Ángel Viñas (Historiador) Substack del autor, 10 de Marzo de 2026

En la España de Franco los historiadores militares, en especial el ingeniero aeronáutico y general de división en el Ejército del Aire, Jesús Salas Larrazábal, aprovecharon la censura para empezar a difundir una versión ad hoc de lo ocurrido en Berlín. También lo hicieron los historiadores cerradamente profranquistas. Los eminentes catedráticos de Historia Luis Suárez y no digamos Ricardo de la Cierva son los nombres más destacados. Todavía se citan como fuentes fiables en este asunto. En realidad, ninguno abordó las interioridades de lo ocurrido. Sin embargo numerosos historiadores alemanes, británicos y norteamericanos sí se esforzaron en hacerlo, aunque sin poder recurrir a la imprescindible documentación española. Entre ellos figuran algunos amigos míos como los profesores Sir Paul Preston, el coronel Raymond Proctor y Robert H. Whealey.
La versión difundida en España durante el franquismo se basó esencialmente en los documentos publicados de la Wilhelmstrasse y, sobre todo, en la versión francesa, un tanto recortada. En pocos casos en la versión original en alemán y, más frecuentemente, en la traducción al inglés. Yo siempre he utilizado la original que adquirí en Friburgo en el lejano 1961. Desde hace muchos años la alemana y la inglesa se encuentran digitalizadas en internet. Tienen la ventaja que los investigadores pueden buscar por nombres, fechas o conceptos.
Por lo general, salvo el primer historiador alemán en abordar el tema (el profesor, ya fallecido, Manfred Merkes), escasos son los que han proyectado la decisión de Hitler de ayudar a Franco sobre sus imprescindibles antecedentes. En algún caso, en una tesis de Harvard, publicada también en castellano, se hizo con un forzamiento extraordinario de tales antecedentes y de forma muy recortada. El énfasis se puso en los factores económicos y comerciales y en el papel de Hjalmar Schacht, el gobernador del Banco de Emisión alemán.
Como mi tesis doctoral versó sobre tales antecedentes de la decisión de Hitler no extrañará que llegase a conclusiones algo diferentes de las existentes hasta entonces (o incluso después) en la literatura. También a la difundida en este caso concreto por los profesores Merkes o Hans-Henning Abendroth, quien llegó a escribir una mini biografía de Johannes E. F. Bernhardt y a su mayor gloria.
Este caballero, cuya sepultura se encuentra en el Cementerio Civil de Madrid, según me ha informado un amigo mío, fue un personaje muy de la época, comerciante de origen, ex combatiente, ex Freikorps tras la derrota alemana en la guerra mundial, convertido en nazi ferviente y, finalmente, en un alto cargo de las SS, con el rango de Oberführer, un grado intermedio entre coronel y general de brigada, propio de tal organización. Estuvo casi siempre en dura competencia con los diplomáticos de su país, buscó la eliminación de Franke y, cuando la segunda guerra mundial se acercaba a su fin en Europa, no dudó en pasarse (subrepticiamente) con armas y bagajes al enemigo, es decir a los servicios de inteligencia británico y norteamericano. Había que sobrevivir. Franco echó sobre él, tras otorgarle la nacionalidad española, su manto protector.
La ascensión a la gran historia de Bernhardt tuvo como origen su participación en la famosa reunión de Bayreuth con el Führer el 25 de julio de 1936. En ella afirmó haber llevado la voz cantante para promover la figura de Franco como líder de la sublevación e inducir a Hitler a apoyarlo.
Me costó sangre, sudor y dolores de cabeza múltiples discernir lo que pudo ocurrir en a tal reunión y sus antecedentes. Entre la leyenda intencionada y la realidad documental. Nadie lo había hecho. Nadie me ha rectificado después con papeles al apoyo. Lo cual no significa que todos hayan desaparecido. O que servidor esté en posesión de la verdad.
Como historiador apegado a las evidencias escritas y preocupado por identificar todas las posibles no tengo inconveniente en afirmar que una gran parte de mi actividad ha estado influida por la forma en que he ido tratando lo que ocurrió en Bayreuth. Probablemente he llegado más lejos que muchos otros historiadores en este empeño. Me ha servido de piedra de toque para demostrar la racionalidad de mi enfoque en historia, sus condicionantes y sus aleatoriedades.
Remito a los amables lectores a mi libro La forja de un historiador. En su último capítulo y en el anexo en QR encontrarán una muestra documental de las evidencias a las que he ido llegando, gracias a la cooperación de varios colegas. Aquí exploraré algunas de sus consecuencias.
Brevemente:
a) Hay que distinguir entre el origen de las ayudas fascista y nazi a los sublevados del 18 de julio. Ello solo puede hacerse procediendo a un cotejo de las circunstancias en que se produjeron una y otra.
b) Ningún historiador que yo conozca lo ha hecho tan minuciosamente como servidor. No es autoelogio. Es constatable. Aunque me he dedicado a muchos otros temas mis conclusiones tienen su origen en mi tesis doctoral y las he cerrado, en una dirección complementaria, tan solo hace unos meses en el libro que saldrá el 29 de abril. En él se identifican los comportamientos en las embajadas españolas con ocasión del 18 de julio y alrededores. Gracias, naturalmente, al apoyo del ministro y del ministerio de Asuntos Exteriores amén de una docena de compañeras y compañeros de profesión.
c) Es la primera vez que las expondré en público, no con ánimo de autoelogio sino para demostrar que los hechos documentados críticamente, aunque incompletos, permiten arrojar nueva luz sobre los orígenes operativos de la preparación para la sublevación.
d) Esta no estaba pre-escrita en el gran libro de la Historia. Tampoco fue como lo que se ha redactado en el surco de la tradición franquista, que sigue teniendo seguidores acérrimos. Fue obra de seres humanos concretos, con sus posibilidades y limitaciones, en un momento dado, y en todo caso de forma muy diferente a las leyendas propagadas por las derechas desde 1936 hasta hoy. Esto no lo escribo con ánimo polémico y provocador. Lo demuestro documentalmente.
Solo me guía el deseo de conocimiento, pero por ello mismo no puedo dejar de lanzar un guante a todos los historiadores, españoles y extranjeros, a que con evidencias primarias relevantes de época demuestren que me he equivocado y refuten -si pueden- las que he utilizado. LA ACTUAL DEMOCRACIA ESPAÑOLA NO MERECE MENOS al acercarse el nonagésimo aniversario de aquellos trascendentales acontecimientos.
(continuará)
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