Gaceta Crítica

Un espacio para la información y el debate crítico con el capitalismo en España y el Mundo. Contra la guerra y la opresión social y neocolonial. Por la Democracia y el Socialismo.

No, este no es el hemisferio de Estados Unidos

Phineas Rueckbert (JACOBIN LAT), 17 de Enero de 2026

Donald Trump habla de una ampliación de la Doctrina Monroe que afirma la dominación estadounidense sobre todo el continente americano. El ex diplomático chileno Jorge Heine habló con Jacobin sobre la necesidad de un nuevo movimiento no alineado que pueda resistir las pretensiones imperialistas.

Está a la venta nuestro undécimo número, “La libertad guiando al pueblo”. La suscripción a la revista también te garantiza el acceso a material exclusivo en la página.

En octubre de 2023, el presidente de Chile, Gabriel Boric, realizó su primera visita a China. Durante sus tres días en Pekín, asistió al tercer Foro de la Franja y la Ruta para la Cooperación Internacional, se reunió con el presidente chino Xi Jinping y firmó acuerdos comerciales bilaterales. Dos semanas después, Boric estuvo en la Casa Blanca. Allí participó en la conferencia de la Asociación de las Américas para la Prosperidad Económica (APEP) y se reunió con el entonces presidente Joe Biden. Al final de su mandato, Chile se negó a alinearse plenamente con cualquiera de las dos grandes potencias, que hoy protagonizan lo que muchos consideran como una Guerra Fría del siglo XXI. Hoy Chile realiza cerca del 40 por ciento de su comercio con China y el 15 por ciento con Estados Unidos.

«No muchos líderes de países en desarrollo pueden decir que visitaron el Gran Palacio del Pueblo y fueron recibidos por el presidente Xi, y diez días después visitaron la Casa Blanca y fueron recibidos por el presidente de Estados Unidos», me dice Jorge Heine, ex embajador chileno, desde la capital de su país, Santiago. «En muchos sentidos, así es como entendemos que se ve el no alineamiento activo en la práctica».

Heine es autor, junto con el ex ministro de Estado Carlos Ominami y el politólogo Carlos Fortin, de The Non-Aligned World: Striking Out in an Era of Great Power Competition (El mundo no alineado: abrirse camino en una era de competencia entre grandes potencias). Allí definen el no alineamiento activo como «una política exterior que está en permanente búsqueda de nuevas oportunidades, evaluando cada una según sus propios términos». La postura no es partidaria, advierte Heine: «El no alineamiento activo no es una política exterior de izquierda, de centro o de derecha. No es ideológica. Proporciona una guía para la acción».

Chile, según Heine, no es el único país que traza un camino entre China y Estados Unidos (y en menor medida Rusia) sin necesariamente tomar partido. Sin embargo, ha estado a la vanguardia de esta tendencia emergente a nivel internacional. Los autores presentan este concepto como un nuevo giro del Movimiento de Países No Alineados (MPNA), desarrollado originalmente en las décadas de 1950 y 1960: «Ante la reaparición de una confrontación entre las grandes potencias, un Sur Global emergente retoma las tradiciones del movimiento post Segunda Guerra Mundial y poscolonial, adaptándolas a los desafíos del nuevo siglo».

Con la reciente elección del dirigente de derecha chileno José Antonio Kast como nuevo presidente de Chile, lo que dio nuevo impulso a la derecha reaccionaria en América Latina, y con el secuestro ilegal del presidente venezolano Nicolás Maduro por parte del presidente estadounidense Donald Trump, la estrategia enfrenta una prueba decisiva.

En 2026, Trump ya avanzó con su corolario de la Doctrina Monroe, que reclama un mayor control estadounidense sobre el comercio y las acciones militares en todo el continente. Heine y sus coautores consideran que es particularmente importante que los países latinoamericanos actúen con agilidad en el plano diplomático.

«Si este ataque a Venezuela sirve para algo, es para es reforzar la noción de no alineamiento activo», le dijo Heine a Jacobin. «La alternativa, que es subordinarse por completo a Estados Unidos, es obviamente inviable. La situación actual, especialmente en América Latina, es muy difícil, y esto también es cierto en otros lugares (se me viene a la mente Irán). Pero eso no significa que no existan formas de manejarla».

