Gaceta Crítica

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Por qué emigra tanta gente israelí

Hila Amit (+972 Magazine), 25 de Enero de 2026

Por qué emigra tanta gente israelí

Más de 150.000 ciudadanos y ciudadanas han abandonado el país en los dos últimos años, en muchos casos solo con billete de ida y sin planes para volver.

A partir de la creación de Israel en 1948, sus dirigentes consideraban que el crecimiento de la población judía era fundamental para la supervivencia del proyecto sionista: una manera de asegurar duraderamente la mayoría demográfica sobre la población palestina y una base estable de reclutamiento para defender las fronteras del país. Además de los esfuerzos por incrementar las tasas de natalidad, la promoción de la inmigración de personas judías ha sido un elemento central de esta estrategia. Se estableció la adquisición casi automática de la nacionalidad al amparo de la Ley del Retorno y se crearon incentivos económicos a fin de atraerlas desde todo el mundo y arraigarlas para siempre en el nuevo Estado.

El reverso de la moneda de esta política era la respuesta del Estado a quienes emigraban, respuesta que a menudo era abiertamente hostil. La emigración judía era calificada oficialmente de yordim  -los que se vienen abajo-, un término acuñado por oposición a olim, los que “ascienden” al inmigrar en Israel.

La jerarquía moral implícita en este lenguaje enmarcaba la emigración como un fracaso personal y nacional, y no como una elección de vida neutral (vale la pena señalar, por ejemplo, que Israel no permite a los ciudadanos en el extranjero votar en las elecciones, lo que hace que esta decisión tenga efectos concretos). En 1976, el entonces primer ministro Yitzhak Rabin denigró a los emigrantes judíos calificándolos de “frutos de los débiles”, un comentario que reflejaba el desprecio predominante del Estado hacia aquellos que decidían marcharse.

Con casi la mitad de la población judía mundial viviendo ahora en Israel, este proyecto puede considerarse, en muchos aspectos, un éxito. Sin embargo, la historia de Israel también se ha visto marcada por recurrentes oleadas de emigración, normalmente provocadas por momentos de crisis. Las recesiones económicas, como la de 1966-1967, y las crisis de seguridad, como la guerra de Yom Kippur de 1973, llevaron a un número significativo de judíos a abandonar el país.

La emigración se convirtió en un tema aún más polémico en el discurso público israelí a principios de la década de 2000, cuando el Estado comenzó a realizar un seguimiento más estrecho de las salidas. Este periodo, que coincidió con la Segunda Intifada, registró una emigración cada vez más numerosa de jóvenes israelíes laicos de clase media y alta, lo que se denominó “fuga de cerebros”. El fenómeno generó una preocupación generalizada en el mundo académico israelí y en los principales medios de comunicación, donde se caracterizó en gran medida en términos culturales y económicos. En respuesta, el Estado lanzó campañas financiadas con fondos públicos destinadas a animar a los emigrantes a regresar, lo que supuso un cambio con respecto a su anterior enfoque exclusivo en atraer a judíos que nunca habían vivido en Israel.

Sin embargo, en los últimos dos años se ha producido una ola de salidas totalmente diferente, que representa una ruptura decisiva con la concepción anterior de la emigración. El cambio comenzó mucho antes del 7 de octubre, impulsado en parte por el Gobierno de extrema derecha de Benjamin Netanyahu y sus esfuerzos por debilitar el poder judicial. Pero el éxodo que siguió al ataque de Hamás y la posterior ofensiva genocida de Israel contra Gaza transformó la salida en algo más abrupto y urgente. Cada vez más, los israelíes no solo se marchan, sino que huyen, comprando billetes de ida con tan solo unos días de antelación, a menudo sin intención de volver.

Según un informe de la Knesset de octubre de 2025, la emigración israelí se disparó en 2023, con 82.800 personas que abandonaron el país con proyectos de estancias prolongadas en el extranjero, lo que supone un aumento del 44 % con respecto al año anterior. En octubre de 2023 se produjo un aumento especialmente acusado tras el estallido de la guerra. El éxodo continuó en 2024, con casi 50.000 salidas registradas solo en los primeros ocho meses. Por primera vez, Israel registró más emigrantes a largo plazo que repatriados, y 2023 marcó la mayor diferencia entre salidas y retornos en la historia del Estado.

La tendencia se mantuvo en 2025. En su informe de fin de año, la Oficina Central de Estadística de Israel reveló que casi 70.000 israelíes abandonaron el país a lo largo del año, mientras que solo 19.000 regresaron. Estas cifras fueron corroboradas por un informe publicado por el Centro Taub de Estudios de Política Social, que reveló que, tras años de aumento constante, el crecimiento demográfico de Israel se ralentizó en 2025. Los investigadores atribuyeron este cambio principalmente al fuerte aumento de la emigración, junto con la disminución de las tasas de fertilidad y el aumento de la mortalidad relacionado con la guerra.

