Gaceta Crítica

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Sócrates y la mejor manera de politizar al deporte

Hamza Shehryar (JACOBIN), 23 de Febrero de 2026

En estos días hubiera sido el cumpleaños del recordado futbolista Sócrates, quien desafió a la dictadura militar en su país, un ejemplo necesario hoy en la antesala de un Mundial diseñado para funcionar como escaparate propagandístico trumpista.

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Sócrates Brasileiro Sampaio de Souza Vieira de Oliveira nunca ganó una Copa del Mundo. Nunca llegó a una final, nunca levantó el trofeo más prestigioso del fútbol, nunca se aseguró el tipo de inmortalidad que suele definir la grandeza en la mitología oficial del fútbol. Y sin embargo, décadas después, la leyenda brasileña sigue siendo una de las figuras más importantes en la historia de los Mundiales.

Cientos de jugadores ganaron el torneo, pero solo hubo un Sócrates. Su legado perdura no por los premios, y ni siquiera por su talento desbordante, sino porque entendió algo que las instituciones del deporte preferirían olvidar: que jugar al fútbol es en sí mismo un acto político. Los atletas, les guste o no, ocupan un escenario con un enorme poder social.

El antiatleta

Alto, barbado, cerebral, a menudo comparado con el Che Guevara, Sócrates era una figura inconfundible en la cancha. Maestro del espacio y del tiempo, veía los pases antes de que existieran, lanzaba envíos largos con precisión quirúrgica y desarmaba defensas con su característico taco sin mirar.

Pero incluso en la cima de su carrera se resistió a la idea de que el fútbol debía consumirlo por completo. Médico titulado, lo que le valió el apodo de «Doctor Sócrates», encarnaba la contradicción que incomoda a las estrechas expectativas del deporte: un atleta de élite que leía vorazmente, hablaba de política y rechazaba la disciplina puritana exigida por el profesionalismo. «Soy un antiatleta», dijo alguna vez. «Y tienen que aceptarme como soy».

El mediocampista nacido en Belém no creía que los futbolistas existieran fuera de la sociedad ni que su única responsabilidad fuera la de entretener. «Mientras fui futbolista, mis piernas amplificaron mi voz», reflexionó, desmontando la mitología liberal del deporte apolítico. Usó esa voz amplificada para pronunciarse contra la injusticia, no solo en Brasil sino también a nivel internacional, de forma más célebre en el Mundial de México de 1986, cuando lució cintas con mensajes políticos en su cabeza.

Esos mensajes incluían frases como «El pueblo necesita justicia», «No a la violencia» y «Sí al amor, no al terror» (este último como crítica directa al bombardeo estadounidense sobre Libia de poco más de un mes antes). No eran gestos meramente performativos ni llamados vagos a la unidad. Eran intervenciones explícitas, confrontativas e internacionalistas, que desafiaban al imperio sin ambigüedades.

Democracia futbolera

Sócrates no nació radical. Al inicio de su carrera repitió el sentido común reaccionario de su entorno, elogiando al régimen militar brasileño y descartando la idea de mezclar deporte y política. Lo que lo transformó fue la educación y el contacto con la realidad.

En 1978, cuando comenzó a jugar en el Corinthians, el club histórico donde pasó la mayor parte de su monumental carrera, se enfrentó de lleno con la violencia y la represión de la dictadura, respaldada por Estados Unidos, que gobernaba Brasil desde 1964, tras el derrocamiento del presidente democráticamente electo. Sócrates empezó a hacerse preguntas y a leer más.

Cuando comprendió lo que realmente estaba ocurriendo —las desapariciones, la censura, la persecución del movimiento obrero— cambió públicamente de posición. Esa disposición para desaprender y romper con sus propias creencias anteriores es un elemento central de su legado político y ofrece un recordatorio importante para todas las personas con conciencia: nunca dejar de cuestionar los sistemas de opresión que nos rodean.

Fue en el Corinthians donde su política encontró una expresión más clara. A comienzos de los años ochenta, en medio de un clima despótico cada vez más asfixiante, Sócrates se convirtió en figura central de la Democracia Corinthiana, un experimento extraordinario de autogobierno colectivo en uno de los clubes más grandes de Brasil. Bajo su capitanía, las decisiones se tomaban democráticamente: jugadores, entrenadores, fisioterapeutas, utileros y empleados tenían un voto igual.

Todo se resolvía democráticamente, desde los horarios de entrenamiento hasta las reglas del equipo o si el micro que transportaba a los jugadores debía detenerse para una pausa. En un país donde el derecho a la participación democrática había sido arrancado violentamente, un club de fútbol se convirtió en un espacio de control obrero e imaginación política, y con el tiempo adquirió una enorme relevancia en la lucha contra la dictadura.

