Romaric Godin (www.mediapart.fr y Sinpermiso), 1 de Febrero de 2026

Sobre el papel, el movimiento estratégico parece ideal. Apenas después de una semana de la crisis con Washington sobre la cuestión de Groenlandia, la Unión Europea (UE) emprendió una contraofensiva al acercarse a una potencia en ascenso, también cortejada por los Estados Unidos, la India.
La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y el presidente del Consejo Europeo, António Costa, fueron recibidos con gran pompa en Nueva Delhi el lunes 26 de enero por el primer ministro indio, Narendra Modi. En pocas horas, se firmó un acuerdo de libre comercio, cuyas negociaciones se habían prolongado durante veinte años, entre los dos bloques.
El acuerdo prevé reducir los derechos de aduana indios para los 250.000 automóviles producidos en la UE hasta un 10%, frente a un máximo del 110% actual. Los derechos de aduana también se reducirán o eliminarán para el 96% de las exportaciones europeas a la India. Por su parte, la UE abre de par en par la puerta a los productos textiles y farmacéuticos indios, así como a las máquinas herramienta.
La urgencia de la firma de este acuerdo se presenta como una respuesta a Donald Trump. Creando, en palabras de Ursula von der Leyen, una «zona de libre comercio de dos mil millones de personas», el acuerdo entre la India y la UE buscaría así crear una forma de «tercer bloque» capaz de hacer frente al duopolio hegemónico formado por China y Estados Unidos. Por esta razón, la presidenta de la Comisión Europea no escatimó superlativos y afirmó que el acuerdo firmado el 27 de enero en Nueva Delhi era “la madre de todos los acuerdos comerciales”.
Y, a primera vista, la historia funciona bastante bien. De hecho, la Unión Europea y la India comparten una forma de amor decepcionado con los Estados Unidos. La semana pasada, la UE se dio cuenta abruptamente de que su antiguo aliado estadounidense tenía la intención de avasallarla sin contemplaciones. La ratificación del desequilibrado acuerdo comercial alcanzado con Washington en julio por la misma Ursula von der Leyen ha sido suspendida. Y la UE ahora, bajo el efecto del pánico, busca aliados en otra parte.
¿Una alternativa a Washington?
Por su parte, Narendra Modi ha llevado a cabo durante mucho tiempo una política de acercamiento a Washington, que vio en la India un poderoso contrapunto a China. El país incluso se benefició, durante el primer mandato de Donald Trump y luego de Joe Biden, de un importante flujo de inversiones estadounidenses en el marco de la política de «friendshoring«, es decir, en el contexto del relocalización de plantas de producción fuera de China.
Por lo tanto, la India abordó el segundo mandato de Donald Trump con confianza. Pero las exigencias del presidente republicano habían sido revisadas al alza. Como el objetivo de la nueva administración es en primer lugar fortalecer su control sobre sus aliados, exigió a Nueva Delhi una alineación completa con sus posiciones. Inadmisible para Narendra Modi. Construida en torno al nacionalismo hindú, la ideología del primer ministro tiene como objetivo hacer de la India no un agente de un imperialismo extranjero, sino una potencia por sí misma.
Este poder debe construirse sobre una prosperidad resultante de relaciones equilibradas entre las grandes potencias económicas del mundo. La India no puede aislarse de los inversores y del mercado chino por el solo acceso al mercado estadounidense. Pero tal proyecto es inadmisible para Donald Trump, que considera que la India se está «aprovechando» del mercado de su país para comprar productos chinos. Las negociaciones se deterioraron rápidamente en agosto de 2025, y los productos indios se vieron afectados por aranceles del 50% en los Estados Unidos.
Por lo tanto, India y la UE tienen en común el rechazo al vasallaje de los Estados Unidos. Al unirse, los dos bloques pretenden demostrar que existen alternativas y crear un conjunto capaz de competir en términos de poder económico y político con las dos hiperpotencias del momento. Sobre el papel, todo es perfecto. Tan perfecto que incluso el primer ministro canadiense, Mark Carney, también decepcionado de los Estados Unidos, está pensando en ir a la India.
Encontrar una “nueva China”
Excepto que esta historia, que parece seducir a gran parte de la esfera mediática europea, olvida algunos elementos clave. La primera es que este discurso geopolítico se construyó a toda prisa después de la crisis groenlandesa. Las negociaciones comerciales entre la UE y la India comenzaron en 2007 y se reanudaron en junio de 2022. El reto, para el capital europeo, no era, entonces, el reequilibrio geopolítico. En realidad, la verdadera ambición de este texto es, desde el punto de vista europeo, perseguir un modelo cuyo fracaso ya es evidente.
