Alexander Main y Jake Johnston (CEPR), 7 de Marzo de 2026

Durante casi tres años, la República Dominicana había estado preparándose con entusiasmo para albergar el mayor evento multilateral de la región: la Cumbre de las Américas de 2025, que reuniría a los líderes de casi todos los gobiernos del hemisferio occidental. Pero el 3 de noviembre, apenas un mes antes de que se celebrara la cumbre, el Ministerio de Relaciones Exteriores de la República Dominicana anunció abruptamente su postergación, citando “eventos climáticos recientes” (es decir, huracanes) y “profundas divisiones que actualmente dificultan un diálogo productivo en el hemisferio”.
De hecho, las “divisiones” regionales —que otros podrían describir como “alarma” o “indignación”— se habían intensificado durante el otoño de 2025 tras el enorme despliegue militar de Estados Unidos en el Caribe, los ataques aéreos estadounidenses contra embarcaciones supuestamente del narcotráfico —que resultaron en decenas de ejecuciones extrajudiciales— y la amenaza de un ataque de EEUU en contra Venezuela. Cumbres anteriores, incluida la de Los Ángeles en 2022, ya habían estado marcadas por una fuerte oposición de varios líderes latinoamericanos a las políticas regionales de Washington. Ante el temor de un posible desastre de relaciones públicas, el presidente dominicano Luis Abinader, tras consultar con el secretario de Estado estadounidense Marco Rubio, decidió que lo más prudente era cancelar el evento.
Hasta ahora no hay noticias sobre una nueva fecha para la Cumbre de las Américas. Sin embargo, el sábado 7 de marzo el presidente estadounidense Donald Trump ha convocado a una cumbre hemisférica mucho más pequeña en su resort de golf en Miami. El grupo de líderes caribeños y latinoamericanos que asistirán a la cumbre de Trump —titulada “Shield of the Americas” (Escudo de las Américas)— está compuesto por simpatizantes de su agresivo intervencionismo, de su llamada “guerra contra el narcoterrorismo” y de los ataques de su Administración contra Gobiernos y movimientos de izquierda en la región. Estos mandatarios han obtenido sus exclusivas invitaciones mediante diversas formas de tributo y promesas de lealtad continua, aunque queda por ver si Trump y Rubio lograrán apoyo para todos los puntos de su agenda, en particular para su intento de expulsar a China de la región.
Con un verdadero desfile de figuras de la derecha dura latinoamericana, la cumbre de Trump —libre de divisiones— recuerda a recientes Conferencias de Acción Política Conservadora (CPAC) celebradas en Brasil, Argentina y Paraguay. Al igual que esas conferencias —en las que el presidente anarco-capitalista de Argentina, Javier Milei, y el presidente electo de extrema derecha de Chile, José Antonio Kast, compartieron escenario con figuras del movimiento MAGA como Steve Bannon— la cumbre “Escudo de las Américas” parece diseñada para seguir promoviendo ideologías de extrema derecha alineadas con Trump en las Américas. Como “bono” adicional, la cumbre se celebrará en el Trump National Doral Miami, lo que garantizará un lucrativo fin de semana para el resort de Trump y permitirá al presidente estadounidense desplazarse rápida y cómodamente hacia y desde Mar-a-Lago.
Cada uno de los invitados a la cumbre —12 en el último recuento— puede afirmar haber promovido de alguna manera los objetivos regionales del Gobierno estadounidense. Muchos han llevado a cabo ataques sostenidos contra gobiernos y movimientos de izquierda que han resistido las ambiciones imperiales de Trump. Milei, por ejemplo, ha insultado repetidamente al presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, y ha apoyado al expresidente brasileño Jair Bolsonaro, quien el año pasado fue condenado por conspirar para llevar a cabo un golpe militar contra Lula.
Además de perseguir a opositores de izquierda en sus propios países, Daniel Noboa de Ecuador ha iniciado una guerra arancelaria no provocada contra el presidente progresista de Colombia, Gustavo Petro, quien también es un crítico abierto de Trump. El 4 de marzo, aparentemente sin otra razón que agradar a Trump y Rubio, Noboa expulsó a todo el personal diplomático de la embajada de Cuba en Quito. De manera similar, el recién elegido presidente de derechas de Honduras, Nasry Asfura, rescindió un acuerdo de cooperación médica con Cuba, lo que provocó la salida de más de 150 médicos cubanos que prestaban servicios en comunidades de bajos ingresos. Este gesto seguramente habrá alegrado a Rubio, quien ha presionado a países de todo el mundo para que cancelen acuerdos similares con el fin de eliminar una de las pocas fuentes de ingresos externos de Cuba.
