Gaceta Crítica

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ENTONCES, ¿QUIÉN PIENSA ABSTRACTAMENTE? EL INDIVIDUO IGNORANTE, NO EL EDUCADO

por Evald Ilienkov, 7 de Agosto de 2025

Original: Так кто же мыслит абстрактно? Необразованный человек, а вовсе не просвещенный. Fuente: El conocimiento es poder, 10 (1973), pág. 41-42. Traducción del ruso: Álvaro Peraleda.

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Esta respuesta puede parecer a día de hoy una escandalosa paradoja, una simple ilustración de aquel «recurso literario consistente en el empleo de una palabra o una expresión en su sentido opuesto con el fin de realizar una burla» que los historiadores literarios denominan ironía. Esa misma ironía que, según las palabras de M. V. Lomonósov, «consiste a veces en una sola palabra, como cuando llamamos a un hombre pequeño Atlante o Gigante, o a un debilucho Sansón…»

Ironía hay, y muy mordaz. Pero esta ironía es de una naturaleza especial; no se trata de un gracioso juego de palabras, ni de una simple vuelta de tuerca del «significado habitual» de las palabras que en esencia no cambie nada respecto a su comprensión. No son aquí los términos, sino los fenómenos a los que estos se refieren, los que se transforman en su contrario, los que durante el proceso de su estudio resultan de repente distintos a como aquellos términos solían concebirlos, y este habitual «mal uso» despierta grandes burlas y descubre que precisamente dicho uso «habitual» y completamente irreflexivo de los términos (en este caso, el uso del término «abstracto») es absurdo y no se corresponde con la esencia de la cosa. Y lo que parecía sólo una «irónica paradoja» se descubre, muy al contrario, como la expresión totalmente justa de dicha esencia.

Esta es la ironía dialéctica que se expresa en el plano verbal, en el reflejo del lenguaje, el proceso completamente objetivo (y, por tanto, independiente de la voluntad y la consciencia) de transformación de un elemento en su propio contrario, el proceso por el que todos los símbolos de repente se tornan en sus contrarios y por el que el pensamiento inesperadamente llega a la conclusión que contradice de forma directa a su punto de partida.

El espíritu de esta original ironía no es el ingenio superficial ni la destreza lingüística en el empleo de epítetos, sino la bien conocida «astucia» del transcurso real de la vida ya hace tiempo interiorizada por la sabiduría popular en forma de dicho: «El camino al infierno está empedrado con buenas intenciones». En efecto, incluso las mejores intenciones, refractadas a través del prisma de las condiciones en las que estas se realizan, se tornan a menudo en desgracia e infortunio. Y también sucede al revés: «[Soy] una parte de aquel poder que siempre quiere el mal y siempre obra el bien», dice Mefistófeles, la encarnación de la «fuerza de la negación».

Esta es la misma rigurosa ley que Marx, siguiendo la estela de Hegel, gustaba de denominar «ironía de la historia», «el destino inevitable de todo movimiento histórico, cuyos integrantes poseen una vaga representación de las causas y condiciones de su existencia y por ello ponen ante sí metas puramente ilusorias» (La política exterior del zarismo ruso, OC, t.XXII). Esta ley siempre actúa como represalia inesperada por la ignorancia y el desconocimiento. Siempre está acechando a la gente que no se mete en camisas de once varas.

Cuando esto sucede con los pioneros, es una tragedia; el individuo siempre ha tenido que pagar caro por el saber. Pero cuando las víctimas de esta inflexible ironía son personas que ni saben ni desean tenérselas que ver con la experiencia práctica, entonces su destino adquiere un carácter tragicómico, pues aquí no es ya la ignorancia la que se ve sometida a castigo, sino la simple arrogancia…

Y cuando Hegel a modo de ejemplo de «pensamiento abstracto» introduce de improviso la reyerta de una vendedora, entonces las elevadas categorías filosóficas se aplican no con el fin de burlarse del «pequeño individuo», de la vieja ignorante. La mofa irónica está presente, pero su objetivo es otro. Esta mofa golpea como de rebote, a modo de boomerang, en la frente del mismo lector que veía en todo este solo una burla maliciosa de la «ignorancia». La ignorancia no es un pecado, sino una desdicha, y reírse de ella desde la atalaya de la propia altura intelectual es una tarea poco digna del filósofo. Dicha risa revelaría no la inteligencia, sino la simple altanería de su propia «educación». Esta actitud sí que se merece la burla, y Hegel se permite semejante satisfacción.

El gran dialéctico toma el pelo aquí a la educación ilusoria, a la ignorancia que se concibe como educación y que por tanto se considera con derecho a juzgar y a engalanarse con la filosofía sin siquiera molestarse en su estudio.

