Gaceta Crítica

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De Teherán al mundo: Lo que una guerra en Irán revela sobre la fragilidad global

Martina Moneke (COUNTERCURRENTS), 10 de Marzo de 2026

DEK: Una guerra con Irán podría tener repercusiones mucho más allá de Oriente Medio, poniendo a prueba los sistemas energéticos, los mercados globales, las alianzas y la resiliencia humana. Desde ataques inmediatos hasta transformaciones políticas, económicas y sociales que duran décadas, el conflicto expone la fragilidad del orden internacional y lo que está en juego en las decisiones tomadas bajo presión, revelando cuán estrechamente entrelazados están los destinos de las naciones y de las personas.

Avance: ¿Qué sucede cuando un conflicto regional se convierte en una prueba de estrés global? Una guerra con Irán podría desencadenar crisis en cascada, desde el Estrecho de Ormuz hasta los mercados globales, desde alianzas frágiles hasta generaciones marcadas por la inestabilidad. Este ensayo rastrea los caminos por los que las pequeñas decisiones se cruzan con estructuras volátiles, mostrando cómo la imaginación y la moderación podrían interrumpir, o no, el impulso hacia la catástrofe.


Resumen: Martina Moneke examina cómo una guerra con Irán podría tener repercusiones mucho más allá de Oriente Medio, poniendo a prueba la resiliencia de los sistemas e instituciones globales. Desde conflictos regionales por poderes hasta perturbaciones en los mercados energéticos, las redes financieras y las alianzas políticas, traza las consecuencias en cascada de un único punto crítico. Basándose en la historia, la literatura y la teoría política, muestra cómo la escalada rara vez surge de una sola causa y cómo las decisiones, los errores de cálculo y las vulnerabilidades estructurales interactúan a lo largo de décadas y siglos. Al imaginar lo peor, Moneke destaca la responsabilidad inherente al momento presente y la posibilidad de que la moderación —o la imaginación— puedan alterar el curso de la catástrofe.


Estamos creando un nuevo mundo Artista Paul Nash

La idea de la guerra conlleva un ritmo extraño. Durante largos periodos, se mueve lentamente, casi invisiblemente, a medida que las tensiones se acumulan bajo la superficie de la vida cotidiana. Luego, en momentos que parecen repentinos e inexplicables, el ritmo se acelera y el mundo se convulsiona. En la era contemporánea —donde la geopolítica, los sistemas energéticos y las tecnologías nucleares se entrelazan en una proximidad incómoda— imaginar el peor escenario posible con Irán no es simplemente un ejercicio de especulación; es una forma de sondear la fragilidad del propio orden global. Imaginar una catástrofe es examinar las estructuras que podrían posibilitarla.

Oriente Medio ha estado durante mucho tiempo en el centro de la tensión geopolítica moderna, una región moldeada por el colapso de imperios, el surgimiento de nuevos estados-nación y las persistentes consecuencias de fronteras coloniales trazadas sin tener en cuenta las realidades culturales. El siglo XX presenció ciclos de guerra que desafiaron repetidamente una paz duradera. La guerra entre Irán e Irak de la década de 1980 devastó ambos países y demostró cómo un conflicto moderno prolongado podía desgastar a las sociedades sin llegar a una solución clara. La Guerra del Golfo de 1991 transformó el equilibrio de poder en la región, mientras que la invasión estadounidense de Irak en 2003 desestabilizó las estructuras políticas, cuyas consecuencias aún se sienten hoy.

Irán emergió de este panorama como una potencia regional y una paradoja política, a la vez limitada por las sanciones y fortalecida por una red de alianzas y relaciones indirectas que se extiende por Líbano, Siria, Irak y Yemen. Para Israel, las ambiciones iraníes se han interpretado durante mucho tiempo desde la perspectiva de una amenaza existencial. Para Estados Unidos, décadas de intervención en Oriente Medio han generado una compleja combinación de enredo estratégico y agotamiento interno. La relación entre estos actores se encuentra en un estado de tensión permanente: no es una guerra abierta, pero rara vez se alcanza una paz genuina.

