Ángel Viñas -Historiador español- Substack del autor, 24 de Febrero de 2026

La vía Middleton para hacer llegar a conocimiento del Führer los deseos de los conspiradores monárquicos y militares no ha despertado, que yo sepa, el menor interés en la literatura. Algo sorprendente pues han transcurrido más de diez años desde que me referí a ella. Probablemente a los especialistas les ha parecido un tanto retorcida. A los solemnes historiadores de las derechas patrias quizá los haya incomodado. Por fortuna, la historia no se escribe de una sola vez ni tampoco por una sola persona.
Aquí señalaré otra vía que se centra en la más conocida de todas. El viaje que en marzo de 1936 emprendieron el general José Sanjurjo y el teniente coronel Juan Beigbeder a Berlín. Lo hicieron para entrevistarse con eventuales suministradores de armas para el golpe monárquico, militar y fascista que ya estaba en marcha. Servidor añadirá, por primera vez, un nuevo factor que quizá no interesará a numerosos historiadores que se creen en posesión de la verdad única e indiscutible.
Tal factor está ligado al compañero de la UME del comandante Barroso y que era también agregado militar, si bien en Berlín. Es rigurosamente inédita, aunque por desgracia tampoco definitiva. Se trataba del entonces teniente coronel Manuel Martínez Martínez.
A tal efecto, llaman la atención varias circunstancias. La primera que nadie lo haya mencionado hasta ahora. La segunda que entre ambos agregados existía la conexión UME. La tercera, y más importante, es que su hoja de servicios ha desaparecido. Lo mismo que ha ocurrido con el sucesor de Franco al frente del Estado Mayor Central del Ministerio de la Guerra. Por no hablar de muchos otros documentos ligados a la “conspi” y que se han esfumado misteriosamente.
Ahora bien, sobre el viaje del dúo Sanjurjo/Beigbeder la primera noticia que se tiene la dio el diario moscovita Pravda el 12 de marzo de 1936. ABC calló como un muerto. Sorprendentemente, otros periódicos de la izquierda también, aunque confieso no haberla leído en profundidad. La noticia decía así:
Se encuentra actualmente en Berlín el conocido general monárquico español Sanjurjo, organizador de numerosos complots (sic) contrarrevolucionarios. Según nos informan, el general Sanjurjo sostiene en Berlín conversaciones sobre una posible ayuda a las organizaciones militares contrarrevolucionarias que preparan un nuevo complot contra el Gobierno español. En particular, Sanjurjo se propone adquirir en empresas alemanas una gran partida de material de guerra.
Que los rojos moscovitas, con el cuchillo entre los dientes para caer sobre la infortunada España, supieran de tal viaje ha espoleado innumerables referencias.
Examiné pormenorizadamente tal noticia en mi tesis doctoral, en la primera y segunda edición de La Alemania Nazi y el 18 de julio, en la tercera y ampliada versión y en varios artículos. Nunca encontré la menor prueba escrita de que los conspiradores militares recibieran material alemán antes del 18 de julio ni la menor promesa de apoyo nazi.
Ahora bien, fui muy escrupuloso. En mi época en la embajada de España en Bonn conocí al corresponsal de El Sol en Berlín en 1936. Se llamaba José Ramón García Díaz. Era padre de la esposa de uno de los consejeros que se llevaba muy mal con el embajador. García Díaz confirmó que sus compañeros de oficio de aquella época supieron de la visita. ¿No dijeron nada al agregado de prensa, el conocido periodista Eugeni Xammar? ¿No se enteró el corresponsal de ABC, Eugenio Montes, pro-nazi convencido? ¿Llegó a publicarse en la capital? ¿La eliminó la censura? ¿O nadie le prestó la menor atención en una primavera atascada de rumorología? Pero es absolutamente imposible que Beigbeder no tuviera contactos con altos militares berlineses. Tampoco es casualidad que en julio de 1936 estuviese destinado en Marruecos. Solo historiadores escasamente diligentes podrían no haber situado a Beigbeder detrás de los primeros tentáculos que Franco lanzó hacia Berlín vía el general Kühlenthal.
