Gaceta Crítica

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Una lejana inquietud: 23F 1981. España.

Higinio Polo (El Viejo Topo), 2 de Marzo de 2026

UNA LEJANA INQUIETUD O VEINTICUATRO HORAS DE LA VIDA DE UN PAÍS

“¡Eh! ¡Ustedes!

¡Apaguen esos ojos asombrados!”

Vladimir Maiacovski.

Recibir un encargo para reconstruir un día de la vida de un país y atreverse a llevarlo a cabo es algo complicado. Al cronista no le cuesta reconocerlo. Y no sólo por cuestiones de impericia, aunque se trate exclusivamente de la reconstrucción de algunas horas que conmovieron a los ciudadanos en una lejana jornada de la que ahora vamos a cumplir veinte años. Es complicado porque el golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, o los distintos golpes que estaban en marcha y que confluyeron en ese día, es uno de los momentos decisivos de la transformación política española tras la dictadura franquista.

Por eso juzga el cronista que lo más razonable, lo más prudente, es centrar el examen en algún rasgo relevante, y que, aprovechando que veinte años no es nada, qué febril la mirada, podría limitar el asunto a un episodio concreto de veinticuatro horas de la vida de un país, o de una mujer, que tal vez sea lo mismo. Aún así las posibilidades son numerosas: el cronista podría hacer una descripción de los acontecimientos, o de los riesgos que se corrían entonces, o de los fantasmas del pasado y de la dictadura que volvía a levantar sus garras. O examinar las consecuencias que tuvo la intentona militar: por ejemplo la elaboración de una ley llamada LOAPA, según nos recuerdan nuestros nacionalistas locales siguiendo la opinión del presidente de la Generalitat, Jordi Pujol. Y otras, que omite.

Veinte años después de aquel día tal vez lo más atractivo fuese escribir unas líneas épicas sobre la victoria de la libertad, cerrando los ojos a las miserias que surgen en los momentos decisivos, pero sabiendo al mismo tiempo que el reproche es siempre poco elegante. Sin embargo, al cronista le da cierta pereza abandonarse a la grata evocación de las batallas del pasado. También podría hablarse de las incógnitas que persisten: son muchas. Y algunas, probablemente, nunca serán descifradas. No hay lugar para la alarma o el enfado: después de todo ya nos tenía advertidos Chu En Lai de que, casi doscientos años después de los hechos, todavía no estábamos preparados para comprender la revolución francesa. Es una sabiduría oriental que podemos recordar ahora.

Apuntemos algunas de esas incógnitas: por ejemplo, la lentitud en la actuación del rey. Un rey extraño, sí, aunque el protocolo nos lo quiere campechano, y lleno de amor al pueblo. Un monarca que combate el golpe –apuntemos de paso que, en realidad, dicen los republicanos rojos, se preocupa por el trono- pero tarda demasiado en decirlo y en hacerlo llegar a la población: una eternidad. Hay que decir en su descargo que es el monarca de un país pobre, sin apenas teléfonos, con dificultades de comunicación. Pero tarda demasiado. O traza una sutil estrategia que veinte años después todavía no puede conocerse en su totalidad.

Veamos: se ha aducido que los militares habían ocupado las instalaciones de Televisión Española y no podía, por tanto, emitirse desde allí un mensaje real. Pero los sublevados abandonan las instalaciones de la televisión a las nueve y diez minutos de la noche, y el mensaje de Juan Carlos de Borbón se emite más de cuatro horas después. Demasiado tiempo, en un momento semejante, en el que una hora podía cambiar el destino del país.

No insistamos en ello. Así es la vida. Y, paradojas de la existencia, el monarca será recompensado: parecería que los golpistas trabajaban para él, a juzgar por los resultados: dicen que entonces se consolida la monarquía. Hay otras incógnitas, sí: la trama civil del golpe, la actividad de los que siempre conocen la red oculta de las cosas. Y la actuación de los servicios secretos. Y las orejas de algunas cancillerías. Y hasta saber cómo se forja la habilidad de los máximos dirigentes de la patronal catalana, que conocían de antemano el intento de formar un gobierno Armada. Y las dudas de los capitanes generales, que hoy –si el cronista fuera filósofo y moralista– podrían calificarse de siniestras. Y la financiación de Tejero: el propio general Armada ha hablado de la trama civil que ordena iniciar el golpe al teniente coronel de la Guardia Civil. Y la incógnita que supone la afirmación más terrible, hecha por un teniente general: si hubiesen salido a las calles de Madrid las tropas de la División Acorazada Brunete, una tras otra todas las regiones militares se habrían unido al golpe. Hubiera triunfado.

