RAFAEL FRAGUAS (Mundo Obrero), 1 de Marzo de 2026

Mapa del mundo con EEUU e Irán señalados. – Fuente: Wikimedia Commons CC 2.0
El contencioso geopolítico entre Estados Unidos e Irán se remonta a los albores de la Guerra Fría, entre 1946 y 1947, cuando el presidente estadounidense Harry Salomón Truman amenazó a Josip Stalin con descargar la bomba atómica sobre Moscú si no desmantela dos repúblicas socialistas instaladas en el Norte de Irán, en el Kurdistán y en el Azerbayán iraníes, respectivamente, fronterizos con la Unión Soviética y dentro de su zona de influencia. Esta amenaza preludiaba el consecutivo desalojo de la hegemonía británica sobre la zona meridional del país, la más rica en petróleo, una vez contenida la influencia soviética sobre la zona septentrional del país persa.
Aquellos hechos allanaron el golpe de Estado dirigido por el general norteamericano de cuatro estrellas, Norman Schwarzkopp y montado por la CIA, regida entonces allí por Kermit Roosevelt junior, nieto de Theodor Roosevelt; aquel golpe, consumado en 1953, derrocó al presidente persa Mohamed Mossadegh, nacionalista, que tuvo el atrevimiento de nacionalizar el petróleo iraní entonces en manos británicas y que, a partir de entonces, pasaría paulatinamente al control norteamericano, una vez instalado en el poder en Teherán Mohamed Reza Pahlavi, hijo de Reza Khan, un capitán de cosacos que se había hecho coronar Sha de Persia en los años 20 del siglo XX.
Reza Khan, enfrentado a los británicos, durante la Segunda Guerra Mundial, tomó partido por el Eje nazi-fascista para enfrentarse al poderío de Londres y, al concluir la contienda, derrocado, huyó a Suráfrica, donde moriría en el exilio. No obstante, su hijo Mohamed Reza sería instalado en Teherán por los norteamericanos como Sha de los persas. Comoquiera que el nacionalista Mossadegh en sus reivindicaciones nacionalistas antibritánicas, gozaba del apoyo del entonces poderoso partido comunista de Irán, Tudeh, la represión dirigida por la CIA se cebó contra esta formación política, que tenía desde tiempo atrás gran ascendiente sobre el movimiento obrero, petrolero y minero, del país durante el expolio colonial británico.
Instalado Mohamed Reza por los estadounidenses, la CIA instruiría a la policía política iraní, Savak, caracterizada por su crueldad contra todo atisbo de oposición, nacionalista, comunista, incluso religiosa, a lo largo del país. La riqueza petrolera iraní era canibalizada ya por las grandes compañías norteamericanas y el Sha, con los réditos adquiridos, pactaba con la Casa Blanca tan numerosos como onerosos acuerdos y compraba armas, señaladamente aviones y fábricas llave en mano, en cantidades astronómicas, que quedaban arrumbadas y destartaladas sin uso alguno en cualquier rincón del territorio iraní.
Estados Unidos se lucraba también geopolíticamente de aquella servidumbre, habida cuenta de que gozaba de un aliado ubicado en el mismo bajo vientre de la Unión Soviética, en cuya frontera con Irán Estados Unidos situó bases militares, como la de Kulabón, con variada cohetería cuyos mandos se jactaban de permitirles colocar a voluntad un misil “en el mismísimo servicio de caballeros del Kremlin”, habida cuenta de la frontera septentrional compartida por Irán con la meridional de la URSS.
Los dispendios y fastos de la monarquía persa del Shahanshar, el autodenominado Rey de Reyes, Mohamed Reza, que conmemoró en Persépolis los supuestos 2000 años de la monarquía persa, mientras miles de prostitutas hacían la calle ocultas en cestos dispersos por las carreteras, sumieron al rico país en una postración económica que dañaba enormemente a la población, señaladamente campesina que, en populosas oleadas, se instaló en las ciudades y configuró un lumpenproletariado de inusitada extensión, en condiciones existenciales infrahumanas.
