Gaceta Crítica

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Del multilateralismo al reinado de la geopolítica brutal

Es una Organización de las Naciones Unidas (ONU) debilitada la que celebra su 80.º aniversario. “La ONU no resuelve los problemas […], crea nuevos que nosotros debemos solucionar”, lanzaba Donald Trump ante su Asamblea General, el 22 de septiembre. Confrontada al desentendimiento de Estados Unidos y a los desórdenes de un mundo cada día más amenazante, la institución debe reinventarse.

por Anne-Cécile Robert y Christophe Ventura, (Le Monde Diplomatique), 19 de octubre de 2025

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CHEMU NG’OK. — Strategy, 2016

Lo nunca visto desde 1945: 61 conflictos con 36 Estados involucrados por todo el mundo (1). El ámbito de las relaciones internacionales sigue fragmentándose mientras su arquitectura institucional, levantada sobre los escombros de la Segunda Guerra Mundial, cede bajo el efecto combinado de diversas dinámicas. Depositaria de la seguridad internacional y del “respeto a las obligaciones emanadas de los tratados y de otras fuentes del derecho internacional”, según el preámbulo de su Carta, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) se muestra incapaz de poner coto a la proliferación bélica y el recurso cada vez más desenfrenado a la fuerza, sin regla ni precaución alguna. El salvajismo de varias operaciones israelíes y estadounidenses ha dado recientemente prueba de ello: la “guerra de los Doce Días” emprendida por Israel contra Irán (del 13 al 24 de junio del presente año); los bombardeos estadounidenses sobre las instalaciones nucleares de Fordow, Isfahán y Natanz el pasado junio; luego el bombardeo israelí sobre Qatar y la movilización del arsenal militar de Washington en el Caribe frente a Venezuela en nombre de la lucha antidroga. Pero, sobre todo, la ONU se ha revelado impotente para detener la agresión rusa a Ucrania y los crímenes contra la humanidad en Gaza.

Desde su regreso a la Casa Blanca, el presidente Donald Trump sigue desarrollando una estrategia global destinada a apartar a Estados Unidos del sistema de alianzas a cuyos mandos ha estado durante ochenta años. En la actualidad, Washington considera el orden liberal como un lastre oneroso y una cortapisa a la libertad de acción del país, enfrentado al creciente poder de China, el regreso de Rusia al juego político internacional tras su retirada en la década de 1990 y la afirmación, a la sazón limitada, de la Unión Europea. Trump considera que su país debe dejar de derrochar sus recursos para seguir siendo el gendarme del mundo: de ahí que haya decidido no seguir pagando determinadas contribuciones al presupuesto de la ONU y que se haya puesto a cortar por lo sano… A fuerza de decretos, ha retirado a Estados Unidos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), del Consejo de Derechos Humanos, de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) o del Acuerdo de París sobre el clima de 2015.

Defectos estructurales

En cuanto a la Unión Europea, pese a su supuesta disposición a defender el “Estado de derecho”, se aferra a su doble vara de medir (firme frente a la agresión contra Ucrania, ausente en lo que atañe a Gaza), no mueve un dedo para imponer la aplicación de las disposiciones del Tribunal Internacional de Justicia (TIJ) sobre Palestina y no formula el menor plan de salvamento financiero de la ONU. Al margen del éxito diplomático relativo que constituye el reconocimiento del Estado de Palestina por parte de diez países occidentales (véanse los mapas de la página 10) , Francia sigue mostrándose embarullada e inaudible en el escenario internacional.

China, por el contrario, está reforzando su presencia en la ONU y sus diferentes organismos para dar mayor legitimidad a su estatus de gran potencia y aumentar o consolidar su influencia en el escenario internacional. Pekín desea aparecer como un nuevo polo de estabilidad y de defensa del multilateralismo, en especial frente a sus nuevos socios del Sur. En esta vasta redistribución de papeles, Rusia no teme incurrir en contradicciones: tras fustigar el intervencionismo francés en África y hacerse lenguas de su compromiso con una multipolaridad pacífica, se entrega sin freno a una guerra de agresión contra su vecino ucraniano… Y muchos países del Sur tratan de sacar provecho diversificando sus alianzas entre ellos y con una u otra de las grandes potencias (2).

A lo largo de su historia, la acción de las Naciones Unidas —marco jurídico y político creado para regular las relaciones y los conflictos entre Estados— ha sido reflejo, y a menudo teatro, de las relaciones de fuerzas internacionales. “La ONUno fue creada para llevarnos al paraíso, sino para protegernos del infierno”, resumió bellamente el embajador estadounidense Henry Cabot Lodge. No obstante, durante ocho décadas ha sido, mal que bien, el espacio donde se han elaborado miles de tratados y programas de todo género sobre la cultura, las ciencias, el trabajo, la salud… Sus cascos azules han acompañado la resolución de numerosos conflictos, como en Timor Oriental, y siguen velando por el mantenimiento de una paz precaria en puntos como Chipre, el Sáhara occidental o el frente de guerra de Abyei, en la frontera entre los dos Sudanes.

