Gaceta Crítica

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Ilan Pappé: «Israel ya ha sellado su destino». Entrevista

Entrevista a Ilan Pappe (The Post Internazionale), 1 de Febrero de 2026

«El Estado judío no es una democracia, sino un régimen de apartheid. El mundo dirá basta algún día, tal como ocurrió con Sudáfrica. Netanyahu sueña con otra Esparta. No se puede seguir así». El historiador israelí predice a The Post Internazionale (TPI) el derrumbe del sionismo y su visión de la paz: «El derrumbe se producirá desde dentro. La élite económica y cultural ya está abandonando el país, sin ella será difícil que todo funcione. ¿El futuro? Es necesario volver al mosaico étnico y cultural regional anterior, dentro de una estructura política flexible».

Ilan Pappé está convencido de ello: para Israel ha comenzado el principio del fin. «No sé exactamente cómo, pero llegará el momento en que los gobiernos del resto del mundo digan también que ya han tenido suficiente, tal como ocurrió con el apartheid en Sudáfrica», predice el historiador israelí en su entrevista con Andrea Lanzetta para TPI. Esta «descolonización» del Estado judío, tal como la define Pappé en su nuevo libro, «El final de Israel» [Akal, 2026], ni siquiera precisará de una guerra, sino de un «proceso largo y, por desgracia, doloroso», el cual, sin embargo, ya ha comenzado. El análisis del historiador israelí parte de la fractura, que nunca se ha soldado, ni siquiera tras el trauma del 7 de octubre y las matanzas de Gaza, entre dos entidades sionistas diferentes: el «Estado de Judea» y el «Estado de Israel». Si la primera se describe como el frente extremista de derecha, religioso y con rasgos mesiánicos aliado del primer ministro Benjamin Netanyahu, la otra sigue anclada en los valores liberales y laicos de la fundación y, a menudo, se alinea con la oposición. Sin embargo, ambos, aunque se disputan no sólo el poder, sino también el alma del Estado judío, seguirían unidos por el apoyo a un sistema que niega a los palestinos sus derechos civiles y humanos. Este único denominador común y la fractura entre los dos bandos opuestos contribuyen a la polarización política en Israel y acabarán, nos explica Pappé, determinando su fin. Un epílogo que, según el historiador, abrirá nuevas oportunidades para la paz.

Profesor Pappé, ¿ha llegado por fin el fatídico «día después» en Palestina?

En este momento estamos asistiendo al «día después de Trump» o al «día después de Qatar», cuando lo que necesitábamos era un «día después palestino». Sólo si realmente se basara éste en la justicia, la igualdad y la democracia, podría haber contribuido a galvanizar el apoyo regional e internacional a la paz y funcionar de verdad.

Empecemos por Israel, el único Estado democrático de la región. ¿La democracia de quién?

Una de las mayores invenciones del sionismo es que Israel es una democracia. Es cierto que no hay democracias en Oriente Medio, pero Israel tampoco es una democracia.

¿Por qué?

Yo enseño ciencias políticas y si alguno de mis alumnos me presentara un ensayo en el que llegara a la conclusión de que Israel es una democracia, lo suspendería. No desde un punto de vista ideológico o por puro espíritu polémico, sino porque nada demuestra esa tesis.

Los árabes israelíes, por ejemplo, pueden votar y ser elegidos para el Parlamento

El hecho de que en Israel algunos ciudadanos palestinos puedan votar o ser elegidos no es en sí mismo una prueba de que se trate de una democracia. En su día, en Rumanía se podía votar en las elecciones y, por eso, Ceaușescu la definía como una república democrática. Pero hay que examinar detenidamente la situación y reconocer que Israel es un régimen de apartheid que no garantiza la igualdad de derechos a las personas no judías. No hay un solo habitante palestino, ya sea de la Cisjordania ocupada o de la Franja de Gaza sitiada, que pueda decir que ha vivido desde 1948en una democracia. Un Estado que ocupa el territorio en el que viven millones de personas desde hace más de 58 años [desde 1967, nde (nota del editor)] no es una democracia. Un Estado que, por ley, considera a los no judíos como ciudadanos de segunda clase no puede ser una democracia. Antes lo era para los ciudadanos judíos, pero ahora tenemos que esperar y ver cómo evoluciona la lucha entre lo que yo llamo el «Estado de Judea» y el «Estado de Israel».

Gil Troy, historiador sionista de derechas, nos los describió como «dos «tribus» que se enfrentaron por la reforma judicial», pero que luego «dejaron de lado sus diferencias para salvar a Israel después del 7 de octubre». Dos años después, ¿quién ha ganado de las dos?

