La figura del “cuñado” ha pasado de caricatura social a herramienta política. Asociada hoy a las clases populares blancas, su significado es más complejo y controvertido. En los años setenta, en Francia, se empleaba para burlarse del francés algo obtuso, reaccionario y machista, ya fuera artesano, pequeño empresario u obrero. Actualmente, esta figura parece haberse reducido a las capas populares, hasta el punto de que algunos sectores de la izquierda francesa, denunciando un desprecio de clase, han intentado rehabilitarla. Sin calibrar las trampas de tal estrategia.
Élie Guéraut y Laélia Véron, 7 de agosto de 2025 (Le Monde Diplomatique)

“Que un progre [bobo] me tache de cuñado [beauf] no me molesta. Antes prefiero ser un cuñado que un pijo progre [bo-beauf]”, afirmó el popular presentador Cyril Hanouna, en referencia al cantante Benjamin Biolay, en el plató de C que du kif (C8, 11 de junio de 2020). Al igual que otros arquetipos sociales, la figura del “cuñado” (en francés beauf, contracción de beau-frère) es una categoría vaga, de contornos imprecisos, y cuya existencia no responde tanto a una realidad social como a la cristalización de un juicio colectivo. A semejanza de “progre” (en francés bobo, contracción de bourgeois-bohème, literalmente ‘burgués bohemio’) —no menos cuestionable desde un punto de vista descriptivo—, “cuñado” es un término peyorativo con fines distanciadores. El “cuñado” es, a la vez, el otro y ese a quien se desprecia por su falta de cultura y que es juzgado falócrata, reaccionario, racista, etc. El término, pues, se ha convertido en una representación corriente del mundo social que, con un solo gesto, señala una categoría y una vinculación a una clase social dada.
Podría pensarse que esta palabra designa una fractura entre la izquierda (que trata a sus adversarios de “cuñados”) y la derecha (algunos de cuyos representantes reivindican el término). Dos libros recientemente publicados en Francia, Beaufs et barbares, de Houria Bouteldja (La Fabrique, 2023), y Ascendant Beauf, de Rose Lamy (Le Seuil, 2025) examinan esta categoría para dilucidar la carga de desprecio que conlleva y tratar, cada una a su manera, de rehabilitarla con el propósito de (re)construir alianzas de clase favorables a la izquierda. Para Bouteldja, ensayista y activista en favor de la descolonización, de lo que se trata es de favorecer la unidad de las clases populares al margen de sus orígenes (los “cuñados blancos” y los “bárbaros racializados”) en torno a un proyecto soberanista de abandono de la Unión Europea, concebido como un primer paso en la lucha contra un “Estado racial integral”. Lamy, ensayista y feminista, insiste —por medio de una variante de la narrativa del “tránsfuga de clase”— en lo importante que resulta para la izquierda el dejar de despreciar a los “cuñados”. En las dos obras, la palabra en cuestión sirve para designar al conjunto de las clases populares blancas: de forma asumida en el caso de Bouteldja, que habla del “proletariado blanco”, y de manera más indirecta en el de Lamy, que se pregunta “quién quiere todavía defender a las clases populares blancas”. Sin embargo, este desplazamiento —que se halla en el núcleo de ambos ensayos— suscita preguntas tanto sociológicas como políticas. ¿A quiénes nos referimos realmente cuando hablamos de “cuñados”? ¿Qué pertinencia puede tener la reivindicación de esta figura para un pensamiento político que se reclama de izquierdas?