Veamos algunos detalles. De once jefes militares con región a su cargo, siete estaban a la espera de lo que ocurriese, es decir estaban considerando la posibilidad de apoyar el golpe de Estado, o no veían mal que Milans del Bosch sacase los tanques a la calle.

Después de todo hay que amortizar las compras de material de guerra. El capitán general de Madrid, Quintana Lacaci, se opone al golpe desde el principio. El mismo general dejó escrito, en un conocido documento, que si hubieran salido las tropas de Madrid, todas las demás del país se hubieran unido al golpe. Por fortuna, a veces el destino nos sonríe: dicen que el capitán general Merry Gordon estaba borracho, y perdió la oportunidad de su vida. Otro motivo relevante: la discreción de los espías. Al cronista siempre le ha llamado también la atención el duro trabajo de los servicios secretos, modelo de competencia, aunque haya que lamentar que a veces parezcan reclutar a sus hombres como hiciera el Servicio de Inteligencia británico en la segunda guerra mundial: por el color de sus ojos y obligándolos a asistir a charlas de formación que se iniciaban con el acreditado método de “Prestad atención, cabrones”. También subsisten incógnitas sobre la actuación de los Estados Unidos, siempre tan informados, siempre tan predispuestos a la defensa de la libertad y de la democracia, siempre tan atentos a las situaciones de crisis en países amigos: hasta que el golpe no está derrotado no da Washington señales de vida: el presidente Reagan llamará por teléfono a Madrid en la tarde del día 24 de febrero, cuando todos los golpistas se han rendido. Pero dejemos esas incógnitas al paciente trabajo de investigación histórica.

Lo cierto es que si después de aquel día peligroso ha quedado en la memoria popular la imagen mil veces repetida del teniente coronel Tejero disparando en las Cortes, con el tricornio en los luceros, o la de los tanques atravesando las calles desiertas de Valencia, o, menos, la estampa del general Armada deambulando en la noche de los lobos, lo cierto, es que hay muchas otras cuestiones en las que podríamos detenernos: el examen de la actuación de los más altos jefes militares, las complicidades entre la oficialidad; los servicios secretos extranjeros –como los norteamericanos–; la actuación de los ayuntamientos; los temores periodísticos, que se reflejan hasta en la tibieza de los editoriales; la respuesta desigual en la España profunda. De manera que el cronista podría entretener al lector con muchas cuestiones. Pero prefiere detener su atención en un rincón de la península que siempre ha tenido relevancia: Barcelona, Cataluña. Allí, donde son los comunistas –los dirigentes de Comisiones Obreras y del PSUC– los que encabezan la respuesta al golpe de Estado.

Fijémonos en un momento concreto: en la tarde del 23 de febrero de 1981, en las afueras de Lleida. El cronista está en condiciones de afirmar que los coches pasaban a toda velocidad por la carretera que iba a Barcelona. Hacía frío, o, al menos, se lo parecía a la pareja que se dirigía hacia la capital del principado. Dentro de un coche, conducido por una chica joven, va uno de los dirigentes de las Comisiones Obreras de Catalunya. Acaba de abandonar Lleida y ha hecho un llamamiento –sin consultar a nadie– a la huelga general en una asamblea de delegados sindicales, después de que hayan llegado las noticias del golpe de Estado. Va reflexionando sobre lo hecho, y está firmemente convencido de que ha hecho bien, aunque no sabe todavía lo que le espera en Barcelona. Cuando llega a la ciudad se encuentra con sus camaradas. Las noticias son ya más precisas.

