Pedro Monzon Barata (Al Mayadeen), 28 de Enero de 2026

Una isla que se globalizó sin capitalismo
En el mapa del siglo XXI, Cuba aparece como una anomalía tanto geopolítica como ética. Una nación insular caribeña, entonces con apenas once millones de habitantes y sujeta a uno de los bloqueos económicos más largos y agresivos de la historia, ha logrado proyectarse en el escenario global —no mediante el capital, las armas ni los instrumentos típicos del poder blando imperial—, sino mediante la solidaridad concreta: médicos en zonas remotas, desarrollo de recursos humanos en países empobrecidos, vacunas desarrolladas en centros y laboratorios científicos nacionales, y una ética internacionalista que prioriza la vida sobre el lucro.
La solidaridad cubana ha sido multifacética y siempre se ha basado en principios éticos. Ha sido un faro de apoyo a la descolonización de África y decisiva en la lucha por la independencia de Angola: actos de fraternidad antiimperialista que aceleraron la liberación de Namibia y la caída del régimen del apartheid. Estos impulsos de bien han alcanzado ampliamente sectores vitales como la educación y la salud.
Esta paradoja, una pequeña nación que desafía el orden unipolar no con la fuerza militar sino con batas blancas, no es un incidente aislado ni una excepción romántica. Es la expresión política, histórica y civilizatoria de un proyecto alternativo: la globalización de la fraternidad. Este concepto, derivado del pensamiento y la acción de Fidel Castro, encarna la esencia de sus convicciones internacionalistas y la praxis revolucionaria cubana durante más de seis décadas. Frente a la globalización capitalista, que homogeneiza los mercados, despoja de soberanías y exporta violencia, Cuba ha construido, desde el Sur Global, una red de cooperación Sur-Sur basada en los principios de reciprocidad, no intervención, no mercantilización de la salud y priorización de los más vulnerables.
En un mundo en transición hacia la multipolaridad, donde el consenso liberal se derrumba y emergen nuevos polos de poder, este contraste ya no es simbólico, sino existencial. La globalización neoliberal ha revelado su cara terminal: una lógica de muerte que sacrifica a pueblos enteros en nombre del lucro, la seguridad energética o la hegemonía militar. Sin embargo, en los intersticios de este sistema en crisis, florece otra racionalidad: la racionalidad de la vida. No como especulación idealista, sino como política de Estado, como estrategia de resistencia y como proyecto de civilización.
Este artículo explora esta confrontación desde una perspectiva rigurosa y objetiva. En primer lugar, propone articular un marco teórico que define y contrasta ambas globalizaciones. En segundo lugar, analiza la materialización concreta de la fraternidad globalizada en la política exterior cubana, demostrando que constituye un sistema estructural, no meros gestos ocasionales. En tercer lugar, examina la respuesta imperial a esta alternativa y, finalmente, argumenta la urgencia de su proyección en un mundo amenazado por crisis sistémicas que el capitalismo ya no puede resolver. La hipótesis central es clara: la globalización de la fraternidad no es solo una opción ética entre otras; es el único camino viable para la supervivencia humana en el siglo XXI.
I- Dos racionalidades mutuamente excluyentes
- Globalización capitalista: acumulación, violencia y decadencia hegemónica
La globalización no es un fenómeno reciente ni neutral. Ya en el Manifiesto Comunista (1848) se describía cómo la burguesía, «por primera vez en la historia universal», había forjado un mercado mundial, imponiendo su dominio en todos los rincones del planeta. Esta internacionalización del capital ha pasado por distintas fases: el imperialismo clásico a finales del siglo XIX, la Guerra Fría bipolar (1945-1991) y, tras el colapso del campo socialista, la globalización unipolar neoliberal que ha dominado desde principios de la década de 1990. Esta última fase se caracterizó por el triunfo retórico del «fin de la historia» y la naturalización del libre mercado como un destino inexorable. Sin embargo, su realidad ha sido diferente: la profundización de las contradicciones estructurales del capitalismo. Lejos de generar prosperidad universal, ha exacerbado las divisiones de clase, destruido los tejidos productivos nacionales, financiarizado la economía y convertido los bienes esenciales —salud, agua, educación, medio ambiente— en mercancías sujetas a especulación.
