Gaceta Crítica

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La revolución cubana siempre tuvo un espíritu internacionalista

Antoni Kapcia (JACOBIN), 24 de Febrero de 2026

Hace sesenta años, delegados de todo el mundo se reunieron en La Habana para la Conferencia Tricontinental, forjando lazos de solidaridad y resistencia. El aniversario tuvo lugar el mes pasado, justo cuando Estados Unidos intensificó su campaña agresiva contra Cuba.

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El mes pasado se celebró en La Habana un acto para conmemorar el sexagésimo aniversario de la Conferencia Tricontinental, una importante reunión internacional celebrada en la capital cubana entre el 3 y el 13 de enero de 1966. Esto ocurrió justo cuando el enfrentamiento entre Estados Unidos y Venezuela se intensificaba de forma dramática, con tropas estadounidenses capturando al presidente Nicolás Maduro, matando a los treinta y dos soldados cubanos que lo protegían e imponiendo un cuasi bloqueo a los suministros de petróleo de Cuba.

El alarmante telón de fondo contemporáneo convierte este en un momento especialmente oportuno para reflexionar sobre el propósito y el legado de la Conferencia Tricontinental. El evento de 1966 reunió a 512 activistas, en su mayoría anticoloniales y antiimperialistas, procedentes de ochenta y dos países o colonias de lo que entonces se conocía como el «Tercer Mundo». Se sumaron 270 periodistas y observadores, incluidas amplias delegaciones de la URSS y China, que, sin embargo, quedaron jugaron un rol bastante marginal.

En un momento de abierta escisión entre los dirigentes cubanos y la más cautelosa Unión Soviética, la Tricontinental fue un episodio de alto perfil. Mientras Moscú la veía como una oportunidad para contrarrestar la influencia china en África y Asia, muchos observadores externos creían que La Habana estaba intentando tomar el control del proyecto predilecto de Moscú para redefinirlo o que incluso estaba intentando liderar al Tercer Mundo contra el imperialismo estadounidense, alejándolo de la estrategia soviética de «coexistencia pacífica» en la Guerra Fría.

Eso parecía posible, teniendo en cuenta el ya activo apoyo de Cuba a la revolución armada en América Latina, en contra de los deseos de Moscú, y el mensaje de Ernesto «Che» Guevara a la Conferencia, que parecía llamar a crear «dos, tres, muchos Vietnam». Sin embargo, al reflexionar, podemos ver un propósito y un carácter algo distintos en la reunión, cuyos participantes respondieron más a la imagen y el ejemplo de Cuba, como resistencia exitosa al imperialismo estadounidense, que a políticas cubanas específicas.

Aunque el evento despertó opiniones favorables en la izquierda global, preocupó a muchos gobiernos, especialmente al de Estados Unidos, que percibieron un peligro en el tamaño de la conferencia, sus participantes y el alcance de sus debates. Después, su importancia pareció desvanecerse: una organización creada en 1967, la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS), pareció marginal respecto de los acontecimientos, y otra, la Organización de Solidaridad de los Pueblos de Asia, África y América Latina (OSPAAAL), se hizo más conocida por sus llamativos carteles que por acciones concretas.

Sin embargo, la conferencia parece haberle dado a sus participantes una conciencia duradera del poder de la solidaridad y del intercambio intelectual. Como mostró Anne Garland Mahler, su legado es visible en numerosos desarrollos radicales en el Sur Global, y hasta en el Black Power en Estados Unidos. En lugar de buscar resultados tangibles, tal vez deberíamos abordar el contexto y el carácter del evento en sí mismo.

De Bandung a La Habana

El contexto quedó inequívocamente marcado por la decisiva Conferencia de Bandung de 1957, donde Josip Broz Tito, Sukarno y Jawaharlal Nehru, líderes de Yugoslavia, Indonesia e India, respectivamente, impulsaron una reconsideración de la Guerra Fría bipolar, desplazando el foco hacia el «tercer mundo». De allí surgieron la Conferencia Afroasiática de 1957, con sede en El Cairo, el Movimiento de Países No Alineados y el Grupo de los 77.