A las 6 y 22 minutos de la tarde un teniente coronel de la Guardia Civil ha entrado con sus tropas en el Congreso de los Diputados. Es un tipo burdo, sin educación. Pasan largas horas, y llegan después noticias de que en Valencia pasean los tanques por las calles, y el parte de las nueve de la noche de Televisión Española no se emite. Nadie sabe nada del rey. Pasarán todavía muchas horas antes de que aparezca en la pantalla.

Lo hará a la 1 y 15 minutos de la madrugada. El presidente de la Generalitat, Pujol, según afirma, ha hablado dos veces con él, y le ha pedido tranquilidad. El honorable dice por radio poco antes de las diez que todo está dentro de la normalidad. Sin embargo está muy nervioso, lo que se contradice con esa normalidad, y el monarca aún no ha dicho nada públicamente. Veinte años después explicarán historias de capitanes del ejército en televisión que impiden emitir proclamas, y lo hará el mismo monarca, pero en ese momento Pujol sabe que si el rey puede hablar con él también podría hacerlo con las emisoras de radio, aunque fuera por teléfono, y condenar con firmeza el golpe. Pero no lo hace. Tal vez por eso el honorable presidente está nervioso, y, después, alzará la voz a los dirigentes sindicales que van a verle; él, un hombre educado.

Hay que decir en su descargo que la situación no era ninguna broma. Incluso en Barcelona, donde parecía que los militares no intentaban nada, el propio teniente general Pascual Galmés hablaba con el general Armada en una noche de equívocos, y mandos sublevados daban orden a los carros de combate del Regimiento de Caballería Numancia de Sant Boi de Llobregat de que se preparasen para salir hacia la capital catalana. Tanques para entrar de nuevo en Barcelona, como en 1939. ¿Encontrarían resistencia los carros de combate? Por si acaso, algún dirigente patronal había estudiado los meses anteriores a Gramsci para imaginar cuál podía ser la actitud obrera si cambiaban las tornas: después de todo los partidos de izquierda habían estado a un paso de ganar las elecciones al Parlament de Catalunya el año anterior. Las cosas de la vida: dirigentes del Fomento del Trabajo Nacional, la benemérita patronal catalana, estudiando a un dirigente comunista italiano que había muerto en las cárceles del fascismo.

Era razonable que el presidente de la Generalitat estuviera nervioso. Las noticias indicaban que muchos capitanes generales eran cómplices del golpe. Después se conocería la singular actuación de los tenientes generales Merry Gordon, de Sevilla; Elícegui Prieto, de Zaragoza; y Campano López, de Valladolid. Además de Milans del Bosch, en Valencia. Pero no eran los únicos, distintas fuentes publicadas en los últimos años confirman que otros jefes militares estaban dispuestos a apoyar el golpe de Estado: había confianza, a veces admiración, hacia Milans del Bosch. También ambiciones personales: algún general se mostraba predispuesto al golpe militar pero consideraba que Armada no sería tan buen presidente del gobierno como él mismo; y ambigüedad calculada, indefinición, temor a quedar en el bando perdedor, la indecisión humana que lleva a muchos a esperar a ver para sumarse al golpe.

Nada nuevo. La historia está llena de situaciones semejantes, y el cronista comprende las dudas de la milicia. A las once y media de la noche, tres dirigentes de Comisiones Obreras entran en el Palau de la Generalitat. Llegan con una huelga general convocada. Horas antes el sindicato había ofrecido quinientos militantes para defender a la Generalitat, pero la ayuda había sido rechazada. Mientras tanto, Radio Nacional de España emitía música militar, evocadora de otros desfiles salvadores, y la imprenta de Comisiones Obreras trabajaba con ritmo frenético imprimiendo miles de octavillas llamando a la huelga general. Eran los únicos: nadie más haría algo semejante. Hasta la sede del sindicato se acercan los que quieren resistir al golpe: militantes cenetistas, entre otros. En la puerta del palacio de la Generalitat, por la que entran los dirigentes de Comisiones Obreras, unos mossos d’esquadra. Su capitán había ido horas antes a ofrecerse a los militares para lo que hiciera falta: por ejemplo, para detener a los que había dentro del palacio que teóricamente defendían. Hay un silencio extraño, y los pasos resuenan en los adoquines. No hay nadie en la plaza, y las muchedumbres no atruenan con sus gritos las calles históricas de la ciudad, de la rosa de fuego. Entran, y ven que los mossos d’esquadra pasean nerviosos. Arriba, tipos cansados, caras conocidas por la televisión, del Parlamento, los ministros del gobierno catalán. De todas formas, poca gente.

