La primera edición de las obras completas de Karl Marx y Friedrich Engels no es alemana, inglesa ni francesa. Fue publicada en Japón, donde nació uno de los partidos comunistas más importantes del mundo. Con el paso de los años, la formación ha abandonado la perspectiva socialista, pero su ambición de liberación nacional sigue generando inquietud.
Renaud Lambert, 7 de agosto de 2025 (Le Monde Diplomatique)
Una madre de familia convencional que trabaja en una escuela de educación primaria en Tokio. Un día de enero de 2025, una de sus compañeras, que colabora con la edición japonesa de Le Monde diplomatique, le anuncia que va a acompañar a un periodista francés a la sede del Partido Comunista Japonés (PCJ). La noticia le provoca un escalofrío: “Me has puesto los pelos de punta”. Inmediatamente se le escapa una expresión: “El rojo es peligroso”. Una expresión muy popular aquí, que la mujer suelta sin la menor ironía.
Fundado en 1922, el PCJ tiene 250.000 inscritos entre militantes y afiliados, lo que lo convierte en uno de los partidos comunistas más grandes del mundo, solo por detrás de los que están en el poder en China, Vietnam y Cuba. Teniendo en cuenta la diferencia de población (124,5 millones en Japón y 68,3 millones en Francia), si el Partido Comunista francés tuviese un tamaño similar al japonés tendría 137.000 inscritos, frente a los 42.000 que declara tener. Sin embargo, en Europa, muy pocos saben de la existencia y la importancia del PCJ. Y menos aún que en su país genera pavor.
Yoshimitsu Kuronuma es bien consciente de este sentimiento. El hombre ha quedado con dos compañeras para repartir panfletos por las calles de Ota, una ciudad de clase media baja al sur de la capital. Cuando llegan sus amigas, las arrugas que el tiempo ha dejado en sus rostros dejan entrever el peso de los años. En comparación, Kuronuma parece ahora muy lozano de golpe: a sus 76 años, es el más joven de la célula local del PCJ. Equipados con un altavoz montado sobre un triciclo, el pequeño grupo se desplaza de calle en calle para invitar a la población a votar en las elecciones locales que se celebrarán unas semanas más tarde. “¿Qué hay en sus frigoríficos en este momento? —pregunta, y al acabar cada frase hace una reverencia muy japonesa—. Hagamos que estén llenos y que puedan tomar tres comidas al día”.
Envueltos en sus anoraks holgados, los tres personajes parecen sacados de una película de animación de Studio Ghibli. Si llevaran un cuchillo entre los dientes, se parecerían más a los que se usan para untar mantequilla que a las katanas. Sin embargo, Kuronuma es consciente de que, junto con sus dos camaradas, generan desasosiego. “Quizás les tiemble la mano en el momento de depositar una papeleta comunista en la urna, pero ¡atrévanse a dar el gran salto!”, les ruega con una nueva reverencia, ante unas cortinas corridas con decisión.
Todos los miembros del partido con los que nos hemos reunido lo confirman: en Japón, es mejor mantener en secreto la pertenencia al PCJ. En el ámbito laboral, ser descubierto puede llevar al ostracismo o incluso al despido. En la vida cotidiana, a la marginación. El partido sigue estando sujeto a la Ley de Prevención de Actos Subversivos, que data de 1952. Desde hace mucho tiempo es objeto de vigilancia estatal, aún mayor desde que el primer ministro de extrema derecha Shinzo Abe (2006-2007 y 2012-2020) declarara, en marzo de 2016, que el PCJ “persigue una política de revolución violenta” (1).
Sin embargo, cuesta conciliar esta alarma del Gobierno con las conversaciones mantenidas sobre el terreno. “¿Se considera usted anticapitalista?”, le preguntamos a Kuronuma. “En verdad, no —responde—. Creo que hay que conservar lo que funciona y desechar lo que no, como la contaminación, por ejemplo”. “Por desgracia, somos víctimas de un enorme malentendido”, observa Tomoko Tamura, que desde 2024 es la primera mujer presidenta del partido, durante nuestra conversación en la sede del PCJ, en el barrio de Yoyogi. Con su voz débil y serena, nos explica: “Nos acusan de querer instaurar un sistema dictatorial de partido único, cuando lo que queremos es justamente sacar al país de un régimen de ese tipo”. El instaurado por el Partido Liberal Democrático (PLD), en el poder casi ininterrumpidamente desde su fundación (2), impulsado en 1955 por la Agencia Central de Inteligencia estadounidense (CIA, por sus siglas en inglés) precisamente para responder a la amenaza comunista.
Al principio, sin embargo, las relaciones entre el PCJ y Washington empezaron con buen pie. Tras la capitulación de Japón en 1945, Estados Unidos ocupó el país. Convencidos de la naturaleza “atrasada” de las sociedades asiáticas —responsable, según ellos, del auge del fascismo en la región—, pretendían implantar los valores estadounidenses: Japón debía convertirse en una “Suiza asiática”, en la encarnación de la superioridad de la democracia liberal “al estilo estadounidense”, a través de lo que los propios norteamericanos calificaban de “revolución democrática desde arriba”.
