Gaceta Crítica

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Los alemanes leen a Carl Schmitt entre las ruinas del atlantismo

Ian Klinke (JACOBIN), 25 de Enero de 2026

A medida que el polvo se asienta en Caracas y Copenhague cae en la cuenta, también los alemanes se enfrentan a la sobria perspectiva de un nuevo orden mundial. Pero hay una diferencia. Un mundo de espacios continentales no resulta nada nuevo para ellos. Lo ideó un alemán.

Cuatro décadas después de su muerte, Carl Schmitt, teórico del autoritarismo y crítico del liberalismo, está experimentando un renacimiento sostenido. Schmitt, un nazi vinculado a la España franquista, no solo es venerado hoy en día por los neofascistas rusos y franceses. También en los Estados Unidos, país cuyas tendencias universalizadoras él despreciaba, Schmitt ha adquirido un considerable club de admiradores que cuenta entre sus filas con integralistas y paleoconservadores, con el fundador de PayPal y el vicepresidente norteamericano.

Sin embargo, no fueron los norteamericanos, sino los alemanes quienes acudieron en masa a Schmitt a principios de enero. Muchos de los principales periódicos y revistas del país han publicado en los últimos días artículos en los que se menciona a Schmitt en relación con la «Doctrina Donroe» y el renacimiento más general de la geopolítica.

El politólogo Herfried Münkler, cuyos libros han llegado a manos de Angela Merkel y Ursula von der Leyen, fue uno de los primeros en señalar los escritos geopolíticos de Schmitt como clave para descifrar el momento actual. Al igual que otros, ve en un mundo de bloques regionales organizados en torno a esferas de influencia la realización del esquema de Schmitt.

Centristas como Münkler no están solos. Tras el secuestro de Nicolás Maduro, la extrema derecha germanoparlante también ha acudido en masa a un panfleto de 1939 en el que Schmitt proponía un orden inspirado en la Doctrina Monroe norteamericano. No solo el radical Maximilian «Mad Max» Krah, de Alternativa para Alemania (AfD), acogió con satisfacción una nueva Großraumordnung (orden de los grandes espacios) schmittiana en X. El activista austriaco Martin Sellner, alias «Señor Reemigración», pedía asimismo una doctrina Monroe europea:

Geopolítica schmittiana

Schmitt y la extrema derecha AfD: esa es una alineación seria. Y no solo los partidarios de la línea dura de la AfD, como Krah y Björn Höcke (a quien se puede llamar fascista con toda justicia, según una sentencia judicial), admiran a Schmitt. El vicepresidente del grupo parlamentario, Markus Frohnmaier, afín al Partido Republicano, también ha experimentado una reordenación schmittiana. Hasta a la elegante y más presentable líder de la AfD, Alice Weidel, le gusta hacer referencia al teórico nazi. Si nos adentramos en los círculos intelectuales que rodean al ideólogo de la AfD Götz Kubitschek y su editorial, Antaios, la veneración por Schmitt se vuelve aún más dominante.

A medida que avanza la AfD en las encuestas, vale la pena reexaminar lo que Schmitt tenía que decir en este ensayo que ahora la derecha nos insta a leer. Como siempre, el contexto es crucial. Schmitt publicó su panfleto entre la invasión de Checoslovaquia y antes del Pacto Molotov-Ribbentrop. Por lo tanto, pertenece a la geopolítica de la etapa madura y altamente imperial del Tercer Reich, no aún a la de Barbarroja [nombre de la operación para invadir la Unión Soviética] y Wannsee [barrio berlinés en el que se decidió la puesta en marcha de la “Solución Final”, la deportación y exterminio definitivos de los judíos]. En la década de 1940, Schmitt sería substituido por ideólogos aún más radicales dentro del régimen nazi, que consideraban su visión de un espacio imperial ordenado regionalmente como un residuo igualitario que chocaba con la idea de la supremacía aria.

Aún con la esperanza de convertirse en el jurista principal del Tercer Reich en 1939, Schmitt utilizó su ensayo para alabar la promesa de Adolf Hitler de proteger los derechos de los alemanes étnicos en el extranjero como nuevo principio del Derecho internacional, que promovería el «respeto mutuo» de los pueblos europeos bajo control alemán. Por supuesto, el teórico nazi se apresuró a excluir a los judíos de esta protección.

Aunque Schmitt veía a los Estados Unidos con mucha desconfianza, se inspiró en su Doctrina Monroe. Le interesaba la doctrina no como un instrumento único de política exterior, que creía que se había corrompido por las tendencias universalistas de los Estados Unidos, sino como base de un orden mundial compuesto por múltiples espacios de este tipo. De acuerdo con Schmitt, cada espacio mayor se organizaría en torno a un núcleo imperial (un «Reich») que actuaría como soberano dentro de cada espacio. La anexión territorial era legítima dentro de los límites de este orden. Por el contrario, la intervención extranjera debía prohibirse en cada bloque regional. La consecuencia, esperaba él, sería un nuevo equilibrio de poder intercontinental, muy similar al equilibrio europeo que la Primera Guerra Mundial había demostrado obsoleto.