Además, en su fase de declive hegemónico, el capitalismo global ha recurrido cada vez más abiertamente a la violencia como modo de reproducción. Como señaló Lenin, el sistema, una vez que agota sus vías de acumulación en el centro, debe expandirse violentamente hacia la periferia. Esta tesis se actualiza hoy en una globalización multifacética de la violencia:
- Violencia económica: Bloqueos, sanciones extraterritoriales, confiscación de reservas y presiones financieras que asfixian economías enteras, como en los casos de Cuba, Venezuela, Irán y Siria.
- Violencia política: Financiamiento de grupos opositores, campañas de desestabilización, reconocimiento de “gobiernos paralelos” —como el caso de Guaidó en Venezuela, y ahora se intenta algo similar con el arbitrario Premio Nobel otorgado a la señora María Corina Machado— y el uso de ONG como instrumentos de injerencia, entre ellas el National Endowment for Democracy y USAID.
- Violencia militar: Intervenciones directas, una red global de bases militares y amenazas explícitas de guerra en el siglo XXI. Estas incluyen el despliegue permanente de la Séptima Flota estadounidense en el Indopacífico, la escalada de tensiones en el Mar de China Meridional, la concentración sin precedentes de fuerzas navales estadounidenses cerca de las costas de Venezuela y Cuba, y las persistentes formas de piratería moderna en el Caribe, evidentes en la interceptación, incautación y apropiación ilegal de petroleros, el acoso a embarcaciones pequeñas y el asesinato de sus tripulantes. Nada ilustra esta lógica de exterminio con mayor crudeza que el genocidio en curso contra el pueblo palestino en Gaza. Bajo el silencio cómplice o la justificación abierta de las potencias occidentales, Israel —el brazo armado del imperialismo en Oriente Medio— ha desatado una campaña sistemática de aniquilación que ha dejado decenas de miles de muertos, la mayoría mujeres y niños, y ha reducido a escombros hospitales, universidades, centros de producción de alimentos y sistemas de agua. Este horror no es una aberración aislada, sino la manifestación extrema de una globalización que convierte a los pueblos discriminados, oprimidos y antiimperialistas en blancos legítimos de la violencia estructural. La impunidad con la que se comete este crimen refuerza la tesis de que el capitalismo global, en su fase de descomposición, ya ni siquiera necesita ocultar su rostro genocida.
- Violencia cognitiva: Imposición de narrativas mediáticas que criminalizan el disenso, retratan a los estados no alineados como “fallidos” y ocultan las causas estructurales de las crisis inducidas.
En esta lógica, la vida humana se vuelve prescindible. Cuando los individuos o las comunidades ya no generan plusvalía ni enriquecimiento, ni se atreven a desafiar el injusto orden internacional, se les considera desechables y se les trata como enemigos. Así, el capitalismo contemporáneo no se limita a explotar, sino que extermina. Las sanciones contra Venezuela han causado, según la Relatora Especial de la ONU, Alena Douhan, más de 40.000 muertes evitables. El bloqueo a Cuba es un arma de destrucción masiva que, mantenida durante décadas, está diseñada deliberadamente para infligir sufrimiento a la población civil con el fin de lograr un cambio de régimen.
- La globalización de la fraternidad: La racionalidad del humanismo
Ante esta racionalidad del dolor y la muerte, el pensamiento revolucionario —especialmente en su vertiente cubana— ha articulado una alternativa de facto: la racionalidad de la vida. Esta no se basa en la acumulación, sino en la reproducción social; no en la competencia, sino en la cooperación; no en la dominación, sino en la solidaridad.