Basada en las concepciones del MPNA original, que surgió como una tercera vía entre el mundo capitalista y el liderado por el comunismo durante la Guerra Fría, la estrategia del no alineamiento activo cobró nuevo impulso con la pandemia de COVID-19, la reelección de Trump y las guerras en Ucrania y Palestina. Lejos de alinearse de manera uniforme con Occidente en estos conflictos, muchos líderes de países en vías de  desarrollo evaluaron cuidadosamente sus intereses: en algunos casos se negaron a tomar partido y, en otros, se alinearon en la oposición a Estados Unidos.

Las crisis recientes llevaron a Heine, Ominami y Fortin a actualizar y revisar un libro anterior en el que habían desarrollado algunas de estas ideas. Ese libro, Políticas exteriores latinoamericanas en el nuevo orden mundial: la opción del no alineamiento activo, se publicó originalmente en español en noviembre de 2021, apenas unos meses antes de la invasión rusa a Ucrania. En ese momento, recordó Heine, apelar al MPNA era visto por algunos colegas como «anacrónico». Pero tras el estallido de la guerra, «de repente el no alineamiento volvió con fuerza, con posiciones adoptadas por India, Sudáfrica, Brasil, Pakistán y otros países que no siguieron a Occidente. En lugar de ser un concepto anacrónico, resultó ser profético».

América Latina a la vanguardia

En muchos sentidos, el no alineamiento activo comenzó primero en América Latina, y también es allí donde más se consolidó.

El 9 y 10 de noviembre, cuando Colombia fue sede del Foro UE-CELAC en Santa Marta, esta filosofía volvió a emerger con fuerza. En el escenario, durante el discurso de cierre, el presidente Gustavo Petro llamó a que América Latina vuelva al «centro del mundo», en lugar de permanecer en la periferia. Mientras firmaba acuerdos con China y Europa, Petro también criticó la campaña de bombardeos de Estados Unidos contra pequeñas embarcaciones, supuestamente dedicadas al narcotráfico, en aguas frente a la costa de Venezuela, en lo que constituyó el preludio del secuestro de Maduro ocurrido este pasado fin de semana.

Hay varias razones, explican los autores, por las que una región que Washington considera como su «patio trasero» se haya convertido en la cuna del no alineamiento activo. Heine —investigador no residente del Quincy Institute for Responsible Statecraft y profesor (recientemente retirado) de relaciones internacionales en la Universidad de Boston— le habla a Jacobin de un «triple impacto» de factores.

La pandemia de COVID-19, que golpeó con especial dureza a los países latinoamericanos; la crisis económica global que le siguió y la reelección de Trump reforzaron de manera decisiva la necesidad de que los líderes de la región miraran más allá de Estados Unidos en busca de asistencia y comercio. Esa diversificación económica, a su vez, les permitió desplegar una política exterior más activa, que incluyó algunas de las condenas más firmes y amplias del mundo al genocidio de Israel en Gaza.

Para América Latina, abrirse a China responde ante todo a una lógica económica. Pese a su abundancia de recursos naturales, el crecimiento de la región quedó rezagado respecto del resto del Sur Global, en parte debido a su dependencia histórica de Estados Unidos. Ese subdesarrollo llevó a los líderes regionales a buscar inversiones adicionales —y no solo en infraestructura— en otros lugares. En China encontraron un socio dispuesto. Entre 2000 y 2023, señalan los autores, el comercio entre América Latina y China se multiplicó por cuarenta.

China, explicó Heine, es un tipo de superpotencia diferente a la que representó la Unión Soviética durante la Guerra Fría. A diferencia de la URSS, que estaba en el centro de un bloque en gran medida autosuficiente (solo alrededor del 4 por ciento del PBI soviético correspondía a importaciones y exportaciones), China «ofrece oportunidades económicas a los países de África, Asia y América Latina en términos de comercio, inversión y cooperación financiera». Esto, afirmó, «abre la posibilidad de lo que llamamos jugar en varios frentes». «Los países del Sur Global pueden jugar con Pekín frente a Washington y viceversa, de una manera que no era posible en el pasado», detalló.

Los países latinoamericanos tampoco cayeron necesariamente por completo en la órbita china. Brasil, por ejemplo, incrementó su comercio con China sin alejarse demasiado de Estados Unidos. Cuando Washington arremetió contra Brasil —por ejemplo, mediante la imposición de altos aranceles o los intentos de injerencia en asuntos internos—, el país se sintió con mayor margen para responder de una manera que quizás no hubiera sido posible antes, probablemente como resultado de su diversificación fuera de Estados Unidos. «Brasil se plantó frente a Trump; no se dejó presionar para hacer lo que Washington quería», dijo Heine. «Al mismo tiempo, sigue dialogando con Washington y con la administración Trump».