Aunque la reducción del “cuñado” a las clases populares (y viceversa) se ha extendido por los medios de comunicación y las industrias culturales, en Francia, al principio, esta figura remitía también a grupos sociales más favorecidos económicamente. Son dos los orígenes del término beauf que suelen mencionarse, y ambos se han ido confundiendo con el paso de las décadas. En primer lugar, la palabra “BOF” —siglas de beurre, œuf, fromage (‘mantequilla, huevo, queso’)— designaba, en Francia, a los comerciantes sospechosos de colaboracionismo que se enriquecieron gracias al mercado negro durante la ocupación nazi (1). En segundo lugar, ya en los años 1970, el beauf se convirtió en un personaje creado por el caricaturista Cabu, que se inspiró, sobre todo, en el encargado de una cafetería y en Jacques Médecin, el alcalde de Niza por entonces. En la década de 1990, Cabu introdujo una evolución en su personaje, que trabajaba en el sector de las comunicaciones y jugaba al golf. Se había aburguesado, pero seguía dando muestras de sus valores conservadores: sexismo, racismo, odio a los ecologistas, etc.
Regreso del estereotipo
Así pues, desde sus comienzos, la designación de “cuñado” en Francia podía superar lo popular y referirse a la (pequeña) burguesía económica. Lo que lo caracterizaba era su distanciamiento de la cultura académica e ilustrada, así como de los sectores intelectuales portadores de la misma. Antes al contrario, el “cuñado” se volcaba en un consumismo de masas y hacía ostentación de su riqueza. Así, el expresidente francés Nicolas Sarkozy —cuando se burlaba del “sádico o imbécil” que había incluido la novela La princesa de Clèves en el programa de unas oposiciones, o bien cuando se encontró con el papa acompañado del humorista Jean-Marie Bigard— fue frecuentemente calificado de “cuñado” por algunos periodistas, por ejemplo, en los artículos de opinión de L’Humanité (2). En la actualidad, uno podría preguntarse si relevantes personalidades políticas contemporáneas, como Javier Milei o Donald Trump, no se corresponden también con esta visión del “cuñado”: encarnaciones casi arquetípicas de la “fragilización de los vínculos entre la cultura ilustrada y las clases elevadas” (3), ambos escenifican un medido distanciamiento con respecto a la cultura legítima en el marco de una comunicación política de signo populista.
¿Cómo explicar, entonces, que se haya dado prioridad a la vinculación de esta categoría con las clases populares (en especial las masculinas y blancas)? Como explica el sociólogo Gérard Mauger (4) —y como recuerda Rose Lamy—, el éxito del “cuñado” de Cabu se explica en parte por el contexto que sucedió a Mayo del 68, en el cual la “nueva pequeña burguesía” descrita por el sociólogo Pierre Bourdieu (5)experimentó un importante ascenso. Al reivindicar el underground y los movimientos contraculturales anglosajones, sus miembros trasladaron sus inclinaciones contestatarias de la esfera política a la cultural. Criticar al “cuñado” permitía arrogarse el papel del “bueno de la película” en ese proceso de renuncia colectiva achacando la culpa a una clase obrera que supuestamente se había apartado de su papel de vanguardia revolucionaria, y cuya figura idealizada —trabajador cualificado, blanco, sindicado, empleado en la gran industria— se desmoronaba.
Actualmente asistimos a un regreso del estereotipo, por más que ya no se trate de burlarse del “cuñado” como de invertir el estigma, aun a costa de reducir el “cuñadismo” a lo popular y lo popular al “cuñadismo”. En efecto: ya sea miserabilista o populista, estigmatizadora o revalorizadora, la operación peca de un etnocentrismo de clase y plantea tres problemas: contribuye a ocultar la heterogeneidad de las clases populares, desdibuja la separación entre los ejes cultural y económico del espacio social e ignora los efectos a nivel local de la intensificación internacional de la competencia entre grupos dominados.