Este modelo no es una reacción defensiva, sino un proyecto civilizatorio con profundas raíces. José Martí ya habló de «Nuestra América» como un espacio de unidad contra el imperialismo. El Che Guevara definió el internacionalismo proletario como el sentimiento de que «la miseria de uno es la miseria de todos». Pero fue Fidel Castro quien, en el contexto del Período Especial y en medio de las extremas dificultades de la isla, elevó esta ética a un principio geopolítico. Su postura fue consecuente: frente a la globalización neoliberal, debemos globalizar la solidaridad.
Esta idea no es una abstracción. Para Fidel, el internacionalismo era “un principio fundamental de la Revolución”, no un acto de caridad. “Damos lo que tenemos, no lo que nos sobra”, repitió muchas veces. En su discurso del 7 de septiembre de 1977, declaró: “El internacionalismo es la esencia más hermosa, la esencia más revolucionaria del marxismo-leninismo”. Y en 2005, al dirigirse a la primera promoción del Programa Latinoamericano de Formación Médica, resumió el contraste: “Hoy exportamos médicos, no soldados; exportamos salud, no guerra; exportamos conocimiento, no ignorancia; exportamos solidaridad, no egoísmo”.
Este pensamiento se condensa en el lema de Fidel: «Médicos, no bombas». Lejos de ser un lema, es un axioma ético y político que establece una dicotomía irreconciliable entre dos civilizaciones:
- La civilización de la muerte: invierte billones en armas: drones, portaaviones y complejos militares-industriales.
- La civilización de la vida: invierte en atención médica, vacunas, hospitales de campaña, formación de médicos y transferencia de tecnologías soberanas.
La fraternidad, en este sentido, no es un sentimiento abstracto, sino una política concreta: intercambio no mercantilizado, cooperación sin condicionamientos políticos, prioridad para los más pobres y desarrollo de capacidades nacionales. Es, en definitiva, una globalización poscapitalista en construcción.
II- La praxis cubana: Fundamentos estructurales de la solidaridad sistémica
La solidaridad médica cubana, iniciada en 1963 con el envío de una brigada a Argelia tras la independencia de ese país y en medio de una grave crisis sanitaria derivada de la guerra colonial francesa, no es una iniciativa espontánea ni una herramienta de propaganda. Es el resultado de una inversión estatal estratégica en dos pilares fundamentales: la formación masiva de médicos y el desarrollo científico-biotecnológico. Estos dos pilares se refuerzan mutuamente, creando un sistema de cooperación internacional sostenible incluso bajo el asedio del bloqueo.
Pilar I: Formación masiva de médicos
En 1959, Cuba contaba con 6286 médicos para 6 millones de habitantes. Tras la emigración de miles de profesionales —resultado directo del rechazo de sectores de la burguesía criolla a la nacionalización de la sanidad y las reformas revolucionarias—, el gobierno revolucionario convirtió la universalización y masificación de la educación médica en una prioridad nacional. El resultado fue un sistema único con la mayor proporción de médicos por población del mundo.
Se crearon veinticuatro facultades de medicina en todas las provincias. El modelo de «formación a través del trabajo», según el cual los estudiantes rotan por policlínicos, hospitales y comunidades desde el primer año, se convirtió en la norma. La especialización obligatoria en medicina familiar fortaleció la atención primaria, y el sistema ahora gradúa a unos 10.000 nuevos médicos al año, además de más de 30.000 profesionales de la salud en general.
Esta masa crítica ha permitido a Cuba mantener su sistema de salud interno, considerado un referente por la OMS, al tiempo que despliega más de 24.000 profesionales en 56 países (datos de 2025).
Pilar II: Desarrollo científico y biotecnológico
Paralelamente, Cuba apostó por la ciencia como eje del desarrollo nacional. Bajo el lema de Fidel de convertir al país en “una nación de mujeres y hombres de ciencia”, se crearon instituciones como el Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología (CIGB), el Centro de Inmunología Molecular (CIM) y el Centro Nacional de Investigaciones Científicas (CENIC). Hoy, el conglomerado BioCubaFarma agrupa a más de 30 centros y emplea a 20.000 personas, muchas de ellas científicas altamente cualificadas.