Imaginar el peor escenario de guerra hoy requiere retroceder en el tiempo. En 1914, el asesinato del archiduque Francisco Fernando —un acto de violencia perpetrado por un hombre contra otro— desencadenó una guerra global que transformó el siglo XX. El evento en sí fue de pequeña escala, pero ocurrió en un sistema volátil de alianzas, militarización y ansiedades nacionalistas a punto de estallar. La verdadera lección de ese momento no reside solo en el asesinato, sino en la frágil arquitectura que expuso. Un continente que parecía estable se derrumbó casi instantáneamente en una catástrofe.

El paralelismo en la era moderna es inquietante. Cuando los sistemas políticos concentran el poder en manos de un solo líder —en particular cuando este opera con un control institucional limitado—, la posibilidad de decisiones impulsivas aumenta drásticamente. En tales circunstancias, una floritura retórica, una apuesta estratégica o incluso un capricho momentáneo pueden repercutir en un sistema global ya bajo presión. La historia y la teoría política sugieren que, cuando la volatilidad de las condiciones estructurales se cruza con la capacidad de acción individual, las consecuencias pueden ser enormemente desproporcionadas respecto del acto inicial.

La Primera Guerra Mundial no puso fin al ciclo. Dos décadas después, los agravios no resueltos, el colapso económico y el creciente autoritarismo dieron lugar a la Segunda Guerra Mundial, un conflicto que eclipsó a la primera en escala y devastación. Ciudades enteras fueron destruidas por bombardeos aéreos, la población civil se convirtió en blanco deliberado y la guerra concluyó con la detonación de armas nucleares sobre Hiroshima y Nagasaki. El trauma resultante transformó el sistema internacional. Instituciones como las Naciones Unidas se establecieron para prevenir guerras futuras, mientras que tratados como el Tratado de No Proliferación Nuclear buscaron frenar la propagación de las tecnologías más destructivas jamás creadas. Estos marcos representaron un intento de construir barreras contra los impulsos del poder. La Carta de las Naciones Unidas articuló principios contra la guerra de agresión, mientras que las Convenciones de Ginebra codificaron protecciones para civiles y prisioneros. Sin embargo, las décadas transcurridas desde su adopción han demostrado una tensión persistente entre la aspiración y la aplicación. El derecho internacional se basa en la voluntad política, que a menudo flaquea ante el interés nacional.

En este contexto, una confrontación militar con Irán se desenvolvería en una densa red de precedentes históricos, rivalidad estratégica y normas frágiles. Las consecuencias inmediatas podrían asemejarse a patrones familiares: ataques selectivos, ataques con misiles en represalia y la movilización de grupos regionales. Las poblaciones civiles de Irak y Siria podrían volver a verse atrapadas en conflictos superpuestos. Yemen, que ya sufre una de las peores crisis humanitarias del mundo, podría experimentar una mayor devastación. Sin embargo, es casi seguro que el conflicto no se mantendrá regional por mucho tiempo. Una de las consecuencias globales más inmediatas afectaría a los mercados energéticos. Irán ocupa una posición estratégicamente crítica a lo largo del Estrecho de Ormuz, una estrecha vía fluvial por la que pasa una parte significativa del suministro mundial de petróleo. Incluso una interrupción temporal, ya sea por una confrontación naval, operaciones mineras o ataques a petroleros, podría repercutir en los mercados energéticos mundiales.

La economía global moderna sigue dependiendo en gran medida de flujos energéticos estables. Los repentinos aumentos de precios se propagan a través de las cadenas de suministro con una velocidad notable, afectando el transporte, la agricultura, la manufactura y la producción de alimentos. Las crisis petroleras de la década de 1970 demostraron la rapidez con la que la escasez de energía puede desencadenar inflación, estancamiento económico y agitación política. Una interrupción prolongada en el Estrecho de Ormuz podría generar dinámicas similares a escala global. Para los países que ya enfrentan inestabilidad económica, el aumento de los precios de la energía intensificaría las vulnerabilidades existentes. Las naciones dependientes de las importaciones podrían enfrentar una inflación severa, mientras que los gobiernos enfrentados a la indignación pública podrían experimentar agitación política. Los mercados financieros, hipersensibles a la incertidumbre, amplificarían estas perturbaciones, convirtiendo un conflicto localizado en turbulencia económica global. En este sentido, una guerra regional se convierte en algo más grande: una prueba de estrés para los sistemas interconectados que sustentan la vida moderna. Las redes comerciales, las instituciones financieras y las alianzas políticas dependen de cierto grado de estabilidad. Cuando esta estabilidad se fractura, las consecuencias se propagan mucho más allá del punto inicial del conflicto.