La Democracia Corinthiana se posicionó abiertamente contra el régimen militar, alineándose con el movimiento Diretas Já, que exigía la restitución de las elecciones democráticas. Sócrates utilizó su plataforma en un momento en el que disentir implicaba riesgos reales; no se refugió en eufemismos ni en la neutralidad. Entendía que el fútbol era uno de los pocos espacios donde la atención masiva no podía extinguirse con facilidad.

Sócrates murió a los cincuenta y siete años, el 4 de diciembre de 2011, el mismo día en que el Corinthians conquistó el campeonato brasileño, un final poético para un hombre cuya vida fue inseparable del club y de su gente. Para entonces llevaba años retirado del fútbol, pero no de la política. Ejerció la medicina, escribió, dio conferencias, trabajó como comentarista y mantuvo su compromiso con el cambio radical, apoyando abiertamente a Luiz Inácio Lula da Silva y a la izquierda brasileña. Su activismo no terminó cuando se apagaron las cámaras.

La política del silencio

Hoy, mientras Estados Unidos acelera hacia el fascismo y profundiza sus crímenes imperialistas en América Latina y más allá, y mientras la FIFA se pliega por completo a Donald Trump, necesitamos que los jugadores recuperen el espíritu de Sócrates, justo cuando el país se prepara para albergar una Copa del Mundo que promete eclipsar en controversias a Rusia y Qatar.

Todo lo que encarnó Sócrates chocaba con la cómoda ficción liberal de que la política entra en el deporte solo cuando un atleta «decide» hablar. El deporte no se vuelve político de repente cuando alguien usa un brazalete, se arrodilla o emite un comunicado. También hay política en la omisión. El fútbol es político porque está incrustado en el poder: en el nacionalismo y el capital, en el espectáculo imperial, en estructuras diseñadas para el lucro y el prestigio.

El deporte moderno trabaja incansablemente para ocultar esta realidad, alentando a los jugadores a «concentrarse en el juego», a mantenerse neutrales y a entender la política como algo externo y peligroso, salvo cuando esa política es nacionalista o militarista.

Cuando los atletas desafían al poder, solo son celebrados en la medida en que sus intervenciones sean vagas, simbólicas y fácilmente absorbibles en el lenguaje comercial de los «valores». Cualquier gesto más incisivo se considera una ruptura del contrato. Por eso el silencio no es ausencia de política, sino su forma más obediente.

Sócrates comprendió esto mucho antes de que las redes sociales redujeran la expresión política a una marca personal. Su activismo no fue solo una cuestión de conciencia individual; fue colectivo, estructural y abiertamente antagonista al poder. La Democracia Corinthiana no buscaba visibilidad sino redistribuir el poder de decisión e introducir cambios institucionales, exponiendo la relación del fútbol con las luchas más amplias por el trabajo y la democracia. Esa es la diferencia entre la acción política radical y los gestos vacíos que hoy dominan el deporte de élite.

Deporte y espectáculo

Esa distinción es fundamental, porque la concepción de «alzar la voz» causa daños políticos profundos, en tanto sugiere que la injusticia puede resolverse con la mera expresión, en lugar de con organización, solidaridad y confrontación, reduciendo la política a una performance y la disidencia a algo comercializable.

En el fútbol, esto produjo a una generación de jugadores con identidades públicas meticulosamente gestionadas. Sus opiniones pasan por el filtro de patrocinadores y agentes, y sus raros momentos de conciencia se reabsorben rápidamente en el espectáculo.

Las consecuencias de esto se ven también fuera del fútbol. En el cricket, uno de los deportes más seguidos del mundo, reina el silencio ante la ocupación india de Cachemira, los pogromos antimusulmanes y la consolidación autoritaria bajo Narendra Modi. Las autoridades del cricket indio, dominadas por aliados de Modiprohibieron la participación de jugadores bangladesíes en la liga más importante del deporte y ya habían excluido a los paquistaníes. El Consejo Internacional de Cricket se presenta como neutral mientras actúa en sintonía con el poder estatal y los intereses corporativos.

De Pakistán a Australia, a los jugadores se les advierte que el compromiso político amenaza sus carreras. Claro que no ocurre lo mismo cuando están en juego algunos intereses capitalistas, como cuando Australia se niega a jugar una serie contra Afganistán, «en solidaridad» con las mujeres afganas, pero lo hace en encuentros que no resulta comercialmente convenientes mientras que sostiene los partidos en los grandes torneos.

