Por Cira Pascual Marquina (MONTHLY REVIEW), 19 de enero de 2026

Hay momentos en que la geopolítica deja de ser una abstracción y se convierte en algo que se siente en el cuerpo. En Caracas, el 3 de enero fue uno de esos momentos. El sonido sordo y chirriante de los aviones de guerra sobrevolando, las ondas expansivas de las explosiones recorriendo los bloques de apartamentos, el breve silencio suspendido que sigue: todo derrumba la distancia entre la violencia imperialista y la vida cotidiana.
Es fácil, desde lejos, hablar de sanciones y operaciones militares. Es diferente ver cómo te tiemblan las ventanas y a tus vecinos salir a la calle temerosos de que se avecine otra huelga. Y es aún más diferente despertarse los días siguientes y encontrar esas mismas calles llenas de marchas, banderas, ira y un tenaz sentido colectivo de dignidad.
Este artículo se escribe desde esa contradicción: entre la violencia imperialista y la resolución popular, entre la propaganda y la realidad vivida. Es un intento de comprender lo que significa vivir un ataque imperialista en un país que se niega a verse como algo desechable. Es también un argumento: lo que ocurre en Venezuela no es una anomalía, sino parte de un momento global en el que el imperialismo estadounidense, a medida que pierde terreno, recurre cada vez más a la fuerza bruta, y en el que los pueblos, desde Gaza hasta Caracas, se niegan a desaparecer en silencio.
El imperialismo en crisis: la coerción como estrategia
La coerción se vuelve pedagógica cuando la hegemonía se derrumba: pretende dar una lección no solo al objetivo, sino a todos los que observan. El mensaje de Estados Unidos el 3 de enero fue claro: un país que insista en controlar sus recursos, sus instituciones y su destino político será disciplinado. La soberanía, a ojos del imperialismo, es un pecado imperdonable.
Aquí en Caracas, esa lección llegó no como una abstracción, sino como una experiencia física. Aviones de guerra y helicópteros flotaron en el cielo durante más de una hora. Las explosiones hicieron vibrar las ventanas. Las paredes vibraron. Y, sin embargo, los días siguientes, las mismas calles se llenaron no de pánico, sino de marchas de apoyo al gobierno, cada día más grandes y bulliciosas.
La recolonización no es una reliquia del pasado. La negativa de Venezuela a someterse —a entregar su petróleo, desmantelar sus instituciones y abandonar su horizonte socialista— la hace intolerable para un imperialismo que solo puede aceptar la obediencia. La violencia del ataque no fue una muestra de la debilidad venezolana, sino de la frustración imperialista ante un país que ha demostrado una tenaz resiliencia.
La coerción, sin embargo, es un instrumento burdo que tiende a ser contraproducente. Puede destruir edificios e infraestructura. Puede matar y secuestrar. Puede bombardear centros de diálisis y viviendas civiles. Pero no puede generar legitimidad. No puede organizar una sociedad. Y no puede quebrantar a un pueblo que reconoce su gobierno como propio y su proyecto político como colectivo. La apuesta en Washington era que el shock fracturaría el bloque revolucionario, que el miedo disolvería la confianza política. En cambio, ocurrió lo contrario.
Lo que ha surgido desde el 3 de enero no es caos, sino cohesión. La vida cotidiana continúa: tiendas abiertas, gasolina fluyendo en los surtidores, gente yendo a trabajar, mientras cientos de miles de personas llenan las avenidas de Caracas y ciudades de todo el país. Hay ira, por supuesto, y dolor, y una sensación compartida de peligro. Pero también hay moral alta, disciplina y una claridad sorprendente sobre lo que se defiende.
La unidad entre el gobierno bolivariano, las fuerzas armadas y el pueblo no se ha impuesto desde arriba. Se ha generado en una relación dialéctica entre el pueblo y su liderazgo revolucionario. Así es como se manifiesta la hegemonía en la práctica: ni coerción ni consentimiento pasivo, sino la identificación activa de una sociedad con un proyecto político que reconoce como propio.
El imperialismo recurre cada vez más a la fuerza porque ya no puede dirigir mediante la persuasión. La Revolución Bolivariana, incluso bajo ataque, sigue generando legitimidad mediante la participación, la organización y el propósito colectivo.