La vendedora se bate sin pretender que su verborrea posea ningún significado «filosófico». Ella ni siquiera ha oído nunca hablar de semejantes palabrejas como lo «abstracto». Por eso la filosofía tampoco tiene ninguna pretensión respecto a ella. Otro cantar sucede con el «lector educado» que se ríe viendo una «ironía» en la calificación del pensamiento de la vendedora como «abstracto»; él lo concibe igual que llamar Sansón al impotente… Justamente aquí ha caído nuestro lector en el astuto anzuelo de la ironía hegeliana. Viendo aquí sólo un «recurso literario» se ha descubierto a sí mismo, ha revelado sus carencias justo en el ámbito donde él cree ser un entendido: en el ámbito de la filosofía como ciencia. Y es que aquí todo «individuo educado» cree ser un entendido. «Se concede que para fabricar un zapato es necesario haber aprendido a hacerlo y, por mucho que todo el mundo tenga la horma en su propio pie, se ha de haber ejercitado en ello, ha de tener además manos y, juntamente con ellas, el talento natural para dedicarse a tal ocupación. Sólo para filosofar sería superfluo estudiar, aprender y esforzarse» (Enciclopedia), ironiza Hegelen alusión a estos eruditos. Semejante sabihondo ha descubierto con esto que conoce la palabra «abstracto», pero que en lo referente a la pérfida dialéctica, sacada a la luz tiempo atrás por la filosofía en el interior de la mentada categoría de fenómenos, no posee acerca de ella ni una vaga representación. Por eso él ve una broma donde Hegel no bromea en absoluto, donde Hegel pone en evidencia el vacío hueco de las representaciones «habituales», más allá de cuyas fronteras nunca pone un pie la pretenciosa educación a medias, la educación imaginaria cuyo bagaje consiste al fin y al cabo en la capacidad de utilizar los términos científicos tal y como acostumbra la «sociedad corriente»…

Semejante «lector instruido» tampoco es una rareza en nuestros días. Habitando en el cómodo mundillo de las representaciones triviales que se adhieren a él como si de su propia piel se tratase, este lector siempre se enfurece cuando la ciencia le muestra que las cosas no son exactamente como él pensaba.

Nuestro lector se considera un defensor del «pensamiento sano», y en la dialéctica filosófica no ve nada más que una tendencia malintencionada de «retorcer» el significado de los términos habituales y «socialmente aceptados». En el pensamiento dialéctico él sólo concibe un «uso ecléctico y anárquico de los términos», una suerte de malabares con palabras opuestas, una sofística de la ambigüedad. Así, piensa este lector, Hegel no utiliza las palabras como «debe», llama «abstracto» a lo que todas las personas de sano entendimiento llaman «concreto» y viceversa. A esta interpretación de la dialéctica también se hallan consagrados no pocos de los tratados científico- filosóficos publicados en los últimos 150 años. Y en cada ocasión, estos escritos se dan a conocer en nombre de la «lógica contemporánea». Mientras tanto, es obvio que a Hegel no lo preocupan las denominaciones, él no se cuestiona qué y cómo es menester llamar a las cosas. Acerca de la cuestión de los nombres y de las discusiones sobre los términos, el propio Hegel mantiene una actitud profundamente irónica, provocando y tendiendo trampas a los pedantes científicos que, a fin de cuentas, sólo se preocupan de semejantes simplezas.

De paso, en forma de conversación banal, Hegel populariza –en el mejor sentido de este término– temas extremadamente serios que no atañen en absoluto a las «denominaciones». Aquí nos referimos a las ideas fundamentales de sus geniales Ciencia de la Lógica y la Fenomenología del Espíritu.

«No hay verdad abstracta, la verdad es siempre concreta», pues la verdad no es una «moneda» la cual basta sencillamente con meterse en el bolsillo para, dado el caso, sacarla de ahí y colocarla como una medida estándar sobre las cosas y los fenómenos sueltos, adhiriéndola como una etiqueta a la diversidad del mundo sensiblemente dada, a los «objetos» contemplables.

La verdad no se halla en absoluto en los «resultados» desnudos, sino en el inexorable proceso de comprensión de la esencia de la cosa, proceso mucho más profundo, mucho más fragmentado en elementos y mucho más «concreto». Y la «esencia de la cosa» no consiste nunca y en ninguna parte en la simple «igualdad», en la «identidad» de las cosas y de los fenómenos entre sí. Rastrear esta «esencia de la cosa» significa seguir rigurosamente las transiciones, las transformaciones de unos hechos rigurosamente fijados (también en el plano verbal) en otros y, en último término, en aquellos directamente opuestos a los primeros. La auténtica «universalidad», que enlaza dos o más fenómenos (cosas, acontecimientos, etcétera) conjuntamente en el interior de un «todo», no se oculta en la igualdad de estos, sino en la necesidad de la transformación de cada elemento en su propio contrario. Esta universalidad se halla en el hecho de que estos dos fenómenos de alguna forma se «complementan» el uno al otro «hasta la totalidad», pues cada uno de ellos contiene el «rasgo» que al otro le falta, y el «todo» siempre resulta la unidad de dos lados o momentos mutuamente excluyentes pero a la vez mutuamente presupuestos. De aquí se sigue el principio lógico del pensamiento que Hegel hizo valer contra toda la lógica anterior: «La contradicción es el criterio de verdad, y la falta de contradicción el principio de error». Esto también sonaba y suena a día de hoy bastante paradójico. Pero, ¿qué hacer si la misma vida real se desarrolla mediante «paradojas»?

Y si se presta atención a todo esto, entonces también se empieza a ver el problema de la «abstracción» de forma distinta. Lo «abstracto» como tal (como «general», como «idéntico» fijado en la palabra, en forma de «significado de la palabra socialmente aceptado» o en términos semejantes) no es en sí mismo ni bueno ni malo. Como tal, este concepto puede expresar con la misma facilidad inteligencia y estupidez. En un caso, lo «abstracto» resulta ser un poderoso medio de análisis de la realidad concreta, y en otro caso ser una muralla infranqueable que cerque a esta misma realidad. En un caso puede ser la forma de comprensión de las cosas y, en otro, sólo un medio de destrucción del intelecto, el medio de su subyugación a los patrones verbales. Y esta naturaleza dual y dialécticamente astuta de lo «abstracto» debe ser tenida siempre en cuenta para no caer en un atolladero inesperado.

Aquí reside todo el sentido del folletín hegeliano, de la exposición finamente irónica de algunas muy serias verdades lógico-filosóficas.

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