Jeremy Corbyn (Tribune), 12 de Enero de 2026

En el año 2003, miles de personas salimos a las calles para oponernos a la invasión de Irak liderada por los Estados Unidos. “Ayudaremos a Irak a avanzar hacia la democracia”, nos dijo Tony Blair. Quizás compartió sus notas de discurso con George W. Bush, el cual prometió un futuro mejor para el pueblo iraquí. “Cuando haya desaparecido el dictador”, declaró el presidente, “podrán dar ejemplo a todo Oriente Medio de país vital, pacífico y autónomo”. Ignorando las advertencias de la gente del común que veía venir la catástrofe y sin contar con la aprobación de las Naciones Unidas, la invasión y ocupación de Irak encabezada por los Estados Unidos provocó la muerte de más de un millón de iraquíes y desencadenó una espiral de odio, conflicto y miseria que aún hoy sigue dando vueltas.
Esta fue la última vez que un primer ministro laborista respaldó ciegamente los deseos de los Estados Unidos y su presidente belicista. Veintitrés años después, otro primer ministro laborista está haciendo todo lo posible por consolidar la condición del Reino Unido como vasallo de los Estados Unidos. El sábado [3 de enero], los Estados Unidos lanzaron un ataque no provocado contra Venezuela, que causó la muerte de más de 40 personas. ¿Cuál fue la respuesta de nuestro primer ministro? “El Reino Unido lleva mucho tiempo apoyando una transición del poder”.
A diferencia de Irak, el Reino Unido afirma que no está implicado en el bombardeo de Venezuela. Sin embargo, al igual que en el caso de Irak, el Reino Unido está demostrando una vez más que no tiene ningún interés en defender el Derecho internacional. En realidad, no es tan complicado: bombardear una nación soberana y secuestrar a su jefe de Estado es ilegal. Es absolutamente asombroso que un primer ministro con formación jurídica no sea capaz de afirmar algo tan evidente.
No es que no lo entienda. Lo entiende perfectamente. Eso es lo verdaderamente abominable: está optando por profanar el significado del Derecho internacional para no molestar a Donald Trump. Este es el verdadero significado de la llamada “relación especial” que los ministros del gobierno están tan desesperados por proteger: una relación en la que los Estados Unidos nos dice que saltemos y nosotros preguntamos cuánto. Cuando los ministros aparecen en televisión y se niegan a decir si es ilegal que los Estados Unidos secuestren a un presidente en ejercicio, eso no es una relación. Es una humillación.
Al igual que en Irak, se nos están dando justificaciones cada vez más frágiles y ridículas para acciones de guerra ilegales. Como autoproclamados defensores del mundo libre, los más fervientes partidarios de la guerra de Irak se valieron de las mismas calumnias de siempre, según las cuales quienes se oponían a la invasión y ocupación de Irak estaban apoyando a dictadores autoritarios. Pero millones de personas corrientes sabían la verdad. No se trataba de una misión moral. Era una conquista imperial ilegal, oculta tras el lenguaje de la democracia y los derechos humanos.
Hoy en día, hay países y líderes que vuelven a alinearse con los Estados Unidos, haciendo vagos llamamientos a una “transición democrática”. Es revelador que las motivaciones mesiánicas de Trump en América Latina no se extiendan a Argentina, donde un presidente de derechas ha sumido al país en una crisis económica sin precedentes, caracterizada por la caída del empleo, el aumento de la pobreza y los repetidos escándalos de corrupción. Según Trump, Venezuela merece una intervención militar; Argentina merece un rescate financiero.
Los Estados Unidos nos dicen que les hace falta secuestrar a un jefe de Estado para castigarlo por “narcoterrorismo”. Esta es la misma línea a la que ha recurrido para justificar las ejecuciones extrajudiciales en el mar [Caribe] durante los últimos meses. Estados Unidos no ha proporcionado todavía información alguna sobre las personas que iban a bordo de las embarcaciones, y mucho menos pruebas de que transportaban drogas. De hecho, es bien sabido que la mayor parte de la cocaína no llega de Venezuela en pequeñas embarcaciones, sino a través de grandes envíos comerciales por el Pacífico. Se puede apreciar lo endebles que son estas mentiras por lo rápido que se desvanecen. “Van a entrar las compañías petroleras”, declaró Donald Trump, “y vamos a recuperar lo que nos robaron”. Esto nunca ha tenido que ver con las drogas. Se trata de que los Estados Unidos reafirmen su poder imperial en una nación rica en minerales.
No soy el único que considera que es totalmente patética la respuesta del Gobierno británico. El hecho de no plantar cara a los Estados Unidos no resulta sólo simbólico. Al negarse a defender el Derecho internacional, el Reino Unido ha dado luz verde a los Estados Unidos para que actúen con impunidad. Primero, Venezuela. ¿Quién será el siguiente? ¿Hay algo que puedan hacer los Estados Unidos que merezca la condena de nuestro gobierno? Lamentablemente, dado que el Reino Unido y los Estados Unidos han pasado los últimos dos años permitiendo conjuntamente el genocidio en Gaza, no estoy seguro de que tenga sentido apelar a hipotéticos límites de moralidad.
Tal como afirmó esta semana Claudia Sheinbaum, presidenta de México: “La historia de América Latina es clara y contundente: la intervención nunca ha traído democracia, nunca ha generado bienestar ni estabilidad duradera. Sólo el pueblo puede construir su propio futuro, decidir su camino, ejercer la soberanía sobre sus recursos naturales y definir libremente su forma de gobierno”.
La historia de las intervenciones extranjeras lideradas por Estados Unidos es una historia de caos, inestabilidad y sufrimiento. ¿Cuántos fracasos catastróficos más necesitamos para aprender la lección? ¿Y qué se necesita para que el Reino Unido defienda finalmente una política exterior coherente y ética basada en el Derecho internacional, la soberanía y la paz?
Jeremy Corbyn es diputado en la Cámara de los Comunes británica por el distrito londinense de Islington Norte y miembro del grupo de parlamentarios de la Alianza Independiente, fue líder del Partido Laborista entre 2015 y 2019 y es uno de los principales convocantes de Your Party, nuevo partido de la izquierda británica.
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