‘Picotear’ en los gustos populares
La asimilación de lo popular al “cuñadismo” tiende, en primer lugar, a invisibilizar la fuerte disparidad de gustos, prácticas, valores y estilos de vida populares. Por ejemplo, el concepto de “bohemia popular”, desarrollado por Gérard Mauger y Claude Poliak en los años setenta del pasado siglo (6), describe una realidad radicalmente opuesta a lo que la figura del “cuñado” pretende mofarse: el avance entre la juventud de las clases populares de ideales contestatarios pos-68 y de los movimientos contraculturales anglosajones, como el rock and roll y el jazz. Más recientemente, sociólogos como Martin Thibault (7) o Cédric Hugrée (8) han estudiado las “aspiraciones evasionistas” de algunos jóvenes de clases populares atraídos por la cultura legítima y académica, lo que también los aloja en las antípodas del estilo de vida que se asocia al “cuñado”.
Este desplazamiento también puede ser causa de que se dejen al margen las tensiones entre el eje cultural y el económico. La crítica desdeñosa que se concentra en un “cuñado” forzosamente dominado (cultural y económicamente) por la clase “dominante” también resulta reductora. Como mostramos en el marco de una encuesta etnográfica en una ciudad de tamaño medio del centro de Francia (9), se advierte que esta expresión de desdén de clase revela una reacción frente a la devaluación social y residencial experimentada por una pequeña burguesía cultural local formada por docentes, artistas o trabajadores sociales. Esta, enfrentada a las políticas de austeridad presupuestaria, a la crisis del socialismo municipal y la degradación y desvalorización del centro urbano —todo lo cual amenaza su sostén profesional y residencial—, encuentra en la crítica de la figura del “cuñado” una ocasión para vengarse de las élites económicas locales (comerciantes, directivos, jefes de empresa, profesionales liberales…), a quienes se tiene por responsables en parte de dicha desvalorización.
Por último, la identificación del “cuñadismo” con las clases populares masculinas y blancas puede llevar a olvidar que los inmigrantes y las mujeres de las clases populares se cuentan entre las principales víctimas de las actuales transformaciones internacionales del capitalismo. Los sociólogos Cédric Hugrée y Etienne Pénissat hablan, por ejemplo, de una “segregación específica de las clases populares” al señalar que, en Francia, dos años después de la crisis económica de 2008, “el 40% de los trabajadores no cualificados descendientes de inmigrantes llegados de un país no perteneciente a la Unión Europea estaban en el paro, frente al 17% de los trabajadores no cualificados que no eran ni inmigrantes ni descendientes de inmigrantes” (10). Como señalan los autores, asistimos a una “acentuación de las desigualdades en función del género, el origen migrante o la raza”, un fenómeno que contradice la univocidad de la figura del “cuñado”.
Uno podría aducir que solo son nimiedades sociológicas: ya que en el habla común la categoría de “cuñado” está muy asociada a lo popular —por más que en parte lo desborde—, puede que resulte interesante rehabilitar el término en el plano político. Esta estrategia resulta sin duda interesante en un sentido: el desdén expresado al hacer alusión a esta figura puede reforzar la desconfianza de las clases populares frente a las “élites de diplomados” que los estigmatizan (11), momento en el que sería conveniente recordar los efectos nocivos que entraña una perspectiva de alianza de clases. No obstante, esta estrategia tiene sus riesgos. Por ejemplo, una reivindicación selectiva alimentaría estrategias de distinción de una pequeña burguesía cultural que navegara con soltura entre los registros cultivados y populares de la cultura, entre gustos “cuñados” y gustos legítimos, a semejanza del “derecho de pernada simbólico” descrito por Claude Grignon y Jean-Claude Passeron (12), según el cual los grupos culturalmente dominantes pueden sentirse autorizados a “picotear” en los gustos populares con el fin de sacar beneficios simbólicos. Esta reivindicación del “cuñadismo” puede incluso convertirse en un medio retórico para hacer que sus conductas pasen por aceptables presentándolas como antiburguesas o antielitistas. Pese a lo que podría pensarse, la maniobra no es patrimonio de la derecha: pensemos en el escritor comprometido con las ideas de izquierda François Bégaudeau, que reivindicó “el humor de mal gusto, el cuñadismo” para justificar una “broma” sexista sobre la historiadora Ludivine Bantigny (13).
