Por Ollin Vázquez (CEMEES)| 20 de Octubre 2025
En los últimos meses, hemos sido testigos de las políticas comerciales impulsadas por Estados Unidos con el objetivo de afectar económicamente a China, donde destacan las crecientes tarifas arancelarias y, anteriormente, medidas restrictivas sobre la venta de productos tecnológicos clave al gigante asiático. El fin declarado de esta ofensiva es claro: frenar el ascenso vertiginoso del capital chino y todo lo que este implica —desde la inundación de los mercados globales con sus manufacturas hasta el desarrollo tecnológico de sus empresas y su establecimiento como la principal economía mundial. Sin embargo, lejos de contener este avance, estas medidas han demostrado ser contraproducentes, pues han aumentado los costos para las propias empresas norteamericanas. Más aún, han revelado que los capitales no tienen patria y van siempre en busca de la máxima ganancia.
Un claro ejemplo de esto es lo que ocurre en el mercado de los microchips. A mediados de julio, EUA prohibió la venta de un cierto tipo de chips avanzados a China, que se usan principalmente en aplicaciones de inteligencia artificial (IA), argumentando cuestiones de seguridad nacional. Sin embargo, Nvidia y AMD decidieron asumir los costos y seguir produciendo chips para el mercado chino, desarrollando los chips H20 y MI308, respectivamente (aunque menos potentes, son más baratos), pues es un mercado muy grande y representa grandes beneficios para estas empresas. A cambio, de acuerdo con el periódico Financial Times, estas dos corporaciones tienen que pagar el 15% de sus beneficios al gobierno norteamericano. Algunos analistas consideran que esta es una estrategia de EUA para hacer que China dependa de tecnología estadounidense. Sea por unas u otras razones, las empresas han seguido su instinto de búsqueda de ganancia por encima de los intereses “nacionales” o de los capitales individuales norteamericanos, que se van a ver afectados por la competencia con la IA china.
En su fase inicial, la formación de Estados-naciones fuertes fue fundamental para el florecimiento de los capitales, al proveerles de un mercado unificado y protección legal. No obstante, al alcanzar su fase imperialista—o globalizada—, el capital requiere trascender esas mismas fronteras que lo vieron nacer. Para los capitales que han alcanzado grandes escalas se vuelve imperativa la venta masiva de mercancías, el acceso a materias primas a bajo costo y, sobre todo, la obtención de mano de obra barata. Fue así como, hacia finales de la década de 1960, Estados Unidos y otras naciones desarrolladas impulsaron agresivamente las políticas de libre mercado en países con economías más atrasadas y orientadas al mercado interno. Los capitales, en su búsqueda de máxima rentabilidad, emigraron masivamente hacia territorios que ofrecían ventajas, como costos laborales bajos, materias primas accesibles y baratas, y cadenas de suministro eficientes. Este fenómeno deslocalizó la producción industrial y reconfiguró la economía global.
Ahora, el gobierno estadounidense ha ejecutado un viraje radical. Ha retornado a políticas que antaño hubiera tachado de proteccionistas: aranceles elevados y subsidios a industrias nacionales. Lo que se busca es la «repatriación» de capitales para revivir la base industrial doméstica, generar empleo y revertir la llamada «desindustrialización» que, según algunos especialistas, incluso ha provocado un retroceso en la cualificación de su mano de obra.
El problema de esta estrategia es que subestima la naturaleza esencial del capital. Los capitales toman sus decisiones con base en sus cálculos de rentabilidad, no en un sentimentalismo patriótico. Por mucho que el gobierno intente prohibir el comercio con «el diablo», los capitalistas lo harán si el beneficio es suficientemente jugoso. Además, el gobierno norteamericano no puede forjar un frente común entre sus capitalistas en contra de China porque la producción actual es profundamente interdependiente y está entretejida a escala global. Varias industrias chinas están engarzadas en cadenas de valor con capital estadounidense, como el caso de los microchips y la IA. Romper abruptamente estos eslabones implica perder proveedores o clientes, mayor incertidumbre, aumento (al menos a corto y mediano plazo) de costos, etc.
En conclusión, el gobierno estadounidense se encuentra en una lucha compleja contra una tendencia estructural del capitalismo y que, incluso, él mismo impulsó, porque en su momento le beneficiaba. Su intento de repatriar capitales choca frontalmente con la lógica de maximización de ganancias que guía a las corporaciones. Si bien es improbable que logre revertir por completo esta lógica, su poder para moldearla, restringirla y canalizarla mediante herramientas coercitivas y subsidios masivos no debe subestimarse. El resultado final será un capitalismo más fragmentado, con cadenas de suministro más regionalizadas, donde los capitales tomen en cuenta más el contexto geopolítico y donde los Estados intenten dirigir los flujos de capital y las inversiones que, por su propia naturaleza, tienden a no reconocer fronteras.
Ollin Vázquez es maestra en Economía por la UNAM e investigadora del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

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