Sus logros son notables, con numerosos medicamentos únicos en el mundo. Entre ellos se encuentra un fármaco que reduce drásticamente las amputaciones por úlceras del pie diabético: Heberprot-P. La primera vacuna terapéutica del mundo contra el cáncer de pulmón, desarrollada en el CIM —CimaVax-EGF—, ha beneficiado a pacientes en Cuba y en ensayos clínicos en el extranjero. El nimotuzumab es un anticuerpo monoclonal utilizado en tratamientos oncológicos. Y las vacunas soberanas —contra la hepatitis B, la meningitis, y las altamente efectivas Abdala y Soberana contra la COVID-19— han garantizado la soberanía sanitaria incluso bajo un bloqueo reforzado.
Esta capacidad científica no solo protege a la población cubana, sino que también fortalece la solidaridad internacional. Durante la pandemia, Cuba no solo inmunizó a su población, sino que también compartió conocimientos con decenas de países, así como otros medicamentos importantes como el interferón alfa-2b y el Jusvinza.
Programas emblemáticos
Esta doble capacidad –humana y científica– se realiza en programas con impacto global.
La Escuela Latinoamericana de Medicina (ELAM), fundada en 1999 tras los huracanes Mitch y George, ha formado gratuitamente a más de 31.000 médicos de 122 países, priorizando a jóvenes de comunidades rurales, indígenas y marginadas. Como declaró Fidel en su inauguración: «Vamos a demostrar que con la salud se puede hacer más que con las armas». La ELAM no exporta materias primas; exporta capacidad humana con conciencia social.
El Contingente Internacional «Henry Reeve», creado en 2005 tras el cínico rechazo estadounidense a la ayuda cubana tras el huracán Katrina, se ha desplegado en 55 países, atendiendo a más de 8 millones de personas y salvando más de 166.000 vidas. Ha intervenido en Pakistán en respuesta al devastador terremoto que azotó el país (2005), en el brote de ébola en África Occidental (2014), en la pandemia de COVID-19 en Italia, Brasil y Andorra, y en los terremotos de Turquía y Siria (2023). En 2017, recibió el Premio de Salud Pública Dr. Lee Jong-wook de la OMS/OPS.
La Operación Milagro, lanzada en 2004 con Venezuela, ha realizado más de 4 millones de cirugías oculares gratuitas en 34 países, devolviendo la vista a personas que nunca habrían podido acceder a ese tratamiento en el mercado.
El Programa para Niños de Chernóbil, entre 1990 y 2011, atendió a más de 26.000 menores de Ucrania, Bielorrusia y Rusia afectados por la radiación. Fue gratuito e integral (médico, psicológico y recreativo) y generó investigación dosimétrica de reconocimiento internacional.
En el caso de Timor Oriental, tras su independencia en 2002, con tan solo 30 médicos por cada millón de habitantes, Cuba no solo envió brigadas, sino que creó una escuela de medicina desde cero, formando a más de 800 médicos nacionales. Hoy, Timor Oriental es un referente sanitario en Oceanía. Como embajador de Cuba en ese país, conversé con su entonces presidente, Xanana Gusmão, quien me comentó que, con la ayuda de Cuba, su objetivo no solo era superar el número de médicos necesarios para atender a su propia población, sino también ayudar a otros países de la región, tal como lo está haciendo Cuba.
En total, la cooperación médica cubana ha atendido a más de 2.300 millones de personas, salvado 12 millones de vidas, realizado 17 millones de intervenciones quirúrgicas y capacitado a decenas de miles de profesionales en sus respectivos países. Este fenómeno no tiene precedentes en la historia de la humanidad.
III- La respuesta imperial: Persecución, descrédito y resistencia
El éxito de este modelo no ha pasado desapercibido. Para Estados Unidos, la solidaridad médica cubana representa una triple amenaza: política, por su prestigio en el Sur Global; ideológica, por demostrar que existe una globalización más humana; y económica, porque constituye una fuente de divisas para la isla.