Rechazar la mentira

Frente a este panorama, figuras como Sócrates, o incluso el legendario Diego Maradona, se destacan por rechazar la mentira de la neutralidad. El apoyo abierto de Maradona a la Revolución Cubana, su solidaridad con Palestina y su hostilidad al imperialismo estadounidense lo situaron fuera de los límites aceptables de la celebridad. Como Sócrates, encarnó la idea de que los futbolistas no son meros entretenedores, sino trabajadores cuyo trabajo genera riqueza y cuya visibilidad tiene peso político.

Hoy el contraste es evidente. Cristiano Ronaldo posa con Donald Trump, mientras Neymar apoya a Jair Bolsonaro. Cuando las figuras más influyentes del fútbol se alinean con políticas reaccionarias, la crítica es escasa, aunque las instituciones insistan en que el fútbol debe mantenerse por encima de la política. Esta contradicción revela que el deporte no está despolitizado, sino selectivamente politizado: dispuesto a acomodarse al lado del poder, pero alérgico a la resistencia.

Incluso los gestos celebrados en los últimos años lucen ahora deshilachados. En el Mundial de Qatar, algunas selecciones europeas, especialmente la de Alemania, escenificaron protestas cuidadosamente coreografiadas, simbólicas y finalmente inofensivas. Aun así, la FIFA las limitó sin que hubiera resistencia.

A cuarenta años de distancia, el espíritu de México 86, el del fútbol como espacio de disidencia política abierta, parece muy lejano, incluso cuando trece de los 104 partidos del la próxima Copa están programados en México. Sin embargo, es precisamente ese espíritu el que exigiría el próximo Mundial. Si la FIFA decide organizar su torneo insignia en el corazón de un imperio en crisis, entre represión creciente, fronteras militarizadas y guerra permanente, la neutralidad deja de ser una posición aceptable, si es que alguna vez lo fue.

Luchar por el juego

Mientras Estados Unidos avanza hacia el autoritarismo en el plano interno y respalda la violencia masiva en el exterior, el deporte más visto del planeta se prepara para alinearse. Este silencio es producto de una cultura y una economía deportiva diseñadas para sofocar la resistencia antes de que cristalice, alentando a los jugadores a verse como marcas y a las selecciones como instrumentos de poder blando.

Pero no tiene por qué ser así. Los futbolistas no son individuos impotentes atrapados en un sistema inmutable. Su trabajo sostiene a una industria global, su visibilidad concentra atención masiva y su acción colectiva podría alterar de forma significativa la normalidad del negocio. Cuando ayudó a construir la Democracia Corinthiana, Sócrates demostró que, incluso bajo una dictadura, el fútbol podía reorganizarse en clave democrática.

Y esta responsabilidad no recae solo en los jugadores. Los hinchas también son actores políticos. Agrupaciones de aficionados, sindicatos, periodistas y movimientos de base pueden negarse al lavado de cara del imperio por medio del deporte. Boicots, protestas coordinadas y presión sostenida pueden introducir preguntas incómodas en espacios diseñados para excluirlas.

La campaña para excluir a Israel de las competiciones internacionales tal vez aún no haya logrado su objetivo, pero amplió los límites de lo imaginable. La decisión del club alemán Fortuna Düsseldorf de cancelar el fichaje del jugador israelí Shon Weissman, tras la presión de los aficionados por su respaldo a los crímenes de guerra del ejército israelí, es un ejemplo. No hay razón para que campañas similares no puedan dirigirse contra Estados Unidos.

Aún hay destellos de solidaridad. Figuras como Gary Lineker, Pep Guardiola, Jorge Valdano, Paul Breitner, y Anwar El Ghazi, entre otros muchos han demostrado que es posible rechazar la exigencia de silencio. Pero el coraje aislado no basta. Lo que hizo tan querido a Sócrates no fue solo su activismo, sino su compromiso con la lucha colectiva.

Invocar hoy su legado no es mitologizar el pasado, sino lanzar un desafío al presente. Si en el Brasil de los años ochenta, el fútbol pudo politizarse contra una dictadura militar respaldada por Estados Unidos, hoy la afirmación de que la resistencia es imposible suena vacía.

El próximo Mundial será vendido como una fiesta, un espectáculo, una distracción. Que se convierta en otra cosa —en un espacio de confrontación y solidaridad— dependerá de si quienes aman de verdad a ese juego hermoso están dispuestos a luchar por él.

Hamza Shehryar es escritor y periodista. Cubre la industria del entretenimiento, la cultura y la política mundial, centrándose en perspectivas interseccionales y del sur global.

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