Gaceta Crítica

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La OTAN: del Atlántico a los Urales.

HELENE RICHARD (Le Monde Diplomatique), 1 de Noviembre de 2025

Vladímir Putin acusa a Occidente de haber traicionado su promesa de no ampliar la Alianza Atlántica hacia el este, una tesis que este último refuta. Treinta años después de la reunificación alemana, los archivos desclasificados revelan la ofensiva diplomática llevada a cabo por Washington frente a una Rusia impotente. Las reservas de los europeos no bastaron para frenar la dinámica.

JPEG - 102.7 KBDIMITRI TSYKALOV. — Memento Mori, 2019

En opinión del ex primer ministro francés Alain Juppé, el debate está cerrado: “Tras la caída de la URSS, hicimos cuanto pudimos para que Rusia se sumara a la organización de un mundo nuevo. Pero la paranoia de Putin se fue afianzando poco a poco. Hoy está obsesionado con su ambición de reconstruir el Imperio ruso o el soviético. No tenemos por qué flagelarnos en este asunto. Somos las víctimas de la agresión, no los agresores” (Le Monde, 11 de septiembre de 2025). De acuerdo con esta opinión —compartida por muchos—, los reproches del presidente ruso contra la expansión de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) tienen su origen en una reescritura de la historia, ya que, supuestamente, Rusia no solo consintió ese avance hacia sus fronteras, sino que cooperó con Washington y Bruselas hasta el punto de sacar de ello ventajas sustanciales e incluso mostrar deseos de unirse a la Alianza Atlántica. Además, según esta línea de pensamiento, aunque los aliados protegieron a los Estados bálticos del imperialismo ruso, se ve que pecaron de ingenuidad al abandonar a Ucrania a su suerte (1). De este análisis deriva una hoja de ruta: no volver a confiar en Rusia y luchar contra ella hasta su derrota o su agotamiento.

Mary Elise Sarotte es la autora de la que se ha convertido en la obra de referencia sobre la progresión hacia el este de la OTAN en la década de 1990 (2). Tras sumergirse durante diez años en los archivos diplomáticos de su país, esta historiadora estadounidense aguardó hasta diciembre de 2021, cuando se cumplía el trigésimo aniversario del derrumbe de la URSS, para publicar su trabajo. La invasión de Ucrania tuvo lugar algunos meses después. Desde entonces, la investigadora se ha dedicado a evitar toda instrumentalización de su trabajo destinada a justificar la guerra. Pero, aunque el libro permite identificar cuánto de lo sucedido responde a la “paranoia” de Putin, sobre todo refuta la idea de un Occidente benévolo. La lectura de la obra nos presenta a unos presidentes George H. W. Bush y William Clinton decididos a seguir adelante con un proyecto inaceptable para Moscú y muy conscientes de los riesgos que entrañaba semejante política, en especial para Ucrania.

El eslabón alemán

A lo largo de la década, la política estadounidense siguió el mismo patrón: avanzar con prudencia reservándose el mayor número posible de opciones, hacer caso omiso de las demandas de Rusia y acelerar en el momento oportuno, cediendo solo en naderías para permitir al Kremlin salvar la cara ante la oposición y ante un aparato militar superado por las circunstancias. El proyecto estadounidense de expansión de la OTAN aún no estaba elaborado cuando cayó la primera piedra del Muro de Berlín. Pero, en cada etapa decisiva del proceso, Washington impuso que se tomaran las decisiones más hostiles a Moscú, dando así algo de razón a los rusos para sentirse estafados.