Algunos están sentados, derrumbados, con caras fúnebres. El cronista ha podido saber de primera mano las palabras que se cruzaron los rojos de Comisiones Obreras con Jordi Pujol, en el despacho del presidente de la Generalitat. También ha podido conocer algunos temores, y la desolación de algunos rostros, inseguros de permanecer allí. Los que han llegado son hombres jóvenes, que argumentan con pasión; demasiado jóvenes, incluso, y se nota en la audacia de sus convicciones, algo estrafalarias para el gusto del honorable, que se revuelve inquieto. Y notan la curiosidad en el pescuezo, la sensación de la propia importancia, aunque sea transitoria. El honorable está nervioso, con gesto sombrío: unos minutos antes de entrar en su despacho con los dirigentes sindicales ha hablado con el capitán general Pascual Galmés, y éste le ha preguntado su opinión sobre la “solución Armada”. Se teme lo peor. El presidente ha hecho momentos antes un llamamiento por radio diciendo que no hay que hacer nada, y diciéndole al ciudadano que ha hablado con el rey. Pero no parece que eso resuelva gran cosa. Es un rey que nadie sabe qué está haciendo: tampoco el honorable. Corren rumores, algunos poco edificantes, y ninguno de los presentes sospecha en ese momento que veinte años después aún no será posible conocerlos en detalle.

La entrevista del presidente con los dirigentes sindicales transcurre tensa. Y ahora hay otras prioridades, además de saber qué hacen los generales con el sable. La huelga general. El gobernador civil de Barcelona, hombre valeroso, ha dicho que quedan prohibidas las manifestaciones, y las huelgas, y cualquier movimiento en la calle. La autoridad está para eso. Aunque es improbable que les diga lo mismo a los militares. El rictus de Pujol es la virtud cautiva, angustiada, del país: y hasta su ruego al secretario general de las comisiones obreras –“mira el televisor y si sale el rey, avisa”–, enternecedor. Y la discusión desaforada –tabernaria, dicen– con la delegación sindical la cartografía precisa de su impotencia ante el destino. Los argumentos del honorable para convencer a los dirigentes sindicales de que hay que desconvocar la huelga general merecen consignarse, para maravilla de las generaciones futuras: “Si el golpe fracasa no hace falta ninguna huelga general y, si triunfa, la huelga general no sirve para nada” No hay nada más clarividente que el desasosiego. Detrás, dejémoslo dicho, apunta de nuevo el miedo a las muchedumbres, el temor a que la plebe sea de nuevo la encargada de buscar al chacal, y de aplastarlo. Hay que ser justo: entre los hombres que aquella noche están en el palacio de la Generalitat hay uno, Heribert Barrera, que manifiesta su acuerdo con la huelga general y así lo dice ante el honorable Pujol y ante los sindicalistas. Pero el gobierno de la Generalitat dejará clara su posición: hay que mantenerse –dice a los ciudadanos– en disposición de servir los intereses del país y eso debe hacerse, especialmente, desde la normalidad laboral. Y en casa. Pujol creía, y aún cree, que nadie debía ofrecer resistencia y que si llegaban los militares debían dejarse capturar: con dignidad. Curiosas enseñanzas, reflexiones extraídas de la sabiduría convencional de los tiempos, tal vez del largo verano de 1936.

Los nacionalistas. Aman al país con pasión, y el cronista no tiene ningún derecho a poner en entredicho sus sentimientos. Al fin y al cabo la historia está hecha, también, de sentimientos. Mucho menos derecho tiene para ridiculizarlos, como hacen algunos apátridas. En otros lugares de España, lo presentido. Los nacionalistas vascos han huido: el palacio de Ajuria Enea está vacío. Es verdad que no es así en el palacio de la Generalitat. Pero en aquel preciso día de febrero de 1981 puede decirse que los nacionalistas no están, o, al menos, no consideran necesario salir a defender al país. O

confunden al país con la propia piel, algo que no deja de ser legítimo pero que está más cerca de la ofuscación que del amor a la patria, sea la patria que sea, y eso al cronista le importa poco. Tal vez, una confusión inocente, como la de aquel presidente chileno, González Videla, que estaba convencido de que la UNESCO era una cantante rumana.

