Itxaso Domínguez (PÚBLICO), 5 de Marzo de 2026

Introducción. Antes de cada ataque, una historia
En estos últimos días hemos vuelto a escuchar una historia conocida: antes de que caiga una bomba, ya existe una explicación preparada. Cuando Estados Unidos o Israel atacan Irán, aparecen palabras familiares: contención, disuasión, estabilidad regional. Cuando la violencia se ejerce contra personas palestinas, el vocabulario apenas varía: seguridad, autodefensa, lucha contra el terrorismo.
Incluso cuando se reconocen posibles violaciones del derecho internacional, se activan de inmediato una serie de dispositivos retóricos que atenúan, contextualizan o desplazan la responsabilidad. La discusión se mueve rápido hacia la amenaza previa, el riesgo futuro o la supuesta inevitabilidad de la fuerza.
Y lo cierto es que no es solo una cuestión de geopolítica (o al menos no de la geopolítica que muchos definen sin atender a la realidad del conceto). Es una forma de ordenar el mundo. Algunos actores se presentan como racionales, responsables, obligados a gestionar riesgos. Otros aparecen como amenazas permanentes que deben ser contenidas.
Ese esquema no se limita a Irán ni a Palestina. Se activa cada vez que se decide quién forma parte del orden civilizado y quién queda fuera. No es nuevo. Durante siglos, la violencia se justificó en nombre de la civilización mucho antes de que existiera la llamada ‘comunidad internacional’ que hoy se invoca como garante del orden.
1. La amenaza permanente y la autodefensa anticipatoria
En el caso de Irán, la idea central es clara: amenaza existencial. El programa nuclear. La influencia regional. Las milicias aliadas. El peligro siempre está a punto de materializarse.
Ese peligro no necesita estar ocurriendo ahora. Basta con que sea posible. Y si es posible, la violencia preventiva se presenta como razonable. Se ataca hoy para evitar lo que podría suceder mañana.
Con Palestina ocurre algo similar. Israel se describe como un Estado bajo amenaza constante. Cada operación militar aparece como respuesta a un riesgo estructural. El futuro vuelve a ser el argumento.
Cuando la amenaza se presenta como permanente, la fuerza también puede serlo.
Aquí entra otro mecanismo: la victimización estratégica. Los actores con mayor poder militar se presentan como víctimas históricas y estructurales. Esa posición moral no limita su capacidad de acción, sino que la refuerza. Y así prepara el terreno para la violencia inminente y futura.
2. Civilizados e incivilizados
El lenguaje rara vez lo dice de forma directa, pero lo sugiere todo el tiempo.
Israel es una democracia.
Estados Unidos es un aliado estratégico.
Irán es un régimen.
Hamas es terrorismo.
Personas palestinas aparecen como radicales o milicias.
El concepto ‘rogue state’ no describe solo una política exterior. Marca una frontera moral. Señala desviación. Coloca a un actor fuera del orden legítimo.
Unos gestionan la seguridad. Otros la encarnan como amenaza.
La violencia puede ser la misma, pero el significado cambia.
3. La guerra como paisaje inevitable
Todo se integra bajo una etiqueta – y titular – amplios y extremadamente efectivos: ‘guerra en Oriente Medio’, ‘escalada regional’, ‘conflicto enquistado’…
Este encuadre produce un efecto claro. La violencia deja de parecer el resultado de decisiones concretas y pasa a formar parte de un paisaje permanente. En Gaza y Palestina en su conjunto, la destrucción se presenta como un episodio más dentro de un ciclo. En el caso de Irán, los ataques se inscriben en una tensión regional estructural.
Cuando la violencia se convierte en atmósfera, pierde responsables visibles. Se naturaliza. Y lo que se naturaliza deja de escandalizar.
4. El desplazamiento de responsabilidad
Cuando hay víctimas civiles en Gaza, la explicación suele incluir una idea: se esconden entre la población. Cuando hay muertos tras ataques contra Irán, se habla de objetivos estratégicos y de las decisiones del régimen de no proteger a sus ciudadanos.
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La responsabilidad se desplaza hacia el adversario. La violencia ejercida aparece como forzada por las circunstancias.
En Palestina, si Israel bombardea, se dice que responde. En el caso de Irán, si hay escalada, se atribuye a la amenaza previa. El actor que dispara aparece como quien reacciona. El que recibe aparece como quien originó el problema. Este desplazamiento no elimina la violencia, sino que la reordena moralmente.
5. El tropo del terrorismo
La palabra terrorismo funciona como cierre del debate. Una vez activada, simplifica todo.
