Alvaro Garcia Linera (BLOG DEL AUTOR), 25 de Enero de 2026

La izquierda y el progresismo pueden recuperar el gobierno, pero está claro que no lo harán repitiendo viejos esquemas ni pasados errores
Hace 124 años Lenin redactaba un memorable texto con ese título que, décadas después y de manera errónea, se convirtió en un modelo de organización política a replicar en cada país. Sin embargo, lo verdaderamente aleccionador de ese escrito es el fascinante entrelazamiento entre una inquebrantable voluntad de transformar el poder del Estado y la apasionante devoción por el “análisis concreto de cada situación concreta”.
Hoy, y como siempre será, los inconformes con la realidad que nos rodea nos volvemos a hacer la misma dramática pregunta: ¿qué hacer ante sociedades cada vez más injustas, racistas y autoritarias? ¿Qué hacer ante un mundo en el que las crueldades humanas desbocadas se pavonean en medio de una repugnante impunidad pública? ¿Qué hacer ante un “orden” internacional salvaje en el que la brutalidad de la fuerza es la única ley que impera?
Refugiarse en una pequeña comuna de iguales, supuestamente autárquica, a la espera de sobrevivir al apocalipsis global, es simplemente abdicar de nuestras responsabilidades con la sociedad, con la vida en común que nos une con todos los miembros de un país; luego, del mundo.
La izquierda y el progresismo que excepcionalmente llegan al gobierno lo hacen, porque proponen resolver las penurias económicas de las mayorías populares: inflación, desempleo, bajos salarios, inaccesibilidad a bienes
Y los depositarios de la mayoría de las cosas comunes que tienen las personas de un país son los Estados. Sí, esas aves Fénix que hoy vuelven a levantarse de entre los escombros del fallido “libre mercado global” y que, cual enfurecidos Leviatanes geopolíticos, se lanzan unos contra otros en guerras arancelarias, invasiones, chantajes y neocolonialismos tardíos. Pero, paradójicamente, son también esos Estados, esas “bestias magníficas” (Foucault), los que centralizan las riquezas comunes de la sociedad, las conquistas colectivas, los derechos de todos. Y en este nuevo ciclo histórico de Estados hobbesianos enfrentados, esos poderes económicos y políticos, que monopolizan son imprescindibles para sobrevivir como sociedades y, por supuesto, para apuntalar nuevos derechos y justicias sociales emergentes de las venideras luchas colectivas.
Por ello, allá donde la izquierda ha llegado al gobierno, la primera y central tarea es la economía doméstica. Solo si se aborda prioritariamente este punto fundamental para las mayorías populares, los otros temas —identidad, medioambientales, reconocimientos, etcétera— pueden tener un soporte material que garantice, que sean asumidos por las políticas públicas.
La economía, y solo la economía, es la clave de la estabilidad y continuidad de cualquier proyecto político de izquierdas. La propia soberanía ya no es un acuerdo de cumplimiento universal, porque ya no hay legalidad internacional. Solo existe el respeto que emerge de la fuerza estatal (económica y política) y esta es el resultado de su densidad infraestructural en el territorio; de la alta cohesión social emergente del bienestar económico; de un industrialismo expansivo y de la capacidad de defenderse infringiendo daño al Estado agresor.
La izquierda y el progresismo que excepcionalmente llegan al gobierno lo hacen, porque proponen resolver las penurias económicas de las mayorías populares: inflación, desempleo, bajos salarios, inaccesibilidad a bienes. Y de manera rápida tienen que cumplir. Cuando se llega al gobierno, siempre se lo hace envuelto en un tiempo prudente de tolerancia y esperanza social ante la novedad. Este no puede desperdiciarse y hay que tomar inmediatamente el primer paquete de medidas, que eliminen los agobios económicos más sentidos de la población. Esto asienta materialmente la esperanza popular y extiende su temporalidad.
En ocasiones, una parte de los problemas de seguridad son formas metamorfoseadas de problemas económicos. Es el caso de las pandillas salvadoreñas, que pusieron en jaque los pequeños ingresos y la pequeña propiedad de una gran parte de la sociedad. Ante la parálisis de la izquierda para resolver este problema, la brutal respuesta punitiva de la extrema derecha, con sus cárceles, resolvió una desesperación económica.
Luego, la gestión de gobierno tiene que presentar escalonadamente nuevos logros económicos favorables a las amplias mayorías sociales: mejoras salariales, acceso a la salud gratuita, a la vivienda, a créditos baratos, a educación superior, etcétera. La acción colectiva siempre es una apertura a nuevos derechos y conquistas materiales y hay que acompañarla. Para la izquierda, detenerse y creer que son suficientes los primeros beneficios alcanzados al inicio de la gestión es el comienzo de la derrota. La izquierda está obligada a avanzar: a pequeños pasos, a veces a saltos, pero avanzar en nuevas medidas, que mejoren los ingresos económicos populares.
