la opinión mayoritaria a favor de «sí» tuvo un papel esencial la pregunta de Felipe González sobre quién o quiénes gestionarían el «no» en el caso de resultar mayoritario. Aquella pregunta del Presidente, formulada en tono de advertencia y con la retórica tradicional del «nosotros o el caos», tuvo sin duda un efecto importante sobre todos aquellos que aún vacilaban a última hora. Fue la pregunta finalmente encontrada por los expertos del marketing político (alguno de los cuales ha encontrado ya su significativo premio: la embajada en EEUU38).

Un año después hay motivos más que suficientes para seguir pensando que los partidarios del «no» a la OTAN teníamos razón. Las célebres condiciones introducidas por el PSOE, y que sirvieron para formular el referéndum en los términos más convenientes para el gobierno, siguen sin cumplirse. En las conversaciones sobre las bases los voceros del Pentágono continúan recordando una y otra vez a los negociadores quién manda de verdad en el Imperio. El tema de la no nuclearización del territorio español sigue estando donde estaba: en la ambigüedad, entre el secreto y las declaraciones tranquilizadoras. Mientras que el gobierno del PSOE acepta, por fin, firmar el Tratado de no proliferación nuclear los generales elaboran estrategias contando con bombas atómicas (propias o norteamericanas). Y la otra condición, la de no integrarse en la estructura militar de la Alianza, continúa siendo una broma siniestra entendida como tal cada vez que los representantes españoles acuden a uno de los muchos comités de la OTAN en los que se deciden asuntos militares y de los que seguimos formando parte. Un año después la gente razonable sigue sin entender cómo se puede estar en una alianza militar sin estar en la estructura militar de la alianza militar.

¿Por qué, sin embargo, se sigue comulgando con ruedas de molino? Seguramente por algo que tiene que ver con la pregunta del Presidente cuarenta y ocho horas antes de la celebración del referéndum. Porque sigue sin verse quién o quiénes gestionarían una política exterior de neutralidad a la que necesariamente debería corresponder una política interior que pusiera el acento en las necesidades sociales más urgentes de los sectores más pobres y expoliados del país. Cada vez son más los que se han dado cuenta durante este año de la relación que existe entre atlantismo y política económica favorecedora de banqueros y empresarios. Hasta el sindicato del gobierno ha tenido que reconocer eso. Pero mientras la izquierda que se opone de verdad, la izquierda que critica globalmente este sistema, no se decida a agarrar por los cuernos aquel toro que nos lanzó el Presidente ahora hace un año sólo podemos esperar ambigüedades. Sin duda la mayoría social que apoyaba al PSOE descenderá. Y sin duda también la conflictividad social seguirá aumentando en todos los sectores básicos. Pero responder con verdad a la pregunta del Presidente del gobierno obliga a más. Obliga a enterarse de una vez de que las gentes están cansadas de los sectarismos partidistas, de los tacticismos, premuras y zancadillas cada vez que se otean elecciones en el horizonte, del exceso verbal y la falta de programas.

Así pues, una forma posible de reflexionar con provecho en el aniversario del referéndum es, por un lado, denunciar los efectos negativos que ha tenido en la ciudadanía aquella victoria del PSOE lograda mediante la intoxicación de masas y aceptar, por otro lado, que para empezar a hablar de alternativas en política exterior e interior la condición previa es otra forma de hacer política, romper con el marketing que nos han impuesto y con la rutinaria reunión-rueda de prensa-desunión en la que resulta imposible discutir siquiera los problemas que de verdad importan a las gentes. Claro que eso exige concretar más. Y espero que haya ocasión para ello.

Notas de edición (artículos de FFB):