El espacio, pensaba Schmitt, tendía a conservar un carácter abstracto y matemático, que él también consideraba «liberal» y «judío». El gran espacio, por otro lado, era concreto y político. Los liberales como Woodrow Wilson nunca habían comprendido la verdadera esencia de la Doctrina Monroe, sino que la habían distorsionado hasta convertirla en una doctrina de autodeterminación. Theodore Roosevelt también había sido insincero, argumentaba Schmitt, cuando planteó la posibilidad de una Doctrina Monroe japonesa en 1905. Los estadounidenses, sencillamente, no entendían sus propios logros civilizatorios. Esto se debía, según escribiría Schmitt en otra parte, a que servían a una forma de poder marítimo sin raíces. Universalizaron el mundo, mientras que el objetivo de la doctrina era continentalizarlo.

Después del atlantismo

Después de 1945, Schmitt se aisló voluntariamente. Sus escritos adquirieron un tono amargo. Mantuvo su profundo antiamericanismo justo cuando el atlantismo se convertía en la orientación dominante de la política exterior de la derecha de Alemania Occidental. No obstante, siguió siendo un interlocutor para muchos intelectuales conservadores alemanes y una fuente de inspiración para la extrema derecha europea, que durante muchas décadas se vio obligada a trabajar al margen del debate político.

Entonces, ¿qué debemos pensar de su reciente resurgimiento en el discurso público alemán? Mientras la extrema derecha no esté en el poder, parece lejana la perspectiva de una doctrina alemana de grandes espacios. Pero con la AfD a la cabeza en las encuestas y un lenguaje schmittiano que ya influye en las declaraciones de política exterior del partido, vale la pena reflexionar sobre cómo podría ser la geopolítica de la AfD.

Una cosa está clara. A diferencia del Rassemblement National (RN) de Marine Le Pen y Jordan Bardella o del Gobierno de Giorgia Meloni, la AfD nunca ha intentado romper con la Rusia de Vladimir Putin, un Estado que también ha seguido el manual schmittiano. Desde febrero de 2022, la AfD se ha opuesto y ha socavado sistemáticamente el esfuerzo bélico ucraniano. Cuando Volodimir Zelenski visitó el Bundestag en 2024, solo un puñado de parlamentarios de la AfD permanecieron en la cámara. Desde entonces, han quedado marginados. La postura prorrusa de la AfD no sólo tiene sus raíces en el electorado de Alemania Oriental y los alemanes rusos del partido, ni en su terreno político compartido con el putinismo, sino también en su respeto schmittiano por lo que considera la esfera de influencia legítima de Rusia (cabe señalar que Schmitt nunca pidió que la Alemania nazi invadiera la Unión Soviética y, como fascista que carecía de interés alguno en la contienda, no tomó partido en la Guerra Fría).

¿Qué pasaría si Alemania buscara su propia esfera de influencia en las ruinas del atlantismo liberal, igual que Rusia o los Estados Unidos? Un orden de grandes espacios convertiría a Alemania en el núcleo imperial de Europa, un Reich con poder para rediseñar las fronteras territoriales dentro de su bloque regional a su antojo, al menos si seguimos al pie de la letra a Schmitt. Pero, aunque la apropiación de tierras puede ser popular en Moscú, Washington, Jerusalén, y quizás también en Pekín, tiene pocos defensores en Alemania.

¿Hacia dónde va el Gran Espacio?

Durante muchos años, sólo el Partido Nacionaldemócrata Alemán (NPD), radical pero, en última instancia, marginal, defendió el revisionismo territorial. Fundada en 2013, la AfD se ha mantenido en gran medida al margen de esa retórica, quizás para distanciarse del NPD. Pero la nueva derecha también está interesada en los «territorios perdidos» de Alemania, en las minorías alemanas en Polonia y en mantener viva la memoria de las «víctimas» alemanas del orden territorial europeo posterior a 1945. Alice Weidel ha afirmado que 1945 fue una «derrota» alemana, rechazando el relato dominante en la postguerra que encuadra el ajuste de cuentas del país principalmente en términos de culpa alemana.

