G.C. (El Sudamericano), 19 de enero de 2026

En la primavera de 1929, Fernando de los Ríos, antiguo maestro de
Federico García Lorca y amigo de su familia, propuso que el joven
poeta le acompañara a Nueva York, donde tendría la oportunidad de
aprender inglés, de vivir por primera vez en el extranjero y, quizás, de
renovar su obra. Viajaron en tren hasta París. De ahí a Calais, donde
tomaron un barco hasta Dover, para posteriormente pasar dos días
en Londres. El 19 de junio partieron de Southampton en el buque
RMS Olympic -gemelo del Titanic-, para arrivar a Nueva York, seis
días más tarde.
La estancia en esta ciudad fue, en palabras del propio poeta, «una de
las experiencias más útiles de mi vida». A Lorca le impactó
profundamente la sociedad norteamericana. Fue su primer encuentro
con la diversidad religiosa y racial, su primer contacto con las
grandes masas urbanas y con un mundo mecanizado. Su
animadversión hacia la discriminación de las minorías y el capitalismo
industrial, viviendo de lleno el llamado ‘Crac del 29’, se unieron a sus
paseos por el barrio de Harlem con la novelista negra Nella Larsen y
al descubrimiento del teatro en lengua inglesa, el jazz y el blues, el
cine sonoro y los poetas Walt Whitman y T. S. Eliot.
En una carta dirigida a Luis Méndez Domínguez en 1933, recordaría
con estas palabras alguna de sus experiencias en la ciudad:
“Impresionante por frío y cruel… Espectáculo de suicidas, de gentes
histéricas y grupos desmayados. Espectáculo terrible, pero sin
grandeza. Nadie puede darse idea de la soledad que siente allí un
español, y más todavía un hombre del sur”.
Movido por esas vivencias Lorca escribió uno de sus libros más
importantes, Poeta en Nueva York. Un alegato contra la injusticia y la
deshumanización de la sociedad moderna, una visión desde una
dimensión humana donde predominase la libertad y la razón, el amor
y la belleza.
“Escribo un libro de poemas de interpretación de Nueva York que produce enorme impresión a estos amigos por su fuerza. Yo creo que todo lo mío resulta pálido al lado de estas cosas que son en cierta
manera sinfónicas como el ruido y la complejidad neoyorkina”.
El 4 de marzo de 1930, Lorca cambió Nueva York por La Habana, a
donde llegó invitado para dar una serie de conferencias por la
Institución Hispano-Cubana de Cultura, que dirigía el sociólogo
Fernando Ortiz. Tanto por el clima como por su gente, la estancia del
poeta fue mucho más agradable que en la ciudad de los rascacielos,
como les explicó a sus padres: “La Habana es una maravilla, tanto la
vieja como la moderna. Es una mezcla de Málaga y Cádiz, pero
mucho más animada y relajada por el trópico. El ritmo de la ciudad es
acariciador, suave, sensualísimo, y lleno de un encanto que es
absolutamente español, mejor dicho, andaluz”.
A finales de abril pasó unos días en Santiago de Cuba, donde
escribió el único poema que aparece en el libro de su estancia en la
isla, Son de negros en Cuba. Igualmente, Lorca escribió en Cuba su
obra de teatro El público, donde pretendía romper las barreras entre
escenario y realidad, entre actores y espectadores, y que por su tono
angustiado contrasta con la aparente felicidad de su estancia en la
isla. El 12 de junio Lorca abandonó Cuba para volver a España.
El primer y único borrador de Poeta en Nueva York, compuesto por
96 páginas mecanografiadas y 26 manuscritas, fue entregado por
Lorca a José Bergamín poco antes de su muerte, en 1936. Bergamín
se llevó consigo el manuscrito al exilio, primero a Francia y luego a
México, y a partir del cual fue realizada la primera edición en 1940,
que apareció simultáneamente en México y en Estados Unidos. El
original permaneció en paradero desconocido, pasando de mano en
mano, durante casi toda la segunda mitad del siglo XX, hasta que fue
redescubierto en 1999 en posesión de la actriz Manuela Saavedra y
adquirido por la Fundación García Lorca en 2003.
Poeta en Nueva York fue considerado por el propio autor como una
de sus mejores realizaciones en el terreno de la poesía, hecho que lo
demuestra la especial atención que puso en su elaboración y
estructuración, cuidando el más mínimo detalle, desde la estructura
interna del poemario hasta las ilustraciones que debían acompañarlo.
Entre 1930 y 1936 intentó diversas posibilidades de publicación, que
se vieron truncadas con su asesinato
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