Il Manifesto (Diario comunista italiano), 25 de Agosto de 2025
Esta no es la primera vez que un presidente estadounidense utiliza sus poderes para restablecer el orden público. Estas intervenciones suelen ocurrir en situaciones de emergencia —por ejemplo, para sofocar disturbios violentos— que están ampliamente documentadas y causan alarma pública. Lo que ha sucedido en las últimas semanas es único.
El despliegue de la Guardia Nacional en Washington no se realiza para atender una emergencia, sino como respuesta a un «pánico moral» alimentado en gran medida por el propio presidente. Ningún indicador sugiere que la situación en la capital estadounidense haya empeorado; de hecho, hay datos que muestran lo contrario: la delincuencia violenta ha disminuido recientemente. Sin embargo, Trump no solo ha enviado tropas equipadas con armas letales, sino que ha anunciado que podría hacer lo mismo en otros lugares.
Esta declaración no tiene precedentes en la historia reciente y genera profunda preocupación, no solo en Estados Unidos. Algunos observadores especulan que las acciones de Trump buscan generar controversia y distraer la atención pública de otras noticias potencialmente desagradables para él (el caso Epstein).
Estas hipótesis pueden incluso tener algún fundamento, sin embargo hay diversos elementos que sugieren que, incluso si el envío de tropas estuvo motivado por la intención de crear una distracción, no deja de ser parte de una tendencia autoritaria, de la que hay varias confirmaciones, de la actual administración norteamericana.
El uso de personal militar en servicio activo y de la Guardia Nacional para abordar emergencias migratorias (los inmigrantes suelen ser el centro de las declaraciones de Trump destinadas a crear un estado de alarma) fue defendido por Ken Cuccinelli en el capítulo del Proyecto 2025 de la Fundación Heritage, que se centró en el Departamento de Seguridad Nacional y en cómo la nueva administración tendría que reestructurarlo si ganara las elecciones presidenciales. Estas medidas excepcionales, según Russell Vought, uno de los artífices del Proyecto 2025, estarían justificadas porque los cruces fronterizos constituyen una invasión que justificaría una respuesta militar.
La idea de militarizar la seguridad nacional ya había surgido durante el primer mandato de Trump, pero hoy probablemente forme parte de un plan político más amplio y complejo, cuyos lineamientos se encuentran en el Proyecto 2025, para cambiar el marco constitucional y el régimen político actual en Estados Unidos. Como escribe el propio Russell Vought: «Necesitamos ser radicales al deshacer o replantear los paradigmas legales que han limitado nuestra capacidad de regresar a la Constitución original».
Esto nos lleva a un hilo común que se remonta a los años de la Reconstrucción, después de la Guerra Civil, y está profundamente arraigado en la cultura política y jurídica estadounidense: la necesidad de restaurar una «situación original» a nivel constitucional, que había sido alterada primero por las medidas impuestas por el Norte al Sur para erradicar la esclavitud y luego, aún más dramáticamente, por la era de hegemonía liberal que comenzó con el New Deal y terminó con la primera victoria presidencial de Ronald Reagan.
Lo interesante del modo en que hoy la derecha estadounidense retoma este motivo es que el eje de la estrategia para restaurar la «constitución original» ya no es la oposición a nivel local (la de los «derechos de los estados»), sino que pasa por los poderes del presidente, del que tratan de promover una interpretación cada vez más amplia y sin trabas.
Trump es un aventurero, sin duda con su propia agenda de ego descontrolado e intereses económicos (el cóctel letal que nos sirve esta etapa del capitalismo), pero también es el portavoz sin escrúpulos de una facción de derecha que ha tomado el control del Partido Republicano y en el espacio de unos pocos años ha trastocado completamente su composición y cultura.
La república imperial tan a menudo evocada en el siglo pasado se está convirtiendo en una realidad, y lo que nos espera tiene una mayor capacidad para desestabilizar las frágiles democracias de Europa que el fascismo.
La misma tendencia autoritaria se manifiesta también en otros lugares —desde Londres hasta Berlín, pasando por Roma— y hasta ahora no ha encontrado una oposición ni resistencia organizada y coherente con una visión clara de futuro. Por el contrario, en algunos de estos países cuenta con el apoyo de una izquierda carente de principios y de fuerza de voluntad.
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