Lo anterior queda ilustrado por tres momentos clave. El 9 de noviembre de 1989, el portavoz del Comité Central del Partido Socialista Unificado de Alemania (SED, por sus siglas en alemán) sugirió, en unas torpes declaraciones, el levantamiento de todos los controles en los pasos fronterizos con la República Federal de Alemania (RFA). Una muchedumbre de berlineses cruzó los pasos sin que las autoridades lograran contener la avalancha. El canciller federal Helmut Kohl sacó partido de esta súbita aceleración de los acontecimientos y, el 28 de noviembre de 1989, hizo un llamamiento a la creación de una confederación de las dos Alemanias. Esta iniciativa unilateral desconcertó a los aliados. Los estadounidenses temían un acuerdo sorpresa entre Bonn y Moscú firmado a sus espaldas: si Alemania aceptaba abandonar la OTAN a cambio de que la Unión Soviética diera luz verde a la reunificación, lo que desaparecía era un eslabón esencial de la presencia estadounidense en Europa, cuando no la propia Alianza.

Los temores estadounidenses no eran infundados. Ya se había abierto un canal diplomático entre Bonn y Moscú. El 21 de noviembre de 1989, Valentín Falin, jefe del departamento internacional del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) envió a Bonn a su ayudante, Nikolái Portugálov, con dos documentos bajo el brazo: uno oficial, el otro no. El primero apuntaba, en términos generales, la preocupación de las autoridades soviéticas a propósito de la situación política en Alemania. El segundo buscaba sondear a Bonn sobre su intención de “presentar la cuestión de la unificación en términos de políticas concretas”. El Kremlin señalaba que, de ser ese el caso, sería necesario reconsiderar la cuestión de las “futuras alianzas de los Estados alemanes” y consultar las “cláusulas de salida” de los tratados de París y Roma. “Dicho más claramente, […] si quieren la unidad alemana, tendrán que abandonar a la vez la Comunidad Europea y la OTAN”, resume Sarotte.

“Ni una pulgada hacia el Este”

Una poderosa corriente pacifista apoyaba por entonces la desnuclearización del país. Gorbachov tenía en ella una baza excelente que Valentín Falin le exhortó a explotar pidiendo un referéndum sobre la cuestión de las alianzas de una Alemania confederada: ¿los alemanes la querían en la OTAN o en una organización paneuropea? Para los dirigentes de la URSS, era una forma de poner un alto precio a la reunificación alemana, que juzgaban inevitable. El ministro de Asuntos Exteriores alemán, Hans-Dietrich Genscher, se mostraba abierto a un compromiso. Y, en Washington, el secretario de Estado, James Baker, consideró que había que hacer alguna concesión. En febrero de 1990 inició en Moscú una serie de consultas con su homólogo soviético Eduard Shevardnadze. Ambos responsables llegaron a un acuerdo —oral— que habría de quedar para la posteridad: en caso de unificación alemana, la “zona de la OTAN” (expresión de Shevardnadze), su “jurisdicción” no se extendería “ni una pulgada hacia el este” (fórmula de Baker). Esta fórmula del secretario de Estado daba a entender que lo estipulado en el artículo 5 de la carta de la OTAN —la cláusula que prevé una reacción de defensa colectiva en caso de ataque contra un miembro de la Alianza— no se aplicaría al territorio de la antigua República Democrática Alemana (RDA), lo que equivalía a congelar la línea de avanzada de la OTAN.

Pero el consejero de Seguridad Nacional Brent Scowcroft convenció al presidente George H. Bush de que se mostrara más intransigente frente a Moscú. En las discusiones subsiguientes, Washington se valió de una nueva fórmula —ofrecer un simple “estatuto militar especial” para Alemania Oriental— sin que los rusos advirtieran las implicaciones de la alteración de vocabulario. Como explica el historiador francés Frédéric Bozo, ese estatuto no significaba “ni la neutralización ni la desmilitarización de la parte oriental de la Alemania unificada, además de que esta última habría de permanecer a todos los efectos no solo en la Alianza, sino también en la organización integrada” (3). El 9 de febrero de 1990, Bush le envió un mensaje a Kohl en el que se explicitaba ese “matiz” estratégico decisivo antes de que este volara rumbo a Moscú. Al Kremlin, por su parte, se lo mantuvo voluntariamente en la ambigüedad.

