Alex Mesa (Cataluña Plural), 18 de enero de 2026

Chamberlain, Daladier, Hitler, Mussolini, y Ciano fotografiados antes de firmar los Acuerdos de Munic. | CC BY-SA 3.0
¿Por qué parece que estamos condenados a repetir la historia? Primero como tragedia, después como farsa… Ya lo sabemos bien.
En 1938, Neville Chamberlain, primer ministro británico, y Adolf Hitler se reúnen a raíz de la crisis de los Sudetes. Aunque traumatizado por el recuerdo de la Primera Guerra Mundial, Chamberlain acaba cediendo a las pretensiones anexionistas de los nazis. Bajo el pretexto de que haría cualquier cosa con tal de evitar una nueva guerra, el primer ministro británico sería duramente condenado por la Historia, que, con las proféticas palabras de Winston Churchill, le recordaría siempre lo de: «Entre la guerra y el deshonor, ha preferido el deshonor; tendrá la guerra».
En el 2026, la situación actual guarda cada vez más un siniestro parecido con el caso Chamberlain. En el segundo mandato de Trump, sus excentricidades han aumentado al tiempo que su poder. Las contradicciones, cambios de criterio y salidas de tono son cada vez más frecuentes. Sin embargo, esto no acaba de parecer del todo obvio por una razón sencilla: hay una comparsa que intenta moverse a su sonido, simulando que no, que lo que estamos presenciando no es absurdo ni grotesco, que sigue existiendo criterio y respetabilidad en todo lo que hace el presidente de Estados Unidos.
Quienes se mueven al sonido de Trump también están menospreciando su expansionismo, cuando no negándolo directamente. Cabe recordar que, durante la última campaña electoral estadounidense, uno de los mantras mediáticos más repetidos fue que Trump no había iniciado ninguna guerra en su primer mandato y que, de ser reelegido, haría que EEUU se preocupara sólo de sus asuntos internos, sin involucrarse en conflictos bélicos ni asuntos exteriores. Sin embargo, lo que en un principio sugería un aislacionismo antibelicista ha mutado en una especie de guerra preventiva permanente: desde la visión trumpista, EEUU no se estará ocupando de conflictos externos, sino que entienden ahora que «estabilizar» el resto del mundo forma parte de su propia defensa y de sus intereses particulares.
Así, la paz que se busca no sería la ausencia de guerra, sino la muerte termodinámica: la desaparición de la diferencia y de la oposición por aplastamiento. Es decir, si sólo quedan intactos los intereses de EE.UU., sólo puede haber paz en el mundo, porque ya no quedaría nadie con quien enemistarse. Esta forma de entender la geopolítica en clave imperialista no es, en realidad, nada nuevo y, por diferentes razones y justificaciones, ha estado en boga en muchas potencias a lo largo de la Historia. Allí donde algunos encontraban razones étnicas, de (falsa) superioridad racial, de mandato religioso o de justificación civilizatoria, otros encuentran ahora razones mercantiles o, más ampliamente, económicas y geoestratégicas —el expolio de recursos como parte del cumplimiento del lema MAGA.
A principios del pasado año comenté en un artículo las semejanzas entre el actual panorama político y el de los años treinta del siglo XX. Ciertamente, procuré mantener la prudencia y no caer en la simplificación grosera ni en la equiparación chapucera. Sin embargo, el paso del tiempo ha dejado demasiado corto ese análisis: lejos de parecer forzados, algunos parecidos empiezan a ser obscenos y rozan el cómic-terrorífico.
Las constantes imágenes de la impunidad celebrada del ICE en su persecución del migrante —o de cualquier sospechoso para el régimen trumpista— rozan el esperpento y generan escalofríos entre aquellos que conocen el modo de actuación de las camisas pardas (SA) en Alemania de principios de los años treinta. Pese a las diferencias, el clima de terror e incomodidad y, sobre todo, la sensación de arbitrariedad derivada de su impunidad están convirtiendo a este cuerpo en una especie de guardia pretoriana al servicio del interés MAGA. La cruel y absolutamente desproporcionada muerte de Renee Nicole Good, abatida a tiros por un agente del ICE, es la gota que colma el vaso de una actuación que ya llevaba tiempo profundamente cuestionada.
Como puede observarse, el clima político del trumpismo se está volviendo cada vez más oscuro y, tanto en clave externa como interna, presenta perturbadoras semejanzas con momentos terribles de nuestro pasado. Sin embargo, parece que esto no quiere verse. De ahí la alusión al caso Chamberlain.
De modo similar a Neville Chamberlain, muchas voces prefieren callar y conceder antes que levantar la voz ante la barbarie. Especialmente por parte de la Unión Europea —en otro tiempo aliada de EEUU— se está optando por mirar hacia otro lado, cuando no directamente por aplaudir las ocurrencias de Trump.
¿Trump quiere que los miembros de la OTAN suban su gasto militar hasta el 5% del PIB? «Ningún problema». ¿El presidente de EEUU afirma que el Derecho Internacional le parece una pantomima y que sólo se guía por su propia moral? «Seguro que era una broma». ¿EEUU estaría dispuesto a tomar Groenlandia con agrado o por fuerza? «Quizás estaba de mal humor ese día, pero no lo decía en serio».
De esta forma, se le concede todo a Trump, incluso las faltas de respeto personales a otros dirigentes, con la esperanza de que, siendo sumisos y complacientes ante sus deseos, él se muestre magnánimo. Pero sucede justamente lo contrario: como un niño malcriado, cuanto más se le consiente, más quiere y peor se comporta. Porque él avanza buscando el límite, y todavía no lo ha encontrado. Y las malas noticias son claras: si no lo encuentra pronto, la Historia nos dice que no podemos esperar nada bueno.
Álex Mesa es Doctor en Filosofía por la UAB y profesor en la UB. Su investigación se centra en el humor en la tradición occidental, incluyendo aspectos ontológicos, psicoanalíticos, estéticos y políticos. Ha impartido clases en la UAB y recibió una beca predoctoral en el Departamento de Filosofía.
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