Gaceta Crítica

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Listas de terroristas e imperio: el caso de la Guardia Revolucionaria de Irán

Ranjan Solomon (THE PALESTINE CHRONICLE), 1 de Febrero de 2026

Una instalación subterránea recién inaugurada, operada por el CGRI de Irán. (Foto: captura de video)

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Ranjan Solomon examina cómo las potencias occidentales utilizan las designaciones de terrorismo contra el CGRI de Irán, revelando dobles estándares coloniales que criminalizan la soberanía, la resistencia y la autonomía estratégica.

El Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI) es una de las instituciones político-militares más incomprendidas del mundo contemporáneo. Esto no se debe a que su función sea opaca, sino a que el poder global ha decidido qué formas de organización armada merecen legitimidad y cuáles deben ser criminalizadas. En el discurso occidental, el CGRI se presenta habitualmente como una entidad inherentemente «terrorista». Sin embargo, dentro de Irán, tiene un mandato constitucional, respaldo nacional y una sólida integración social.

Esta contradicción no es accidental. Expone cómo el lenguaje del terrorismo funciona como un instrumento colonial: aplicado selectivamente, impuesto asimétricamente y utilizado como arma contra los Estados que rechazan la subordinación política.

Los países que han designado al CGRI como organización terrorista citan su papel en la represión de manifestantes, el suministro de armas a aliados regionales como Hezbolá, Hamás y los hutíes, y la presunta planificación de atentados en el extranjero. Irán ha condenado estas designaciones como «ilegales, políticas y contrarias al derecho internacional». Los críticos argumentan que estas medidas forman parte de una estrategia más amplia de «máxima presión» de las potencias occidentales, que socava la diplomacia y aumenta el riesgo de inestabilidad regional.

Desde enero de 2026, el CGRI ha sido designado como organización terrorista por Estados Unidos, Canadá, Australia y la Unión Europea. Sin embargo, estas mismas potencias han seguido apoyando al ejército israelí durante su bárbaro genocidio contra el pueblo de Gaza. Al mismo tiempo, la agencia de inteligencia israelí, el Mosad, ha operado dentro de Irán como una entidad extranjera, mientras que los gobiernos occidentales mantienen un discreto e hipócrita silencio.

Quienes entienden el lenguaje de la justicia versus la dominación colonial reconocen que la imagen de Irán como parte de un “Eje del Terrorismo” tiene un propósito estratégico: criminaliza el apoyo de Irán a los movimientos de liberación que resisten la supremacía militar de Israel respaldada por Occidente.

Su formación y fundamento

El CGRI se formó tras la Revolución iraní de 1979, no como una milicia rebelde, sino como una institución paralela diseñada para proteger a un estado recién soberano del sabotaje interno y el derrocamiento externo. La historia moderna de Irán explica este imperativo. El golpe de Estado de 1953 de la CIA y el MI6 contra el primer ministro Mohamed Mossadegh, orquestado para salvaguardar los intereses petroleros occidentales, dejó un trauma duradero en la conciencia política iraní.

La lección fue inequívoca: la legitimidad electoral no ofrecía protección contra la intervención imperial.

Fue en este contexto que surgió el CGRI, no solo como una fuerza militar, sino como guardián de la independencia nacional. Su mandato está consagrado en la Constitución iraní, sus líderes responden a la autoridad estatal y su legitimidad —independientemente de la opinión que se tenga sobre el sistema político iraní— proviene internamente, no impuesta desde el exterior. Esto, por sí solo, sitúa al CGRI en una categoría fundamentalmente diferente de los grupos armados no estatales que operan sin el consentimiento nacional.

Legitimidad nacional vs. Juicio imperial

Los países que han designado al CGRI como organización terrorista lo han hecho mediante decisiones políticas unilaterales o de bloque. No ha habido ninguna designación del Consejo de Seguridad de la ONU, ni ningún órgano judicial internacional ha resuelto tal reclamación. La designación se basa enteramente en la autoridad de Estados que, además, ostentan un poder militar, financiero y narrativo abrumador.

Aquí, la lógica colonial se hace inconfundible. Los gobiernos occidentales se atribuyen la autoridad para etiquetar a las fuerzas armadas oficiales de otro país como «terroristas», mientras mantienen alianzas con regímenes cuyos historiales incluyen ocupación, apartheid, masacres civiles y represión sistémica. El ejército israelí, a pesar de décadas de ocupación ilegal y crímenes de guerra documentados, no está designado como terrorista. Las fuerzas armadas de Arabia Saudita, a pesar de su catastrófico papel en Yemen, siguen siendo aliadas de Occidente. El propio ejército estadounidense —responsable de Irak, Vietnam, Afganistán e innumerables operaciones encubiertas— no enfrenta tal designación.

