Gaceta Crítica

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El nuevo orden mundial de la derecha civilizacionista

Michael C. Williams (JACOBIN), 23 de Febrero de 2026

El civilizacionismo, la idea de que la política mundial gira en torno a civilizaciones culturalmente delimitadas y lideradas por grandes potencias, está energizando a la derecha a ambos lados del Atlántico. Es un tema clave en sus esfuerzos por desmantelar el universalismo y rehacer el orden internacional.

Pocos documentos captaron la atención de las élites de política exterior como la Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos de 2025 (NSS, por sus siglas en inglés). Publicada discretamente a comienzos de diciembre, pronto recibió elogios en Moscú y Beijing, mientras que provocó desconcierto e incluso enojo entre los aliados de Estados Unidos en Europa occidental y más allá.

En su núcleo, la NSS expone una visión civilizacionista de la política mundial. El mundo debe verse como una serie de complejos civilizatorios centrados en grandes potencias que anclan sus civilizaciones y ejercen  la hegemonía en sus regiones. Occidente no es solo una ubicación geográfica: es una esfera histórica y cultural diferenciada. De manera crucial, esta civilización está amenazada menos por peligros militares externos que por riesgos internos: la cultura y la política corrosivas del liberalismo y las dislocaciones y depredaciones económicas y sociales del globalismo de mercado. Se trata de una visión de la política mundial marcadamente divergente y, en muchos sentidos, inquietante. Se rechazan explícitamente el universalismo que sustenta el globalismo liberal y los derechos humanos, y la prioridad pasa por desarrollar vínculos entre Estados soberanos unidos por una civilización común y culturas excluyentes.

A pesar de la notoriedad de la NSS, las ideas que presenta no son nuevas. Fueron declaradas por Donald Trump en 2016 y proclamadas por J. D. Vance en su muy comentado discurso en la Conferencia de Seguridad de Múnich, once meses antes de que la NSS viera la luz. Tampoco son exclusivamente estadounidenses. El civilizacionismo es el discurso geopolítico dominante de los conservadores radicales en toda Europa. Para comprender su poder y popularidad, debemos verlo como una estrategia política además de como un conjunto de ideas. Al empoderar a los actores conservadores radicales en el ámbito interno y respaldar estrategias novedosas en el exterior, el civilizacionismo forma parte de un intento más amplio de reestructurar desde sus fundamentos al orden internacional.

Fabricar Estados civilizatorios

El civilizacionismo representa una forma de política transnacional que opera de maneras diferentes , pero que se refuerzan mutuamente, en la política interna y exterior a ambos lados del Atlántico. En Estados Unidos, está vinculado a lo que un comentarista denominó como la «batalla de la derecha por el futuro post-Trump». En su corazón hay una disputa sobre la identidad nacional estadounidense: si Estados Unidos es una nación basada en un credo cívico, definida por el compromiso con valores universales abiertos en principio a todos, o si es —o debería ser— un país definido y dominado por los valores y el linaje de los «Heritage Americans» [estadounidenses de herencia, descendientes de los colonizadores europeos, blancos y protestantes]. El civilizacionismo le da forma ideológica a esta comprensión más excluyente de la identidad estadounidense. No sorprende que Vance haya sido uno de sus principales impulsores. Reivindicar una identidad civilizatoria en el plano internacional —y lograr que sea reconocida y replicada por otros conservadores, como el presidente húngaro Viktor Orbán— también es una forma de reforzar esa pretensión en el plano doméstico.

Al mismo tiempo, el civilizacionismo también sirve para reconfigurar los debates sobre el futuro de la política exterior estadounidense y el lugar del país en el mundo. Durante décadas, la elección fundamental en estos debates fue entre internacionalismo y aislacionismo, con este último presentado como ideológicamente estrecho y estratégicamente no realista. El civilizacionismo ofrece una tercera opción: la de Estados Unidos como Estado civilizatorio, una gran potencia en el centro de una región más amplia y culturalmente congruente.

También habilita iniciativas y estrategias diplomáticas novedosas. Si las relaciones internacionales están definidas no solo por las interacciones de los Estados formalmente soberanos, sino por destinos civilizatorios, esto justifica tratar a los Estados de manera diferente según su compromiso e importancia para la civilización. Una vez más, la NSS lo deja claro, al subrayar la necesidad de que Estados Unidos apoye a gobiernos conservadores radicales. También plantea nuevas tácticas no constreñidas por las normas de no injerencia soberana, como el apoyo abierto o el contacto con actores de la sociedad civil y partidos políticos ideológicamente alineados con la actual administración estadounidense (ya sea que esto implique increpar públicamente a gobiernos europeos por lo que se considera como retrocesos civilizatorios, brindar apoyo financiero formal a think tanks de derecha, alentar a separatistas canadienses o incluso organizar aparentemente inocuas reuniones festivas entre el vicepresidente y aliados civilizacionistas de la derecha británica en la campiña de Oxfordshire). El resultado es una estrategia diplomática que bordea los límites tradicionales de la no injerencia soberana al mismo tiempo que reclama una soberanía (civilizacionista) más asertiva.