Muchos años más tarde, en 1977, se publicaron en inglés y en Cádiz las memorias (The Grass and the Asphalt) de una dama, Rosalinda Powell Fox. Creo que fue Sir Paul Preston quien me informó de ellas. Aparece de vez en cuando en la literatura como amante del posterior general y ministro de Asuntos Exteriores Juan Beigbeder.
Quienes la citan, y son numerosos desde que protagonizó una novela de gran éxito y una serie de televisión muy famosa, suponen poco menos que ya era espía británica desde poco menos que después de nacer. No me pronuncio al respecto si bien ella en ocasiones lo insinúa para tiempos ulteriores (¿pero acaso resulta sorprendente que una dama británica ayudase a su país en la segunda guerra mundial?). Cabe, no obstante, dudar de que ya lo hiciese en la primavera de 1936.
He aceptado, pues, la afirmación de que Rosalinda y Beigbeder se conocieron en Berlín. Ambos estaban alojados en el Hotel Adlon en la principal y más lujosa avenida de la ciudad, Unter den Linden. (Se ha renovado después de la reunificación).
En él se daban cita los extranjeros pudientes y la élite de la sociedad de la época. Rosalinda había ido a Alemania con una amiga a presenciar los juegos olímpicos de invierno que tuvieron lugar en Garmisch-Partenkirchen del 6 al 16 de febrero.
Ahora bien, la fecha del viaje de Sanjurjo coincidió más o menos con los preparativos de la remilitarización de Renania en marzo por parte de Hitler con la penetración de sus tropas en la zona y el subsiguiente alboroto internacional. No fue el momento más apropiado para que los círculos del poder del Tercer Reich prestaran mucha atención a dos militares españoles. Enviados ¿por quién?, ¿por el exiliado Alfonso XIII como hizo en julio de 1936?, ¿Viajaron de motu propio? Personalmente creo que es difícil que no lo hicieran en el marco de la conspiración monárquica, militar y fascista ya en marcha y a la que dedicaré muchas entradas en este blog en el futuro.
En los años setenta del pasado siglo, mientras me devanaba los sesos escribiendo mi tesis doctoral, no encontré ninguna información sobre la estancia de ambos militares en el Tercer Reich. Mi amistad con el director del Archivo Político del Ministerio de Negocios Extranjeros de Bonn, Dr. Theo Gehling, sirvió para que las autoridades lanzaran una pequeña investigación sobre los visitantes. No dio resultados.
Claro que es posible que la documentación relevante (visados, por ejemplo, o informes de los servicios de seguridad dado el puesto anterior de Beigbeder) hubiera desaparecido en la segunda contienda mundial. En todo caso, ningún historiador alemán o no alemán hubiera podido consultarla. Servidor llegó a las conclusiones (que desarrollé en las páginas 163 a 175 de mi libro revisado de 2001) y a ellas me remito. No establecí entonces otras conexiones porque no había avanzado tanto en el conocimiento de la evolución de la conspiración y, sobre todo, de su principal conexión internacional. Adelanto que no fue alemana.
Tampoco conozco a ningún historiador español o extranjero que haya podido demostrar que el viaje de ambos conspiradores sirvió para facilitar una decisión de apoyo concreto al futuro golpe de Estado. Lo cual no obvia que quizá alguna noticia llegara a la Dienststelle Ribbentrop. O a la Abwehr de Canaris.
No todo, sin embargo, está perdido.
En primer lugar, la sorpresa. ¿Por qué no se dirigieron al general Kühlenthal, como lo hizo meses después el general Franco desde Marruecos? Hay constancia de que, al menos, Beigbeder le conocía perfectamente y en el Protectorado habían viajado juntos. ¿Se fiaban los conspiradores más de los contactos de este en las altas esferas militares en Berlín?
Por otro lado, al redactar un capítulo sobre la embajada española y el “Alzamiento Nacional” para un libro colectivo que espero aparezca dentro de unos meses, la profesora Pilar Sánchez Millas y servidor hemos concentrado nuestra atención en el teniente coronel Manuel Martínez Martínez, otro de los olvidados de la Historia.
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