La extraterritorialidad aplicada a las fuerzas norteamericanas desplegadas por todo el país en distintos enclaves, que permitía a los militares incursos en procesos criminales eludir la justicia local, colmó el vaso de la paciencia señaladamente del clero chií, que desde tiempo atrás, en el interior de sus madrasas, rumiaba deseos de venganza contra lo que consideraba una ocupación militar del país merced a un títere como Reza Pahlavi.
En las escuelas coránicas de Qom, surgía un movimiento doctrinal capitaneado por el religioso Ruhollah Jomeini que alteraba el tradicional principio de no intervención del clero en la política del país para transformarlo en una obligada participación activa en la esfera pública. A ello coadyuvaba sobremanera el hecho de que el Sha, mediante una denominada Revolución Blanca (“de blanca solo tiene que ha sido diseñada en la Casa Blanca”, bromeaban entonces los opositores) la había emprendido contra los bienes de manos muertas que el clero iraní atesoraba en enormes fundos distribuidos por todo el territorio.
Aquella privatización de bienes clericales, orientada a crear una clase terrateniente afecta al Sha, unida a las atribuidas exacciones de las tropas norteamericanas, situaron al clero más politizado en las filas de la oposición, entonces hegemonizada por comunistas del Partido Tudeh, nacionalistas y socialdemócratas, amén de organizaciones también marxistas como Fedayines del Pueblo y Mujaidines Jalq, ésta ideológicamente mixta. El frente opositor se aprestó a la tarea de derrocar al régimen monárquico, considerado corrupto y servil a Washington. La represión de la policía política Savak contra el clero y las fuerzas laicas fue tan brutal que desencadenó una escalada de movilizaciones de masas sin precedentes en el país. El régimen monárquico quedó deslegitimado ante su pueblo y, pese a los iniciales apoyos, Washington lo dejó caer.
Los estrategos de la Casa Blanca en torno al presidente Jimmy Carter, pensaron que resultaba prioritario deshacer la alianza táctica entre la oposición marxista y la oposición clerical, habida cuenta de que una de las primeras medidas de la revolución triunfante a finales de 1978 fue el desmantelamiento de las bases militares estadounidenses en la frontera soviética. Para atajar esta deriva, no solo dejaron caer al entonces ya enfermo Sha Phlevi, impuesto por Washington 25 años antes, sino que le sometieron a una obligada itinerancia desde Egipto a Panamá, en busca de un asilo que su mentor le negaba en el interior de los Estados Unidos de América. No obstante, su sucesor en la cadena dinástica, Mohamed Reza, vive hoy en Estados Unidos.
Fue entonces cuando un sector de los poderes fácticos estadounidenses, amalgamados en torno al denominado complejo militar industrial, ponderó los perfiles anticomunistas del clero chií para enfrentarlos a la influencia geopolítica de la URSS en la zona y se dispuso a exacerbar las diferencias internas en la oposición al Sha, cosa que conseguiría tiempo después, aprovechando el hecho de la ocupación militar soviética en el país vecino, Afganistán, para instalar y proteger allí un régimen procomunista laico, de duración efímera, satanizado por los talibanes islamistas locales. La financiación de los talibanes por Washington, a través de Arabia Saudí y Pakistán, con el contable Osama ben Laden repartiendo dólares entre los mujaidines islamistas afganos, tras la expulsión soviética en 1989, se daría la vuelta contra Estados Unidos y en 2001, Ben Laden, ya enfrentado a Washington, se refugiaría en Afganistán y teledirigiría, al parecer, el ataque contra las Torres Gemelas el 11 de septiembre de aquel año.