Las dimensiones estratégicas de una guerra de este tipo serían igualmente complejas. Las capacidades militares de Irán, incluyendo los sistemas de misiles balísticos y las estrategias navales asimétricas, están diseñadas para complicar la guerra convencional. Las redes de intermediarios en la región podrían transformar una confrontación bilateral en un conflicto multifrontal que se extendería desde el Líbano hasta el Golfo Pérsico. Israel, que ya enfrenta persistentes desafíos de seguridad, se enfrentaría a una mayor presión para responder con decisión a las amenazas percibidas.

Las potencias globales se verían inevitablemente envueltas. Rusia y China, ambas en busca de influencia estratégica en Oriente Medio, podrían aprovechar la situación para ampliar su influencia geopolítica. Mientras tanto, Estados Unidos, que ya lidia con divisiones políticas internas, podría verse arrastrado a un conflicto prolongado con objetivos inciertos.

Las consecuencias a mediano plazo de dicha escalada podrían extenderse mucho más allá del campo de batalla. Las guerras suelen producir realineamientos políticos inesperados. Alianzas que parecen estables en tiempos de paz pueden fracturarse bajo la presión de un conflicto prolongado, mientras que surgen nuevas alianzas entre Estados que buscan estabilidad o ventaja. El sistema internacional ha demostrado repetidamente esta capacidad de rápida transformación.

Más allá de la geopolítica se encuentra la dimensión humana de la guerra, una dimensión que la literatura y la filosofía han intentado captar desde hace mucho tiempo. El historiador griego Tucídides describió la Guerra del Peloponeso como una tragedia nacida del miedo, el honor y el egoísmo. Su análisis sigue siendo sorprendentemente relevante en la era moderna. La guerra, sugirió, surge no solo del cálculo racional, sino también de los impulsos más profundos de las sociedades humanas. El teórico militar prusiano Carl von Clausewitz describió la guerra como la continuación de la política por otros medios, pero también advirtió que, una vez desatada, la guerra adquiere un impulso propio. Los errores de cálculo se acumulan. Los planes fracasan. Lo que comienza como un ejercicio controlado de fuerza puede rápidamente convertirse en algo mucho más destructivo.

Filósofos y escritores han lidiado con esta dinámica durante generaciones. Hannah Arendt exploró cómo los sistemas ideológicos pueden oscurecer la responsabilidad individual, permitiendo que la gente común participe en actos de violencia extraordinarios. La poesía de Wilfred Owen, desde las trincheras de la Primera Guerra Mundial, capturó la brutal intimidad de la guerra moderna, mientras que La tierra baldía, de T. S. Eliot, reflejó una civilización espiritualmente desorientada por los conflictos masivos. Otros escritores examinaron los absurdos burocráticos y psicológicos de la guerra moderna. Catch-22 , de Joseph Heller, reveló cómo las instituciones militares pueden atrapar a los individuos en una lógica imposible, mientras que La guerra eterna, de Joe Haldeman, imaginó un conflicto que se extiende por generaciones, sin que sus participantes puedan regresar a las sociedades que una vez conocieron. 1984, de George Orwell , ofreció una visión aún más sombría: un mundo en el que la guerra perpetua sustenta los sistemas de poder, transformando la verdad y la percepción mismas. Estas obras nos recuerdan que la guerra no es simplemente un evento geopolítico, sino una ruptura cultural y psicológica. Las sociedades que emergen de un conflicto a menudo llevan cicatrices invisibles durante décadas. La memoria se convierte en un paisaje de duelo y mito que moldea la identidad nacional y el comportamiento político mucho después de que se silencien las armas.

Las consecuencias económicas de una gran guerra regional se desarrollarían en plazos similares. La infraestructura destruida en un conflicto tarda años en reconstruirse. La inversión se desplaza hacia el gasto en defensa, desviando recursos del desarrollo social. La desigualdad se profundiza a medida que las poblaciones vulnerables soportan las cargas más pesadas de la disrupción. Con el paso de las décadas, estos efectos se acumulan en un cambio estructural. Generaciones enteras pueden crecer en entornos marcados por la inestabilidad, la migración y la escasez. Las narrativas culturales se adaptan en consecuencia, reflejando tanto la resiliencia como el trauma.

