Gaceta Crítica

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El mito del «idealismo» americano (Noam Chomsky y Nathan J. Robinson, 2024) – Historia de la geopolítica estadounidense

Serendipidad, 27 de Enero de 2026

 

En este libro, Chomsky y Robinson hacen un repaso de la geopolítica estadounidense a lo largo de la historia del país, exponiendo la forma en la que las autoridades (en colaboración con los grandes medios de masas) han vendido a su población y al mundo una visión extraordinariamente distorsionada de su política internacional.

En general, las instituciones estadounidenses y sus líderes jamás han aceptado la libertad del resto del mundo de decidir por sí mismo cómo vivir y a qué dirigentes elegir, como cuando Kissinger dijo sobre la victoria de Allende en Chile en 1970: «No veo por qué tenemos que quedarnos de brazos cruzados viendo cómo un país se vuelve comunista debido a la irresponsabilidad de su pueblo. Son asuntos demasiado importantes como para dejar que los votantes chilenos decidan por sí mismos».

No ha sido la única vez en la que políticos estadounidenses han hablado abiertamente de vulnerar la democracia y apoyar a dictaduras, como cuando el senador republicano por Arkansas, Cotton, dijo que «Nadie ha confundido jamás a Diem, Somoza, el sah o Mubarak [todos ellos dictadores apoyados por Estados Unidos] con las Hermanitas de los Pobres […]. Pero lo que importa, en último término, no es tanto si un país es democrático o no, sino más bien si es proamericano o antiamericano.»

Otro ejemplo es el de las elecciones en Palestina en 2006, en las que salió victorioso Hamás. Sobre esto, Hillary Clinton dijo lo siguiente: «Si íbamos a presionar para que se celebraran elecciones, entonces deberíamos habernos asegurado de hacer algo para determinar quién iba a ganarlas».

Esta mentalidad siempre ha sido la norma. Por ejemplo, en 1947 en Japón «Casi 30.000 personas sospechosas de ser izquierdistas fueron purgadas de sus empleos en los sectores público y privado, así como de los centros de enseñanza».

Uno de los casos más agresivos ha sido el de Cuba, donde el periodista Keith Bolender considera que «el pueblo cubano ha soportado durante medio siglo casi todas las formas de terrorismo imaginables».

Algunos de estos crímenes han sido de los peores de los tiempos modernos. En el sudeste asiático Estados Unidos llegó a lanzar «más del triple de las toneladas de explosivos lanzadas en toda la Segunda Guerra Mundial, y su poder conjunto equivalió a más de seiscientos cuarenta Hiroshimas».

Y muchas veces ni siquiera valoraban las vidas que exterminaban. Un soldado estadounidense explicó que en los entrenamientos para la guerra de Vietnam sus superiores les decían «que no debíamos referirnos a ellos [los vietnamitas] como si fueran personas. […] Nos enseñaban a no mostrarles compasión ni piedad». Por su parte, «Robert Martens, que trabajaba como secretario político en la Embajada de Estados Unidos en Yakarta, admitió sin remordimientos haber proporcionado los listados de comunistas que facilitaron su eliminación», en una masacre en la que el gobierno indonesio asesinó a entre medio millón y un millón de personas.

El resultado de esta mentalidad es devastador: «El proyecto Costs of War, de la Universidad Brown, concluyó que las guerras posteriores al 11 de septiembre provocaron casi un millón de muertes por violencia directa y entre 3,6 y 3,8 millones por causas indirectas, además de dejar 38 millones de desplazados, el mayor número desde la Segunda Guerra Mundial.»

Los medios de comunicación estadounidenses suelen participar gustosamente de la desinformación. Por ejemplo,

La revista Times calificó la aniquilación de los comunistas indonesios de «la mejor noticia en años para Occidente en Asia», y The Atlantic aseguró a sus lectores que «al atacar a los comunistas» el «incorruptible» Suharto «solo estaba haciendo lo que creía que era mejor para Indonesia». The New York Times se mostró directamente pletórico, y describió los sucesos como un nuevo «rayo de luz en Asia».

La virulencia con la que los medios atacan a los enemigos de Estados Unidos es tan agresiva, que han llegado a decir, como hizo The New York Times en relación al golpe de Estado en Irán en 1953, que eso debería servir de lección a otros países ricos en recursos naturales para que no surjan gobiernos no afines a los intereses de Estados Unidos. Thomas Friedman, un columnista del New York Times, animó a la OTAN a cometer crímenes contra la humanidad en Kosovo: «Al menos hagamos una guerra aérea de verdad […] Belgrado debería quedar a oscuras: debemos atacar todas sus redes eléctricas, tuberías de agua, puentes, carreteras y fábricas relacionadas con la guerra».

Como mucho critican la forma en la que se desarrollan las guerras iniciadas por Estados Unidos, no sus objetivos. En relación a la guerra de Irak, «En un artículo para The Washington Post sobre el subsecretario de Defensa, Paul Wolfowitz, el periodista David Ignatius lamentaba que el idealismo de este, aunque admirable y basado en principios, lamentablemente no había escapado a la imperfección humana.» Nicholas Kristof, del New York Times, dijo que los iraquíes estaban pagando «un horrible precio por las buenas intenciones de unos conservadores bienintencionados que deseaban liberarlos».

Como explican los autores del libro, «Los medios pueden albergar críticas y debates encendidos, pero siempre en línea con un marco de presuposiciones y principios compartidos que constituyen un poderoso consenso de élite, y que son, en gran medida, interiorizados por los actores individuales sin tan siquiera ser conscientes de ello». «Incluso cuando surge un debate sobre la prudencia o conveniencia del uso de la fuerza militar por parte de Estados Unidos, rara vez se discute si, para empezar, nuestro país tiene derecho a emplear la fuerza.»

Mientras tanto, la disidencia es duramente perseguida. Según explicó la reportera de la NPR Sarah Chayes sobre la guerra de Afganistán, «los medios de comunicación estadounidenses eran reacios a transmitir noticias negativas sobre la guerra, y un corresponsal de la CNN afirmaba que se le había ordenado no filmar a las víctimas civiles». «Un editor de la NPR llegó incluso a acusar a Chayes de «difundir propaganda talibán» y sugirió que sus fuentes, seguramente, eran «pro-Bin Laden».»

La conclusión a la que llegan Chomsky y Robinson es que las autoridades en Estados Unidos, como las de cualquier otro país, no se preocupan lo más mínimo por los derechos humanos, sino por los intereses de sus élites. Según ellos, «Una y otra vez, han surgido oportunidades para la diplomacia y la negociación que, si bien no eran garantía de éxito, sí ofrecían al menos posibilidades prometedoras, y que fueron descartadas y abandonadas en favor del uso de la fuerza y la violencia.» No solo eso, «Cuando los derechos de los inversores están en riesgo, la democracia tiene que desaparecer. Pero cuando esos derechos están asegurados, hasta los mayores asesinos y torturadores resultan perfectamente aceptables.»

Por su extraordinaria abundancia de evidencias sólidas, rigurosas y bien documentadas, y por su coherencia y honestidad intelectual, considero que este es un libro imprescindible para entender la geopolítica estadounidense.

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