Sin embargo, a diferencia de Bandung, la Tricontinental incluyó a América Latina. Atrajo principalmente a movimientos opositores y activistas, más que a jefes de gobierno, y en vez de definirse por lo que no era, es decir, en base a la división de la Guerra Fría, se centró en un anticolonialismo, antiimperialismo y descolonización radical activos, e incluso armados. Además, para 1966 la idea de «Tercer Mundo» se había radicalizado, a menudo moldeada por discursos marxistas y más claramente opuesta al imperialismo estadounidense, en gran medida como respuesta a las acciones de Estados Unidos en América Latina.

El contexto interno en Cuba era el del surgimiento, en los círculos intelectuales y políticos, de una hegemonía de interpretaciones más radicales del marxismo, que reflejaban una relación problemática dentro de las fuerzas rebeldes que dirigieron la Revolución Cubana en 1959. El 26 de julio de 1953, Fidel Castro había encabezado un fallido asalto al cuartel Moncada en Santiago de Cuba, y el nuevo Movimiento 26 de Julio desembarcó posteriormente a ochenta y dos rebeldes en el oriente cubano para iniciar una lucha guerrillera en 1956. Entonces el Partido Socialista Popular (PSP), comunista y pro soviético, criticó abiertamente la estrategia de la rebelión armada.

Sin embargo, cuando los rebeldes del Movimiento 26 de Julio cambiaron el rumbo contra el presidente Fulgencio Batista a fines de 1958, el PSP se sumó a la rebelión. Y, después del 1 de enero de 1959, pasó a formar parte de una dirección rebelde tripartita, junto con un pequeño grupo guerrillero que se había unido a las fuerzas dirigidas por el Che en la batalla final de Santa Clara. No obstante, la relación entre el PSP y el Movimiento 26 de Julio nunca fue sencilla, y pronto surgieron diferencias ideológicas derivadas de la interpretación rígida, y en cierto modo estalinista, del marxismo por parte del PSP, en línea con el pensamiento de Moscú.

Según esa corriente, una Cuba subdesarrollada y sin proletariado industrial no podía atravesar una revolución socialista y no debía intentarlo. Frente a esa interpretación, los dirigentes cubanos, especialmente el Che y Fidel, sostuvieron con cada vez mayor fuerza que el socialismo era posible, dadas las condiciones distintas de América Latina, e incluso vislumbraron una posible transición al comunismo más rápida de lo que predecía el marxismo ortodoxo.

Las relaciones empeoraron cuando, en abril de 1961, Fidel se refirió públicamente a la revolución como «socialista» y después de que algunos dirigentes del PSP intentaran controlar la emergente estructura de partido único en 1961 y 1962. Todo ello culminó con la marginación del PSP y con el liderazgo del Movimiento 26 de Julio en las formaciones partidarias que se desarrollaron a lo largo de la década de 1960: el Partido Unido de la Revolución Socialista de Cuba (PURSC), entre 1962 y 1965, y desde 1965 el Partido Comunista de Cuba, ambos con nombres que desafiaban explícitamente a Moscú.

Además, el malestar cubano se agudizó por lo que se percibió como una desatención soviética a las demandas de Cuba en las negociaciones de la Crisis de los Misiles de octubre de 1962. Desde entonces, la revolución cubana siguió un camino hacia el socialismo y el comunismo más radical, muy distinto del de la URSS. Su política exterior desafió explícitamente a Estados Unidos e implícitamente la línea de «coexistencia pacífica» y de aceptación de «esferas de influencia» globales por parte de Moscú. La estrategia «insurreccional» de Cuba respaldó a movimientos anticoloniales en África y también en Vietnam.

Pensamiento crítico

Ese fue, entonces, el contexto de la Tricontinental, con una Cuba muy transformada desde 1959 y vista por muchos en el Tercer Mundo como el lugar ideal para repensar radicalmente el anticolonialismo, el antiimperialismo y la descolonización. Era una época de creciente desilusión e indignación frente a las actitudes colonialistas residuales en los procesos de descolonización europeos y de rechazo cada vez mayor a las soluciones económicas convencionales del Norte Global.

Mientras que los dirigentes africanos poscoloniales podían mirar a menudo hacia los modelos soviéticos de construcción nacional, los activistas más jóvenes consideraban cada vez más que las actitudes soviéticas eran cautelosas e incluso cómplices. En la medida en que ese cuestionamiento más amplio respondió positivamente al ejemplo y la imagen de la Cuba revolucionaria, el evento de 1966 se convirtió en un encuentro de mentes a gran escala.