Paradójicamente, las fuerzas de ocupación comandadas por el general Douglas MacArthur (una “dictadura militar neocolonial”, según el historiador John Dower) (3) llevaron a cabo reformas que se habrían considerado bolcheviques de haberse propuesto en Estados Unidos: desfascización de las instituciones públicas; reforma agraria; desmantelamiento de los monopolios industriales; democratización económica; apoyo a los sindicatos; introducción de la jornada de ocho horas, las negociaciones colectivas y el derecho de huelga; democratización del sistema electoral; emancipación de las mujeres en el seno de la familia… En pocos meses, los japoneses, que hasta entonces no eran más que súbditos del emperador, se convirtieron en ciudadanos.
Reprimido por el poder militar desde 1935, el PCJ fue legalizado. Sus militantes encarcelados recuperaron la libertad. Kyuichi Tokuda había pasado dieciocho años en una celda. Al salir, leyó un “Llamamiento al pueblo” que comenzaba con estas palabras: “Expresamos nuestra profunda gratitud a las fuerzas aliadas que, al ocupar Japón con el objetivo de liberar al mundo del fascismo y el militarismo, han abierto el camino a la revolución democrática en Japón” (4). En aquella época, el PCJcalificaba a las tropas estadounidenses de “ejército de liberación nacional”. ¿Acaso no acababan de llevar a cabo la primera etapa de la estrategia comunista: el fin del semifeudalismo mediante una revolución burguesa y como preludio a la revolución socialista?
La Constitución redactada por los ocupantes, que entró en vigor en 1947, ratificaba el impulso inicial de Estados Unidos. Su artículo 9, por ejemplo, establecía que Japón “renunciaba para siempre a la guerra”. Sin embargo, el contexto internacional llevó a Washington a cambiar su hoja de ruta. La recién estrenada democracia japonesa amenazaba con dar impulso al PCJ. Por su parte, la China del nacionalista Chiang Kai-shek, en la que Washington confiaba como baluarte contra el comunismo, cayó en manos de Mao Zedong en 1949. Un año más tarde, estalló la guerra de Corea. El experimento democrático se abandonó. Japón pasó a ser un “peón” de Estados Unidos (la expresión procede de la armada estadounidense) en el contexto de la Guerra Fría: un aliado tanto político como industrial, capaz de suministrar a las tropas que combatían en la península coreana las armas que necesitaban. El proyecto de “desfascización” fue sustituido por otro: el del anticomunismo de Estado. Mientras se rehabilitaba a las figuras del antiguo régimen acusadas de crímenes de guerra y se reconstituían los grandes monopolios industriales, las purgas se dirigían ahora al movimiento social en general y al PCJ en particular. El “ejército de liberación nacional” resultaba ser, en realidad, un ejército de ocupación, y su proyecto de “revolución democrática desde arriba” pasó a ser una tutela…
Para los comunistas, todo estaba por hacer. En 1950, bajo la presión de Moscú y de Pekín, el partido se lanzó a la lucha armada, una decisión que provocó múltiples escisiones. Moscú y Pekín estaban convencidos de que, al igual que acababa de ocurrir en China, los campesinos japoneses estaban a punto de levantarse en armas. Con la esperanza de desencadenar la insurrección, el PCJ envió “unidades de movilización de las aldeas de montaña” por todo el país. El episodio terminó en fiasco. El PCJ no tenía ninguna experiencia en la resistencia armada. Además, la reforma agraria que acababa de llevar a cabo el general MacArthur había mejorado las condiciones de vida del campesinado. A partir de 1955, el PCJ abandonó las armas y emprendió la reunificación de sus diversas facciones. Algo lo bastante preocupante como para que la CIA orquestara la fusión de los partidos liberal y democrático (5); nacía así el PLD, pronto dirigido por una de las figuras del régimen militar acusado de crímenes de guerra: Nobosuke Kishi (1957-1960), el abuelo de Shinzo Abe.
En los años que siguieron, los comunistas elaboraron la estrategia que sería validada en su VIII Congreso, en 1961, y que se ha mantenido sin grandes modificaciones desde entonces. En primer lugar, priorizar la liberación nacional: “Lo que la sociedad japonesa necesita —según el programa actual del partido—, es una revolución democrática, no una revolución socialista. Una revolución que ponga fin a la extraordinaria subordinación del país a Estados Unidos”. A continuación, volver a las urnas y apostar por un “frente unido”, aunque ello implique “dejar de lado nuestras divergencias teóricas” y “normalizar” la imagen y el discurso del partido.