De manera que los nacionalistas no están. Estaba, sí, el honorable. Nervioso, confundido porque aquellos jóvenes sindicalistas bolcheviques no quieren desconvocar la huelga general. Para Pujol es evidente que la huelga general no ayuda, al contrario, entorpece, crea confusión, puede provocar la reacción militar. Como si algunos generales necesitasen ayudas para blandir el sable. Algunos nacionalistas se dan cuenta de que en el futuro algunos les reprocharán su impotencia. Llueve sobre mojado: después de todo, tampoco estuvieron para defender Barcelona en 1939. Ahora, en ese día de febrero de 1981, es difícil encontrarlos. De hecho, algunos bolcheviques que lo intentan tienen que volver a sus guaridas con la extraña sensación de que otra vez están solos. Y Heribert Barrera, hijo de un viejo anarcosindicalista del pasado republicano español, que dice unas palabras dignas que pocos escuchan, pero que quedan registradas para el futuro –incógnito, tal vez mezquino– que se avecina. Pero, como apunta un diputado nacionalista, todos están preocupados por lo que pueda pasar: “Ens mataran”, dice. Pese a todo los nacionalistas lanzan una consigna: “Cada uno en su casa”. No hay que hacer nada. Contarán después, durante años, que no había que caer en provocaciones, y que cualquier movimiento en falso podía ser contraproducente. Es la sabiduría política, el abandono. Después, algún cronista dirá que vestirán de sensatez y responsabilidad, hasta de patriotismo, lo que sólo era impotencia y derrota.

Los socialistas. No es posible tampoco localizarlos. No son los únicos: en esa noche aciaga hay muchos dirigentes de partidos democráticos a los que no se puede encontrar. Corren, otra vez, rumores, y extrañas historias sobre desapariciones repentinas. Demasiadas personas estaban esa noche en el lugar equivocado. Algunos periodistas cuentan después que los socialistas estaban en las nubes. La desaparición es circunstancial: pocos días más tarde, con el golpe fracasado, ya con el ánimo entero, participarán en primera línea en las manifestaciones, lo que les honra. Tanta era su perplejidad e impotencia ante las sorpresas de la vida, tanto su nerviosismo que ahora, veinte años después, casi recuerdan –si se permite al cronista– el desvalido desorden de aquel ministro del Interior peruano, con Fujimori, que en la operación para cazar a Montesinos, el siniestro jefe de los servicios secretos, decía ante los periodistas: “¡Estamos intentando ubicarle, para saber dónde está!”

La entrevista del presidente de la Generalitat con los hombres de Comisiones Obreras termina mal, sin acuerdos. Unos se van a preparar la huelga, en una noche tensa, sabiendo que todo puede pasar. Otros, después, irán a dormir: Pujol, tras el mensaje de Juan Carlos de Borbón, a las tres de la madrugada. ¿Estaba tranquilo ya? El cronista no puede saberlo. Lo cierto es que aún después de la alocución del monarca persistían muchas dudas: el mismo Juan Carlos de Borbón lee un mensaje ambiguo, en el que no se condena con dureza el intento de golpe de Estado. Habla, sí, de que no puede tolerar que se interrumpa el proceso democrático. Pero no hay condena explícita de los sublevados: la situación no estaba aún clara. De hecho, en la madrugada de ese día llegan nuevas tropas al Congreso de los Diputados: las de Pardo Zancada. Y Sabino Fernández Campos, un militar que era el secretario general de la casa real, autoriza al general Armada para ir al Congreso de los Diputados y postularse ante Tejero como nuevo presidente del gobierno, y resolver así el secuestro de los diputados y del gobierno en la sede parlamentaria. Cuentan que la autorización fue de Fernández Campos, y no de Juan Carlos de Borbón, pero hay muchas cosas oscuras en los movimientos de esa larga noche en Madrid. Un buen hombre, Sabino Fernández, conocedor de las calles barcelonesas. Veinte años después dirá que nunca había visto tanto entusiasmo de los catalanes como cuando entró con las tropas fascistas en Barcelona, en 1939.