La captura y la toma de rehenes norteamericanos en la Embajada de Estados Unidos en Teherán, en noviembre de 1979, que se prolongaría durante 444 días, a manos de un grupo denominado Estudiantes en la línea del Imán Jomeini, capitaneados por un clérigo, Moussavi Joeiniha, supuso el punto de ruptura más agudo de la revolución contra el designio mesoriental de Washington. Las autoridades de Teherán contribuyeron a prolongar el secuestro hasta que terminara el mandato de Jimmy Carter en enero de 1981, facilitando electoral y objetivamente el acceso de Ronald Reagan a la Casa Blanca. Éste enviaría posteriormente al coronel Oliver North a dialogar a Teherán con el régimen de los ayatolas, con la encomienda de Reagan, entre otras tareas, de suministrar armas obtenidas de fondos para la contra nicaragüense, compradas a Argentina e Israel, destinadas a Irán en su lucha contra el Irak de Saddam Hussein; éste, tiempo atrás, había declarado la guerra al régimen iraní en septiembre de 1980 en una contienda inútil que se prolongó hasta 1989. Washington apoyaba simultáneamente a Jomeini y a Saddam, con su típica política del two tracks ways, un camino de ida y otro de vuelta.
Un defección de alcance
La defección de un espía del KGB destinado en la estación del KGB en Teherán en 1983 y su amparo británico, permitió a la CIA persuadir al imán Jomeini de que los soviéticos preparaban un golpe de Estado contra el régimen islámico, ya asentado y convertido en República con un solo partido clerical dominante, PRI, y una vertebración institucional bien trabada. Entonces, la represión se desató contra los comunistas del clandestino Partido Tudeh, considerado un apéndice soviético, y el inicial desalineamiento iraní a favor de la URSS, fruto de la primera fase laica de la revolución, pasó a reequilibrar las enemistades de Teherán hacia Washington y Moscú, simultáneamente. En los eslóganes de las calles iraníes se escuchaba ya Marg barg America, Marg barg Israeil, Marg barg Shorabi, “muerte a Estados Unidos, muerte a Israel, muerte a Rusia”.
Aquellos hechos adquirirían un alcance geoestratégico inusitado, ya que apartaron de la carrera hacia la Secretaría General del PCUS de Gueidar Aliev, secretario general del PC de Aserbyán y mentor del Tudeh iraní, con dos medallas de la Orden de Lenin. Ya había sido apartado de esta carrera Grigori Romanov, responsable del Partido en Leningrado, lo cual dejaba vía libre al acceso de Mijail Gorbachov hacia la cúspide de la URSS. Sorprendentemente, uno de los primeros nombramientos de Gorbachov fue el de responsable del Primer Directorio del KGB en la persona del que fuera responsable de la estación del espionaje soviético en Teherán cuando sobrevino la precitada deserción del agente.
Hipótesis fundadas señalan que la condena de Jomeini contra el escritor indio nacionalizado británico, Salman Rushdie, por su publicación en 1988 del libro Versos satánicos sobrevino cuando los norteamericanos atribuyeron a los ingleses la inducción del secuestro de los 53 estadounidenses en la Embajada de Estados Unidos en Teherán. Londres, según esta hipótesis, trató de crear una situación de hostilidad irreversible de Estados Unidos hacia Irán que neutralizara su intento de recuperar la hegemonía allí perdida y previamente arrebatada por Estados Unidos a Inglaterra. Entonces, Washinton, instigando al oído de Jomeini, alertó al ayatola sobre los peligros del libro del indo-británico, con el supuesto propósito de crear un avatar de enemistad que alejara duraderamente a Londres con Teherán, como así sucedió.
El muy ulterior contencioso nuclear establecido por Washington contra Teherán resulta altamente paradójico habida cuenta de que el primer reactor nuclear iraní fue instalado en Bushehr, al sur del país, junto al Pérsico, por la compañía alemana Siemens, durante el mandato del Sha Pahlavi, sin que se desatara ninguna alarma al respecto de una eventual escalada iraní hacia la adquisición de la bomba.
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