Isaac Saney (PEACE & PLANET), 11 de Febrero de 2026

La supervivencia del proyecto socialista cubano sigue siendo uno de los obstáculos más críticos contra la dominación hemisférica, lo que convierte su defensa en una prueba de fuego global para la soberanía.
La lucha por defender la Revolución Cubana —por preservar la independencia, la soberanía y el derecho a la autodeterminación de Cuba— no es simplemente la lucha de una pequeña nación caribeña que se resiste a un vecino poderoso. Tampoco se limita a los límites geográficos de una isla de once millones de habitantes. Es, más bien, una lucha con profundas e incalculables consecuencias para América Latina, el Caribe y la lucha global por la justicia, la dignidad humana y el derecho de los pueblos a vivir libres de los dictados imperialistas. Lo que está en juego en Cuba nunca ha sido solo la propia Cuba. El destino de la Revolución Cubana es inseparable de la contienda histórica más amplia entre dominación y emancipación, entre imperio y soberanía, entre un mundo regido por el lucro y el poder y uno basado en la necesidad humana y la dignidad colectiva.
Desde sus inicios, la Revolución Cubana representó una ruptura en el orden global del imperialismo. En el hemisferio occidental —considerado durante mucho tiempo por Washington como su territorio privado— Cuba afirmó la propuesta radical de que un pequeño país, anteriormente colonizado, podía trazar su propio camino, controlar sus propios recursos y priorizar la justicia social sobre el capital extranjero. Ese desafío, más que cualquier política o alianza específica, ha sido el persistente «crimen» de la Revolución Cubana. La incesante hostilidad dirigida contra Cuba durante más de seis décadas —guerra económica, aislamiento político, sabotaje, terrorismo y ataque ideológico— no puede entenderse únicamente como una respuesta a las acciones cubanas. Es una advertencia, dirigida al resto del Sur Global, sobre el precio de la desobediencia.
En 1991, en medio del colapso del bloque del Este y las declaraciones triunfalistas del «fin de la historia», Fidel Castro ofreció una evaluación clara y profética del momento. «Ahora el internacionalismo significa defender y preservar la Revolución Cubana», afirmó. «Defender esta trinchera, este bastión del socialismo, es el mayor servicio que podemos ofrecer a la humanidad». Esto no era una simple floritura retórica. Era un diagnóstico estratégico y moral de una nueva coyuntura global. Con el campo socialista desmantelado y el neoliberalismo en ascenso, la supervivencia de la Revolución Cubana se convirtió en un acto de internacionalismo: una barrera objetiva contra la expansión indiscutible del poder imperial y el fundamentalismo de mercado.
Tres años después, el 25 de noviembre de 1994, Fidel agudizó este argumento en su discurso de clausura de la Conferencia Mundial de Solidaridad con Cuba. «Comprendemos lo que significaría para todas las fuerzas progresistas, para todas las fuerzas revolucionarias, para todos los amantes de la paz y la justicia en el mundo, si Estados Unidos lograra aplastar la Revolución Cubana», declaró. «Y por eso consideramos que defender la revolución junto con ustedes es nuestro deber más sagrado, incluso a costa de la muerte». Estas palabras capturaron una verdad a menudo oculta en el discurso dominante: la destrucción de la Revolución Cubana no sería un acontecimiento neutral. Sería una derrota histórica para todos aquellos que luchan contra la explotación, el racismo, el militarismo y la dominación imperial.
La historia ofrece una contundente confirmación de esta idea. Así como la Revolución Rusa de 1917 desencadenó movimientos revolucionarios y luchas anticoloniales en Europa, Asia, África y Latinoamérica, la Revolución Cubana ha funcionado como una fuerza objetiva contra el imperialismo desde 1959. Su propia supervivencia ha demostrado que existen alternativas posibles: que el dominio del capital y el imperio no es inmutable. Incluso cuando se vio materialmente limitada, asediada y aislada, la persistencia de Cuba como proyecto socialista soberano ha ejercido una influencia mucho más allá de sus fronteras, moldeando la imaginación política y alimentando la esperanza en momentos de retroceso global.