Para comprenderlo, hay que entender que, durante dos décadas, China ha sido la gallina de los huevos de oro del capitalismo europeo, y en particular del capitalismo alemán. Con la entrada de la República Popular de China en la Organización Mundial del Comercio (OMC) a finales de 2001, la UE y en particular Alemania aprovecharon la apertura del mercado chino para vender productos de alta gama, coches de lujo y máquinas herramienta de precisión, entre otros bienes, al tiempo que se beneficiaban del bajo coste de la mano de obra china, que proporcionaba insumos baratos y permitía presionar los salarios nominales en los Estados europeos.
Fue una edad de oro para el capitalismo alemán. Por supuesto, ha habido una ruptura: la especialización de la economía europea y la moderación salarial han erosionado el aparato productivo de varios países, incluida Francia, y han degradado a parte de su clase trabajadora, expulsada a trabajos de servicio poco productivos y mal pagados. La actual crisis política y económica de la UE tiene su origen en esta estrategia. El ascenso tecnológico y la agresiva guerra de precios de la República Popular de China pusieron fin a esta época, incluso cuando las consecuencias sociales de este sistema abrían la puerta a la extrema derecha.
Pero esta reorganización de la economía europea ha beneficiado a Alemania y a su zona de influencia en el este y el norte de Europa, es decir, a gran parte de la UE. Desde el punto de vista de la patronal y de la Comisión Europea, este “momento chino” ha seguido siendo el modelo. Cuando se abrieron las negociaciones en 2007, se trataba de amplificar la lógica del momento, y luego, en 2013, cuando se intensificaron, se trataba de recuperar el curso del crecimiento interrumpido por la crisis de 2008. Finalmente, en 2022, cuando se retomaron las discusiones y Alemania entraba en una gran crisis estructural, se trataba de responder a estas dificultades.
En otras palabras, la idea del acuerdo no es crear un “bloque geopolítico” o “responder a Washington”, sino encontrar un nuevo Eldorado en sustitución de China. Y desde este punto de vista, la India se impuso. Cuarta economía del mundo, con un PIB nominal de más de 3 900 millones de dólares en 2024, el país disfruta de un dinamismo casi único, con un crecimiento esperado para el año fiscal 2025-2026 del 7,4%.
En resumen, la India es un enorme mercado en crecimiento con, guinda del pastel, salarios extremadamente bajos y, además, estancados en términos reales. El salario mensual medio en la industria india es, por tanto, seis veces menor que el de China y veintiocho veces menor que el de Alemania. Por supuesto, los niveles de productividad de la India son más bajos, pero la India presenta, desde el punto de vista del capital europeo, oportunidades equivalentes a las de China en los años 1990-2000.
Por lo tanto, la verdadera ambición del acuerdo comercial euroindio es esta. Desde el punto de vista de Nueva Delhi, el ejemplo chino de la década de 2000 es la referencia desde la llegada del poder de Narendra Modi. El líder nacionalista quiere volver a jugar la misma pieza: convertirse en un taller barato de Occidente para acumular capital y tener los medios para transformarse en una gran potencia independiente.
Una estrategia de los años 2000
Por lo tanto, el principal desafío de este acuerdo no es concluir una alianza defensiva contra los Estados Unidos, sino más bien intentar retomar una vieja receta, muy anticuada, de vuelta al crecimiento. Ursula von der Leyen también se hizo cargo de una consigna que floreció en la década de 2000: “Este tratado beneficiará a ambas partes». El problema es que ahora sabemos -y pagamos lo suficiente para saberlo- que el libre comercio tiene perdedores y no asegura la paz entre los pueblos.
Es difícil ver por qué tal acuerdo comercial entre la India y la UE crearía un bloque geopolítico que compita con China y Estados Unidos, incluso cuando, como se muestra en un libro reciente de Benjamin Bürbaumer (China/Estados Unidos: el capitalismo contra la globalización, La Découverte, 2024), la tensión entre estos dos últimos países es producto de la globalización y la intensificación del comercio entre ellos. Una vez que la India se convierta en un centro de la producción mundial, se convertirá en un competidor de la UE, que además se habrá debilitado aún más.