No estoy de acuerdo con Troy en que los contendientes hayan dejado de lado sus diferencias, sino todo lo contrario. Y tampoco creo que la lucha haya terminado debido a la guerra. La gran sorpresa es precisamente que, a pesar del trauma del 7 de octubre y del conflicto, la contienda haya continuado, a veces incluso de forma muy violenta. Tomemos el caso de los rehenes: el «Estado de Judea» [la extrema derecha religiosa, nde] pensaba que la mayoría de ellos pertenecía al «Estado de Israel» [el segmento liberal y laico de la sociedad israelí, nde] y no mostraba gran interés por su suerte, oponiéndose hasta el final a cualquier plan de intercambio con los presos políticos [palestinos, nde]. No sé si en Italia se entendió, porque el debate se desarrolló principalmente en hebreo, pero en estos dos años se han dicho cosas terribles sobre las familias de los rehenes. Por lo tanto, la fractura sigue siendo muy profunda.

¿Prevé una reconciliación?

No, al contrario. Esta división seguirá profundizándose y empeorará aún más. De hecho, con el alivio de la tensión bélica, se hará aún más evidente. El enfrentamiento seguirá en el ámbito del sistema judicial porque el «Estado de Judea» ya domina la política, los aparatos de seguridad y el ejército.

¿Cómo terminará todo esto?

No creo que el «Estado de Israel» tenga ninguna posibilidad. Creo que el «Estado de Judea» podría acabar engulléndolo, y que entonces el mundo tendrá que aceptar esta realidad, olvidando lo que sabía del antiguo Israel, con el que era más fácil tratar porque, al menos en su momento, respetaba ciertos valores de liberalismo, universalismo y, sobre todo, socialismo. Pero todo esto acabará desapareciendo.

¿Con qué resultado?

Israel se está convirtiendo en un régimen cada vez más teocrático, racista y religioso. Muchas personas que se consideran laicas y progresistas se marcharán en el futuro y muchas ya se han marchado. Ya está ocurriendo.

¿A qué conducirá esta especie de «revolución» demográfica?

Creará las condiciones para el auge de lo que yo llamo el «Estado de Judea», el cual, me temo, se mostrará especialmente feroz y brutal con los palestinos y aún más agresivo con los Estados árabes vecinos. Pero es solo una primera fase: las consecuencias de todo esto darán lugar a otra.

¿Cuál?

Esta situación no podrá durar mucho tiempo y entonces surgirán nuevas y diferentes oportunidades. Pero no mientras el «Estado de Judea», como yo lo llamo, se mantenga en el poder, sino solamente cuando éste se derrumbe, y no creo que sea capaz de mantenerse durante mucho tiempo.

¿Por qué?

El hecho es que la élite cultural y económica ya está abandonando el país. Sin estas personas, será muy difícil que el Estado, tal y como lo conocemos, siga funcionando. En segundo lugar, este Estado acabará aislado. Ahora está aislado de la sociedad civil, pero creo que, hasta por razones cínicas, los gobiernos y los políticos acabarán siguiendo a sus respectivas sociedades, tanto en el mundo árabe como en el resto de la comunidad internacional. Un Estado así no tiene ninguna posibilidad ni opción de seguir funcionando. Proseguirá, sin duda, fabricando armas y resulta extremadamente cínico por parte de las industrias militares seguir comerciando con una entidad así. Pero si miramos la historia, esto no es, desde luego, suficiente para sostener un Estado.

Israel ha ganado todas las guerras, pero nunca ha alcanzado la paz

Benjamin Netanyahu ha anunciado, como si fuera una noticia positiva, que Israel será una nueva Esparta, pero debería aprender historia. Sin embargo, estoy de acuerdo en que, como una especie de Prusia, está tratando de convertirse en ello. En lugar de un Estado, está tratando de ser un ejército con un Estado. Y esto puede continuar, pero solo por algún tiempo.

¿Cuándo y cómo debería producirse este derrumbe?

No sé exactamente cómo sucederá, pero imagino que ocurrirá en el momento en que los gobiernos del mundo digan que ya han tenido suficiente, como ocurrió con el apartheid en Sudáfrica, o cuando los Estados árabes vecinos se sientan obligados a escuchar a sus pueblos. No estoy diciendo que deban ir a la guerra: bastará con que planteen la hipótesis de recurrir a la fuerza si Israel continúa así. Todo esto puede provocar un derrumbe desde dentro».

¿Cómo se lo imagina?