Muchas mentiras y una verdad
Todo ataque imperialista se lanza en dos frentes. Uno es material: bombas, secuestros, destrucción. El otro es simbólico: una guerra por el significado. Desde el 3 de enero, Washington y sus medios de comunicación han difundido un torrente de afirmaciones: que hubo traición, que el gobierno está dividido, que la operación no encontró resistencia, que Trump ahora «gobierna» Venezuela, que las calles están dominadas por bandas armadas. Estas no son descripciones de la realidad. Son intentos de reemplazarla.
Cuando el imperialismo ya no logra persuadir, intenta imponer una narrativa que abruma la verdad con mentiras. Pero en Venezuela, esas mentiras han chocado con algo más tenaz: una sociedad políticamente organizada cuyo sentido de la verdad se basa en la lucha colectiva.
La historia que se cuenta en el extranjero es de colapso. La realidad aquí es diferente. La gente va a trabajar y a la escuela, y las comunas siguen organizándose mientras algunas celebran misas por las decenas de mártires que murieron defendiendo al presidente. Nos dicen que el gobierno está fracturado y aislado, pero la presidenta interina Delcy Rodríguez aparece junto a la cúpula civil y militar de la revolución mientras cientos de miles marchan con claridad política, exigiendo el regreso de Nicolás Maduro y Cilia Flores y reafirmando su apoyo al gobierno.
Nos dicen que tengamos miedo, que la violencia gobierna la ciudad a través de los colectivos. Pero al caminar por Caracas, se siente algo más: alerta, sí, tras la brutalidad visible del imperialismo, pero también un profundo sentido de camaradería. La gente se cuida mutuamente, y su determinación por defender lo que les pertenece es inconfundible.
La suma de estas verdades básicas no es un eslogan ni una combinación de ellos. Es algo vivido. Se produce en asambleas, en marchas, en la unión cívico-militar, en el funcionamiento cotidiano de una sociedad que se niega a disolverse. Por eso importan las movilizaciones: visibilizan una realidad que la propaganda enemiga intenta borrar.
Ha habido un aluvión de mentiras estos días. Pero hay un relato veraz, escrito a diario en la acción colectiva del pueblo venezolano.
¡No somos colonia de nadie!
En Venezuela, la soberanía es un principio arraigado en siglos de lucha y en la determinación colectiva de un pueblo de decidir su propio destino. En este caso, este principio se nutre de una larga historia de resistencia anticolonial que comenzó con la llegada de los primeros colonizadores españoles. La lucha que se convertiría en el bolivarianismo (llamado así por Simón Bolívar, líder independentista de Venezuela) nunca se limitó a la independencia formal; implicó un horizonte social emancipador, inspirado en la Revolución Haitiana y en las rebeliones cimarronas en toda Venezuela. Hoy, ese legado perdura en la Revolución Bolivariana, con su insistencia en la autodeterminación contra la dominación imperialista y la emancipación colectiva a través de la comuna.
El 3 de enero, Estados Unidos intentó reducir a Venezuela a una condición colonial una vez más, mediante bombas, secuestros y una narrativa llena de mentiras. Pretendieron convertir el petróleo, las instituciones y la gente del país en objetos que pudieran controlar. Pero el pueblo y su gobierno respondieron con la claridad de quienes saben lo que defienden. Como declaró la presidenta interina Delcy Rodríguez, y ahora está garabateado en grafitis a mano alzada en las calles de Caracas: ¡No somos colonia de nadie !
Esto no es retórica. Refleja dos décadas y media de resistencia a golpes de Estado, incursiones mercenarias, sanciones y bloqueos. Significa que el destino de Venezuela pertenece a su pueblo, no a Washington. Se ve en la práctica en las comunas, en la unión cívico-militar, en las marchas diarias. Aquí, la soberanía no se otorga ni se declara; se promulga. Este país no se rige por bombas ni secuestros, sino por la voluntad colectiva. El ataque pretendía fracturar esa voluntad. Sin embargo, reveló su profundidad.
¿Qué viene a continuación?
Se avecinan negociaciones. La presidenta interina Delcy Rodríguez, al igual que el comandante Chávez y el presidente Maduro antes que ella, ha expresado su disposición a mantener abiertos los canales de comunicación con Estados Unidos. Algunos en la izquierda ya afirman que esto demuestra una capitulación. La historia sugiere lo contrario.