Temeroso de granjearse la animadversión de Gorbachov, el canciller alemán ignoró el reenfoque estadounidense. “Por supuesto, la OTAN no extenderá su territorio al de la actual RDA”, le confirmó al dirigente soviético el 10 de febrero de 1990. Sin embargo, conforme se daba cuenta de la fragilidad económica de la URSS, se preguntó si no sería posible comprar la reunificación en marcos alemanes sin hacer concesiones —o muy pocas— en lo relativo a la seguridad. El 11 de septiembre, en la víspera de la firma en Moscú del Tratado Dos más Cuatro sobre la reunificación, se llegó a un acuerdo sobre la cuestión financiera —Kohl prometió una transferencia de 12.000 millones de marcos alemanes, más 3000 millones en créditos sin interés para la Unión Soviética—, pero el aspecto militar estaba empantanado. Y eso que Kohl, durante su estancia en la dacha de Gorbachov, en el Cáucaso, había logrado que se aceptara la extensión de las garantías del artículo 5 a Alemania Oriental tras renunciar, por su parte, a autorizar la instalación de cabezas nucleares, así como el estacionamiento o el despliegue de tropas extranjeras en la antigua RDA. Pero este proyecto de compromiso, pese a hallarse muy por debajo de las exigencias soviéticas iniciales, seguía siendo inaceptable para Washington.

Poco faltó para que la intransigencia estadounidense diera al traste con la cumbre prevista para el 12 de septiembre en Moscú. A Genscher no le llegaba la camisa al cuello. La víspera, después de que las delegaciones ocuparan sus habitaciones en el hotel Prezident de Moscú, hizo que despertaran en mitad de la noche al secretario de Estado estadounidense. “Hacia la una de la madrugada —cuenta Sarotte—, la delegación estadounidense lo recibía en chándal y bata. Pese a la mezcla de alcohol y somníferos [que acababa de tomarse], Baker no había perdido ni un ápice de su talento negociador”. La discusión nocturna se resolvió con la decisión de recurrir a un subterfugio: deslizar una discreta adenda al acuerdo. De cara a la galería, el texto principal recuperó algunas exigencias de la contraparte soviética (“No se estacionarán ni se desplegarán fuerzas armadas ni armas nucleares o vectores de armas nucleares extranjeros en esta parte de Alemania”), pero se autorizaba el despliegue (no la presencia permanente) de fuerzas extranjeras (lo que vale por decir: estadounidenses) si así lo decidía el futuro gobierno de la Alemania unificada “de un modo razonable y responsable teniendo en cuenta los intereses de seguridad de cada parte contratante”. La Unión Soviética aceptó este arreglo, que disimulaba —un poco— la envergadura de sus concesiones. En su condición de subsecretario de Estado, Robert Zoellick reconoció más adelante que “necesitábamos conservar esta posibilidad porque, si llegaba el día en que Polonia se uniera a la OTAN en una segunda fase, queríamos que las fuerzas estadounidenses pudieran atravesar Alemania Oriental para establecerse en Polonia”.

La impaciencia del Grupo de Visegrado

La Casa Blanca ganó la primera batalla con la integración de Alemania en la Alianza Atlántica, pero ¿qué había de la expansión de la organización militar más al este? El asunto fue debatido por la Administración estadounidense llegado un segundo punto de inflexión. Parte del entorno presidencial abogaba por aprovechar la ocasión histórica que ofrecía el espectacular debilitamiento soviético para evitar todo resurgimiento del poder ruso y toda aparición de futuros competidores. Otros asesores temían, sin embargo, una huida hacia delante: “La expansión de la OTAN obligará a elegir entre abrirla a todos los candidatos —incluida Rusia— o a trazar otra línea de demarcación en Europa para sustituir a la que existió durante la Guerra Fría. […] No vemos ninguna posibilidad políticamente viable de detenerla [la ampliación] una vez la pongamos en marcha”, advirtió el asesor de Baker para asuntos canadienses y europeos Thomas Niles. Él, al igual que otros, temía también que la expansión de la Alianza perjudicara los progresos en asuntos que requerían del concurso de Moscú, como la gestión de la crisis en la antigua Yugoslavia (en la que los rusos apoyaban a los serbios) o las negociaciones sobre el desarme nuclear, donde había intereses estadounidenses directamente en juego.