En cuanto a los resultados de la conferencia, la huella dejada dentro de Cuba fue clara. En 1967, un grupo de jóvenes cubanos vinculados al Che y a sus ideas creó la revista radical Pensamiento Crítico, que con frecuencia se centró en una comprensión del Tercer Mundo que incluía las luchas negras en Estados Unidos.

La publicación dejó un legado de pensamiento heterodoxo hasta su cierre en 1971, en conexión con una serie de cambios en la política interna. Ese mismo año 1967 publicó el ensayo pionero de Roberto Fernández Retamar, «Calibán», que ofreció la interpretación más radical hasta entonces desde dentro de Cuba sobre la necesidad de que los intelectuales del Tercer Mundo repensaran lo que el colonialismo significaba en términos psicológicos y lo que debía implicar una descolonización profunda.

En 1968, el Congreso Cultural de La Habana reunió a casi quinientos destacados intelectuales radicales de sesenta y siete países, uniendo al Tercer Mundo con figuras de la Nueva Izquierda del Primer Mundo, para buscar caminos hacia una cultura revolucionaria genuinamente antiimperialista y descolonizadora. El mensaje de los participantes impulsó en parte el polémico Congreso de Educación y Cultura de 1971, que enfatizó la exigencia militante de descolonizar el pensamiento y pensar en términos del Tercer Mundo en lugar de aspirar al Primero.

El evento de 1971 fue controvertido, ya que muchos intelectuales no cubanos lo consideraron un caso de ortodoxia estalinista que ponía fin a la previa y muy elogiada «revolución cultural» cubana. Los propios cubanos verían más tarde 1971 como el inicio de un quinquenio gris que durante un tiempo marginó a algunos intelectuales y artistas consolidados de la década de 1960.

Sin embargo, la postura del congreso fue tanto una expresión de militante tercermundismo como de estalinismo de raíz PSP, con la primera posición reflejando la creciente comprensión cubana del Tercer Mundo. Esa comprensión seguía en parte el argumento de Lenin de que el imperialismo monopolista capitalista había configurado un conjunto totalmente distinto de condiciones, estructuras y clases en el mundo colonial y dependiente.

Pero también se miraba a marxistas de la década de 1920, entre ellos el peruano José Carlos Mariátegui y el cubano Julio Antonio Mella, fundador del primer Partido Comunista de Cuba. El énfasis del Che en el papel y el poder de las «condiciones subjetivas» para la revolución evocaba el acento de Antonio Gramsci en la ideología y la cultura como estructuras equiparables a los patrones económicos y sociales.

Lo que Cuba proponía ahora era, en esencia, una descolonización del pensamiento marxista, rechazando los supuestos del marxismo europeo ortodoxo que consideraba demasiado basados en la Europa industrial del siglo XIX. Walter Rodney desarrollaría posteriormente esa idea.

Socialismo cubano

El punto que se subraya aquí es que el impulso por desarrollar un «socialismo cubano» y un comunismo propio, idea que se mantuvo incluso en el período en el que muchos consideraron que la revolución seguía de manera servil los modelos soviéticos de marxismo (aproximadamente entre 1972 y 1990). Después de 1990, esa diferencia atrajo a algunos radicales del Sur Global que buscaban su propia voz y sus propios caminos hacia una construcción nacional genuinamente poscolonial.

En cierta medida, podemos ver a la Conferencia de 1966 como un factor que ayudó a moldear todos esos desafíos e interpretaciones. De hecho, la evidencia sugiere que, pese a generar relativamente pocas medidas o estrategias concretas, el encuentro dejó huella en muchos de sus participantes. La ausencia de resultados tangibles no debería sorprender, ya que los eventos no siempre engendran nuevas organizaciones o procesos, pero aun así pueden dejar un legado en la manera de pensar y en las lecturas posteriores de quienes participaron.

Esto es especialmente cierto si, como ocurrió con la Tricontinental, los debates y reflexiones del encuentro confirmaron y legitimaron posturas y comprensiones que ya estaban en evolución entre los participantes, en lugar de crearlas desde cero. Del mismo modo, la reunión fue vista con frecuencia como un estímulo para quienes luchaban en aislamiento contra el colonialismo: compartir perspectivas y experiencias durante diez días generó una nueva conciencia de que sus luchas no eran solitarias y de que la solidaridad podía ser real.