Una crítica social y moral
En términos más generales, la reivindicación de la etiqueta “cuñado” ignora el siguiente problema político: ¿qué hacer cuando individuos pertenecientes a las clases populares muestran conductas que no se reducen a meras prácticas culturales, sino que también son relaciones de dominación o incluso de violencia contra otros grupos dominados, como afirmaciones o actos sexistas o racistas? Otra dificultad: la representación caricaturesca de las clases populares en tanto que “cuñados” tiende a estrechar su universo cultural limitándolo a prácticas consumistas estandarizadas por la industria cultural de masas. Semejante simplificación tiende a fosilizar las clases populares en un imaginario aspiracional orientado tan solo hacia los estándares del capitalismo mercantilista y, de ese modo, a sacralizar las relaciones sociales existentes haciendo caso omiso de las tentativas históricas de creación de contraculturas populares vinculadas a proyectos de transformación social (como las que pudieron existir en movimientos de educación popular a menudo relacionados con instituciones como el Partido Comunista Francés).
En resumen: en los usos de la noción de “cuñado” suelen mezclarse dos críticas, una social y otra moral. Aunque, por supuesto, no debemos dejar a un lado la cuestión moral (no es justo ni, por lo demás, políticamente eficaz dar muestras de un desdén cultural con el propósito de descalificar a grupos sociales “enemigos” o juzgados como tales), limitarse a condenar el desdén cultural puede llevarnos a no entender las condiciones sociales de producción de ese desdén. Además, desde el punto de vista político, es preciso ser capaz de reconocer que las prácticas culturales pueden ser criticadas y ser objeto de una labor de apropiación y transformación (que, de hecho, se realiza en el ámbito asociativo, los medios de comunicación, el campo del arte, etc.). La cultura no es solo un terreno de juego de distinciones sociales, sino también el escenario de luchas políticas.
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(1) Nicolas Gastineau, “Une généalogie du ‘beauf’”, 15 de diciembre de 2021, www.philomag.com
(2) Bernard Vasseur, “De quoi rêve Sarkozy?”, L’Humanité, Saint-Denis, 15 de enero de 2008.
(3) Philippe Coulangeon, “Classes sociales, pratiques culturelles et styles de vie”, Sociologie et sociétés, París, vol. 36, n.° 1, primavera de 2004.
(4) Gérard Mauger, “Sociogenèse et usages de la figure du ‘beauf’”, Sens-Dessous, La Roche-sur-Yon, n.° 23, 2019.
(5) La distinción, Taurus, Barcelona, 2012.
(6) La Vie buissonnière, Maspero, París, 1977.
(7) Martin Thibault, Ouvriers malgré tout, Raisons d’agir, París, 2013.
(8) Cédric Hugrée, “Le CAPES ou rien?”, Actes de la recherche en sciences sociales, París, vol. 183, n.° 3, París, 2010.
(9) Élie Guéraut, Le Déclin de la petite bourgeoisie culturelle, Raisons d’agir, París, 2023.
(10) Cédric Hugrée y Étienne Pénissat, “Classes”, en Didier Fassin (dir.), La Société qui vient, Le Seuil, París, 2022.
(11) Cf. Raphaël Challier, Simples militants, PUF, París, 2021.
(12) Le Savant et le populaire, Le Seuil, París, 1989.
(13) Véase Sarah Brethes, “Le tribunal relaxe François Bégaudeau malgré des propos ‘indéniablement’ sexistes”, Mediapart, 27 de mayo de 2024.
Élie Guéraut y Laélia Véron
Respectivamente: respectivamente: profesor de sociología en la Universidad Clermont Auvergne y autor del libro Le Déclin de la petite bourgeoisie culturelle (Raisons d’agir, París, 2023) y profesora de estilística y lengua francesa en la Universidad de Orleans, autora (junto con Karine Abiven) de Trahir et venger. Paradoxes des récits de transfuge de classe (La Découverte, París, 2024).
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