Mirando hacia el futuro —medio siglo o más—, las consecuencias de un conflicto catastrófico podrían reconfigurar las instituciones que rigen los asuntos globales. Las guerras mundiales anteriores obligaron a la humanidad a construir nuevos marcos de cooperación y moderación. La Sociedad de Naciones surgió de la devastación de la Primera Guerra Mundial, y las Naciones Unidas de las ruinas de la Segunda Guerra Mundial. Cada una representó un intento por prevenir la recurrencia de una catástrofe global. El éxito de estas instituciones depende de su capacidad para abordar las tensiones subyacentes, en lugar de simplemente contenerlas. La historia sugiere que las estructuras políticas construidas después de una guerra son tan sólidas como el compromiso colectivo para mantenerlas.

Desde una perspectiva secular, la posibilidad de una guerra se entrelaza con debates más amplios sobre el riesgo catastrófico global. La proliferación nuclear, la degradación ambiental, las pandemias y la inestabilidad tecnológica interactúan en un mundo cada vez más interconectado. Ninguna de estas amenazas existe de forma aislada; se refuerzan mutuamente, formando una densa red de vulnerabilidad. En tales condiciones, una guerra regional que involucre a Irán podría acelerar los procesos de inestabilidad ya en curso. Las vías fluviales estratégicas, las tecnologías nucleares y las cadenas de suministro globales convergen de maneras que amplifican la tensión sistémica. Lo que comienza como una confrontación localizada podría convertirse rápidamente en parte de una transformación mucho mayor en el orden global.

Responder a esta posibilidad requiere más que una planificación militar. Exige reflexión ética y un liderazgo capaz de anticipar escenarios extremos. Los marcos legales establecidos después de la Segunda Guerra Mundial representaron un intento, aunque imperfecto, de restringir la capacidad de la humanidad para la violencia organizada. Fortalecer esos marcos sigue siendo una de las pocas estrategias viables para prevenir una escalada catastrófica. Vista a través de la lente de la historia, la filosofía, la literatura y la memoria cultural, la política de los Estados Unidos modernos y del mundo en general no puede separarse de la salud del sistema planetario que los sustenta. Las decisiones políticas repercuten en las economías, los ecosistemas y las sociedades, con consecuencias que se desarrollan a lo largo de décadas y siglos. La suposición de que la guerra es inevitable se ha utilizado a menudo para justificar los preparativos que la hacen más probable. Sin embargo, la historia también ofrece contraejemplos: momentos en que la diplomacia, la moderación y la previsión interrumpieron los ciclos de escalada. La paz no es simplemente la ausencia de conflicto, sino la gestión deliberada de la tensión.

Por lo tanto, considerar el peor escenario posible para una guerra con Irán no es un ejercicio de pesimismo. Es una forma de diagnóstico. Al rastrear las fallas que atraviesan el momento actual, dicho análisis revela cómo las pequeñas decisiones se entrelazan con condiciones estructurales volátiles.

La historia no ofrece garantías de que se pueda evitar una catástrofe. Sin embargo, sí ilumina los caminos por los cuales se han producido catástrofes en el pasado. Contemplar lo peor también implica reconocer la responsabilidad inherente al momento presente. La escalada rara vez surge de una sola causa; se desarrolla a través de una cadena de decisiones, miedos, ambiciones y errores de cálculo. Cada eslabón de esa cadena representa un punto en el que otra opción podría haber sido posible. Que el mundo avance hacia una fragmentación más profunda o hacia una cooperación renovada dependerá de cómo se tomen esas decisiones y de la rapidez con la que las sociedades reconozcan lo que está en juego. Los ritmos de la historia no son inevitables. Surgen de las decisiones, la acumulación de tensión y los momentos en que la moderación, o incluso la imaginación, pueden interrumpir el impulso hacia la catástrofe.

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Martina Moneke escribe sobre arte, moda, cultura y política, inspirándose en la historia, la filosofía y la ciencia para iluminar la ética, la responsabilidad cívica y la imaginación. Su trabajo ha aparecido en Common Dreams , Countercurrents , Eurasia Review , iEyeNews , Kosmos Journal , LA Progressive , Pressenza , Raw Story , Sri Lanka Guardian , Truthdig y Znetwork, entre otros. En 2022, recibió el Primer Premio del Club de Prensa de Los Ángeles en la categoría de Editoriales Electorales en la 65.ª edición de los Premios Anuales de Periodismo del Sur de California. Reside en Los Ángeles y Nueva York.

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