En un primer momento se impuso la prudencia. La desintegración de la Unión Soviética en 1991 suscitó incertidumbres que llevaron a la Casa Blanca a practicar una política inclusiva; en enero de 1994, en tiempos del presidente William Clinton, se puso en marcha una Asociación para la Paz (APP), una oferta de cooperación con la OTAN dirigida tanto a los antiguos países del Pacto de Varsovia como a Rusia. Los países del Grupo de Visegrado (Hungría, Polonia y Checoslovaquia) —que habían presentado oficialmente su solicitud de adhesión el 6 de mayo de 1992— temían quedarse eternamente en la antecámara de la Alianza.

La filosofía de la APP tenía mucho que ver con la cuestión ucraniana. Washington quería convencer a Kiev de que cediera su arsenal nuclear a Rusia, el Estado sucesor de la URSS. Aunque los dirigentes ucranianos nunca tuvieron el control —ni político ni técnico— del “botón rojo”, no podía descartarse la proliferación a través de las redes mafiosas de un país desvencijado. Ahora bien, apresurar una primera ola de ampliación —como reclamaba el Grupo de Visegrado— habría dejado a Kiev encastrado en una zona gris entre la OTAN y Rusia, lo cual acaso disuadiera a Kiev de renunciar a sus ojivas. Por el contrario, una brusca progresión de la Alianza hasta los Estados bálticos y Ucrania fragilizaría al presidente Borís Yeltsin, que tenía que hacer frente a una oposición comunista y nacionalista con el viento en contra, como demostró la revuelta del Parlamento en 1993 (4). Con la APP, la Administración estadounidense confiaba en apaciguar la impaciencia de Praga, Varsovia y Budapest. Pero “si Ucrania se viene abajo, ya sea debido a la influencia rusa o a los militantes nacionalistas del interior —explicó Clinton a Kohl en febrero de 1994, coincidiendo con una intensificación del movimiento secesionista en Crimea—, algo así socavaría toda la teoría de la Asociación para la Paz” (5).

Washington metió la primera a finales de 1994. Ante la inminencia de las elecciones de medio mandato, Clinton se acercó a la línea dura de Anthony Lake, su consejero de Seguridad Nacional. Este último avanzó sus peones durante una sesión ordinaria del Consejo del Atlántico Norte en Bruselas, el 1 de diciembre de 1994. Los rusos se esperaban una sesión de rutina, como tantas otras. El ministro de Asuntos Exteriores, Andréi Kózyrev, incluso se desplazó a la capital belga para discutir sobre la APP, en la cual se enmarcaba la participación rusa, junto a la OTAN, en las operaciones de mantenimiento de la paz en Bosnia-Herzegovina. Confiaba en añadirle un protocolo que dotara a Rusia de un estatuto especial. Mientras aguardaba, se dedicó a jugar al tenis con el embajador ruso en Bruselas… Pero su partido se vio interrumpido por la llamada telefónica de un Yeltsin encolerizado: el presidente ruso acababa de enterarse a través de la prensa del contenido del comunicado final, que ponía en marcha “un proceso de examen con el propósito de determinar las modalidades de ampliación de la OTAN”. La cuestión ya no era saber si la OTAN se ampliaría o no, sino cómo.