Pero la Revolución Cubana ha sido más que un símbolo. Ha sido un agente activo y consciente en la lucha ideológica y política contra el imperialismo. Cuba ha convocado y acogido una notable variedad de conferencias, simposios y encuentros internacionales que desafían el orden económico y político mundial imperante del neoliberalismo. Desde reuniones de solidaridad con movimientos de liberación nacional hasta foros de intelectuales y movimientos sociales, e iniciativas que vinculan las luchas en el Sur Global, Cuba ha trabajado constantemente para construir lo que podría llamarse unidad de conciencia, con el objetivo final de la unidad en la acción. Esta labor se ha basado en una visión del internacionalismo no como caridad ni paternalismo, sino como lucha compartida.
En América Latina y el Caribe, el impacto de esta orientación ha sido especialmente profundo. La tenaz resistencia de Cuba contribuyó a crear las condiciones políticas y morales para el resurgimiento de gobiernos progresistas a principios del siglo XXI y el surgimiento de proyectos regionales orientados a la soberanía y la integración. Aun cuando estos esfuerzos han enfrentado reveses, el ejemplo cubano ha seguido siendo un referente: un recordatorio de que la dignidad, la justicia social y la independencia no son abstracciones, sino posibilidades reales, incluso en condiciones de extrema presión.
A nivel mundial, el papel de Cuba se ha extendido a prácticas concretas de solidaridad que desafían la lógica del imperio. Su compromiso con la cooperación médica internacional, la educación y la ayuda en casos de desastre ha ofrecido un modelo radicalmente diferente de compromiso global, basado en la necesidad humana y no en el lucro o la dominación geopolítica.
Asediada por el imperio, la heroica nación isleña ha realizado contribuciones invaluables al bienestar de las naciones y pueblos del mundo, estableciendo un legado inigualable de internacionalismo y humanitarismo. Más de 400.000 profesionales médicos cubanos han prestado servicio en 164 países combatiendo enfermedades. Es la Cuba internacionalista la que envió desinteresadamente a decenas de miles de profesionales médicos a docenas de países del mundo para combatir enfermedades, ya sea el ébola o la COVID-19.
Más de 2000 cubanos dieron su vida en la lucha por liberar a África del flagelo del colonialismo y del apartheid racista sudafricano. Como enfatizó Nelson Mandela: «El pueblo cubano ocupa un lugar especial en el corazón de los pueblos de África. Los internacionalistas cubanos han hecho una contribución a la independencia, la libertad y la justicia africanas, sin parangón por su carácter íntegro y altruista».
Estas prácticas subrayan por qué la Revolución Cubana ha sido un ancla tanto simbólica como concreta en la lucha por un mundo más justo. Revelan una política en la que la ética y el poder no están divorciados, y en la que el valor de una sociedad se mide por su contribución a la humanidad, no por su acumulación de riqueza.
Precisamente por eso Cuba no debe caer. El aplastamiento de la Revolución Cubana envalentonaría la agresión imperial en todas partes. Reforzaría la doctrina de que ningún país, por muy firmes que sean sus aspiraciones, puede desafiar los dictados del capital global y sobrevivir. Profundizaría el cinismo y la desesperación entre los pueblos oprimidos y los movimientos que luchan por la emancipación, enviando un mensaje escalofriante: la resistencia es inútil y las alternativas son ilusiones.
Por el contrario, la defensa de Cuba afirma una lógica histórica distinta. Insiste en que la soberanía importa, que las naciones pequeñas tienen derechos y que la justicia social no es una utopía, sino un proyecto político concreto que vale la pena defender. Apoyar a Cuba no significa idealizar sus desafíos ni negar sus contradicciones; es reconocer que la lucha más amplia por la justicia, la paz y la dignidad humana es inseparable de la supervivencia de una de sus encarnaciones más perdurables y desafiantes.
En este sentido, defender la Revolución Cubana sigue siendo, como insistió Fidel, un acto de internacionalismo en su forma más profunda. Es la defensa no solo de un país, sino de un principio: que la humanidad tiene el derecho —y la capacidad— de imaginar y construir un mundo más allá de la dominación imperial. Cuba no debe caer porque, si lo hace, la pérdida no será solo de Cuba. Pertenecerá a todos aquellos que se atrevan a creer que otro mundo es posible.
ISAAC SANEY es especialista en Estudios Negros y Cuba y coordinador del programa de Estudios de la Diáspora Negra y Africana (BAFD) en la Universidad de Dalhousie en Halifax, Nueva Escocia.
Deja un comentario