Las declaraciones de Lenin durante las negociaciones de Brest-Litovsk son relevantes hoy en día. Ante la perspectiva de continuar una guerra que Rusia ya no podía librar, Lenin argumentó que las concesiones tácticas bajo presión no equivalían a la rendición. En su debate con los críticos sobre la firma del tratado de paz, trazó una analogía con entregar dinero o posesiones a ladrones armados para salvar la vida: el acto en sí no implica abandonar los principios ni los objetivos generales, pero sí permite sobrevivir y continuar la lucha.
En la misma línea, Venezuela podría verse obligada hoy a hacer concesiones temporales, ya sean diplomáticas o económicas, para soslayar la guerra y crear las condiciones para el regreso del presidente Nicolás Maduro y la diputada a la Asamblea Nacional Cilia Flores. Estas maniobras tácticas no determinan el horizonte estratégico de la revolución ni diluyen sus objetivos fundamentales.

váyanse al infierno, piratas yanquis
Lo que importa es que el gobierno de Caracas es el elegido por su pueblo: un gobierno chavista, revolucionario y con raíces profundas en la organización popular. La prueba está en las calles. No se ven cientos de miles marchando justo después de un bombardeo por un gobierno sin legitimidad.
Aun así, estas negociaciones serán atacadas, especialmente por voces eurocéntricas de la izquierda que subestiman la inteligencia, la experiencia y la capacidad de acción del gobierno bolivariano. Una retirada táctica no es una traición estratégica. Las concesiones no son una capitulación.
Este momento forma parte de un panorama más amplio. Gaza ha expuesto la lógica colonial de la violencia imperialista a millones de personas en todo el mundo. Venezuela extiende esa lección. Y dentro de Estados Unidos, la represión refleja cada vez más lo que antes estaba reservado para el Sur Global. La misma lógica está en juego.
Defender a Venezuela hoy no se trata solo de un país. Se trata de resistir un sistema mundial en decadencia donde se castiga la soberanía y se exige sumisión. La tarea es organizarse, decir la verdad y apoyar a quienes, ahora mismo, defienden esa verdad en las calles de Caracas.
Luchamos juntos
Aquí es donde el momento venezolano se entrelaza con una lucha antiimperialista más amplia y mundial. El ataque a Venezuela no ocurrió de forma aislada; se desarrolló en un mundo cada vez más consciente de la violencia que desata el imperialismo cuando la soberanía se niega a doblegarse. Así como el genocidio en Gaza despertó a millones de personas en el Norte Global a la brutal lógica de la violencia colonial, el ataque a Venezuela puede extender esa conciencia, mostrando cómo el imperialismo responde a cualquier afirmación de autonomía con fuerza bruta y en absoluto desprecio por el derecho internacional.
Al mismo tiempo, las consecuencias de estos métodos están pasando factura. En Estados Unidos, el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) —la actual Gestapo— revela cómo las tácticas que antes se exportaban al Sur global se están reutilizando a nivel nacional. La represión y la violencia sistémica, herramientas tradicionales del control imperialista en la periferia, se aplican cada vez más contra la población estadounidense, adoptando la forma y el contenido del fascismo. Estas dinámicas están impulsando un creciente reconocimiento por parte de muchos de que la defensa de la soberanía en el extranjero es inseparable de la lucha contra el fascismo en el país.
Venezuela hoy ofrece una lección no solo a sus futuras generaciones, sino a los movimientos de todo el mundo. La tarea que tenemos por delante es educar y organizarnos contra el enemigo común. Es apoyar a los líderes y al pueblo venezolanos, como los pueblos del mundo apoyan al pueblo palestino y a sus líderes. Y es reconocer que defender la soberanía de Venezuela en este momento forma parte de una lucha internacional más amplia contra la violencia del imperialismo y su gemelo fascista.
Unos días después de las bombas, Caracas sigue siendo ruidosa, pero ahora es ruidosa con cánticos, tambores y tráfico. Hay preocupación, por supuesto, pero la determinación la eclipsa. Se siente en las marchas, en la forma en que los desconocidos hablan entre sí, en los grafitis en los quioscos y en las paredes que dicen «¡No somos colonia de nadie!».
Cira Pascual Marquina es educadora popular en la Pluriversidad Patria Grande, la iniciativa educativa de la Comuna de El Panal. También es miembro de la Red Internacional de Democracia Comunal.
Fuente: Monthly Review
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