Desde la administración Trump, con el senador Marco Rubio como artífice, se ha desatado una campaña de asedio multidimensional: descrédito mediático mediante acusaciones infundadas de «trabajo forzoso», sanciones directas mediante restricciones de visas a funcionarios de países que contratan médicos cubanos y presión diplomática para forzar la ruptura de acuerdos. Esto condujo a la salida de Cuba del programa «Mais Médicos» de Brasil en 2018, como resultado directo de las políticas inhumanas y anticubanas de extrema derecha del expresidente Jair Bolsonaro.
Sin embargo, esta ofensiva ha encontrado una firme resistencia. En 2020, 14 países caribeños emitieron una declaración conjunta rechazando la presión y reafirmando sus compromisos con Cuba. La OMS ha elogiado reiteradamente los esfuerzos cubanos. En 2022, su Director General, Tedros Adhanom, agradeció la solidaridad de los trabajadores sanitarios cubanos que prestaron servicios en otros países durante la pandemia. Gobiernos de África, Asia y América Latina han renovado sus acuerdos, reconociendo que los médicos cubanos son los únicos que atienden a poblaciones remotas y olvidadas.
Así, la batalla también es cognitiva: mientras Washington impone una narrativa de explotación, millones de pacientes agradecidos construyen un verdadero poder blando basado en la gratitud y la legitimidad moral.
IV- Multipolaridad y fraternidad: Hacia un internacionalismo del siglo XXI
En el emergente escenario multipolar, la experiencia cubana adquiere relevancia estratégica. El surgimiento de nuevos polos —China, Rusia, India y un Sur Global articulado— abre intersticios donde pueden expandirse modelos alternativos. Sin embargo, aunque la multipolaridad ya señala el fin de las terribles determinaciones de la unipolaridad imperial, no resolverá automáticamente todos los problemas que obstruyen la solidaridad humana.
Aquí reside la contribución distintiva de Cuba: asumir que la cooperación entre los polos debe basarse en principios de fraternidad concreta y no subordinarse a intereses económicos ni al mercado. Un avance internacional significativo en este ámbito se expresa en las relaciones con China, que hoy giran en torno al noble proyecto de una «comunidad de futuro compartido», que, con matices, coincide con la visión de Fidel.
El desafío es doble: evitar nuevas dependencias (no sustituyendo la dependencia estadounidense por la de otros actores, sino fortaleciendo la soberanía tecnológica, alimentaria y energética) e institucionalizar la fraternidad incorporando sus principios en nuevos mecanismos multilaterales (BRICS, CELAC, ALBA-TCP), promoviendo el comercio en monedas nacionales, redes energéticas compartidas y sistemas farmacéuticos comunes.
En definitiva, la globalización de la fraternidad no es un capricho ideológico. Es la necesidad colectiva de los pueblos del Sur y de las necesidades humanas ante un sistema que, a medida que se agota, se vuelve más agresivo, destructivo e irracional. En un mundo amenazado por pandemias, colapso ecológico y crisis alimentarias, la lógica del capital se revela como un callejón sin salida.
Cuba, a pesar de sus grandes limitaciones, ha demostrado que otra globalización es posible. Cada médico que salva una vida en Haití, cada vacuna compartida en África, cada estudiante que regresa a su comunidad con un título de médico en la mano: son actos de construcción concreta de un mundo fraternal. Es también una afirmación de soberanía moral frente a un imperio que, al gastar billones en bombas, pierde su alma.
La frase «Médicos, no bombas» trasciende el ámbito médico. Es una metáfora completa del socialismo del siglo XXI: educación, no ignorancia; comida, no hambre; libros, no dogmas; y cooperación, no competencia.
Fidel comprendió que esta es la esencia de la batalla decisiva del siglo XXI. Mientras el imperio gasta su capital moral en guerras interminables, Cuba lo acumula en cada vida salvada. La historia absolverá no solo a los revolucionarios cubanos, sino a todos aquellos que defienden —con hechos, no con palabras— la globalización de la fraternidad como único camino hacia un futuro digno para la humanidad.
Bibliografía
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Pedro Monzón Barata, Ex embajador y cónsul general de Cuba en Sao Paulo; investigador del Centro de Investigación de Políticas Internacionales
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