Alemania pertenecía a la OTAN y el principio de ampliación de la Alianza ya había sido formulado. Faltaba por responder a la tercera pregunta: ¿a qué países se extenderá el pacto? ¿Se limitará al Grupo de Visegrado o se avanzará hasta las fronteras rusas? En 1996, los estadounidenses tenían ya vía libre. Ucrania había aceptado firmar el Memorándum de Budapest (que entró en vigor en diciembre de 1994), en el que se comprometía a su desnuclearización a cambio de simples “seguridades” —no garantías— estadounidenses, británicas y rusas sobre su integridad territorial. A cambio de unos cuantos millones más de marcos alemanes, los últimos soldados rusos abandonaron Alemania cuatro meses antes de lo previsto, en el verano de 1994, tras una discreta ceremonia. Por su parte, el 31 de agosto de 1994, los aliados occidentales tuvieron derecho a un gran desfile oficial para señalar su salida de Berlín.

“Rusia podrá ser comprada”

Los estadounidenses no se contuvieron a la hora de explotar la debilidad económica de su antiguo gran rival. Yeltsin, influido por un cártel de oligarcas y asesores occidentales, sumió al país en el caos (6). Su rescate dependía de la buena voluntad del Fondo Monetario Internacional (FMI). En marzo de 1995, Clinton explicó al primer ministro danés de visita en Washington: “Será difícil, pero creo que, al menos en principio, Rusia podría ser comprada”. Algunas semanas antes de las elecciones presidenciales de 1996, el jefe de Estado estadounidense presionó al francés Michel Camdessus, director del FMI, para que la institución concediera a Rusia un nuevo préstamo de 10.200 millones de dólares pese al riesgo de insolvencia (7).

Fue en ese contexto en el que Clinton hizo entender a Yeltsin que la OTAN se ampliaría sin importar lo que dijera Moscú. La Administración estadounidense solo accedió a no hacerlo oficial hasta después de las elecciones presidenciales rusas, pese a seguir adelante con los trabajos preparatorios. El presidente estadounidense esperaba anunciar, junto con la primera ampliación, que la puerta estaba abierta a otros candidatos, incluidos los países bálticos, fronterizos con Rusia. Yeltsin lo sabía cuando, en mayo de 1997, firmó el Acta Fundacional OTAN-Rusia, un acuerdo de cooperación cuyo fin era instaurar “una paz duradera e inclusiva”. Los países occidentales lo consideraron una especie de consentimiento a la ampliación. Para facilitar el asunto, Washington desbloqueó 4000 millones de dólares adicionales, una suma equivalente a la ayuda estadounidense acumulada del periodo 1992-1996. El entonces ministro ruso de Asuntos Exteriores, Yevgueni Primakov, advirtió al subsecretario de Estado estadounidense Strobe Talbott: “La gente no debe poder decir que Estados Unidos usa su dinero para […] corromper [a Rusia] con el propósito de obligarla a aceptar la ampliación”. Ambas partes se mostraron deliberadamente discretas sobre el montante del cheque, y los comunicados oficiales solo pusieron el énfasis en las contrapartidas simbólicas: la participación de Rusia en el G7, su integración en la Organización Mundial del Comercio (OMC), en el Club de París y en la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE).

Incapaz de atajar la expansión de la OTAN, el Kremlin sondeó en varias ocasiones a los países occidentales sobre la posibilidad de unirse a la organización. El primer dirigente que lo hizo fue Gorbachov durante una reunión con el presidente francés François Mitterrand el 25 de mayo de 1990. En el año 2000, Vladímir Putin mencionó también, entre otras opciones, la posibilidad de una integración de Rusia en la OTAN. Esta aspiración de unirse a la organización debe interpretarse como una de las formas que se consideraron de abolir la división entre este y oeste mantenida artificialmente tras la Guerra Fría. Por razones tácticas, Washington esgrimió la posibilidad, puramente teórica, de que Rusia pudiera algún día formar parte del club militar occidental. “Que cojan número y aguarden en el jardín”, escribió Strobe Talbott a su superior, el secretario de Estado Warren Christopher, el 9 de julio de 1996. El hecho era que “admitir públicamente que Rusia nunca será parte de la OTAN o de Europa […] sería una locura”, explicó a unos diplomáticos checos en 1994. Por no hablar de que algo así tendría “consecuencias negativas en Rusia, y podría enviar una señal negativa a los países de la antigua Unión Soviética que sí podrían incorporarse a la Alianza”.