Por encima de todo, el grupo de dirigentes de derecha que asistirán a la cumbre ha apoyado la “guerra contra el narcoterrorismo” de Trump, actualmente el principal vehículo para avanzar la política de expansión de la influencia política y económica de EE.UU. en la región, a la que se hace referencia tanto en serio como de forma irónica como la “Doctrina Donroe”. Las primeras señales de esta “guerra” se remontan al primer día del segundo mandato de Trump, cuando ordenó a Rubio designar a diversos carteles de droga y pandillas latinoamericanas como “organizaciones terroristas extranjeras”. Se volvió real cuando, a finales de julio del año pasado, el presidente estadounidense ordenó un enorme despliegue de activos navales y aéreos en el Caribe sur y dirigió al Comando Sur de Estados Unidos a realizar ataques aéreos ilegales contra supuestas embarcaciones del narcotráfico, lo que hasta ahora ha provocado más de 150 ejecuciones extrajudiciales de civiles, en su mayoría no identificados.
El 3 de enero, tras meses de amenazas de intervención estadounidense en Venezuela, fuerzas de EE.UU. llevaron a cabo un ataque militar no provocado e invadieron Venezuela, secuestrando al presidente Nicolás Maduro y a su esposa Cilia Flores, quienes fueron trasladados a Nueva York para enfrentar cargos cuestionables. Al día siguiente, los miembros de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) se reunieron y discutieron una declaración que denunciaba el ataque ilegal contra Venezuela. Nueve gobiernos se opusieron a la declaración y bloquearon su publicación. Con la excepción del políticamente inestable Perú, los líderes de esos Gobiernos figuran ahora en la lista de invitados a la cumbre “Shield of the Americas”. Otros dos líderes electos pero que aún no han asumido el cargo —Kast en Chile y Asfura en Honduras— también defendieron el ataque y han sido invitados.
Varios Gobiernos han ido aún más lejos en adoptar la “guerra contra el narco-terrorismo” promovida por Trump. Después de que la Administración estadounidense designara a la organización venezolana supuestamente de narcotráfico “Cartel de los Soles” como “Terrorista Global Especialmente Designado” y posteriormente identificara a Maduro como su líder, los presidentes de Argentina, Ecuador, Paraguay y La República Dominicana (todos invitados al “Escudo”) hicieron lo mismo. Ante la falta de pruebas sólidas sobre la existencia de este supuesto cartel, el Departamento de Justicia de Estados Unidos eliminó posteriormente el término de la acusación contra Maduro; sin embargo, la designación como organización terrorista sigue vigente en los registros tanto de Estados Unidos como de esos cuatro países latinoamericanos.
Muchos de los Gobiernos representados en la cumbre de Miami han adoptado el término “narco-terrorismo” en su discurso oficial y en sus declaraciones de política. Noboa, cuyas fuerzas de seguridad están presuntamente implicadas en desapariciones forzadas y graves violaciones de derechos humanos, ha lanzado su propia “guerra contra el narco-terrorismo” en Ecuador. El 3 de marzo, Estados Unidos y Ecuador anunciaron operaciones militares conjuntas en contra “organizaciones terroristas”, con fuerzas especiales estadounidenses apoyando a comandos ecuatorianos para “combatir el flagelo del narco-terrorismo”, según el Comando Sur de EEUU. Otros invitados a la cumbre, incluidos Argentina, la República Dominicana, Bolivia y El Salvador, parecen estar sumándose también a esta dinámica; y Paraguay, al igual que Ecuador, ha firmado un Status of Forces Agreement (Acuerdo sobre el estatuto de las fuerzas o SOFA, por sus siglas en inglés) con el Gobierno estadounidense, que permite la presencia de tropas de Estados Unidos y les otorga inmunidad frente a la jurisdicción local.
Es posible que la Administración Trump considere que presentar la expansión militar estadounidense en el hemisferio como una guerra conjunta contra el terrorismo y el narcotráfico puede ayudar a generar apoyo público. Sin embargo, hay pocos indicios de que esa narrativa haya calado más allá de la base republicana del movimiento MAGA. Pero resulta difícil afirmar con seriedad que el presidente Trump esté realmente decidido a combatir el narcotráfico: recientemente indultó al expresidente hondureño Juan Orlando Hernández, quien cumplía una condena de 45 años por su papel en la importación de más de 400 toneladas de cocaína a Estados Unidos, y uno de los principales socios de Trump en su guerra contra las drogas es el presidente Noboa, cuyo negocio familiar parece estar implicado en el tráfico de cocaína, según una investigación reciente del Organized Crime and Corruption Reporting Project.
Al cierre de este artículo, se han publicado pocos detalles sobre la agenda de la cumbre del “Escudo”, salvo que aparentemente se discutirán temas de “seguridad” e “interferencia extranjera”. En cuanto a la “seguridad”, Trump, Rubio y el secretario de Defensa de Estados Unidos, Peter Hegseth —quienes, según informes, asistirán— probablemente no necesitarán hacer demasiado para convencer a sus aliados de redoblar la apuesta frente a la supuesta amenaza del “narco-terrorismo”. Dados los acontecimientos recientes, es probable que se concentren más en reforzar el apoyo regional a la guerra con Irán, que hasta ahora ha recibido un respaldo bastante tibio, con la excepción de los presidentes Milei, Kast y Santiago Peña de Paraguay, quienes han celebrado los ataques conjuntos de Estados Unidos e Israel. Trump, Rubio y Hegseth también podrían buscar un respaldo más explícito al intenso esfuerzo de “cambio de régimen” que Estados Unidos impulsa contra Cuba, que incluye un bloqueo petrolero que pronto podría provocar un “colapso humanitario”, según la ONU. Trump y muchos republicanos han dicho que, cuando terminen en Irán, “Cuba es el siguiente”.