En tiempos de crisis económica no hay nada más devastador políticamente que no haber solucionado esas penurias o, peor aún, haberlas profundizado
Al inicio, todo ello es posible hacerlo con un reajuste del sistema económico heredado, subiendo impuestos a los ricos (inversión extranjera y oligarquías), mejorando el sistema recaudatorio, canalizando el ahorro bancario hacia las clases menesterosas, etcétera. Pero con el tiempo será insuficiente para mantener las expectativas aspiracionales. Para ello, hay que pasar a un plan estratégico de reformas económicas de segunda generación, que doten de una base productiva a las políticas redistributivas.
Eso significa mirar al país en el plazo de los próximos treinta o cincuenta años, ampliando la trama de actividades productivas nacionales. La falaz consigna de los “nichos de oportunidad”, en la que los países se especializaban en un reducido número de actividades (en América Latina, meramente de materias primas y maquila), dejando al libre mercado el abastecimiento barato de los otros consumos, fue una desastrosa mutilación que desindustrializó a la mayoría de los países que la adoptaron. Solo una base industriosa nacional puede generar y, por lo tanto, redistribuir más riqueza. Solo una economía nacional vigorosa puede defender a los países de las agresiones, humillaciones y chantajes de otros Estados. Y tiene que darse como productivismo industrioso para el mercado interno y los mercados regionales, además de como un productivismo en los servicios en los que se encuentra la mayoría de la población.
En este escenario, el Estado tiene que desempeñar un papel protagónico en áreas selectas de alta inversión y valor agregado, así como en el apoyo a empresas privadas grandes, medianas, pequeñas y comunales, bajo la forma de créditos a bajos tipos de interés, especialización laboral, apertura de mercados externos, impulso a cadenas de valor, renovación tecnológica, digitalización, etcétera.
En el caso del progresismo y las izquierdas, que perdieron el gobierno y buscan retomarlo, el panorama es mucho más complicado (Argentina, Bolivia, Ecuador, Chile, El Salvador, Honduras…). Con seguridad, su derrota fue fruto de sus propios actos, de la frustración que generaron sus timoratas medidas de reforma y, claro, de las penurias económicas que se intensificaron sobre las mayorías laborales del país.
En tiempos de crisis económica no hay nada más devastador políticamente que no haber solucionado esas penurias o, peor aún, haberlas profundizado.
Si el mundo ya hubiera resuelto cuál es el modelo de crecimiento económico expansivo, que va a sustituir al neoliberalismo y al “Consenso de Washington”, hoy afirmaría que la izquierda tiene que adecuarse a una estrategia de acumulación de resistencias intersticiales en un horizonte de veinte o treinta años, tal como sucedió en las décadas de 1980 y 1990, y que, después de un largo desierto, su nueva oportunidad se anunciará con inéditas rebeliones sociales y liderazgos políticos totalmente nuevos, como los que emergieron al despuntar el siglo XXI.
Una izquierda o progresismo derrotados electoralmente son, temporalmente, una organización sin proyecto alternativo para resolver la actual crisis; devaluada en el apego popular y estigmatizada con todos los males universalmente existentes
Pero no. El mundo aún no ha superado la etapa liminal de la transición del régimen de acumulación. Aún no existe mundialmente un modelo hegemónico y expansivo de economía capaz de articular a los distintos fragmentos, que giran en su campo gravitacional y, por tanto, por un tiempo más, tendremos una superposición coetánea de oleadas controladas de izquierdas y derechas, sin que ninguna todavía se estabilice duraderamente.
Pero una izquierda o progresismo derrotados electoralmente son, temporalmente, una organización sin proyecto alternativo para resolver la actual crisis; devaluada en el apego popular y estigmatizada con todos los males universalmente existentes. Es el inevitable escarnio de los vencidos. Y encima, si su respuesta a la crisis económica que hoy azota a los países es la misma política de “ajuste estructural”, que está aplicando la derecha, solo que “gradualmente”, con “diálogo” o “rostro humano”, esto es una señal lapidaria del descalabro político y moral en el que esa izquierda se encuentra.
A su favor está el recuerdo de una anterior buena gestión gubernamental y, en algunos casos, de liderazgos carismáticos en su etapa tardía (Argentina, Bolivia, Ecuador). Esto garantiza una base mínima de adherencia política en sectores populares de más de 40 años, que se beneficiaron del ciclo progresista, así como un liderazgo fuerte y ciertos niveles de organización alrededor del líder. Es un buen piso mínimo para las batallas venideras. Pero solo con eso ya no se ganan elecciones ni se cambia el curso político de un país. No es esperanza de un porvenir: es melancolía. Aunque, claro, sin eso tampoco se puede llegar al gobierno.
Un proyecto de poder requiere romper la actual situación de minoría política influyente en la que se halla el progresismo. Se necesita ambicionar llegar a ser una mayoría social y política de poder estatal. Para ello, la simple denuncia de las crueldades de los gobiernos de derecha es un defensivismo sin vocación de poder.
A la crítica tiene que acompañarle el desarrollo contencioso de un proyecto de reformas viables y efectivas que resuelvan, práctica y convincentemente, los principales problemas económicos, que otra vez agobian a las clases populares: inflación, bajos salarios, empleo, acceso a vivienda, servicios básicos, crédito laboral, desigualdad, educación pública de calidad, etcétera.
