Valerio Arcary (JACOBIN LAT), 7 de Febrero de 2026

Cuba enfrenta hoy una ofensiva contrarrevolucionaria abierta. En nombre del «malestar social», Washington apuesta a provocar una implosión interna para consumar la recolonización de la isla. Defender a Cuba no es una opción moral, sino una obligación política de la izquierda,
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La situación en Cuba ha empeorado cualitativamente tras el ataque del pasado 3 de enero a Venezuela y el consiguiente secuestro de Nicolás Maduro y Cilia Flores. La interrupción de los suministros a Cuba de petróleo venezolano se ha visto en parte compensada por México, pero la decisión y la capacidad de ese país de seguir enviando petróleo a Cuba se ven hoy amenazadas. Trump apuesta a que apretando las tuercas del estrangulamiento económico de la isla se podrá atizar las llamas del malestar social y ya ha pronosticado el inminente colapso del gobierno cubano. La prensa estadounidense ha difundido declaraciones extraoficiales de funcionarios de la administración de Washington según las cuales existiría un plan para derrocar al gobierno de Cuba a más tardar a finales de 2026. En sus provocaciones, Trump llegó al extremo de declarar que Marco Rubio, actual Secretario de Estado y proveniente de una familia de origen cubano, podría ser un buen candidato para la presidencia de Cuba. Esta dramática avalancha plantea un desafío estratégico para la izquierda mundial, en especial la latinoamericana. La defensa de Cuba frente al imperialismo es cuestión de principios. El proyecto de derrocamiento del gobierno cubano es de naturaleza contrarrevolucionaria. La caída de ese gobierno sería una derrota histórica cuyo impacto podría compararse sólo con el derrumbe de la URSS en 1991. La restauración del capitalismo en Cuba sería despiadada y el país se convertiría una vez más en una semicolonia; o peor, en un protectorado estadounidense, similar al que existe en Puerto Rico, desenlace devastador para toda América Latina.
La situación interna de Cuba es de una inmensa penuria, lamentablemente cada vez más parecida a la de los años noventa del llamado «Período especial» que sobrevino al derrumbe de la URSS. Apagones de varias horas al día castigan a la población de la isla y ni siquiera las grandes ciudades se libran de ese flagelo. La escasez es generalizada, lo mismo de alimentos que de medicinas. La mayoría de la población vive en condiciones materiales de sacrificio. En 2024, Cuba solicitó ayuda al Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas, habida cuenta de la incapacidad para satisfacer por medios propios agudas necesidades nutricionales de los niños. Según estimaciones, la pandemia de Covid-19 hizo que la economía cubana se contrajera en más del 10 % del PIB. La crisis sanitaria ha reducido casi a la nada el turismo y ha agravado la escasez de divisas fuertes —dólares y euros— esenciales para financiar importaciones y controlar la inflación. Desde 2020, cerca de un millón de cubanos han abandonado la isla en su lucha por la supervivencia. ¿Por qué esta terrible vulnerabilidad? Porque Cuba permanece dramáticamente asediada por el bloqueo de Washington, que se ha visto recrudecido por las nuevas sanciones impuestas por el gobierno de Trump ya desde su primer mandato (y que Biden dejara intactas). Situada a sólo 150 km del sur de Florida, en 1959 Cuba fue escenario del triunfo de la primera revolución socialista en América y, en cuanto Estado independiente, ha sido capaz de resistir hasta hoy todo embate. El imperialismo yanqui considera inaceptable que prevalezca esa Cuba. La burguesía cubana en Estados Unidos es hoy mucho más fuerte que cuando huyera a ese país desde la isla, habiendo pasado a engrosar la clase dominante yanqui, la más poderosa del mundo. A diferencia de los capitalistas chinos en la diáspora, se ha negado a toda negociación con el gobierno de Cuba y ha mantenido una posición de irreconciliable apoyo al bloqueo contra Cuba. Descartada una estrategia militar que daría lugar a una guerra civil, la apuesta de Washington consiste en llevar poco a poco a Cuba a una cruel e implacable asfixia económica a fin de fomentar una crisis social y la subversión interna dentro de la isla.
El aislamiento de Cuba, agravado por la evolución desfavorable de la correlación política de fuerzas en el sistema mundial ante la ofensiva de Trump por preservar la supremacía de Estados Unidos, está en la base de la actual coyuntura. Cuba no es una prueba de que el socialismo sea inviable, sino todo lo contrario. Durante décadas, Cuba entusiasmó al mundo con extraordinarias proezas sociales cuyos resultados en educación, salud pública e investigaciones médicas eran muy superiores a los de países con muchos más recursos naturales y anterior nivel de desarrollo material y tecnológico. Los logros científicos de Cuba abarcaron, en fecha muy reciente, el desarrollo autónomo, en tiempo récord, de vacunas contra el coronavirus. La propiedad social y la planificación económica han demostrado su superioridad en comparación con los regímenes de propiedad y sistemas de gestión en Estados capitalistas en una etapa similar de desarrollo económico y social. No tiene sentido comparar a Cuba con España, pero sí con países vecinos de América Central o el Caribe. En sentido general, mientras existió la URSS, el desarrollo social de Cuba fue todo un éxito. Para citar sólo unos pocos ejemplos, todavía en 2022, según datos del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, Cuba exhibía un Índice de Desarrollo Humano de 0.762, lo que la situaba en el grupo de países de «alto desarrollo humano», con una esperanza de vida de 77,63 años y una tasa de mortalidad infantil que hasta ese mismo año había sido durante décadas inferior a la de Estados Unidos: aproximadamente 4.08-5 muertes por cada 1.000 nacidos vivos en Cuba en comparación con aproximadamente 5.4-5.9 por cada 1.000 nacidos vivos en Estados Unidos. Por otro lado, el proceso de transición poscapitalista en Cuba se vio interrumpido por numerosos factores. Aun así, los nuevos sectores sociales acomodados que se fueron constituyendo en la isla gracias a las oportunidades de negocio favorecidas por el propio gobierno con el fin de aumentar la capacidad productiva y atraer inversiones extranjeras, permanecen fuera del poder. No se puede dejar de reconocer, sin embargo, que tras tantos años de devastadores sacrificios en Cuba se ha producido una fractura generacional difícil, si no imposible de cerrar.
La estrategia de Trump apunta a la subversión política y social en Cuba por medio de su estrangulamiento económico. El malestar social en la isla aumentó a medida que la vida se hacía más y más difícil. No obstante, las razones que pueden llevar a que la gente salga a manifestarse en las calles —aun cuando sean legítimas y comprensibles, como durante las masivas protestas del 11 de julio de 2021— no son suficientes para caracterizar de progresista cualquier movilización. Ser de izquierda no nos obliga a apoyar cualquier movilización contra el gobierno. En la tradición marxista, son cuatro los criterios para formarse una opinión sobre la naturaleza de una protesta social: 1) cuáles son las reivindicaciones o el programa; 2) cuál es el sujeto social; 3) quién desempeña el papel de sujeto político; y 4) cuáles son los resultados probables. No basta con que las reivindicaciones sean justas. Que el sujeto social sea de extracción popular es un factor importante, pero tampoco es suficiente. Si la dirección es reaccionaria, ignorar el desenlace más probable es una imprudencia. Se impone la necesidad de un análisis objetivo para no caer en la trampa de desvalorizar el papel de quienes dirigen la movilización y de pasar por alto el desenlace que esa dirección busca. La lucha por el poder es el núcleo de la lucha de clases. Una desestabilización del gobierno cubano para propiciar la entrega del país a la burguesía de Miami sería una tragedia histórica.
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