Gaceta Crítica

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Aranceles: el impuesto que enriquece a unos pocos y esclaviza a muchos

William Murphy (Substack del autor), 21 de Febrero de 2026

Cómo las llamadas políticas “proteccionistas” de la dictadura del capital extraen riqueza de la clase trabajadora para alimentar a la clase de Epstein.

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Introducción: Los aranceles como armas de clase

Los aranceles se venden al público como medidas «pro-trabajadores» o «patrióticas» diseñadas para proteger las industrias nacionales. No son nada de eso. En realidad, son un instrumento contundente utilizado por la dictadura del capital para canalizar la riqueza de la mayoría trabajadora hacia las arcas de la clase de Epstein y los oligarcas corporativos.

Cuando el gobierno impone un arancel, el costo de los bienes importados aumenta. A primera vista, esto podría parecer una forma de incentivar la producción nacional. Pero la verdad es más insidiosa: el peso de esta política recae casi por completo en el 90% más pobre de los estadounidenses, mientras que la clase capitalista obtiene una doble ventaja. En primer lugar, las corporaciones nacionales, protegidas de la competencia extranjera, pueden subir los precios sin temor a perder clientes. En segundo lugar, estas mismas corporaciones pueden aprovechar los aranceles para aumentar sus márgenes de ganancia, evitando al mismo tiempo inversiones significativas en trabajadores o salarios.

La clase trabajadora, ya esclavizada por salarios estancados, deudas abrumadoras y empleos precarios, se convierte en la financista involuntaria de la misma clase que la explota. Los aranceles son un robo disfrazado de política.


Contexto histórico: Los aranceles y el ascenso de la oligarquía capitalista

El uso de aranceles como mecanismo de extracción de clase no es nuevo. En el siglo XIX, los aranceles se diseñaron explícitamente para proteger a los capitalistas industriales emergentes en Estados Unidos a expensas de los trabajadores agrícolas y los pequeños agricultores. La misma lógica se aplica hoy en día, pero la escala y la sofisticación son mucho mayores.

Los aranceles modernos suelen presentarse como herramientas de «seguridad nacional» o «soberanía económica». Estas narrativas tienen dos propósitos. Primero, ocultan la verdadera función de clase de la política. Segundo, manipulan al público para que crea que sus sacrificios (precios más altos, menor acceso a los bienes) son necesarios para un bien colectivo. La realidad es que el sacrificio nunca recae sobre la clase dominante; siempre recae sobre la mayoría explotada.

Cada dólar que se le quita a la clase trabajadora mediante aranceles es un dólar que enriquece las redes globales de capital controladas por la clase de Epstein. Estas son las mismas redes que manipulan el comercio internacional, evaden impuestos y controlan las cadenas de suministro para garantizar la máxima extracción de plusvalía. Los aranceles son una herramienta legal en este robo continuo.


Mecanismo: Cómo se transfiere la riqueza

Analicemos la mecánica. Supongamos que una viga de acero de producción extranjera cuesta 1000 dólares. Se impone un arancel del 25%, lo que eleva el precio de esa misma viga a 1250 dólares. Esos 250 dólares no desaparecen en un vacío patriótico; son absorbidos por los productores nacionales de acero, que ahora enfrentan menos competencia y pueden cobrar más por su producto.

¿Quién paga este precio inflado? Los trabajadores, las pequeñas empresas y los consumidores. ¿Quién se beneficia? Los dueños de la producción nacional, que se embolsan las ganancias inesperadas sin ofrecer una rentabilidad significativa a los trabajadores que produjeron los bienes.

No se trata solo de la fijación directa de precios. Los aranceles también distorsionan los mercados. Incentivan a las corporaciones a acaparar, manipular y especular con bienes. Las empresas protegidas de la competencia extranjera pueden permitirse explotar a los trabajadores de forma más agresiva, reducir los salarios y recortar gastos en la producción, todo ello mientras se presentan como «campeones nacionales».