Cualquier agenda territorial revisionista se enfrentará a un problema evidente: Polonia. Los círculos de la derecha germana pueden tener muchos desacuerdos con sus homólogos polacos que podrían desencadenar un conflicto entre una Alemania liderada por la AfD y su vecino oriental. Pero la minoría alemana en Polonia es pequeña y prácticamente inexistente en los demás «territorios perdidos», como el enclave ruso de Kaliningrado, la región lituana de Klaipėda y los Sudetes checos. La población refugiada alemana posterior a Potsdam es muy anciana y está disminuyendo rápidamente. Es más, Varsovia es hoy el país europeo que más gasta en defensa en porcentaje del PIB. Es un igual para la Bundeswehr, no un Estado al que se pueda intimidar o dividir.

Otro problema para los schmittianos alemanes es dónde trazar las fronteras de cualquier nuevo orden de grandes espacios. ¿Dónde termina Europa? ¿Incluye, por ejemplo, Groenlandia? ¿Debe Alemania ser lo que Max Krah denomina «el mejor amigo de los Estados Unidos en Europa» (todo en mayúsculas) o debe ser un «Reich» schmittiano que se enfrente al «poder extranjero» al otro lado del Atlántico, como querrían Höcke y otros miembros del partido? El retorno a Schmitt oculta el hecho de que la derecha alemana está tan dividida sobre la doctrina Donroe como los gobiernos centristas de Europa, sobre todo porque ha quedado muy claro, desde Irán hasta Nigeria, que la prohibición de Schmitt de intervenir en el exterior solo se aplica a otras potencias, no a los Estados Unidos.

Además, la AfD aún no tiene del todo claro cómo quiere ubicarse con respecto a Francia, la otra potencia hegemónica potencial en la Europa continental. Tras la invasión rusa de Ucrania en 2022, la derecha francesa y la alemana tomaron caminos separados. De hecho, el RN de Le Pen expulsó a la AfD del grupo Identidad y Democracia del Parlamento Europeo en 2024, después de que Krah se pronunciara a favor de las Waffen-SS. La cuestión ha pesado sobre la AfD. En los últimos días, Dimitrios Kisoudis, asesor del colíder del partido, Tino Chrupalla, ha declarado que la respuesta a la pregunta de quién debe ser la potencia hegemónica de Europa —Francia o Alemania— se encuentra en Schmitt (no es ningún misterio cuál sería la respuesta de la AfD).

Schmitt en las ruinas del liberalismo

Los schmittianos europeos se dividen así entre aquellos, como Sellner, que tienen ambiciones paneuropeas, y aquellos cuyo principal punto de referencia sigue siendo el Estado-nación. A esto se suma el dilema de cómo responder a la injerencia estadounidense en Europa. Sí, los políticos de la AfD acogieron con satisfacción el discurso de J. D. Vance en la Conferencia de Seguridad de Múnich, pero entienden que la búsqueda del interés nacional norteamericano se producirá a expensas de Europa y, por tanto, de Alemania. Es evidente que Washington no respeta el principio de no intervención que aplica en su propio patio trasero.

Aceptar la teoría de Schmitt sobre los grandes espacios no ayuda, de hecho, a resolver ninguna de estas cuestiones. En última instancia, siempre ha habido una tensión en el pensamiento de Schmitt. Defendía la igualdad entre los grandes espacios, pero también imaginaba una batalla eterna entre potencias terrestres como Alemania y potencias marítimas como Gran Bretaña y los Estados Unidos, una lucha a vida o muerte que deseaba ardientemente que ganaran Alemania y su esfera continental europea. Es en esta contradicción, que también se encuentra en la aceptación simultánea por parte de la derecha del etnopluralismo y la supremacía blanca, donde siguen atrapados los schmittianos.

Por lo tanto, no está claro cómo se traducirá en la práctica política la reciente fascinación de Alemania por el orden de los grandes espacios de Schmitt. Tanto si son los schmittianos de extrema derecha como los centristas quienes acaben llevando las riendas, el resultado probable no será la anexión territorial, sino la hegemonía económica. El resultado podría ser un retorno a la década de 2010, cuando el schmittiano centrista Herfried Münkler desempeñó un papel clave en la promoción de la hegemonía alemana, como bien recuerdan los griegos. De hecho, durante ese periodo, Münkler asesoró a Wolfgang Schäuble, arquitecto conservador de la austeridad impuesta desde el exterior y del freno al endeudamiento federal.

Si parece que ha llegado la hora de Schmitt, no es porque haya descubierto alguna verdad arcana sobre un siglo que no llegó a vivir. Es porque se le lee en medio de las ruinas del liberalismo.

Ian Klinke es profesor asociado de geografía humana en el St John´s College de la Universidad de Oxford. Doctorado en el University College de Londres, ha sido profesor visitante del Instituto Danés de Relaciones Internacionales y de la Universidad Nacional de Singapur. Es autor de “Life, Earth, Colony: Friedrich Ratzel’s Necropolitical Geography” (University of Michigan Press, 2023) y, más recientemente, junto a Patricia Daley, de “Human Geography: A Very Short Introduction” (Oxford University Press, 2025).

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