En total, más de 150.000 israelíes han abandonado el país tan solo en los últimos dos años, cifra que asciende a más de 200.000 desde que el actual Gobierno llegó al poder.

Para este artículo he entrevistado a varios judíos israelíes que han abandonado el país en los últimos dos años. Sus testimonios apuntan a una profunda pérdida de fe en el propio proyecto sionista, lo que podría indicar un desmoronamiento sistémico más amplio. La emigración masiva durante lo que el Estado califica de crisis existencial pone de manifiesto una contradicción fundamental: si Israel está destinado a servir de refugio seguro para los judíos, ¿por qué tantos deciden irse? Este éxodo desafía los principios básicos de la ideología sionista y revela los límites de las narrativas de responsabilidad colectiva que durante mucho tiempo han unido a la sociedad israelí.

“Realmente no queda nada que arreglar”

Durante años, Asaf, de 44 años, creyó que aún era posible un cambio significativo en Israel-Palestina. Él y su esposa, junto con otros padres y madres, ayudaron a fundar la escuela bilingüe árabe-hebrea de Jaffa. Trabajó de periodista en Haaretz, considerado uno de los pocos medios de comunicación de izquierda de Israel, antes de dimitir en 2021, indignado por lo que describió como la negativa de sus editores a reflejar con precisión la violencia contra los palestinos en Jaffa durante los disturbios masivos de mayo de ese año. La familia tomó la decisión deliberada de vivir en Jaffa, con su gran población palestino-israelí, en lugar de los barrios judíos segregados típicos de la mayoría de las ciudades israelíes.

El 7 de octubre y todo lo que siguió acabó con lo que quedaba de la determinación de Asaf de quedarse. A las 7:20 de la mañana de ese día, Asaf reservó billetes de avión para él, su mujer y sus dos hijas. Al día siguiente, sobre el mediodía, se subieron a uno de los últimos vuelos que salían del país operados por una aerolínea no israelí, cada uno con una sola pieza de equipaje de mano. El apartamento de un amigo en Berlín les esperaba para la primera semana.

Dos años después, Asaf no ha regresado, ni siquiera de visita. Su esposa volvió varias veces para recoger sus pertenencias y resolver algunos asuntos, pero la decisión de quedarse en Alemania se tomó ya en diciembre de 2023. Durante esos tres primeros meses, la familia se mudó seis veces de apartamento, y Asaf perdió su trabajo después de que su empleador israelí le exigiera que residiera físicamente en Israel, una condición que según él tenía motivaciones políticas.

“No me hacía ilusiones sobre la realidad, sobre lo jodidas y terribles que estaban las cosas, incluso antes de la guerra”, cuenta Asaf a +972. “Sabíamos que el sistema educativo se estaba desmoronando, que el sistema sanitario se estaba desintegrando. Y sabíamos que el ejército cometía principalmente crímenes de guerra. Pero aún existía la ilusión de que, a pesar de todo, el ejército cumpliría al menos con lo mínimo: proteger a los civiles israelíes. En la tarde del 7 de octubre, comprendimos que ni siquiera eso era cierto. Si incluso eso se ha roto, realmente no queda nada que arreglar.”

Asaf se dio cuenta de otra cosa en ese fatídico día. “Muchos israelíes empezaron a decir cosas horribles, hablando abiertamente de asesinar a gente en Gaza. Eso no había ocurrido antes”, recuerda. “Han pasado dos años y no he vuelto. Me da miedo caminar por las calles allí, sabiendo que tanta gente a mi alrededor ha participado en esto. […] No es que surgiera de la nada”, añade. “Todo esto ya estaba ahí, gestándose. Pero de repente todo salió a la luz. Ver cómo toda una sociedad se convertía en nazi fue aterrador.”

“Sé que viviré en el exilio hasta el final de mis días”

En los días previos al 7 de octubre, Arye, de 73 años, y su esposa ya habían planeado una visita a Berlín, pero aún no habían reservado los billetes. “La cuestión de mudarnos a Berlín ya estaba en el aire antes de la guerra”, dice. “[Mi esposa y yo] estamos jubilados y nuestro único hijo vive aquí. Pensamos en alternar temporadas.”

Mientras veían las noticias esa mañana, comenzaron a seguir los vuelos y se dieron cuenta de que las aerolíneas extranjeras estaban cancelando rápidamente las rutas hacia y desde Israel. En cuestión de horas, tomaron la decisión repentina de marcharse antes de lo previsto y consiguieron billetes de ida en El Al para un vuelo diez días después. “Hasta el 7 de octubre no veía ninguna razón para abandonar completamente el país”, dice.