No pienso en la típica caída de un régimen colonial, con un ejército de liberación que entra en la capital y expulsa a los antiguos amos franceses o ingleses. Creo que asistiremos a un proceso muy diferente y, por desgracia, mucho más largo y doloroso. En lugar de una ocupación palestina de Israel, se producirá un derrumbe interno. Pero creo que esto creará una nueva oportunidad.

¿Qué pasará entonces?

Sólo estoy seguro, tal como escribo en mi libro, de que llegará ese momento, pero no estoy nada seguro de que los palestinos sean capaces de llenar el vacío con un plan claro, no sólo de descolonización, sino también de postcolonialismo. Por ahora no lo tienen, pero espero que lo tengan algún día. Soy bastante optimista, pero necesitan un proyecto claro para lo que el mundo llama hoy en día cínicamente «el día después».

La diáspora judía, tal como destaca en su libro, también podría desempeñar un papel en este proceso, especialmente en Estados Unidos. Pero, ¿cuál?

Me ha inspirado y animado mucho la joven generación de judíos de Norteamérica. Es evidente que, a diferencia de sus padres, no creen que para identificarse como judíos norteamericanos haya que mostrar lealtad a Israel. Se puede identificar uno con su judaísmo sin ser practicante, sin profesar el sionismo. Además, para algunos, la salida del sionismo pasa también por el compromiso con el movimiento de solidaridad con los palestinos. Por lo tanto, espero que desempeñen un papel importante a la hora de enviar un mensaje a Israel: «No habléis en nombre del pueblo judío». Imaginemos lo que pasaría si muchos judíos del mundo afirmaran que Israel no es un Estado judío.

¿Qué pasaría?

Tomemos, por ejemplo, un país como Alemania, que basa toda su política proisraelí en el hecho de haberse comprometido con el pueblo judío. Una postura comprensible, teniendo en cuenta lo que hicieron [en la Segunda Guerra Mundial, nde]. Pero, ¿qué pasaría si los judíos —en gran número y no solo a través de algunas voces marginales, sino respaldados por figuras destacadas— le dijeran a Alemania: «Esto no es un Estado judío. Si se sienten responsables de los judíos del mundo, ayúdennos mejor en los Estados Unidos o aquí en Alemania». Imaginen lo que pasaría si los judíos del mundo empezasen a decir: «Lo que vemos no es un Estado judío, sino algo que, a nuestros ojos, es contrario a los valores del judaísmo».

¿Qué debería hacer el resto del mundo?

En primer lugar, creo que es necesario reconocer que Palestina forma parte del mundo árabe. El sionismo ha logrado convencer a todo el mundo de que Palestina no existe en el mundo árabe, sino sólo [en las protestas, nde] en Europa. Sin embargo, cuando se comprende que se trata de una realidad geográfica y no ideológica, Palestina pasa a formar parte de los problemas del mundo árabe y también de sus soluciones. Además, se descubre, como he escrito también en el libro, que el Líbano, Siria y Jordania tienen problemas similares a los de Palestina.

Usted habla de un futuro «postsionista». ¿Nos lo puede describir?

Después de la Primera Guerra Mundial, las potencias coloniales obligaron, en cierto modo, a un mosaico de diferentes grupos a construir Estados-nación siguiendo el modelo europeo. Un sistema que, como resulta evidente, no funciona del todo en esta región. Yo imagino más bien un retorno al mosaico anterior, obviamente sin una resurrección irrealista del Imperio Otomano, sino dentro de una estructura política muy flexible. No sé si se tratará de construir algo similar a la Unión Europea o una especie de Unión Árabe del Mediterráneo Oriental. Dejaría que fueran los propios pueblos los que decidieran. Sin embargo, tendrá que ser algo que permita a los distintos grupos, si así lo desean, mantener su identidad étnica y cultural, pero no a expensas de otros. Y, desde luego, sin el control de otro Estado. Este es el tipo de ideas que escucho de muchos jóvenes en Irak, Líbano, Siria y Jordania.

¿Qué pasaría entonces con Israel y sus casi diez millones de habitantes?

Los judíos de lo que hoy es Israel también podrían formar uno de estos grupos, pero no un pueblo separado que goce de privilegios excepcionales. Sin un desarrollo de este tipo, corremos el riesgo de que en el Líbano u otros países vecinos se repita lo que ha ocurrido en Siria en los últimos doce años. Creo que es la única manera de encontrar una salida a los graves problemas que asolan esta parte del mundo.

Ilan Pappe es historiador y politólogo israelí, es profesor de la Facultad de Ciencias Sociales y Estudios Internacionales de la Universidad de Exeter (Reino Unido), director del Centro Europeo de Estudios sobre Palestina y codirector del Centro de Estudios Etnopolíticos de Exeter.

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