En resumen: los aranceles no buscan proteger a los trabajadores, sino proteger los márgenes de ganancia. Todo arancel es una sutil redistribución de la riqueza hacia arriba, sancionada por el Estado.


Los aranceles y la guerra de clases global

Los efectos de los aranceles se extienden mucho más allá de la economía nacional. Cuando Estados Unidos impone aranceles, obliga a sus socios comerciales globales a ajustarse. Estos ajustes suelen implicar manipulación cambiaria, restricciones comerciales y explotación laboral en los países en desarrollo.

Esto crea un ciclo global donde las clases trabajadoras de múltiples naciones se ven obligadas a absorber los costos de políticas diseñadas para maximizar las ganancias de las élites. Por lo tanto, los aranceles no son solo un problema interno, sino una herramienta de dominación capitalista global.

La clase de Epstein prospera en este entorno. Aprovechan su influencia política, presionan a favor de aranceles «estratégicos» y se aseguran de que toda política, por muy disfrazada que esté de lenguaje patriótico, sirva a sus intereses de clase. Los trabajadores, en cambio, permanecen aislados, culpando a la mano de obra extranjera o a la incompetencia del gobierno en lugar de reconocer el robo estructural en juego.


La ilusión del proteccionismo

Quienes apoyan los aranceles suelen argumentar que «protegen empleos» o «salvan industrias». Este argumento es fundamentalmente erróneo porque ignora el costo de su aplicación y la redistribución de la riqueza. Cualquier ganancia a corto plazo en el empleo nacional se ve eclipsada por la pérdida permanente de poder adquisitivo que experimenta la clase trabajadora.

Además, los aranceles se aplican selectivamente. Afectan a ciertas industrias mientras que otras quedan expuestas, lo que garantiza que la extracción de beneficios continúe en todos los sectores. La clase trabajadora termina pagando más por todo, desde el acero hasta la electrónica, mientras que la clase dominante continúa su acumulación sin interrupción.

El proteccionismo, bajo la dictadura del capital, es una fachada. Tras él se esconde la misma lógica extractiva que alimenta los monopolios corporativos, los precios predatorios y la especulación financiera. Los aranceles no empoderan al pueblo, sino a la clase de Epstein.


Una perspectiva marxista: Poner fin a la explotación arancelaria

Desde una perspectiva marxista revolucionaria, la solución es clara: la clase trabajadora debe tomar el control de la producción y el comercio, aboliendo las estructuras que permiten que la dictadura del capital redistribuya la riqueza hacia arriba. Los aranceles deben ser reemplazados por una planificación económica controlada democráticamente que priorice las necesidades humanas sobre las ganancias.

Los trabajadores deben reconocer los aranceles por lo que son: no son estrategia económica, ni proteccionismo, ni patriotismo, sino robo. Cualquier intento de reformar el sistema sin desafiar a la clase dominante está condenado al fracaso. Solo un enfoque revolucionario, arraigado en la lucha de clases, puede desmantelar los mecanismos de transferencia de riqueza hacia arriba.

Debemos organizarnos, educar y movilizarnos. Los aranceles, como todas las políticas de la dictadura del capital, son armas utilizadas contra la mayoría. Comprender su función es el primer paso para desmantelar el sistema que los impone.


Conclusión: El resultado final

Cada vez que se impone un arancel, el 90% más pobre de los estadounidenses paga más por los bienes que necesita, mientras que la clase de Epstein y los oligarcas corporativos se embolsan las ganancias inesperadas. La narrativa del proteccionismo es una cortina de humo; la política es una herramienta de la lucha de clases.

Para resistir, debemos ir más allá de la mera crítica. Debemos organizarnos, exponer y combatir las estructuras que facilitan este robo. Solo recuperando el control económico de manos de la élite capitalista podremos garantizar que la riqueza fluya hacia quienes la producen, no hacia quienes la explotan.

Los aranceles no son un inconveniente menor; son un recordatorio diario de que la dictadura del capital gobierna cada aspecto de nuestras vidas. Reconozcamos el robo. Comprendamos la dinámica de clases. Y luchemos para derrocar el sistema que lo permite.

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