Pero tan pronto como comenzó la guerra, Arye comprendió hacia dónde apuntaban las cosas. “Ya en noviembre de 2023, un mes después de nuestra llegada, decidí que no quería ser parte del genocidio que Israel había comenzado a llevar a cabo”, continúa. “Sentí que la única forma, o al menos la mejor, de no ser cómplice de este crimen era abandonar el país.”

Arye permaneció en Alemania durante los 90 días que le permitía su visado de turista, tras lo cual él y su esposa regresaron brevemente a Israel con la intención de recoger sus pertenencias y trasladarse definitivamente. Su esposa tiene la nacionalidad alemana, lo que simplificó el proceso. Unos meses más tarde, en mayo de 2024, regresaron a Berlín para siempre. Le pregunto cómo era empezar de nuevo a una edad avanzada, dejando atrás una comunidad familiar y toda una vida.

“No quiero parecer exagerado, pero está bien. Como jubilados, no necesitamos construir una carrera ni buscar un medio de vida. Lo único que tenemos que hacer es elegir entre la infinita oferta de eventos culturales”, contesta Arye. “Mi esposa sabe alemán; yo no. Estoy intentando aprender, pero no es fácil. Sé que nunca seré alemán, que viviré en el exilio hasta el final de mis días. Pero no soy el primero”, continúa. “Y para ser exiliados, vivimos de la forma más privilegiada posible. Nuestros ingresos no han cambiado: teníamos dos pensiones en Israel y, como personas mayores, recibimos subsidios de vejez del Instituto Nacional de Seguros de Israel. También alquilamos un apartamento en Jerusalén. Mientras la economía israelí no se derrumbe, estamos bien.”

Arye recordó que sus amigos en Israel estaban preocupados de que él y su esposa se sintieran aislados. “Nos preguntaban: ¿quiénes serán vuestros amigos en Berlín? ¿Con quién iréis al cine o al teatro?” Sin embargo, esa preocupación pronto resultó infundada. “Cuando llegamos, descubrimos algo muy interesante: muchas parejas de nuestra edad procedentes de Israel también se habían mudado a Berlín, personas preocupadas por exactamente las mismas cosas, que buscaban constantemente a otras personas como ellas.”

Hoy en día, Arye y su esposa se relacionan habitualmente con tres parejas israelíes en Berlín, todas ellas llegadas en los últimos dos años. “No conocíamos a ninguna de ellas en Israel”, dice. “Todas pertenecen al mismo ideario político.”

Como residente en Berlín, yo conocía un grupo de Facebook que conectaba a jubilados israelíes en la ciudad. Cuando le pregunté a Arye si se había unido a él, me dijo que deliberadamente se había mantenido al margen: el grupo, explicó, tenía vínculos con el Ministerio de Ascenso e Integración de Israel, y él no tenía ningún interés en participar en nada relacionado con el Estado israelí.

Más tarde supe que, aunque el grupo fue creado inicialmente por particulares, pronto recibió el apoyo de una organización llamada Zusammen (“Juntos” en alemán). Un artículo reciente de Haaretz reveló que la organización paraguas que gestiona Zusammen e iniciativas similares en toda Europa, la Comunidad Israelí en Europa (ICE), está fuertemente financiada por el Gobierno israelí. Este es solo un ejemplo de cómo las instituciones estatales israelíes siguen penetrando en la vida de los ciudadanos que han decidido marcharse.

Proteger a los niños

Mordejái, de 42 años, abandonó Israel con su mujer y sus dos hijos el 12 de octubre de 2023. Al igual que muchos otros emigrantes que hablaron con +972, afirma que la decisión se tomó espontáneamente. Según cuenta, mientras seguían las noticias el 7 de octubre, quedó claro que no estaban seguros, “que nadie nos protegía”. Reservaron el primer vuelo asequible que encontraron para salir del país y aterrizaron en Chipre, trasladándose a Atenas unos días más tarde. En noviembre, sabían que no volverían. “En algún momento comprendimos que este capítulo de nuestras vidas en Israel había terminado”, dice. “Queríamos normalidad para nuestros hijos.”

Su decisión también estuvo motivada por la preocupación por su seguridad personal, relacionada con su activismo político. Mordejái había sido voluntario durante años en una ONG que transportaba a pacientes palestinos desde Cisjordania a hospitales dentro de Israel y trabajaba para una organización que gestionaba escuelas bilingües. En las semanas posteriores al 7 de octubre, vio cómo sus compañeros activistas se convertían cada vez más en objetivos. “Hubo un periodista que casi fue linchado por criticar lo que los soldados israelíes estaban haciendo en Gaza”, dice. “Nuestras opiniones políticas eran públicas, tanto en las redes sociales como a través de nuestro trabajo. Realmente nos sentíamos inseguros.”