Hubo otra forma en que la conferencia resultó significativa. Al incluir a tantos latinoamericanos, a menudo procedentes de grupos guerrilleros armados, sus debates e intercambios hicieron que africanos y asiáticos fueran más conscientes de los paralelismos entre sus propias experiencias con el imperialismo europeo y las de quienes en América Latina enfrentaban el imperialismo estadounidense.

Al mismo tiempo, la Conferencia persuadió a los latinoamericanos de repensar sus propias experiencias poscoloniales. A pesar de haber sido «poscoloniales» desde la década de 1830, sus procesos de descolonización a menudo fueron lentos y limitados, distorsionados por la persistencia de mentalidades colonizadas y por la sucesión del «imperialismo informal» británico y del imperialismo estadounidense directo o indirecto.

La trayectoria de Cuba era aún más clara: tras lograr una independencia formal tardía en 1902, atravesó una fase de neocolonialismo abierto bajo tutela estadounidense, lo que distorsionó cualquier intento de construcción nacional poscolonial y postergó de hecho ese intento hasta 1959. En términos simples, los delegados de distintas partes del Tercer Mundo descubrieron que tenían mucho que aprender unos de otros.

Mientras tanto, las estrategias de desarrollo y la supervivencia de Cuba atrajeron a menudo la atención de quienes adoptaban la teoría de la dependencia y otras perspectivas de «sistema mundo», contribuyendo a crear un clima más amplio de debate. Intelectuales del Sur Global tomaron cierta autoridad del llamado de la Tricontinental a una reevaluación de base de la descolonización, en busca de cambios estructurales que permitieran forjar una independencia más genuina.

Como mostró Mahler, parte de la reformulación posterior a 1966 fue menos radical que el propio evento, pero a menudo más arraigada popularmente y más concreta. Entre los ejemplos pueden mencionarse el Nuevo Orden Económico Internacional y el Sistema Económico Latinoamericano de la década de 1980, la ampliación del Grupo de los 77 y el Foro Social Mundial. Es posible que estos proyectos no se hubieran desarrollado como lo hicieron sin la Tricontinental, que inspiró a muchos y al mismo tiempo atemorizó a otros, empujándolos a buscar puntos de encuentro en el centro más que en la izquierda.

Legados de solidaridad

Las lecciones aprendidas en 1966 ayudaron a moldear el pensamiento y la acción de algunos participantes cuando asumieron papeles de liderazgo en sus nuevas naciones poscoloniales en África y Asia o en el clima latinoamericano cambiante y más antiimperialista desde la década de 1970 hasta la de 1990. A medida que esas ideas evolucionaron en un «Sur Global» diferente (término hoy menos controvertido que el original «Tercer Mundo»), la imagen, el ejemplo y la supervivencia duradera de Cuba abrieron puertas para una mayor colaboración con sus estrategias internacionalistas de provisión de ayuda.

En la década de 1990, esto condujo a un apoyo creciente a la moción anual cubana en la Asamblea General de la ONU que condena el embargo estadounidense, mociones que otorgaron a esa condena la fuerza del derecho internacional, declarando ilegal el embargo, generalmente con solo Estados Unidos e Israel en desacuerdo. Desarrollos posteriores mostraron en cierta medida que la solidaridad puede funcionar, dadas las condiciones adecuadas.

En última instancia, ese podría considerarse el legado más duradero de la Tricontinental. Esto es especialmente cierto si el historial internacionalista de Cuba a lo largo de los años, incluidos los treinta y dos cubanos asesinados en Caracas, logra transformar la creciente solidaridad diplomática hacia Cuba en algo más concreto, mientras enfrenta el férreo y punitivo estrangulamiento de la Administración Trump, que agrava una crisis económica y social ya profunda.

Antoni Kapcia Profesor de historia latinoamericana en el Centro de Investigación sobre Cuba de la Universidad de Nottingham. Entre sus obras destacan Leadership in the Cuban Revolution: The Unseen Story, A Short History of Revolutionary Cuba: Revolution, Power, Authority and the State from 1959 to the Present Day y Cuba in Revolution: A History Since the Fifties.

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