Porque esta es la lección de la época: el caos actual no es enemigo de la globalización, es su consecuencia y producto. Intentar volver, aunque sea parcialmente, al régimen de los años 2000-2010 está condinado al fracaso. A nivel social, la entrada de productos indios a precios inmejorables devastará los sectores industriales aún existentes en Europa, especialmente en el sector farmacéutico. A cambio, las ganancias relacionadas con las exportaciones se limitarán a ciertos productos de alta gama y se concentrarán en ciertas clases y países.
Pero incluso este escenario, que, en teoría, como en la década de 2000, permitiría ocultar los efectos negativos del acuerdo en Europa a través de un fuerte crecimiento de la industria alemana, no es seguro. En primer lugar, porque la India puede no tener la capacidad de seguir el camino chino, luego, y sobre todo, porque China sigue siendo el elefante en la habitación de los sueños de Ursula von der Leyen. China es ahora un competidor directo de la UE en el mercado indio y Nueva Delhi no tiene la intención de entrar en una alianza europea exclusiva, sino más bien mantener su lógica de multilateralidad.
Para un país como la India, los productos e inversiones chinos son y seguirán siendo esenciales. Y esto puede tener consecuencias desastrosas para Europa, ya que los productos indios circularán en el continente con precios inmejorables, con insumos chinos baratos y salarios muy bajos. Esto hará imposible cualquier reindustrialización del continente europeo e incluso destruirá las industrias baratas que persisten en el sur y el este de Europa. Y, a cambio, las promesas del mercado indio para las industrias de gama alta se reducirán necesariamente, dada la capacidad de la competencia china en la India.
En otras palabras, este acuerdo no es “la madre de todos los acuerdos”, es más bien el hijo tardío, escaso y enfermizo de una globalización en agonía. Este acuerdo es la prueba de que Europa no puede cambiar su software económico y político. La UE sigue atrapada en su visión del “comercio suave” y la centralidad de las exportaciones. La receta que ha debilitado a Europa es, siempre y constantemente, retomada por sus líderes con la esperanza de que finalmente haga milagros.
Callejón sin salida geopolítico
En otras palabras, la historia del “bloque” indoeuropeo contra Washington y Pekín esconde una realidad mucho más matizada. Ni a nivel geopolítico ni económico tal acuerdo es capaz de modificar los grandes equilibrios actuales. Sin mencionar que Europa, por unos pocos puntos de crecimiento más, está dispuesta a hacer emerger a la India como una nueva potencia independiente en la escena mundial.
Por el momento, la India necesita comercio exterior para, como lo ha hecho China, emerger como un actor clave en la economía mundial. Este estatuto reforzará su capacidad para llevar a cabo una política de poder autónomo en la que los intereses europeos no tendrán ningún valor. Este ya es el caso: la India es uno de los principales partidarios de Rusia y una puerta de salida para su petróleo y gas. En otras palabras, la India apoya el esfuerzo bélico ruso, al igual que China. Además, es alarmante ver a los líderes europeos callar sobre este tema a pesar de que, en otras circunstancias, no dejan de presentarse como los principales partidarios de Kiev.
Por lo tanto, la alternativa a la extrema derecha de Donald Trump tomará la forma de apoyo al crecimiento de un país gobernado por la extrema derecha hindú que lleva a cabo una política de represión y violencia continua y diaria contra las minorías. Un país que tiene la ambición de convertirse en una gran potencia y que está en conflicto en la región con varios de sus vecinos.
Europa no se convertirá en un aliado de la India con este acuerdo comercial. La India de Narendra Modi construye pacientemente su ambición y, ante el abandono de Washington, organiza una respuesta multilateral que pasa por este acuerdo, así como por un acercamiento con Beijing y el mantenimiento de relaciones muy cordiales con Moscú.
El ejemplo del ascenso de China a golpe de inversiones estadounidenses y europeas, cegadas por la idea de mejorar las tasas de beneficio, debería servir de advertencia. Pero para ello, la UE tendría que salir de una doble rutina: el cortoplacismo de sus posiciones geopolíticas y la debilidad de sus análisis económicos.
Romaric Godin es periodista desde 2000. Se incorporó a La Tribune en 2002 en su página web, luego en el departamento de mercados. Corresponsal en Alemania desde Frankfurt entre 2008 y 2011, fue redactor jefe adjunto del departamento de macroeconomía a cargo de Europa hasta 2017. Se incorporó a Mediapart en mayo de 2017, donde sigue la macroeconomía, en particular la francesa. Ha publicado, entre otros, La monnaie pourra-t-elle changer le monde Vers une économie écologique et solidaire, 10/18, 2022 y La guerre sociale en France. Aux sources économiques de la démocratie autoritaire, La Découverte, 2019.
Deja un comentario