Esto también se expresó en términos de política exterior. En febrero de 2023, por ejemplo, al cumplirse un año de la invasión rusa a Ucrania, Brasil propuso que un grupo de países del Sur Global —entre ellos India, China, Indonesia y Turquía— se uniera para presentar un plan de paz para Ucrania, en lugar de depender de Estados Unidos, que intentó imponer un enfoque unipolar. Poco después, el principal asesor de política exterior de Brasil, Celso Amorim, fue enviado a Moscú, donde se reunió con Vladimir Putin. Más tarde, el presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva presentó su plan de paz al presidente chino Xi en una reunión bilateral. La multiplicación de enfoques de Brasil, señaló Heine, fue «un ejemplo de vanguardia de la aplicación del no alineamiento activo».

«Se puede defender lo que tu país necesita y quiere, y al mismo tiempo seguir dialogando y buscando maneras de resolver esas diferencias», dijo Heine al referirse a la política exterior brasileña.

El no alineamiento activo más allá de América Latina

Angola, en la costa occidental del África austral, ofrece uno de los ejemplos más interesantes de no alineamiento activo. Angola es el mayor receptor de préstamos chinos de todo el continente africano, por un monto de 24.000 millones de dólares en 2024.

Sin embargo, en los últimos años fue a Estados Unidos a quien Angola recurrió para obtener asistencia en un ambicioso proyecto de infraestructura. Denominado Corredor de Lobito, el ferrocarril proyectado conectaría a la República Democrática del Congo y Zambia, ricas en minerales, con la costa de Angola para su exportación. El proyecto ya recibió más de 4.000 millones de dólares en inversiones estadounidenses, con más fondos en camino. La asociación, escriben los autores, «refleja la negativa de los países africanos a alinearse con una u otra de las grandes potencias, así como su disposición a cubrirse y jugar con ambos lados».

Esto se ilustra claramente en la negativa de muchos Estados africanos a defender el apoyo militar occidental a Ucrania y las sanciones contra Rusia. Diecisiete países africanos, incluyendo a Sudáfrica, se abstuvieron en una votación de la Asamblea General de la ONU para condenar la invasión. Algunos países asiáticos siguieron el mismo camino.

India, en particular, incrementó drásticamente sus importaciones de petróleo ruso en los años posteriores a 2022. «Paradójicamente, la guerra en Ucrania disminuyó la confianza en las potencias occidentales y enfocó las mentes en cómo cubrir sus apuestas», escribió el politólogo indio Pratap Bhanu Mehta en una columna en el Indian Express.

Este enfoque continuó durante la segunda administración Trump. Aunque algunos observadores sugirieron que los países en desarrollo podrían alinearse rápidamente con los caprichos de Trump, en gran medida eso no ocurrió. «La noción de no alineamiento activo surgió durante la primera administración Trump, y yo sostendría con mucha firmeza que, tal vez, haya recibido un impulso mayor durante la segunda administración Trump», afirmó Heine.

Como escribe Steve Ellner en Jacobin, las políticas internas de Trump podrían estar impulsando una mayor unidad latinoamericana frente al esquema de deportaciones de Estados Unidos, y algo similar podría decirse de sus ataques contra Venezuela. Más allá de sus valoraciones sobre el gobierno de Maduro, los líderes latinoamericanos parecen coincidir casi de manera unánime en que las campañas militares estadounidenses en el Caribe son ilegales según el derecho internacional y conllevan el riesgo de una escalada mayor.

Incluso si América Latina continúa girando hacia la derecha, advirtió Heine, el no alineamiento activo sigue siendo una propuesta valiosa. En ese sentido, señaló los ejemplos de Ecuador y Uruguay que, aun cuando estuvieron gobernados por partidos tradicionales de derecha, mantuvieron vínculos tanto con Estados Unidos como con China en materia de comercio y cooperación financiera.

«Una idea que se volvió bastante extendida es la de que, al final, América Latina va a tener que tomar partido y alinearse con Washington», dijo Heine. «Yo discrepo totalmente con esa noción. En el mundo actual, ¿qué vas a hacer? La estructura de la economía mundial hoy es tal que no se puede simplemente decir: “No vamos a hacer negocios con China, no vamos a interactuar con China”».

Phineas Rueckbert. Periodista parisino. Sus escritos han aparecido en Vice y Next City.

Deja un comentario

Acerca de

Writing on the Wall is a newsletter for freelance writers seeking inspiration, advice, and support on their creative journey.