Eso que hoy se ha convenido en llamar “crisis del multilateralismo” del siglo XXI ha sacado a la luz ciertos defectos estructurales del sistema creado en 1945. En primer lugar, el dominio de las instituciones financieras internacionales (IFI) —en concreto, el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional (FMI), creados en Bretton Woods un año antes que la ONU— sobre la cooperación económica internacional. Los programas de desarrollo impuestos a los países del Sur son concebidos por un club de países ricos y puestos en práctica con la misma brutalidad que un capo mafioso ejerce sobre los comerciantes de su barrio. Pese a sus notables esfuerzos, el Consejo Económico y Social de la ONU nunca llegará a ejercer sobre las IFI la autoridad de la que está revestido según la Carta. Además, las IFI constituyen en la actualidad un directorio económico y financiero que solo se digna coordinar sus acciones con las Naciones Unidas en el marco de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) aprobados en 2015. Los acuerdos de libre comercio proliferan en paralelo, en un marco bilateral o multilateral sobre el cual la ONU carece de autoridad. Esta última no jugó ningún papel significativo en la crisis financiera mundial de 2008 y sigue en calidad de espectadora las consecuencias de la guerra por los recursos que caracteriza al capitalismo digital. También sufre, en materia de seguridad colectiva, la preponderancia de alianzas militares como la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y, en lo que atañe a los asuntos políticos y geopolíticos, la competencia del G8 y el G20.

Por añadidura, la desigual representación del mundo en el Consejo de Seguridad arroja dudas sobre la legitimidad y la pertinencia de sus decisiones. Sus cinco miembros permanentes (a veces referidos como P5: China, Estados Unidos, Francia, Reino Unido y Rusia), titulares del famoso derecho de veto —del cual Moscú y Washington abusan con frecuencia—, reflejan el orden de las potencias surgidas de la Segunda Guerra Mundial. Entre ellos no hay ningún país africano —en 1945, el continente seguía casi enteramente colonizado— ni latinoamericano, pese a la implicación de Estados como México en la redacción de la Carta de la ONUo el peso económico y diplomático de Brasil. Dependiente del beneplácito del P5, la modificación de la composición del Consejo de Seguridad progresa a paso de tortuga. En este 80.º aniversario de su fundación, la idea de añadir países africanos a la lista de miembros permanentes parece, sin embargo, suscitar el consenso… Eso sí, sin atribución del derecho de veto.

Pese a este déficit de representatividad, los países del Sur siguen siendo muy activos en la ONU. Beneficiarios de muchos programas de desarrollo, se valen de la Asamblea General —donde, aunque son mayoritarios, carecen de poder coercitivo alguno— como una tribuna y una herramienta para dejar claras las posturas de la “comunidad internacional”. En el confuso universo de una geopolítica brutal, la Asamblea General respalda a Palestina —dotada de un puesto sin parangón de “Estado observador no miembro reforzado”—, favorece las negociaciones sobre el medioambiente o los océanos, recuerda los principios del derecho humanitario… Estas peticiones de principio no alteran sustancialmente las relaciones de fuerza internacionales, pero las grandes potencias movilizan todos sus medios para influir en las deliberaciones de la Asamblea General; con algunos fracasos espectaculares, como la aprobación en 2017 del Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares pese a la oposición de los Estados dotados de ese armamento. La denuncia de Sudáfrica contra Israel ante el TIJ confirma el compromiso de los grandes países del Sur global con la arquitectura multilateral y el derecho internacional.

No faltan propuestas para reformar la ONU, pero todo depende de la acción colectiva de los Estados y de la movilización de sus pueblos. Hoy, sin embargo, sigue sin surgir un consenso progresista —ni entre los países del Sur global y las capitales más abiertas del mundo occidental ni en el seno de las organizaciones de la llamada “sociedad civil”— sobre la visión y la estrategia a adoptar para reconstruir el orden internacional. Y cerrar así las puertas de nuevo entreabiertas del infierno.

(1) Siri Aas Rustad, Conflict trends. A global overview, 1946–2024, Peace Research Institute Oslo (PRIO), 2025.

(2) Véase Pierre Hazan, “Acerca del oportunismo en diplomacia”Le Monde diplomatique en español, septiembre de 2023.

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