A partir de entonces se desencadenaron dos procesos simultáneos: uno inscribía al PCJ en una línea que también siguieron otros partidos comunistas, si bien el PCJ fue de los que más apostó por ella; el otro lo alejaba de la trayectoria de los demás. En el contexto de los movimientos sociales de la década de 1960, el partido defendió la ley y el orden. Durante los años setenta, sustituyó a sus candidatos procedentes del mundo obrero y sus manos manchadas de grasa por otros más elegantes: abogados, médicos o directivos de empresas. Posteriormente, en la década de 2000, el partido abandonó los términos que generaban miedo —“partido de vanguardia”, “célula”, “dictadura del proletariado”…— para definirse como “reformista” en el plano económico. En 2020, decidió que la actitud de Pekín en el mar de la China Meridional y en Xinjiang debía privarle de la etiqueta “socialista”, antes de felicitarse de que este análisis “despertase un gran interés en los medios de comunicación japoneses”, todos ellos de derecha (6). Y, desde 2022, critica con mayor dureza a Rusia por su agresión en Ucrania que a una OTAN que alimenta conflictos sin cesar a las puertas del archipiélago.
Junto a esta trayectoria que ya ha quedado muy bien trazada, el movimiento progresista japonés presenta una singularidad: el mundo que imagina invita a mirar hacia el pasado, más que hacia el futuro. Nacida en la primera fase de la ocupación estadounidense, la Constitución de 1947 encarna un ideal democrático y pacifista con el que la mayoría de los japoneses nunca se habían atrevido a soñar. Sin embargo, apenas entró en vigor, la carta magna se vio amenazada por los ultranacionalistas a los que Washington volvió a colocar en el poder para controlar la democracia (y así cerrar el paso a los comunistas) y relanzar la militarización (con el fin de conseguir un aliado importante en el contexto de la Guerra Fría). Paradójicamente, los movimientos que en otros lugares se denominarían “de transformación social” —entre los que destaca el PCJ— son aquí movimientos que pretenden impedir la ruptura del statu quo encarnado por la Constitución: movimientos de conservación de un orden amenazado… por los conservadores. Una opción política que no incita precisamente a la radicalidad.
A partir de 1955, una “nueva izquierda”, a veces cercana al trotskismo, reprendía al PCJ por su blandura. Y contribuyó en gran medida a que Mayo de 1968 se convirtiera en un acontecimiento que inquietara a las clases dominantes locales, antes de que parte de sus organizaciones optaran por la lucha armada. A diferencia de lo que ocurría en la misma época en Alemania o Italia, dos países que también vivían el surgimiento de movimientos de extrema izquierda comprometidos con la lucha armada, las organizaciones japonesas pronto empezaron a atacarse unas a otras e incluso a volcar su violencia contra sus propios miembros. La deriva hizo las delicias de los poderosos, que desde entonces no han perdido la ocasión de asociarla al término “comunismo” y a cualquier cuestionamiento del modelo neoliberal. Un contexto que no ha contribuido a frenar el viraje del PCJ hacia el centro.
¿Cómo explicar, entonces, que un partido tan radical como un par de mocasines con borlas genere tanta inquietud? En primer lugar, porque el anticomunismo nunca ha tenido la necesidad de apoyarse en la realidad: la de los supuestos “abusos” rojos o la amenaza que suponen los comunistas. Pero quizá también porque el PCJ sigue teniendo peso electoral.
Durante las décadas de 1970 y 1980, obtuvo cerca del 10% de los votos en las elecciones generales, asentándose como la tercera fuerza de la oposición. Desde entonces, sus resultados han ido decayendo, aunque todavía cuenta con once “consejeros” en la cámara alta de la Dieta (de un total de 248) y ocho diputados en la cámara baja (que cuenta con 465). Pero, principalmente, el PCJ cuenta con un importante arraigo a nivel local gracias a la dedicación de sus militantes. “En la metrópoli de Tokio —subraya Tomoko—, el PCJ es la primera fuerza de oposición”. Además, el partido dispone de su propio órgano de prensa, Akahata(‘La bandera roja’), un diario con una tirada de un millón de ejemplares. El periódico, que no se lee solo en los círculos comunistas, abandonó hace tiempo las reflexiones teóricas para dedicarse a la defensa de la democracia, denunciando escándalos políticos lo suficientemente jugosos como para despertar la curiosidad de los japoneses.
Con todo, hay un aspecto en el que el PCJ se mantiene firme: sigue interpretando el Japón actual como un país al que Estados Unidos arrebató su soberanía. Una realidad humillante para las élites japonesas, herederas de los antiguos criminales de guerra avalados por Washington e imbuidas de un profundo sentimiento nacionalista, por no hablar de cierta nostalgia imperial. Después de todo, sugieren estas élites, ¿acaso no es Japón una nación extraordinaria por haber logrado convertirse en la segunda potencia económica mundial menos de treinta años después de su capitulación? Para las clases dominantes, plenamente convencidas y que exigen a la población que se ponga al servicio de este destino, la voz del PCJ resulta inquietante.
En determinadas circunstancias, exponer la verdad basta para provocar el terror. Incluso cuando uno lleva mocasines.
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