Mordejái añadió que marcharse también era una forma de alejar a sus hijos de “las manos del ejército”. Sus hijos ahora están instalados en Grecia y se sienten aliviados de no tener que enfrentarse al servicio militar obligatorio de Israel. Según él, la comunidad judía de Atenas se movilizó para apoyar a muchos de los israelíes que llegaron a la ciudad tras el 7 de octubre.

Noga, de 53 años, se marchó de Israel a Italia un año después del 7 de octubre, con sus dos hijos. Al igual que Mordejái, tomó la decisión por el deseo de evitar que sus hijos fueran reclutados. “Mi hijo tenía 14 años cuando nos marchamos”, dice. “Temía que, si nos quedábamos, pasaría por un sistema escolar muy militarista y nacionalista ‒el lavado de cerebro, la presión social ‒ y acabaría queriendo alistarse.”

Desde los primeros días de la guerra, cuenta Noga, temía la magnitud de la devastación que Israel desataría en Gaza. Sin embargo, lo que finalmente la empujó a marcharse no fue solo la guerra en sí, sino la reacción de su propia comunidad durante el primer año del genocidio. “Todo el mundo está en modo negación, como si no hubiera guerra, como si no estuvieran matando a 30 niños cada día”, dice, describiendo las reuniones con amigos en las que las conversaciones mundanas eclipsaban cualquier reconocimiento de lo que estaba sucediendo en Gaza. “Hablaban de a qué restaurante ir el sábado por la mañana, qué hacer con los niños. Nadie hablaba de lo que nosotros,            como sociedad, estamos haciendo en Gaza.”

“No podía formar parte de esa sociedad y no quiero que mis hijos crezcan en ella”, añade Noga. “Estamos criando a nuestros hijos en medio de esto y ni siquiera hablamos de ello. Me sentía completamente sola, como si no pudiera decir nada. Me veía obligada a participar en esta falsa normalidad.”

¿Quién puede marcharse?

Es importante destacar que la mayoría de los israelíes entrevistados para este artículo son judíos ashkenazíes, miembros del grupo hegemónico del país. Muchos tienen doble nacionalidad, a menudo obtenida gracias a su ascendencia europea vinculada a familias que sobrevivieron al Holocausto. No obstante, quienes no tienen un segundo pasaporte han podido crear vías de salida a través de la educación superior, la movilidad profesional o la nacionalidad de su cónyuge.

Al mismo tiempo, también es fundamental señalar que amplios segmentos de la población judía de Israel, en su mayoría judíos de origen no ashkenazí, carecen de opciones realistas para emigrar. Este grupo, que constituye aproximadamente la mitad de la población judía de Israel, está formado en gran parte por descendientes de judíos traídos a Israel por las autoridades estatales en 1949-1950 desde Oriente Medio, África y Asia. En los primeros años de Israel, fueron utilizados como peones para aumentar la proporción demográfica judía de la población y desde entonces han sido objeto de una discriminación social y económica persistente y bien documentada.

Sin embargo, independientemente de estas jerarquías internas, ambos grupos están mucho menos expuestos que los palestinos a la violencia diaria que Israel desata en todo el territorio. Además, los ciudadanos judíos israelíes conservan la posibilidad de marcharse ‒incluso temporalmente‒ y regresar cuando lo deseen (de hecho, los israelíes que regresan tras largas estancias en el extranjero tienen derecho a generosas prestaciones estatales). En este sentido, la ciudadanía israelí funciona como una forma de privilegio colonial: otorga a los miembros del grupo hegemónico la capacidad de abandonar el proyecto cuando sus costes políticos y materiales se vuelven insoportables.

Varios entrevistados reflexionaron abiertamente sobre este privilegio. Noga, una madre soltera, dice que carecía de la capacidad económica y emocional para convertirse en activista a tiempo completo. “Lo más noble es quedarse y proteger físicamente a la gente palestina”, señala, “pero yo no podía hacerlo de forma realista. Quedarte, vivir allí tu vida cotidiana con los niños, te obliga a participar y a normalizar la situación con tu mera presencia.”

Otros, como Asaf y Mordejái, que habían pasado años oponiéndose al apartheid y a la ocupación desde dentro de la sociedad israelí, afirman haber llegado a un punto de agotamiento político. Sentían que habían hecho todo lo que estaba en su mano y que simplemente no había suficiente gente en la izquierda israelí para lograr un cambio significativo. “Sí, podría quedarme allí y morir allí y dejar que mis hijos murieran allí”, dice Asaf. “Pero eso no impedirá que se produzcan los horrores.”

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