En Palestina se utiliza de forma constante. Cualquier acción armada activa el marco totalizador. El actor queda definido por la etiqueta.
En el caso de Irán, el vínculo con milicias o grupos armados, e incluso con los propios pilares institucionales como la Guardia Revolucionaria, cumple una función similar. La complejidad política se reduce a amenaza terrorista.
La etiqueta no describe solo una táctica, sino que define una identidad. Y si la violencia forma parte de la identidad del adversario, cualquier respuesta contra él parece defensiva por definición.
6. El conflicto religioso como atajo
Otra explicación recurrente es la religiosa. Islam radical frente a Occidente. Fanatismo frente a democracia liberal. Chiíes contra sunníes. Árabes (y, evidentemente, musulmanes) contra judíos.
En Palestina, la insistencia en la dimensión religiosa borra cuestiones territoriales y de poder. En el caso de Irán, el régimen se presenta como movido por ideología antes que por cálculo político.
Reducir la política a religión simplifica. Si el conflicto es religioso, parece ancestral. Si es ancestral, parece inevitable. Y lo inevitable no exige responsabilidades concretas.
7. El ‘ambos lados’ y el partido obligatorio
Cuando la violencia escala, aparece la fórmula del equilibrio: ambos lados intercambian fuego. Ambos contribuyen a la escalada.
Suena neutral. Pero obliga al espectador a posicionarse como si fuera un partido de fútbol. Si cuestionas la violencia contra palestinos, eres pro-Palestina. Si criticas ataques contra Irán, eres pro-Irán. La defensa de derechos humanos universales se traduce en alineamiento geopolítico.
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El marco no permite una tercera posición. No permite decir que proteger a civiles no depende de la bandera. Tampoco refleja que las capacidades militares y el control territorial no son equivalentes. La simetría retórica suele ocultar asimetrías reales.
8. La búsqueda permanente de la ‘solución’
Cada vez que la violencia se intensifica, aparece otra palabra: solución.
En Irán se habla de cambio de régimen. De transición democrática promovida desde fuera (y vitoreada por los iraníes, aún sin dejarles margen de maniobra ni reconocer su complejidad). En Palestina se repite la solución de dos Estados como fórmula abstracta, aunque la realidad sobre el terreno la haya vaciado de contenido y sean muchos los palestinos que no creen en ella.
La solución suele imaginarse desde el exterior. Como si las sociedades implicadas no tuvieran agencia propia. Mientras tanto, la violencia cotidiana continúa.
9. Temporalidad selectiva
En Palestina, la violencia se narra como ciclo. Nueva escalada. Otro episodio. Se borra la estructura prolongada de ocupación y bloqueo.
En el caso de Irán, se habla de punto crítico. Momento decisivo. Cuenta atrás nuclear.
Unos viven en el presente continuo del conflicto. Otros aparecen en el umbral de una catástrofe futura. El manejo del tiempo también construye legitimidad.
10. Democracias que atacan
Israel, como bien sabemos, es presentado como la única democracia de la región. Estados Unidos como garante del orden internacional e incluso a día de hoy como ideal democrático (salvo por la pequeña inconveniencia de la administración actual). Esa condición no es decorativa, ya que funciona como argumento implícito.
Cuando una democracia bombardea, el gesto se interpreta como decisión política debatible, no como expresión de naturaleza violenta. Cuando un régimen lo hace, se confirma lo que se esperaba de él.
En Palestina, el marco democrático suaviza la percepción del uso continuado de la fuerza. En el caso de Irán, la ausencia de esa etiqueta endurece cualquier acción.
La violencia no cambia. Cambia el punto de partida moral desde el que se evalúa. Ese dispositivo conecta directamente con tu tesis sobre civilización. Porque la democracia aparece como prueba de pertenencia al mundo civilizado.
Coda. El gesto incómodo
Todos estos dispositivos apuntan en la misma dirección: existe una violencia que se describe como racional, preventiva y civilizada. Y otra que se presenta como fanática, ideológica o irracional.
Cuando aceptamos esa división, dejamos de aplicar el mismo estándar jurídico y moral. Nos acostumbramos a que unas muertes se expliquen como daños colaterales y otras como prueba de barbarie.
No es solo Irán. No es solo Palestina. Es un patrón que reaparece cada vez que se decide quién pertenece al orden y quién queda fuera.
El gesto incómodo es este: la próxima vez que leamos que un Estado ‘responde’ y otro ‘ataca’, que uno ‘contiene’ y otro ‘escala’, conviene preguntarse qué historia estamos aceptando sin darnos cuenta. Porque el relato no solo justifica la violencia, sino que también nos permite convivir con ella.
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