Europa como fortaleza civilizatoria

Del otro lado del Atlántico, la política civilizacionista también desempeña un papel central en las campañas domésticas de la derecha radical contra el liberalismo y en las disputas por el futuro del conservadurismo. Esto es particularmente evidente en el Reino Unido, donde el Reform Party hace campaña para reemplazar al Partido Conservador como abanderado de la derecha, con la connivencia de exmiembros conservadores de derecha y con el claro apoyo del vicepresidente estadounidense.

En el continente, los ataques contra las «élites globalistas de la Unión Europea» y los llamados a reafirmar identidades, valores e intereses nacionales excluyentes fueron durante años un elemento básico de la retórica política de derecha. Sin embargo, las apelaciones a la civilización occidental ahora desempeñan un papel destacado en los intentos de reconciliar nacionalismo y europeidad, contrarrestando las acusaciones de una autarquía nacional irreal mediante la construcción de una civilización europea alternativa basada en el cristianismo o la Ilustración. Esta visión proporciona un grado de unidad internacional mientras excluye a los que considera como «otros» civilizatorios, en particular el islam.

Estas ideas también permitieron que la derecha radical pasara de rechazar la UE a buscar reformarla como baluarte de una Europa civilizatoria y de sus naciones soberanas. Es importante señalar que no se trata solo de un discurso paneuropeo. Buena parte de la derecha radical europea también es atlantista y occidental, y busca constantemente apoyo para su causa aliándose con la derecha estadounidense. En estos relatos, la NSS muestra el deseo de Estados Unidos de salvar a Europa y a su civilización occidental de las élites liberales que la destruyen. Este encuadre le brinda a los partidos de la derecha radical no solo munición para sus ataques tradicionales contra esas élites, sino también el argumento de que solo desplazándose hacia la derecha política Europa puede garantizar que Estados Unidos siga comprometido con la seguridad económica y militar del continente. Desde esta posición, la conclusión es evidente:

A pesar de las advertencias cautelosas de Washington, las élites de la UE no cambiarán, eso ya es evidente. En cambio, están acelerando en la misma trayectoria descendente. Al hacerlo, están socavando la única alianza restante que podría anclarlas en un orden global cada vez más volátil y cambiante, una alianza sin la cual el poder económico y diplomático de Europa no hará más que disminuir.

Al vincularse estrechamente con socios ideológicos del otro lado del Atlántico, la derecha europea busca así cosechar ventaja electoral, así como también apoyo y legitimación desde el exterior.

El universalismo a la defensiva

En suma, lo que estamos viendo en la política de derecha no es la expresión de una civilización o de un Estado civilizatorio que ya exista en algún sentido simple. Más bien, se trata del uso de reivindicaciones civilizacionistas en luchas políticas internas y externas, junto con el desarrollo de estrategias transnacionales novedosas que buscan influir en la identidad política, la política electoral y la política exterior.

La estrategia civilizacionista tiene sus límites. Mientras que civilización y soberanía parezcan encajar sin fricciones, las tensiones evidentes entre ambas pueden negociarse. Pero cuando el Estado civilizatorio central actúa como una gran potencia unilateralista, violando la soberanía de otros Estados en nombre de intereses nacionales, las dificultades se vuelven casi imposibles de disimular. Los designios de la administración Trump sobre Groenlandia —y la consternación que provocaron en sectores de la derecha dura europea— constituyen una ilustración de manual. Pero los opositores de la derecha no deberían extraer demasiado consuelo de estas tensiones.

La indignación de la derecha europea está ligada al desafío estadounidense a la soberanía de Dinamarca, un Estado europeo y aliado de la OTAN; pero es menos probable que surja una inquietud similar frente a las intervenciones en América Central y el Caribe. Además, las divergencias pueden gestionarse estratégicamente sin abandonar el objetivo de reformar la relación geopolítica. El discurso de Marco Rubio en la conferencia de Múnich de 2026 fue, en cierto nivel, más conciliador. Pero sus posteriores visitas a Eslovaquia y Hungría, dos países con gobiernos de derecha más enfrentados con la UE, dejaron claro el mensaje subyacente.

La fuerza de la narrativa civilizacionista de la derecha se ve reforzada por el hecho de que una respuesta liberal tradicional a un argumento contra-civilizacionista basado en el universalismo fue socavada no solo por la derecha, sino también por críticos de la izquierda y del Sur Global, que la vinculan con el imperialismo occidental. Las dificultades que enfrenta la Comisión Europea al intentar elaborar una contranarrativa dan cuenta del desafío, así como del riesgo de que seguir ese camino amplifique inadvertidamente los argumentos civilizacionistas de sus oponentes. El civilizacionismo está de pronto en todas partes en la retórica de los asuntos internacionales. Eso, por sí solo, debería alertarnos sobre la probabilidad de que su popularidad no sea inocente.

Michael C. Williams Profesor de la Universidad de Ottawa e investigador en Queen Mary, Universidad de Londres. Su último libro es World of the Right: Radical Conservatism and Global Order.

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