Y los países europeos, ¿qué pensaban de ello? Su opinión contó poco en todas y cada una de las tres fases de expansión de la OTAN salvo, acaso, la de Kohl durante la reunificación. Una vez hecha realidad, París, Berlín o Londres manifestaron notables reservas sobre la extensión de la Alianza, sin por ello impedirle llegar hasta las fronteras rusas, no digamos ya proponer una alternativa paneuropea creíble. Verdad es que Francia impulsó en 1989 y 1990 el refuerzo de la Conferencia sobre la Seguridad y la Cooperación en Europa (CSCE), que reunía en torno a la misma mesa a la URSS y a Estados Unidos (8), pero la regla de la unanimidad paralizaba sus instancias y relegó la organización a cuestiones de promoción de la democracia y a algunas operaciones de mantenimiento de la paz.

A París no le costó gran cosa superar el duelo; François Mitterrand tenía dos prioridades más importantes: evitar un posible revisionismo territorial de la Alemania reunificada y sumar a esta al proyecto de unión monetaria. La ampliación de la Comunidad Europea le merecía más desconfianza —por el riesgo de disolución política que entrañaba— que la de la Alianza Atlántica. De ahí que, cuando Francia consiguió que el Gobierno alemán reconociera la línea Óder-Neisse como frontera entre Alemania y Polonia, y después de que Berlín diera luz verde a la moneda única (Tratado de Maastricht de 1992), se dio por satisfecho. Su sucesor, Jacques Chirac, al ver cómo la OTAN se iba imponiendo como columna vertebral de la seguridad europea, optó por acompañar la expansión de la organización hacia el este. Impulsó la candidatura de Rumanía y preparó el regreso de Francia al comando integrado de la OTAN (cosa que se hizo efectiva en 2009, durante la presidencia de Nicolas Sarkozy). A instancias de París, el Acta Fundacional OTAN-Rusia precisó que “la Alianza cumplirá su misión de defensa colectiva […] velando por garantizar la interoperabilidad […] más que recurriendo a un estacionamiento permanente adicional de importantes fuerzas de combate”. Pero el documento carecía de valor jurídico obligatorio.

A pesar de estas garantías ofrecidas a Moscú, A Chirac le seguían preocupando las posibles reacciones rusas, como atestiguan sus palabras a Anthony Lake el 1 de noviembre de 1996: “Los hemos humillado demasiado. […] La situación en Rusia es muy peligrosa. […] Un día habrá un contragolpe nacionalista”. Kohl compartía las inquietudes del presidente francés. Le estaba agradecido a Yeltsin por haber respetado sus compromisos sobre la retirada de sus tropas de Alemania y lamentaba que los halcones estadounidenses explotaran la “situación de debilidad” de Moscú, poniendo así en peligro la relación a largo plazo entre Occidente y Rusia. En privado, los británicos se oponían a toda nueva ronda de adhesiones, ya que juzgaban que era imposible mantener un compromiso solemne de defender a los países bálticos en caso de agresión. Pero sus reservas no bastaron para poner freno a la dinámica estadounidense.

A falta de algo mejor, los países de Europa occidental garantizaron el servicio posventa de decisiones en las que no habían tenido participación alguna. A finales de la década de 1990 se involucraron en una importante cooperación económica con Rusia. La construcción de los gasoductos Nord Stream 1 y 2 a partir de un proyecto puesto en marcha en 1997 dio concreción a los vínculos que unían al este y el oeste: Rusia dependía del mercado europeo de la misma forma que Alemania dependía del gas ruso. Berlín y París también se esforzaron por incluir a Rusia —aunque de forma marginal— en el sistema de seguridad europeo por medio de las instituciones comunitarias. La cumbre de San Petersburgo de 2003 estableció “cuatro espacios comunes” entre la Unión Europea y Rusia, siendo uno de ellos el relativo a la “seguridad”. Desde entonces se contó con la presencia de un militar ruso en el —de por sí embrionario— Estado Mayor militar de la Unión Europea. “Aquello careció de continuidad. […] Los rusos ponían a disposición de la Unión Europea material y, llegado el caso, tropas [por ejemplo, en Chad], pero se quejaban de no participar en el proceso de toma de decisiones”, apunta en retrospectiva Jean de Gliniasty, ex embajador de Francia en Moscú (9).