1 Máximo San Juan Arranz, viñetista y dibujante crítico que trabajó durante muchos años en El País. Colaboró con Francisco Fernández Buey en una exposición sobre Karl Marx organizada por el CCCB (Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona). Padre del actor Alberto San Juan.
2 Gobierno con amplia mayoría absoluta del PSOE.
3 El gobierno de Leopoldo Calvo Sotelo (UCD) había vinculado a España a la organización militar atlántica en mayo de 1982.
4 Referencia al comentario de Lenin.
5 Entonces presidente de Estados Unidos, segundo mandato, un mandatario autoritario, neoliberal y militarista.
6 Dirigente del PSOE; en aquel entonces, presidente de Telefónica. Hermano de Javier Solana Madariega, ex secretario general de la OTAN.
7 Intelectual orgánico del PSOE, uno de los defensores de la permanencia en la organización atlántica. Escribió con Claudín artículos en El País en defensa de la OTAN. Manuel Sacristán criticó sus «argumentos» en «La salvación del alma y la lógica» (incluido en este dossier)
8 Una de las condiciones esgrimidas por el gobierno para convencer-y-confundir a la ciudadanía.
9 Alfonso Guerra, vicepresidente del gobierno, supuestamente representante del ala izquierdista y obrerista del partido.
10 Presidente de la Junta de Andalucía entre 1984 y 1990.
11 En aquel entonces, secretario general de la OTAN.
12 No se conocía entonces aún la pregunta del referéndum convocado el 31 de enero de 1986.
13 Comunidad Económica Europea, la organización que daría paso posteriormente a la Unión Europea.
14 Alianza Popular, el futuro PP. Su máximo representante era entonces el ex ministro franquista Manuel Fraga.
15 Jesuita y teólogo español, el padre Gaspar Astete (1537-1601) es el autor de Catecismo de la Doctrina Cristiana, una de las obras de enseñanza religiosa más influyentes en el mundo hispanohablante. Redactado tras el Concilio de Trento, fue utilizado durante más de tres siglos.
16 Las de 1982, con aplastante victoria del PSOE (más de 200 diputados).
17 Manuel Fraga Iribarne.
18 FFB hace referencia a una campaña insidiosa del «diario independiente» contra la dirección de CCOO representada por Marcelino Camacho. Manuel Sacristán escribió un artículo sobre la «praxis periodística» de El País.
19 Fernando Morán fue ministro de Asuntos Exteriores entre 1982 y 1985. Su posición crítica sobre la vinculación española con la Alianza atlántica está en el origen de su cese. Francisco Fernández Ordóñez, dirigente entonces de un partido «socialdemócrata», fue su sucesor.
20 Miembro entonces del PSC-PSOE, filósofo muy próximo a la presidencia del gobierno. Falleció en enero de 2023.
21 Andréi Aleksándrovich Zhdánov (1896-1948). Político e ideólogo cultural estalinista.
22 Recordemos, entre muchos otros libros y artículos imprescindibles, el Leyendo a Gramsci del autor (Barcelona, El Viejo Topo).
23 Santiago Carrillo, el que fuera durante años secretario general del PCE.
24 El Azor (A-91) fue el yate oficial de recreo utilizado desde 1949 por el general golpista Francisco Franco para navegar y pescar por aguas españolas. Fue construido en los astilleros Bazán en El Ferrol. Símbolo de la dictadura, en él se produjo la reunión del 25 de agosto de 1948 entre el «generalísimo» y el Conde de Barcelona, Juan de Borbón. Posteriormente, con gran escándalo ciudadano, fue usado por Felipe González en 1983.
25 Juan Luis Cebrián, director de El País en aquel entonces.
26 Una de las conjeturas que entonces se barajaban.
27 En el momento en que escribe FFB no se conocían ni la pregunta ni la fecha del referéndum.
28 El Manifiesto por una Universidad democrática fue escrito por Manuel Sacristán y leído en la asamblea constituyente (9 de marzo de 1966) del sindicato estudiantil por Francisco Fernández Buey.
29 Referencia a la película de Nagisa Oshima, estrenada en España no hacía mucho con fuerte divergencia de pareceres.
30 En aquel entonces, PNV i Convergència i Unió.
31 Una de las falsas promesas del PSOE en su campaña electoral de 1982.
32 Iniciativa de Defensa Estratégica.
33 Mijail Gorbáchov era entonces el principal dirigente de la URSS.
34 Las comunidades, junto con Navarra, en las que el voto NO fue superior.
35 «La OTAN hacia dentro». Puede verse ahora en Pacifismo, ecologismo y política alternativa, recientemente publicado por el Viejo Topo. Texto recogido en esta selección.
36 Miquel Roca i Junyent, dirigente de CiU.
37 En Castilla y León. FFB era entonces profesor de Metodología en la Facultad de Económicas de la Universidad de Valladolid.
38 Julián Santamaría Osorio.

Deja un comentario

Acerca de

Writing on the Wall is a newsletter for freelance writers seeking inspiration, advice, and support on their creative journey.