Gaceta Crítica

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Una historia antifascista de alianzas feministas

Noelia Álvarez (PÚBLICO), 8 de Marzo de 2026

La guerra que desencadenó el golpe militar del 36 generó las condiciones para que los feminismos y las ideologías obreristas se encontraran en el terreno compartido de la lucha antifascista.

Ilustración de figuras históricas del feminismo

Hace alrededor de veinte años que la historiadora Mary Nash publicó Rojas: las mujeres republicanas en la Guerra Civil. En español el libro salió en 1999 (Taurus), pero hubo una versión previa en inglés de 1995. Éste es uno de los primeros trabajos de historia de España en los que la categoría “sexo” se cruza con la de clase en el análisis histórico, y es por tanto un texto pionero en el empleo de la perspectiva del género.

Rojas revelaba que la experiencias de las mujeres en el movimiento obrero y la guerra de España, más allá de su interés y relevancia concretos, servían para entender que los feminismos se presentan históricamente de un modo plural, que expresan una diversidad de experiencias y planteamientos en todos y cada uno de los momentos, que no existe en los discursos ni en los movimientos feministas una evolución lineal (como prácticamente en ningún proceso histórico) y que el español, en contra de lo que durante mucho tiempo se había creído, no era un ejemplo de “atraso” ni un caso singular, o al menos no mucho más singular que cualquier otro que tomemos en consideración si dejamos a un lado los ejemplos francés o anglosajón como medida de “modernidad”.

En RojasNash situaba a las mujeres como agentes de la historia y no como simples víctimas pasivas del patriarcado. Explicaba que, sin embargo, ni siquiera durante la guerra de España la agencia de las mujeres y la difusión de discursos igualitaristas habían logrado contrarrestar las restricciones que sufrían a la hora de acceder a trabajos, de disfrutar de un salario digno o de participar en el espacio público. A pesar de lo cual, era fundamental subrayar la existencia y el alcance político de esa agencia. 

Nash también daba cuenta en su libro del alcance de la acción de las mujeres en ámbitos de la vida social que, antes de la aparición de la nueva historia social, se consideraban íntimos o privados. Y, por último, detallaba cómo emergieron del conflicto dos arquetipos, dos representaciones de un feminismo antifascista que iban a perdurar en el tiempo: el de la miliciana (pensemos en la figura heroica de Lina Odena) y el de la madre en la retaguardia (el ejemplo evidente, en este caso, es Pasionaria).

Este segundo arquetipo hacía referencia a todo el conjunto de acciones con las que las mujeres contribuían al esfuerzo de guerra, a menudo a instancias de organizaciones obreras femeninas como AMA (Agrupación de Mujeres Antifascistas), la Unió de Dones, Mujeres Libres o el secretariado femenino del POUM

Ellas impulsaron el trabajo en las fábricas, talleres, hospitales, comedores o en tareas de asistencia a los evacuados y a los refugiados. La adquisición de las habilidades que la ejecución de todas esas tareas requerían nació politizada, porque las actividades se desarrollaron con el objetivo de preservar a España del fascismo. 

La contención del fascismo fue el horizonte político que enmarcó la disolución en España de la frontera entre lo público y lo privado que la guerra propició, al hacer imprescindible que las mujeres de ideología y entornos obreristas trabajaran fuera de sus casas o se implicaran en acciones de asistencia en la retaguardia. El feminismo de signo izquierdista se forjó, históricamente, contra el fascismo.

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Mientras las mujeres republicanas adaptaban sus vidas al esfuerzo bélico y se politizaban en ese contexto tan excepcional, las mujeres movilizadas en el bando franquista se organizaron en igual medida. Durante la guerra, las falangistas fueron disponiendo de los recursos necesarios para dotarse de unas señas propias de identidad. A finales de 1938, más de medio millón de mujeres apoyaban la retaguardia del bando golpista. El discurso antifeminista, pieza fundamental del discurso antiliberal de los rebeldes, fue clave en la determinación de su identidad política. Así, la Sección Femenina se consagraría a profundizar en la diferencia entre los sexos y a promover que las mujeres retomaran su roles tradicionales en el ámbito doméstico. El Nuevo Estado fundado por Franco tras la victoria militar se sostuvo, en una medida importante, sobre un “pacto sexual” respaldado por organizaciones e instituciones tradicionalistas. Las mujeres, durante los cuarenta años que duró la dictadura franquista, perdieron derechos. Se cercenaron sus libertades y se limitó su autonomía. Las mujeres de izquierdas fueron, además, duramente reprimidas.