Lo cierto es que hubo veleidades de contener el avance atlantista hacia el Este… Durante la cumbre de Bucarest de 2008, Nicolas Sarkozy y Angela Merkel bloquearon la concesión a Ucrania y Georgia del estatuto de candidatos oficiales. “La honradez me obliga a decir que lucharon toda la noche para tratar de evitar este bandazo y que acabaron perdiendo de madrugada”, explica el exdiplomático. En última instancia, el comunicado final de Bucarest confirmó que ambos países tenían la firme voluntad de unirse un día a la OTAN. La acción de Francia y Alemania solo suponía un aplazamiento.

La presidencia de Dmitri Medvédev (2008-2012) abrió una ventana de oportunidad. Después de la intervención armada de Moscú en Georgia, en el año 2008, para evitar que esta recuperara por la fuerza territorios secesionistas, el nuevo jefe de Estado ruso quiso tender la mano a los países europeos. Propuso un proyecto de tratado que constaba de catorce artículos. Su idea consistía en poner todos los órganos de seguridad de Europa —incluida la OTAN— bajo una instancia de concertación a la que Moscú también estaría asociada. “En virtud de este tratado, Rusia aceptaba restringir su libertad de recurrir a la fuerza de manera unilateral a condición de que los países europeos y Estados Unidos hicieran lo propio —señalaba por aquel entonces un informe del Senado francés—. Si se aceptase en su formulación actual, [este texto] relegaría a la OTAN a segundo plano, obligando a los Estados signatarios a remitirse, en última instancia, al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Así, la Alianza Atlántica no habría podido involucrarse en la guerra en Yugoslavia, en 1999, sin el aval de la ONU. En todo caso, conviene debatir esta iniciativa” (10). La oferta quedó sin respuesta.

En junio de 2010, la canciller alemana Angela Merkel volvió a impulsar la idea, aunque edulcorándola. “Aunque Francia apoya esta iniciativa [llamada ‘de Meseberg’], varios estados miembros han manifestado sus reticencias sobre la propuesta ruso-alemana y desean que la Unión Europea exija, como condición previa, gestos por parte de Rusia a propósito de Transnistria [enclave secesionista prorruso en Moldavia]”, lamentaba el citado informe del Senado francés. “Aquello era invertir los términos del problema —considera hoy Gliniasty—, ya que Medvédev y Merkel consideraban que el primer punto de aplicación […] debió haber sido… ¡Transnistria! Pese a todo, [en Bruselas] hicieron de ello una condición previa”.

Las relaciones entre Rusia y Occidente siguieron degradándose hasta la revolución del Maidán en Ucrania y la anexión de Crimea por parte de Rusia en 2013-2014. París y Berlín apadrinaron unos Acuerdos de Minsk que dejaron congeladas las posiciones de los separatistas prorrusos del Donbás y esbozaron un proceso de resolución política. En realidad, los países europeos confiaban en preservar un statu quo precario dejando que Kiev postergara la aplicación de dicho proceso de resolución. La decisión de invadir Ucrania en febrero de 2022 reveló la decisión de Moscú de romper los equilibrios establecidos antes que seguir sufriendo la erosión de su influencia sobre el país vecino. Desde entonces, la guerra se ha estancado y la puesta en marcha de un proyecto de seguridad sigue siendo profundamente hipotética.

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