La “interferencia extranjera” también figura, según informes, en la agenda de la cumbre del “Escudo”. En este punto, es de suponer que la Casa Blanca no se refiere a la interferencia estadounidense en América Latina y el Caribe, que ha sido una constante durante muchas décadas pero que ha alcanzado nuevos niveles bajo Trump. Más bien, el término suele entenderse en Washington principalmente como una referencia a la creciente influencia regional de China. Aquí está lejos de ser seguro que Trump y su equipo logren avances significativos, dado los enormes beneficios económicos derivados del comercio y la inversión chinos. China es actualmente el principal socio comercial de Brasil, Chile, Ecuador y Paraguay, y el segundo socio comercial más importante para casi todos los demás países representados en la cumbre. Muchos de estos líderes han recurrido a una retórica estridente contra China, pero en última instancia han optado discretamente por fortalecer sus relaciones con la segunda economía más grande del mundo (y pronto la más grande). Milei, por ejemplo, se refirió al gobierno chino como “asesino” y dijo que se negaba a hacer negocios con comunistas. Ahora ha cambiado completamente de tono: en Davos, en enero, calificó a China como “un gran socio comercial” y afirmó que planea visitar Pekín este año.
Según un cronograma que la Casa Blanca compartió con la prensa, el presidente Trump participará en la cumbre “Shield of the Americas” durante dos horas y media y luego regresará a Mar-a-Lago por la tarde. Con otros 12 jefes de Estado presentes, es poco probable que se logre mucho. Habrá discursos —se puede esperar un largo y divagante discurso de Trump en el que probablemente vuelva a felicitarse por su “éxito” en Venezuela— y seguramente se tomarán muchas selfies con Trump, pero es poco probable que haya algo que se parezca a un verdadero diálogo.
En cambio, el objetivo de la cumbre parece ser, en primer lugar, ofrecer a estos líderes un breve acceso a Trump como una especie de recompensa por su lealtad y por diversos favores prestados. Algunos de estos líderes ya han recibido un apoyo decisivo de Trump. Poco antes de una elección legislativa clave en Argentina, el Departamento del Tesoro de Estados Unidos ofreció al gobierno de Milei un rescate de 20 mil millones de dólares, lo que estabilizó la economía del país y ayudó al partido de Milei a obtener una importante victoria electoral. A finales del año pasado, Trump intervino de manera significativa en las elecciones de Honduras al respaldar la candidatura de Asfura y amenazar con imponer un castigo económico a todo el país si los votantes no lo elegían. Asfura terminó ganando por un margen muy estrecho que fue cuestionado por sus oponentes.
Para los líderes de algunos países más pequeños, participar en la cumbre ya es en sí mismo una gran recompensa, ya que les permite mostrar a sus electorados nacionales que su comportamiento complaciente ha sido recompensado con un acceso privilegiado al presidente de Estados Unidos. Para Kamla Persad-Bissessar, de Trinidad, que apoyó los bombardeos a lanchas de Trump incluso después de que civiles trinitenses fueran asesinados, y para el presidente de Guyana, Mohamed Irfaan Ali, que prometió a las compañías petroleras estadounidenses un “trato preferencial” en sus ofertas para operar en el floreciente sector petrolero del país, la participación en un evento tan exclusivo con Trump es, en sí misma, la recompensa.
Finalmente, es probable que, a través de esta breve cumbre, Trump y Rubio busquen consolidar un bloque de aliados alineados en el hemisferio: gobiernos que continúen respaldando el intervencionismo de la Administración, sus violaciones de la soberanía y del derecho internacional, y que participen activamente en la expansión de la agenda de seguridad militarizada de Estados Unidos.
Aun así, está por verse si Trump —cuya actitud general hacia la región y sus habitantes oscila entre el desprecio y la indiferencia— estará dispuesto a invertir tiempo y energía reales en cultivar este grupo de líderes. Su nombramiento de Kristi Noem como “enviada especial” para la cumbre, como parte de una maniobra para retirarla del cargo de secretaria de Seguridad Nacional, no envía la señal más positiva a sus invitados de extrema derecha. Incluso ellos podrían sentirse incómodos ante la idea de que el futuro de la cumbre quede en manos de una figura incendiaria en materia migratoria que desempeñó un papel clave en la persecución y estigmatización de migrantes procedentes principalmente de América Latina y el Caribe.
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