Isaac Saney (RESUMEN LATINOAMERICANO), 13 de Enero de 2026

Desde la invasión imperialista estadounidense a Venezuela y el secuestro de Nicolás Maduro, los medios occidentales han estado inundados del coro habitual: Cuba está a punto de caer. Una vez más, expertos, centros de investigación y consejos editoriales desempolvan un viejo guion, anunciando la inminente desaparición de la Revolución Cubana. Las dificultades se presentan como destino; la escasez se replantea como fracaso; la resistencia se ridiculiza como negación. El mensaje es claro y ensayado: la historia ha seguido su curso y Cuba debe someterse.
Esta narrativa no es nueva ni accidental. Es la ideológica sirvienta de la agresión. Normaliza la violencia del imperio borrando sus huellas, reinterpretando los efectos predecibles de un asedio implacable como incompetencia y disfunción internas. Prepara a la opinión pública no para la comprensión, sino para la aquiescencia: aquiescencia a las sanciones, a la coerción, a la supresión de la soberanía cubana bajo el pretexto de la «inevitabilidad».
Cada pocos años, el ritual se repite. Cuba se está «colapsando». Cuba está «implosionando». Cuba debe «cambiar», siempre en dirección a la restauración neoliberal y la tutela estadounidense. La cadencia es constante porque el objetivo es constante. Lo que cambia son los pretextos: el fin de la Unión Soviética, el endurecimiento de las sanciones, la pandemia, la crisis global de la cadena de suministro, la crisis energética.
Lo que nunca cambia es la negativa a identificar el propio asedio —el sistema de guerra económica más integral, a largo plazo y en constante recrudecimiento jamás impuesto a un país pequeño— como el factor central que configura la vida cubana. Se trata de una lucha grotescamente asimétrica de dimensiones sin precedentes, en la que el mayor poder militar que jamás haya existido exige una sumisión total y absoluta.
Cuando se pregunta a los cubanos —intelectuales y trabajadores, militantes del partido y funcionarios gubernamentales, amigos que se desenvuelven en condiciones brutalmente difíciles— si el proyecto de independencia nacional y desarrollo socialista puede sobrevivir, las respuestas no son evasivas ni delirantes. Son sobrias. No hay garantías, dicen. La historia no ofrece ninguna. La cuestión se resolverá en el crisol de la lucha. Lo que prometen no es certeza, sino compromiso: defender lo construido, luchar con claridad sobre lo que está en juego.
Y lo que está en juego nunca ha sido ambiguo. El objetivo de Washington siempre ha sido singular: revertir el proceso emancipador iniciado en 1959; derrocar la Revolución; eliminar el socialismo; restaurar el capitalismo y la dominación estadounidense. Esto no es una conjetura, sino una política, enunciada y reiterada a lo largo de las administraciones, codificada en la ley, aplicada mediante sanciones diseñadas explícitamente para «provocar hambre, desesperación y el derrocamiento del gobierno». Hablar del supuesto «fracaso» cubano sin mencionarlo no es análisis; es propaganda.
La mentira del fracaso inevitable cumple una función ideológica crucial. Transforma la resistencia en terquedad, la dignidad en obstinación, la soberanía en anacronismo. Pide a Cuba que se disculpe por sobrevivir. Insiste en que el único horizonte racional es la rendición, que el único futuro digno de reconocimiento es aquel en el que los cubanos renuncian a su derecho a forjar su propia historia y a elegir su propio sistema social. En esta versión, el crimen no es el bloqueo; el crimen es el desafío.
Pero la historia de Cuba se niega obstinadamente a seguir el guion. Una pequeña isla, sometida a seis décadas de guerra económica, ha erradicado el analfabetismo, construido un sistema de salud universal, formado médicos para todo el mundo y solidarizado con las luchas de liberación mucho más allá de sus costas. Nada de esto pretende romantizar las dificultades ni negar las verdaderas deficiencias y contradicciones. Se trata de insistir en el contexto, la causalidad y la honestidad. Se trata de rechazar la obscenidad de culpar a la víctima por las heridas infligidas por el imperio.
Cuba hoy soporta un esfuerzo sistemático por estrangular su economía y su voluntad, pero resiste: es una práctica cotidiana en condiciones diseñadas para aplastar la esperanza. Es la insistencia en que la soberanía no es negociable, que la dignidad no se vende, que el futuro no lo dictarán quienes nunca han aceptado el derecho de la isla a existir en sus propios términos.
La obsesión de los medios occidentales con el «fin» de Cuba revela menos sobre Cuba que sobre la impaciencia del imperio, y de hecho, sobre su propio fracaso. Tras más de sesenta y cinco años sin lograr doblegar la Revolución, los artífices del asedio aún no pueden aceptar una simple verdad: que la historia no se mueve según sus cronogramas, y que los pueblos atacados no deben capitular a sus opresores.
El destino de Cuba no se decidirá en editoriales ni informes de centros de estudios. Se decidirá, como lo entienden los propios cubanos, en una lucha desigual, difícil e incierta, pero decididamente suya. La Revolución nunca ha prometido inevitabilidad. Ha prometido resistencia. Ha prometido esperanza. Y eso, a pesar de todo, continúa.
Isaac Saney es investigador de Estudios Negros y Cuba en la Universidad de Dalhousie, Nueva Escocia, Canadá.
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