La gestión del general Armada termina mal. El teniente coronel Tejero le dijo que no reconocía más que a Milans del Bosch como jefe, deshaciendo así la posibilidad de un gobierno Armada. Para los suyos, para los sublevados, fue un hombre torpe el teniente coronel. Pero esa noche, mientras unos iban a dormir y otros a preparar la huelga, era evidente que la situación aún no estaba clara, hasta el punto de que el propio Francisco Laína –responsable del gabinete de secretarios de Estado y gobierno de facto– temía lo peor. Por eso, Comisiones Obreras moviliza a sus hombres y mujeres, y no desconvoca las acciones previstas: se distribuyen por zonas fabriles, por metros y autobuses, organizan piquetes. Sea como sea, lo cierto es que los comunistas del PSUC y de Comisiones Obreras son los únicos que desde el primer momento se lanzan a combatir a los golpistas. La confusión, el miedo, la indefinición, incluso las fugas vergonzosas, harán mella en muchos otros sectores. Hasta la traición aparece. Incluso en la Generalitat había habido personas que se ofrecieron a los militares. Se arrimaban al sol más caliente. Después, cuando a los sublevados les derrota su propia indecisión, entre otras cosas, todo termina. Las veinticuatro horas de la vida de un país están a punto de cerrarse, y con el famoso pacto del capó por el que se rindieron Tejero y Pardo Zancada se abrirá un proceso que culminaría en los tribunales y en la absolución  e la mayoría de los golpistas.

El cronista no ignora que podría escribirse un bonito fresco sobre la serena respuesta del pueblo al golpe fascista. Pero aunque le atrae la lírica, no es posible. Millones de españoles saldrán a la calle, en defensa de la democracia, pero el día 27 de febrero.

Podría abandonarse a la tentación de especular, de hurgar en algunas actitudes poco honorables, pero no es conveniente, y hasta puede parecer poco elegante. Es obligado, sí, dejar constancia de que los nutridos grupos de militantes que llaman a la huelga general y reparten octavillas en el metro y en las fábricas son los de siempre. Claro que tampoco pueden quejarse, al fin y al cabo hacían algo parecido a lo que habían hecho años atrás, y tenían memoria y aprendizaje. De modo que la respuesta de la población será desigual. No en vano a los ciudadanos les llegaron mensajes contradictorios, llamamientos a la calma y convocatorias a la huelga. Después, de nuevo, la amnesia, el olvido, la desmemoria. No hay motivo de queja: ya sabemos que una de las proposiciones fundamentales del maestro es que de lo que no se puede hablar, hay que guardar silencio.

Al otro día, por la tarde, más tranquilos, el monarca recibirá a los dirigentes políticos, entre los que no se encuentra Pujol, envuelto en el palacio de la Generalitat en una leve brisa de rencor, pese a que el honorable casi se había hecho portavoz real en las horas difíciles del golpe. Los nacionalistas siempre se mostrarán dolidos con el gesto. Los socialistas: recompondrán el rostro. Y, después, el buen pueblo, que tiene una memoria personal precisa y es comprensivo, sabrá justificar a sus dirigentes por la angustia de ayer. Incluso les volverá a votar, porque se reconoce en esas caras. Al fin y al cabo está escrito que la prudencia ha de ser siempre la guía de los pueblos. El cronista cree que no hace falta anotar nada más, o apenas alguna enseñanza, ya antigua: la democracia está consolidada mientras el poder del dinero no se inquieta. O veinticuatro horas de la vida de un país, y una lejana inquietud, que sólo añade melancolía y algunas sonrisas, en un país moderno que aún recuerda cuando la gente se lavaba con piedra pómez: los que entonces eran tiernos infantes son ahora aguerridos jóvenes adictos a la noche, que casi ignoran los riesgos que corrieron.

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