Stelios Foteinopoulos (JACOBIN), 2 de Marzo de 2026

Desde las redadas del ICE en Minneapolis hasta la presencia de la Guardia Nacional en las calles, Estados Unidos está viendo cómo las herramientas de intervención extranjera se reutilizan en su propio territorio. Un recordatorio contundente de que la violencia imperial no conoce fronteras.
Los terribles acontecimientos ocurridos en Minneapolis —el asesinato de civiles en medio de operaciones militarizadas, las redadas armadas en barrios residenciales y la conversión de una ciudad estadounidense en un espectáculo de violencia estatal— no son una anomalía, sino una clara manifestación de un patrón identificado desde hace tiempo por politólogos e historiadores. Este patrón revela una verdad fundamental: la violencia intrínseca al imperio no conoce topografía.
Minnesota muestra cómo se filtra de nuevo en los cimientos del propio Estado imperial, transformando la policía nacional, el control social y la propia concepción de la ciudadanía. Durante siglos se nos ha enseñado una geografía del poder: el Norte actúa, el resto sufre. Se nos dice que el imperialismo es un proyecto externo, un teatro de conquista confinado a costas lejanas donde los ejércitos se enfrentan para apoderarse de los recursos.
El sujeto colonial, el «otro» extranjero, se entiende como el único portador de su brutal legado. Este marco permite al núcleo imperial imaginarse a sí mismo como separado, aislado y moralmente distinto; su tranquilidad interna se considera ajena a su brutalidad en el extranjero. Es una narrativa de manos limpias. Aunque resulte reconfortante, es profundamente peligrosa.
El boomerang imperial
El concepto del boomerang imperial postula que las tecnologías de control, las ideologías de jerarquía racial y las arquitecturas de violencia normalizadas y perfeccionadas en los confines del imperio acaban regresando al centro metropolitano. Las prácticas que se justificaron inicialmente en esos espacios «excepcionales» —las colonias, las zonas fronterizas, los centros clandestinos, las guerras lejanas— no pueden contenerse.
Se abren camino de vuelta a través de la burocracia, la memoria institucional y una mentalidad que empieza a considerar a ciertas personas como «deplorables» en tiempos de crisis sistémica. Con el tiempo, estas herramientas se actualizan y se vuelven a desplegar en el corazón del que una vez fue el «centro liberal». El objetivo se renombra: de «salvaje» en el extranjero a «enemigo interno».
Esta dinámica fue articulada con claridad profética por Aimé Césaire en su obra seminal de 1950, Discurso sobre el colonialismo. Desmontó la presunción europea de que Occidente había crecido gracias a sus colonias y se había «civilizado» en el proceso. Por el contrario, argumentaba Césaire, aunque el colonialismo enriqueció materialmente a las potencias imperiales, al mismo tiempo las brutalizó moral, política y socialmente. Para funcionar, requería y cultivaba una mentalidad de superioridad racial absoluta, arbitrariedad administrativa y deshumanización del «otro».
Para Césaire, el fascismo europeo —concretamente el nazismo— no fue una aberración histórica, sino un «efecto boomerang». Fue el punto en el que el modelo colonial de violencia, «racializado, masificado, burocrático e impersonal», se aplicó en suelo europeo a los cuerpos europeos (incluidos los blancos). Esto es lo que llevó a la teórica política Hannah Arendt a acuñar el término «boomerang imperial».
«Toleraron ese nazismo antes de que se les infligiera», escribió Césaire; «lo absolvieron, cerraron los ojos ante él, lo legitimaron, porque, hasta entonces, solo se había aplicado a pueblos no europeos». El horror del Holocausto, en esta lectura, fue el impacto de Europa al enfrentarse a una versión reflejada e intensificada de su propia lógica colonial.
Las pruebas históricas de este reflujo de técnicas imperiales son abundantes. Consideremos el Imperio Británico. Los campos de concentración no fueron inventados por los nazis, sino que fueron utilizados sistemáticamente por los británicos durante la Segunda Guerra de los Bóers (1899-1902) para detener a civiles afrikáners y africanos negros. Los métodos de control de la población, vigilancia y castigo colectivo perfeccionados en Irlanda, la India y Kenia —como los toques de queda, los pases de identidad y las «aldeas estratégicas»— influyeron en las posteriores estrategias policiales y antiterroristas del propio Reino Unido, en particular en Irlanda del Norte durante el conflicto, y en la vigilancia de las comunidades de inmigrantes tras el 11-S.
En el caso de Estados Unidos, ese proceso está profundamente arraigado en su narrativa nacional. La frontera y las plantaciones fueron las primeras colonias internas de la nación, donde se forjaron las ideologías de exterminio y sometimiento racial. La lógica de la contrainsurgencia practicada contra las poblaciones nativas americanas —ataques a campamentos civiles, desalojos forzosos— prefiguró la guerra del siglo XX. También influyó en la profesionalización de un ejército estadounidense más violento y con mentalidad expedicionaria, y alimentó la brutal represión de los movimientos obreros, como la masacre de Ludlow de 1914, en la que la Guardia Nacional de Colorado atacó a los mineros en huelga y a sus familias con tácticas que recordaban a la guerra colonial.
Viejos métodos, nuevos enemigos
La guerra contra el terrorismo del siglo XXI ha acelerado y digitalizado este efecto boomerang. El paradigma posterior al 11-S creó un campo de batalla global, permanente y legalmente excepcional. Las prácticas autorizadas en Guantánamo, Abu Ghraib y los centros clandestinos de la CIA —detención indefinida sin juicio, interrogatorios «mejorados» (tortura), vigilancia masiva y ataques selectivos basados en metadatos— no se quedaron en el extranjero. Alteraron fundamentalmente el panorama nacional.
El programa 1033 canalizó miles de millones de dólares en excedentes de equipo militar —desde vehículos blindados y helicópteros hasta gafas de visión nocturna y rifles de asalto— a los departamentos de policía locales. La respuesta policial en Ferguson, Misuri, en 2014, que se asemejaba a un ejército de ocupación enfrentándose a una población insurgente, fue una manifestación visual y táctica directa de este flujo. Ahora se refleja en el ICE, una agencia cuyo presupuesto anual de 30 mil millones de dólares iguala los presupuestos militares de Italia, Israel y Brasil.
El «enemigo interno», la construcción ideológica de una guerra sin límites y sin fronteras contra el terrorismo, legitimó la persecución de grupos nacionales, en particular las comunidades musulmana, árabe y del sur de Asia, con estrategias de incitación al delito, listas de personas no autorizadas a volar, redadas, secuestros de padres y niños de cinco años, y mucho más. Lo que está sucediendo en Minneapolis es el fruto institucionalizado de un estado carcelario construido sobre una base de control racializado, habilitado por el gobierno de Estados Unidos. El imperio ha llegado a casa….. Y la lucha contra él, TAMBIÉN.
Deja un comentario