Pedro Barragán (PÚBLICO), 15 de Enero de 2026

Hablar de China implica no esperar decisiones improvisadas. Sus cambios más relevantes suelen ser el resultado de procesos largos, planificados y graduales que, en determinado momento, empiezan a mostrar efectos visibles. De cara a 2026, todo apunta a que el país seguirá esta lógica, con avances acumulativos de impacto profundo tanto en la economía global como en el equilibrio geopolítico.
El contexto internacional, sin embargo, se ha deteriorado con rapidez. La agresión de Estados Unidos contra Venezuela y el secuestro de su presidente han acelerado la fragmentación del sistema internacional y evidenciado el uso creciente de la fuerza y la coerción económica como instrumentos de política exterior. En este escenario, China entra en 2026 con los objetivos de reforzar su autonomía económica, de consolidar su liderazgo industrial y tecnológico y de profundizar la transición energética, que analizamos en primer lugar, así como de asumir un papel diplomático más activo en un mundo inestable y polarizado, que veremos a continuación.
Economía, estabilidad y soberanía como eje común
En 2026, China puede mantener un crecimiento en torno al 5%, pese a los recurrentes augurios negativos procedentes de Occidente. Más que la cifra, lo relevante será la calidad del crecimiento. La prioridad es reforzar su sostenibilidad y reducir vulnerabilidades externas.
El esfuerzo se centrará en el consumo interno para que siga ganando peso gracias al desarrollo del sector servicios y al aumento del gasto en salud, educación y ocio, lo que reduce la dependencia de la inversión intensiva. Al mismo tiempo, la política industrial continuará orientada a sectores estratégicos de alto valor añadido -vehículos eléctricos, baterías avanzadas, robótica, inteligencia artificial aplicada y biotecnología- en un contexto donde bloqueos y guerras económicas se han convertido en herramientas habituales.
La tecnología ocupa un lugar central. China seguirá avanzando en la sustitución de importaciones críticas, en el control de semiconductores, software industrial y plataformas digitales, y en la integración de la inteligencia artificial en la producción, la logística y los servicios.
Esta tendencia se reflejará también en el comercio exterior. Tras un 2025 marcado por un superávit histórico y por el liderazgo en exportaciones de automóviles, China afronta 2026 con el objetivo de adaptarse a un comercio global cada vez más politizado. La agresión contra Venezuela confirma que ningún país del Sur Global está a salvo de presiones unilaterales. En respuesta, China seguirá diversificando mercados y reforzando vínculos con Asia, África, América Latina y Oriente Medio, construyendo redes comerciales menos expuestas a la coerción.
El inicio del XV Plan Quinquenal refuerza esta estrategia. El plan sitúa el bienestar humano y el desarrollo equilibrado entre regiones en el centro, con énfasis en el empleo de calidad, la mejora de ingresos, el acceso a servicios públicos y la reducción de desigualdades territoriales.
La transición energética forma parte de este mismo eje. La expansión de la energía solar y eólica, los avances en almacenamiento y redes inteligentes, y el crecimiento del vehículo eléctrico consolidan a China como el país central de la descarbonización global. Aunque el carbón seguirá cumpliendo un papel de respaldo, la tendencia estructural apunta a una reducción sostenida de la intensidad de carbono y al control nacional de tecnologías clave. En un escenario donde la energía se usa como instrumento geopolítico, esta capacidad refuerza la autonomía china y la de muchos de sus socios.
Una diplomacia más activa ante el colapso del orden internacional
En política exterior, China tenderá, presumiblemente en 2026 a asumir un perfil más visible, aunque sin abandonar sus principios tradicionales. El debilitamiento del derecho internacional, evidenciado por la agresión contra Venezuela y la parálisis de los mecanismos multilaterales, empujan a Pekín a una implicación mayor como elemento de contención en un sistema internacional cada vez más desordenado.
En el caso venezolano, no se espera que China actúe como potencia de choque ni que busque una confrontación directa con Estados Unidos, pero sí es probable que refuerce su papel como escudo político-diplomático. Cabe esperar una defensa más explícita de la soberanía venezolana en foros multilaterales, el rechazo de cualquier legitimación de sanciones o intervenciones y una mayor coordinación con otros países del Sur Global para elevar el coste político de la agresión.
Este respaldo podría combinarse con un sostenimiento económico selectivo y discreto. Es previsible que China trate de evitar el colapso del Estado venezolano mediante el mantenimiento de la cooperación energética y financiera, el uso de mecanismos alternativos de pago y el apoyo técnico en sectores críticos.
Al mismo tiempo, Venezuela se convierte para Pekín en un caso de advertencia sistémica. La forma en que se gestione este conflicto sentará precedentes relevantes para otros países y para la propia China. Por ello, es previsible que Pekín eleve el perfil político del caso, vinculándolo a la defensa del principio de no injerencia y al papel del multilateralismo, incluso siendo consciente de las limitaciones actuales de Naciones Unidas.
La agresión contra Venezuela ha generado, especialmente en sectores de la izquierda internacional, expectativas de un apoyo chino más directo y visible, interpretado en ocasiones como una respuesta simétrica al intervencionismo estadounidense. Sin embargo, estas expectativas chocan menos con la voluntad política de China que con sus posibilidades reales de actuación en el actual equilibrio internacional. Un respaldo militar explícito o una implicación directa en el conflicto, sin una estructura militar y logística para librar una guerra a distancia, supondrían poner en peligro la economía, los equilibrios diplomáticos y los márgenes estratégicos esenciales para Pekín y por ende de todas las expectativas que este país genera a nivel mundial, además de reducir el espacio que hoy le permite influir de forma sostenida. La distancia entre las expectativas militantes y las capacidades efectivas no refleja una falta de compromiso con Venezuela, sino los límites objetivos de actuación de China en un sistema internacional en crisis, donde opta por una firmeza gradual y acumulativa antes que por gestos para los que no tiene capacidad de darles recorrido. La doctrina de China ha sido construir un modelo centrado en el diálogo y nunca en la confrontación y en el terreno militar basado en la disuasión y la propia defensa, muy lejos de tratar de dominar el mundo.
Más ampliamente, es seguro que China tenderá a profundizar la coordinación con los países del Sur Global y a promover marcos multilaterales alternativos que reduzcan la dependencia de estructuras dominadas por Washington. Una estrategia que combina firmeza política y moderación operativa, y que apunta a ganar tiempo, espacio y legitimidad en un mundo donde el uso de la fuerza vuelve a ocupar un lugar central.
No hay duda de que China avanza en una dirección reconocible, apoyada en la planificación a largo plazo y en el progreso interno. Y en el nuevo escenario geopolítico, esa continuidad en el progreso económico y social de China es un factor político de primer orden, probablemente uno de los elementos que más peso va a tener en la configuración del mundo que viene.
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