Si hubo una ideología izquierdista que plantó cara de manera consciente y sistemática al fascismo fue el comunismo que, si bien se resistió a aceptar la existencia de “la cuestión de la mujer” como un asunto de importancia equivalente a la “cuestión obrera”, terminó por dar carta de naturaleza a las organizaciones de mujeres cuando no quedó más remedio que adoptar una estrategia de “frente único fascista”. 

Al impulsarse desde el Comintern esa estrategia, las feministas, muchas de ellas pacifistas, se adhirieron al lema “contra la guerra y el fascismo”. Como explica la historiadora Mercedes Yusta, la movilización femenina antifascista surgió como resultado de una estrategia del Comintern por atraerse a las mujeres a las luchas comunistas, lo que tuvo como consecuencia la introducción en el antifascismo de discursos y prácticas militantes que provenían del feminismo pacifista.

En España, la forma en que se constituyó una organización femenina antifascista revela cómo se llevó a cabo un acercamiento entre mujeres de distintas culturas políticas y clases sociales que compartían una cierta “sensibilidad de izquierdas”. Cuando en 1934 una delegada del Comité Mundial de Mujeres contra la Guerra y el Fascismo visitó España para crear una delegación nacional, Dolores Ibárruri se puso en contacto con mujeres republicanas y socialistas. Gracias entre otras a María Lejárragaen julio de 1934 se celebró en Madrid el primer Congreso Nacional de Mujeres contra la Guerra y el Fascismo, en el que participaron la propia Lejárraga, pero también la socialista Matilde de la Torre o la feminista Isabel Oyarzábal (presidenta del Consejo Supremo Feminista). 

La Revolución de Octubre de 1934 y la represión desencadenada por el gobierno de Lerroux, también sobre la organización de mujeres antifascistas, acabó con su ilegalización y posterior reaparición, durante la campaña electoral de 1936, como Agrupación de Mujeres Antifascistas (AMA). En las páginas de la revista Mujeres, defiende Dolores Ibárruri el primero de mayo de 1936: 

“El derecho al trabajo; la igualdad de salarios; la protección a las madres; la investigación de paternidad; el divorcio, sin ninguna traba jurídica ni económica; el derecho al aborto; la creación de casas cuna, escuelas, jardines de infancia, comedores y roperos escolares; la prohibición de trabajos insalubres y el derecho a ocupar cargos en lícita competencia con el hombre”.

Frente a AMA, solo se erigió como competencia la organización anarquista Mujeres Libres, que siempre se mantuvo independiente y que renunció a integrarse en una organización que, en una medida importante, estaba bajo el control comunista. Tras la victoria franquista, aunque no antes de concluida la Segunda Guerra Mundial, las mujeres antifascistas se reorganizarán desde el exilio.

La experiencia de vinculación del antifascismo con el feminismo en el contexto de una ofensiva fascista mundial, es relevante desde el punto de vista histórico y político. Por un lado, muestra que una vez que las mujeres que comparten una preocupación por la justicia social y el igualitarismo toman conciencia de la amenaza que representa el fascismo, es posible acordar un frente unido. Por otra parte, la guerra hace que las mujeres se socialicen en la disolución de la frontera entre el espacio público y el privado y en la conciencia de poseer agencia y de compartir proyecto: la contención del fascismo que las quiere de vuelta en sus casas, privadas de autonomía y de derechos

La guerra que desencadenó el golpe militar generó las condiciones para que los feminismos y las ideologías obreristas se encontraran en el terreno compartido de la lucha antifascista. Y aunque las mujeres españolas, que habían disfrutado por primera vez de libertades civiles durante la República, las perdieron cuando sobrevino la dictadura, la socialización y politización de las mujeres dio lugar a un feminismo que entendía que era perentorio hablar el lenguaje de los derechos y la democracia

En 1995, el año de publicación en inglés de Rojas, me trasladé a la Universidad irlandesa de Limerick (de donde por cierto es Mary Nash, aunque lleva décadas afincada en España) para estudiar el primer curso de un posgrado titulado Gender Studies. Los estudios de género despertaron el interés de las académicas feministas de mi generación, nos ayudaron a pensar nuestros activismos y a contribuir a ubicarlos desde un punto de vista histórico. Desde entonces hasta ahora, hemos asistido a el surgimiento de una nueva ola feminista impulsada por el Metoo y, en el caso de nuestro país, por El tren de la libertad, la protesta organizada en torno al intento de un gobierno del Partido Popular de restringir el derecho al aborto en España. 

Pero la historia de los feminismos no es solo la de sus olas, es sobre todo la de las alianzas que establecemos y la de los avances que hacemos; es la de la lucha por nuestras libertades y la ampliación de nuestros derechos. La historia de los feminismos es la historia de cómo tejemos las alianzas que nos permiten agrandar el espacio de nuestra autonomía. ¡Feliz 8-M!

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