El mensaje es claro: la violencia cometida en defensa de los intereses occidentales se enmarca como “seguridad”, mientras que la violencia cometida en resistencia al poder occidental se etiqueta como “terrorismo”.

El crimen poscolonial: autonomía estratégica

Lo que realmente distingue al CGRI no son sus métodos —muchos de los cuales imitan los empleados por los ejércitos occidentales—, sino su negativa a operar dentro de una arquitectura de seguridad liderada por Estados Unidos. Irán no alberga bases militares estadounidenses, no se alinea con la OTAN y no externaliza su política de defensa a Washington ni a Bruselas.

El CGRI, en particular a través de su estrategia de disuasión regional, ha sido fundamental para mantener esta autonomía estratégica. Dicha autonomía es intolerable para los sistemas imperialistas. Desde Latinoamérica hasta Asia Occidental, las instituciones que bloquean la penetración occidental son sistemáticamente deslegitimadas. Se etiqueta a los líderes de dictadores, se tacha a los movimientos de extremistas y se declara a los ejércitos terroristas. A esto le siguen las sanciones, la desestabilización y, cuando es posible, el cambio de régimen.

El CGRI encaja perfectamente en este patrón histórico. Describir estas prohibiciones como «antiterrorismo» es engañoso. Funcionan, en cambio, como una guerra política, diseñada para criminalizar la diplomacia, intimidar a las comunidades de la diáspora y sentar las bases legales para una futura escalada.

La sociedad iraní y el mito de la oposición universal

Un mito occidental común es que el CGRI sobrevive solo mediante la represión. Esta afirmación se desmorona al ser analizada con más detalle. La sociedad iraní es diversa y políticamente controvertida; sin embargo, el CGRI conserva un apoyo significativo, sobre todo entre quienes recuerdan la guerra entre Irán e Irak, los años de sanciones y las constantes amenazas externas.

Para muchos iraníes, la Guardia Revolucionaria simboliza la resistencia a la dominación extranjera, más que una lealtad ciega a la autoridad clerical. Esto no significa que el CGRI esté exento de críticas. Ninguna institución lo está. Pero la crítica debe surgir desde dentro de la sociedad, no ser impuesta por potencias con una larga historia de explotación, golpes de Estado y guerra.

Al mismo tiempo, el CGRI ha desempeñado un papel central en la represión violenta de las protestas internas, generando disidencia interna y acusaciones de brutalidad. Opera un vasto imperio empresarial, con afiliados que ejercen una influencia significativa sobre las estructuras políticas y económicas de Irán. Como resultado, el CGRI sigue siendo una institución central, aunque profundamente divisiva, que se gana la lealtad del estamento gobernante mientras enfrenta una fuerte oposición de sectores de la sociedad iraní y actores internacionales.

El terrorismo como vocabulario colonial

La definición moderna de terrorismo no surgió de espacios neutrales. Se desarrolló a través de la doctrina colonial de contrainsurgencia, donde se criminalizó la resistencia indígena para preservar el control imperial. Ese legado persiste. Las listas de terrorismo actuales se centran menos en la protección de los civiles que en la preservación de las jerarquías geopolíticas.

Cuando las potencias coloniales califican de terrorista a una institución con respaldo nacional, no emiten un juicio legal. Lanzan una advertencia política: la obediencia otorga legitimidad; la resistencia invita a la criminalización. La designación del CGRI nos dice menos sobre Irán que sobre el orden mundial que busca disciplinarlo.

¿Quién decide la legitimidad?

La cuestión central no es si se aprueba al CGRI, sino quién decide la legitimidad en la política internacional. Si la legitimidad emana únicamente de las capitales occidentales, la soberanía se convierte en un mito. Si la fuerza armada solo es legal cuando la ejerce el imperio o sus aliados, el derecho internacional se convierte en una fachada. Y si la resistencia a la dominación siempre se etiqueta como terrorismo, entonces la descolonización misma se convierte en un delito.

El CGRI existe porque la historia de Irán lo exige. Cuenta con el respaldo nacional porque las amenazas externas siguen siendo reales. Quienes lo prohíben no lo hacen por claridad moral, sino por costumbre imperial.

La historia nos ha enseñado esto: los imperios no criminalizan a los débiles. Criminalizan a quienes se niegan a doblegarse.

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