¿Cómo lograrlo sin ajuste fiscal, sin privatizar los bienes públicos, sin vasallaje externo o nuevas inflaciones? Y, lo más difícil, ¿cómo hacerlo sostenible en el tiempo?
Para eso, obligatoriamente deben proponerse a la sociedad reformas progresistas de segunda generación de carácter productivista, que expandan la autosuficiencia económica en ciertas ramas, cadenas de valor regionales en otras y apertura general de mercados solo en lo indispensable. Ello, por justicia, deberá ser acompañado por audaces impuestos a las grandes fortunas.
Pero no basta elaborar un programa de transformaciones económicas para que este “prenda” en la sociedad. Hace más de cien años, una diminuta izquierda testimonial ha redactado su “programa mínimo” y “máximo” de la revolución social y espera en su atalaya a que las masas sufrientes, algún día, salgan de su “ignorancia” y se “eleven” a la altura del programa. Y pasarán mil años sin que nada suceda.
Un programa de reformas alternativo no es un tema de elucubración de la cúpula. Debe escarbar en las emociones vitales más profundas de la gente corriente. Debe aprender de las expectativas soterradas de los múltiples segmentos laboriosos y debe ser capaz de comprimir en una frase la experiencia y la pulsión más íntima de las mayorías sociales. Se trata del “mágico” paso de lo sensible a lo inteligible. Solo así abandonará la letra muerta para transformarse en esperanza realista, audaz y movilizadora, comprendiendo que la radicalidad de un programa solo puede ser resultado de la radicalidad de la experiencia y la acción colectiva, no al revés.
Pero, además —y esta es la segunda gran tarea—, debe foguearse, ponerse a prueba, reformularse y enriquecerse en el debate público: en las asambleas sindicales y barriales, en las conferencias académicas, en los platós televisivos, en TikTok, WhatsApp y las redes penetradas, asediadas y ocupadas por un ejército de activistas del pensamiento, de la palabra, de la imagen creativa y de la polémica.
El líder carismático es insuficiente, pero necesario para la victoria, lo que supone buscar esquemas flexibles de cogobierno con líderes emergentes y autónomos, poseedores de un capital político-electoral propio
Se trata de ideas, que deben devenir ideas fuerza de la sociedad a partir de una lúcida y desesperada batalla cultural desplegada en todos los terrenos posibles: desde los más diminutos e insignificantes hasta los más masivos; desde los más divertidos y recreativos hasta los más sobrios y rígidos.
La eficacia de esta irradiación cognitiva será mayor, si una nueva generación de productores de sentido también entra en escena. En las crisis, la gente valora los rostros nuevos. También mejorará, si entre ellos hay enunciadores que poseen capital simbólico propio, no emanado de la estructura partidaria, pero que ahora se articula a una red de formación de nuevos sentidos comunes. Son ellos los que podrán llegar con más facilidad a quienes no son militantes (la mayoría social) o están desencantados. A su vez, los viejos cuadros de la militancia son más efectivos para cohesionar el bloque social que se articula con el líder o la líder carismática.
En todos los casos, la facultad irradiadora de las nuevas ideas fuerza será directamente proporcional a la frustración y el desapego político de la sociedad hacia el gobierno. Y ello solo podrá emerger gradualmente de fallidos o débiles resultados económicos, que beneficien a la población. Pero no olvidemos que un gobierno de derechas pudo llegar al poder, porque inicialmente resolvió algún tema económico prioritario para la gente (inflación), aunque lo haya hecho a costa de deteriorar otros componentes de la economía popular (salarios, derechos, servicios). Sin embargo, eso no afectó estructuralmente su estabilidad política. Por un tiempo. Es el coste provisional de una “esperanza” colectiva de mejores días.
Solo cuando ese deterioro de las condiciones de vida carece de un imaginado futuro redentor deja de ser un coste plausible de la esperanza popular y deviene en fracaso. Mas eso no es inmediato: requiere un tiempo. Ahí, y solo ahí, las nuevas ideas fuerza de la izquierda y el progresismo pueden sustituir gradualmente las lealtades populares dominantes.
Finalmente, para que todos estos esfuerzos de formación de una nueva mayoría política converjan, se requiere resolver una transición pactada del liderazgo carismático al rutinario. El líder carismático es insuficiente, pero necesario para la victoria, lo que supone buscar esquemas flexibles de cogobierno con líderes emergentes y autónomos, poseedores de un capital político-electoral propio. Se trata de un bicefalismo en la sombra: con un líder rutinario con suficiente poder en las candidaturas y en la imprescindible forma unitaria del gobierno de Estado, pero, a la vez, la realidad subyacente de un poder compartido con el líder carismático en determinados espacios del partido, de otras candidaturas y del propio gobierno, a través de terceros.
La izquierda y el progresismo pueden recuperar el gobierno, pero está claro que no lo harán repitiendo viejos esquemas ni pasados errores.
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