Gaceta Crítica

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De espaldas al mundo a bordo de un crucero

Uno podría suponer que el turismo de cruceros quedó tocado por el naufragio del Costa Concordia y, más tarde, hundido por la covid. En realidad, al sector nunca le ha ido tan bien: 34,6 millones de pasajeros por todo el mundo en 2024, un 9% más que el año anterior y un 16% más que en 2019. Embarcarse como un viajero más en un barco entre Venecia y Mykonos permite entender mejor las razones de este éxito comercial.

por Élisa Perrigueur, 3 de agosto de 2025 (Le Monde Diplomatique)

El tiempo parece detenido sobre un mar Adriático desierto. “Siente la magia en el aire”. La música pop del grupo Magic System se mezcla con el ruido sordo de los motores. El Armonia dispone de 2620 plazas para pasajeros y una tripulación de 721 personas. La estela de este edificio de trece puentes y 274 metros de longitud rompe el azul profundo de las aguas, mientras que el del cielo se ve velado por el humo que escupe la gorda chimenea decorada con el logo de la Mediterranean Shipping Company (MSC), la mayor empresa marítima del mundo y la cuarta por lo que a cruceros se refiere.

Sobre el puente superior n.º 12, el Zaffiro —los puentes de los pasajeros reciben el nombre de piedras preciosas en italiano—, varios cruceristas descansan sobre tumbonas tomadas al asalto que dan la espalda a un mar calmo como una balsa de aceite. Al amanecer, el personal dispone estas tumbonas cara al interior del barco, y no hacia el Mediterráneo. “Esa es la consigna, pero puede darle la vuelta, si lo desea”, suspira Amman (1), un filipino cuyo nombre de pila y nacionalidad aparecen inscritos en su placa de identificación, como todos los empleados. De ese modo, los pasajeros pueden contemplar desde arriba el puente n.º 11, donde se desarrollan las actividades organizadas. Esta tarde de junio, el “megabingo” galvaniza a la muchedumbre, al igual que las piscinas con agua de mar y los codiciados jacuzzis.

Veraneantes en bañador concentran su atención en las palabras del animador brasileño: “¡25.000 euros, pueden ganar hasta 25.000 euros!”, se desgañita Pedro en seis idiomas (inglés, francés, portugués, español, alemán e italiano). Un ayudante de camarero indio ataviado con una larga camisa se desliza entre los jugadores agolpados arrastrando un carrito. Se dedica a recoger sin descanso los vasos de sangría o los platos estampados con las siglas MSC, algunos todavía con alguna patata frita y bocadillos a medio comer, venga a ir y venir entre los bares de copas y las cocinas. Bajo el sol de plomo, los bufés libres de Il Girasole, Hamburger Paradise o Pizza e Pasta brindan la posibilidad de comer casi a cualquier hora día.

Ese día, nadie logra ganar el megabingo. Pero habrá otro dentro de dos días. “Si gano, podría dejar de trabajar”, sueña Théo —un mecánico de coches llegado del sur de Francia— sin creérselo demasiado. A veces, al caer la noche, este crucerista empedernido se dirige al Palm Beach Casino, en el puente n.º 6 —“Diamante”— para apostar pequeñas sumas. En medio de las máquinas parpadeantes, se cruza con Zaúr, un azerbaiyano que, con aire feliz pese a haber perdido más de mil euros, lo saluda a gritos en ruso con un “Za vashe zdarovie” (‘A su salud’), copa de prosecco en mano. “Tengo bastante dinero como para no tener que trabajar”, resume Zaúr sin entrar en detalles. Duerme durante el día y nunca baja a tierra en las escalas, a su entender secundarias. Pero el anochecer siempre lo encuentra listo para ir a la ruleta. “Me encantan los cruceros, aquí no hay nacionalidades: rusos, franceses, italianos… ¡Todos somos amigos en el mar!”, asegura. Es temporada de fiesta y de la famosa “desconexión” vacacional. En este pequeño universo cerrado hay cadenas de televisión disponibles en varias lenguas, pero no periódicos. Internet es de pago: 90 euros por dos dispositivos. Y en alta mar no hay red telefónica.

El Armonia recorre sin descanso el Mediterráneo entre abril y noviembre. En junio navega entre Venecia, Brindisi, El Pireo, Mykonos y Split antes de regresar a la Ciudad de los Dogos. En el barco se cuentan cerca de treinta nacionalidades. Más de 800 de los viajeros embarcados son italianos. “MSC es una empresa creada por un italiano, y la localización de los puertos influye en el origen de los pasajeros”, presume Giulia, una auxiliar italiana. Tras ellos vienen los españoles, estadounidenses o australianos, seguidos de cruceristas alemanes, portugueses, franceses, puertorriqueños o neerlandeses. Actualmente, la sede de MSC y su rama especializada en cruceros se encuentra en Ginebra (Suiza). La empresa fue fundada por Gianluigi Aponte, un familiar lejano de Alexis Kohler, antiguo secretario general del Elíseo. Tras pasar por la dirección financiera de la empresa, este último fue imputado en 2022 por conflicto de intereses y tráfico de influencias en relación con MSC.

