Roberto Maggioni (IL MANIFESTO -ITALIA-), 9 de Febrero de 2026
Las obras inconclusas, los costos insostenibles, los precios exorbitantes de los billetes y una logística desastrosa están dejando a Milán en mal lugar. Antaño un lugar de moda, ahora es una ciudad de la que hay que huir.

Quizás el encendido de los pebeteros olímpicos el viernes (por primera vez en la historia olímpica, habrá dos: uno en Milán y el otro en Cortina) anime un poco el ambiente. Hasta ahora, estos Juegos de Invierno, fuertemente defendidos por la Lega, han generado más irritación que entusiasmo en los territorios que los albergan.
La gestión del gobierno ha dado como resultado precios de billetes altísimos, “zonas rojas” de seguridad, escuelas cerradas, estudiantes obligados a volver a la educación a distancia, proyectos de construcción inacabados, sobrecostes, censura preventiva de artistas y transporte abarrotado.
Para complacer a los gobernadores de la Lega de Lombardía y Véneto, Attilio Fontana y Luca Zaia, los Juegos se celebrarán en ocho sedes diferentes repartidas a lo largo de cientos de kilómetros, una situación que el New York Times ha calificado de «pesadilla logística». Esto supone un duro golpe para la imagen de Milán, en particular, que el mismo periódico describió como «el lugar ideal» hace diez años, durante la Expo 2015. Hoy en día, para muchos, es una ciudad de la que huir. En diez años, el 40% de sus habitantes han abandonado Milán, reemplazados a su vez por residentes más adinerados.
Si bien la prensa internacional no escatima críticas a la organización de estos Juegos (desde el alemán Bild, que escribe sobre los retrasos en las obras, hasta el francés Le Monde, que titula en portada “La hegemonía de la nieve artificial”), la impresión que se tiene es muy distinta en las redes sociales de los influencers contratados para cubrir los Juegos Olímpicos, así como en las de los propios atletas, que por el momento parecen entusiasmados tanto con Milán como con Cortina.
Pero al hablar con la gente común, su descontento con la situación se hace patente. En los próximos días, las competiciones, las medallas, las sonrisas, las lágrimas, las victorias y las derrotas deberían lograr que una parte de la población se conecte más emocionalmente con estos Juegos, que actualmente son bastante impopulares. En todo esto, la ciudad de Milán se ha mantenido al margen, cogestionando parte de los Juegos mientras se deja arrastrar por el destartalado circo gubernamental.
Para la ciudad, el ciclo de prosperidad que comenzó en 2011 con la victoria de la centroizquierda —y que, con la Expo 2015, dio forma al llamado «Modelo Milán»— ha llegado definitivamente a su fin debido a las desigualdades que generó. La historia de ese modelo de ciudad termina con estos Juegos Olímpicos. Pero ¿qué pasará después? ¿Qué será de la ciudad más internacional de Italia, gobernada durante 15 años por la centroizquierda?
Nadie lo sabe, y nadie parece tener una visión para los próximos años. Hoy, todos se apresuran a denunciar a Milán como exclusiva, excluyente, demasiado cara e insegura; y en muchos casos, estas críticas provienen de las mismas personas que han gobernado la ciudad en los últimos años. ¿Qué credibilidad les queda? Nadie puede siquiera decir que es necesaria una «discontinuidad» con el pasado, porque el alcalde Sala se enojaría, así que el centroizquierda está repasando todos los sinónimos: «renovación», «ajuste», «corrección de rumbo». La idea es empezar a encontrar soluciones a los problemas de los habitantes, pero ¿cuáles?
El jueves, en Milán, todas las miradas se centraron en la visita del presidente de la República, Sergio Mattarella: primero en la Villa Olímpica, donde firmó el «Mural de la Tregua Olímpica», y luego en la cena en la Fabbrica del Vapore con los jefes de Estado y de Gobierno de 50 países. El aparato de seguridad que rodeaba al vicepresidente estadounidense, J. D. Vance, fue ciertamente impactante: llegó por la mañana a Malpensa con un convoy de 14 aviones y fue escoltado a Milán por vehículos blindados procedentes de Estados Unidos. El viernes, Vance tenía previsto reunirse con Giorgia Meloni antes de la ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos en el estadio de San Siro.
La venta de entradas para la ceremonia inaugural es la imagen más clara de la desconexión entre la gente común y los políticos: los altísimos precios de las entradas impidieron que se agotaran las entradas y sumieron en el pánico a la Fundación Milano-Cortina, que imaginaba la pesadilla de ver grandes ángulos en la televisión mostrando asientos vacíos. Con precios que oscilaban entre los 260 € para la tercera tribuna y los 2026 € para los VIP, en los últimos días se lanzó una campaña de liquidación: compra una y llévate dos gratis. Mientras tanto, los 18 000 voluntarios tuvieron la oportunidad de comprar cuatro entradas transferibles por solo 26 €.
Sumando los precios altísimos, los costes para el público que han ascendido a más de 6.000 millones de euros, las obras sin terminar (56 de 98), la devastación medioambiental en Cortina y el futuro inexistente para los proyectos olímpicos en Milán, es fácil entender el sentimiento de descontento que invade la ciudad, un sentimiento que sólo los propios juegos podrían ser capaces de transformar en implicación y entusiasmo.
El legado de lo construido es uno de los puntos delicados. En Cortina, la pista de bobsleigh estará prácticamente sin uso, dado el reducido número de practicantes de este deporte y la competencia de los países vecinos Austria y Suiza; sin embargo, su mantenimiento costará un millón de euros al año.
En Milán, los Juegos Olímpicos no dejarán ninguna instalación deportiva adicional. Milán no tiene un estadio para deportes sobre hielo y seguirá sin tenerlo después de los Juegos; no tiene pista de hockey y seguirá sin tenerla después, porque el Arena Santa Giulia se convertirá en una sala de conciertos. Y no se construirán nuevas zonas verdes. Lo que ahora es la Villa Olímpica se convertirá en residencias estudiantiles privadas con un coste medio de 800 € por cama.
El sábado 7, por la tarde, se celebró una importante manifestación de activistas que han elegido un nombre para su comité que satiriza al COI oficial [nota del traductor: COI en italiano: Comitato Insostenibili Olimpiadi (Comité Olímpico Insostenible)]. Y tienen razón.
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