Alejandra García (Resumen Lationamericaon), 20 de febrero de 2026

Médicos cubanos realizando una operación utilizando la luz de un teléfono celular.
En Cuba, las sanciones estadounidenses no son solo cifras en un informe económico. Se traducen en largas colas para obtener combustible, apagones, hospitales sin electricidad, familias en condiciones de extrema vulnerabilidad, familias que recorren kilómetros (a pie, en bicicleta o en carreta) para obtener los productos más básicos. Las sanciones convierten a las personas en víctimas..
En La Habana, los cubanos describen en videos virales cómo los autobuses han dejado de funcionar por falta de combustible. La falta de transporte obliga a la gente a caminar largas distancias, usar bicicletas, carretas de tracción animal o pagar taxis carísimos para cubrir las necesidades básicas de un hogar. La falta de gasolina no solo limita la movilidad, sino que también afecta la distribución de alimentos y medicamentos, agravando la escasez en los hogares.
Para Licet Rodríguez Alonso y su hijo Diego, paciente oncológico de 18 años, esta crisis es literal: durante casi cuatro años, han viajado entre Villa Clara y La Habana para completar tratamientos de quimioterapia y radioterapia. Desde entonces, su vida familiar se ha organizado en torno a ingresos hospitalarios, períodos de recuperación y continuos traslados entre provincias.
Los tratamientos de radiación se realizan en la capital, mientras que la recuperación se lleva a cabo en su provincia natal, lo que convierte cada viaje en un desafío logístico. «Todo funciona con electricidad; aquí se juega la vida de las personas. Los niños corren peligro», afirma Licet.
Los apagones son otro enemigo invisible. En el Hospital de Ginecología y Obstetricia Ramón González Coro de la capital, un equipo médico tuvo que operar a una mujer embarazada usando la luz de sus celulares. El apagón dejó fuera de servicio equipos esenciales, como lámparas quirúrgicas, máquinas de anestesia y cunas de reanimación neonatal.
La Dra. Yudmila Rodríguez Verdecia, jefa de la unidad de anestesiología, explicó que muchos dispositivos dependen completamente de la electricidad y que las baterías disponibles tienen una autonomía limitada tras años de uso continuo. En estas condiciones, la monitorización de los signos vitales y la ventilación dependen en gran medida de la experiencia del personal médico y de los procedimientos manuales.
Aunque hasta el momento no se han reportado pérdidas humanas, cada apagón representa un grave riesgo en un entorno donde la precisión y la velocidad pueden marcar la diferencia entre la vida y la muerte. Esto pone de relieve la vulnerabilidad del sistema hospitalario a las interrupciones del suministro eléctrico.

Paula Martínez, una mujer de 92 años con Alzheimer ahora tiene que enfrentar la inseguridad alimentaria debido a que la entrega de alimentos a través de una agencia ha suspendido sus entregas debido a la crisis del combustible.
Las personas mayores corren el mayor riesgo en esta crisis. Paula Martínez, de 92 años, vive en La Habana con Alzheimer y está al cuidado de dos cuidadores. Su hijo, que reside en Brasil, envía comida, medicamentos y dinero mensualmente a través de Supermarket23, una plataforma que permite realizar compras a familiares en Cuba. Sin embargo, la crisis del combustible ha obligado a la agencia a suspender sus servicios hasta nuevo aviso. Esta situación genera una creciente ansiedad entre quienes dependen de este mecanismo para cuidar a sus familiares más vulnerables.
El caso de Paula no es aislado. En un país envejecido, donde muchos carecen de familiares en el extranjero que puedan apoyarlos, la escasez se convierte en un peligro constante. La vulnerabilidad de los adultos mayores se vuelve particularmente crítica.
A pesar de todo, la resiliencia cubana prevalece. La gente encuentra soluciones: cocinas solares caseras, transporte eléctrico improvisado, cocinar con leña y carbón. Se apoyan mutuamente, compartiendo transporte, comida y recursos. En medio de la incertidumbre, las comunidades se cuidan entre sí.
Pero Cuba no está sola. México envió ayuda humanitaria que ya comienza a distribuirse entre los residentes de Mayabeque. Rusia también anunció el envío de combustible, y la Flotilla Nuestra América zarpa desde Estados Unidos con suministros básicos. Incluso artistas y activistas internacionales, como el rapero estadounidense Vic Mensa, utilizan sus plataformas para visibilizar la crisis: en videos virales, cuestionan el bloqueo y destacan su impacto en la población civil.
Pero un país no puede sostenerse únicamente con donaciones y ayuda solidaria; la energía es esencial para el desarrollo y la supervivencia. Detrás de cada apagón, de cada tanque de combustible vacío, hay familias que luchan por sobrevivir y proteger su dignidad en medio de la asfixia diaria. Mensa captó el sentimiento de todo un país en este momento urgente: «¡Cuba libre, hombre!».
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