Los empleados, que saludan continuamente a los pasajeros con un “Buenos días, ¿cómo está?” en globish(una forma simplificada del inglés) desempeñan numerosas funciones: auxiliares, recepcionistas, camareros, animadores, fontaneros, mecánicos… Son filipinos, mauricianos, brasileños, malgaches, indonesios, albaneses, ucranianos, croatas… Los ciudadanos europeos o sudamericanos se ocupan sobre todo de los servicios de acogida. Además de orientar a los clientes, los empleados del buque deben garantizar la paz social, una tarea que adquiere múltiples formas: separar a unos italianos que discuten por una butaca en el teatro, frenar las llegadas masivas a los bufés, ofrecer una botella de prosecco en caso de que algo se estropee en un camarote…

El imperativo de la productividad se revela con la permanente rotación de los pasajeros. Para optimizar la ocupación, el navío embarca y desembarca en cada puerto a los viajeros, que pasarán siete noches a bordo. La etapa más importante es Venecia, donde cruceristas procedentes de todos los rincones del mundo convergen a su propio coste. Es allí donde el Armonia carga las 30.000 toneladas de productos alimenticios necesarios para cocinar entre 10.000 y 12.000 comidas diarias durante una semana. En junio, el precio del crucero es de en torno a 1300 euros por un camarote interior —para una o dos personas— con pensión completa, sin contar las bebidas y las actividades, que se facturan aparte. MSC también organiza muchas excursiones de pago a las ciudades donde hace escala: paseo en tuctuc por Split o visitas a las playas de Mykonos o a la Acrópolis de Atenas.

Hay un joven policía de vacaciones que jamás pisa tierra. Hizo su reserva en el último momento: “Quería relajarme, estar solo en medio de la gente”. Este italiano es un asiduo del gimnasio, situado hacia la proa —el único espacio del buque en el que se anima a los pasajeros a realizar esfuerzos físicos—, no lejos del spa y los bufés, con los que comparte puente. Mientras se machaca en una cinta de correr, otro crucerista se ejercita a su lado en una máquina de remo mientras escruta el mar infinito que se extiende frente a él. “Nos apetecía un viaje de descanso, con etapas organizadas: acabamos de tener un hijo”, explica Maria, una médica italiana, mientras dos empleados instalan una trona.

Los niños, las parejas y las familias intergeneracionales son legión. “Pensaba que solo nos encontraríamos con personas de cierta edad, y es al contrario. El personal se ocupa bien de nosotros. Un animador hasta le ha cantado una canción a mi futuro bebé”, dice, complacida, Lisa, una enfermera embarazada procedente del este de Francia. Noemi y Giuseppe, dos jubilados italianos, viajan con sus nietos: “Estuvimos a bordo del Costa Concordia, con el capitán Francesco Schettino, meses antes de que naufragara”, cuenta Noemi a los conmovidos cruceristas con los que comparte la mesa del desayuno. El comandante de ese buque perteneciente a la empresa italiana competidora Costa Cruceros se hizo famoso por abandonar su barco en pleno naufragio, el 13 de enero de 2012, frente a las costas de la isla italiana de Giglio. Es “la” catástrofe que todos los pasajeros conocen, y solo pueden imaginar el pánico que se adueñó de la gente en ese espacio cerrado. “Eso no nos impide seguir yendo de crucero —explica Noemi—. Cuando uno viaja en familia, resulta práctico”.

Los anuncios por megafonía —a veces, incluso en los camarotes— tratan de suscitar el interés por las actividades colectivas. Los días de navegación, hay programadas más de sesenta ocupaciones gratuitas, diurnas o nocturnas: fiesta junto a la piscina, juegos por equipos, gimnasia al amanecer, cocina para niños, velada en la discoteca Starlight Disco… “Las actividades duran entre 30 y 45 minutos, rara vez más; si no, los cruceristas nos reprochan no poder hacer todas las que les interesan”, justifica Manuel, un auxiliar “siempre disponible” que no tarda en tutear a su interlocutor: un gesto destinado a suprimir las diferencias sociales.

El spa de pago y las tiendas de ropa, joyas o gafas de sol también tientan a los pasajeros. “Aquí uno no se aburre nunca”, asegura Manuel ante las tres personas llegadas al “encuentro de los viajeros solitarios” que se realiza en el Red Bar, dotado de espejos en el techo y ventanales decorados con cortinas austriacas. Durante la “noche blanca”, viajeros vestidos de blanco bailan en el puente superior. El que grita más fuerte en la noche gana el cóctel del día. Por si acaso alguno no se ha enterado, un auxiliar recuerda que cada tarde hay dos representaciones gratuitas en el gran teatro La Fenice (“El Fénix”, en referencia a la ópera de Venecia), con sus cortinajes de lentejuelas. El repertorio de viejas canciones goza del favor del público. Como esta noche, en que dos artistas cantan “Over the Rainbow” —la canción que interpretaba Judy Garland en la película El mago de Oz, de 1939— ante una pantalla gigante por donde se desplazan unas auroras boreales.

De política no se habla

MSC concibe las cenas como ocasiones de socialización acelerada. Los viajeros, vestidos con elegancia, acuden a horas fijas al restaurante. El propio camarero, ataviado con camisa y chaleco de servicio, los distribuye entre las mesas, a menudo en función de su lengua. Los seis francoparlantes de nuestra mesa —dos parejas suizas y una francesa que no se conocían— no tardan en congeniar. Las conversaciones giran sobre la vida del crucerista.

Chloé, una auditora contable treintañera, ha venido con su pareja. Fascinada, no deja de recorrer este barco grande como dos catedrales. A menudo llega tarde a la cena, atrapada por los fotógrafos, que organizan sus emboscadas cerca de los restaurantes, donde instalan sus decorados: un ferri bajo la luna, escaleras a lo Titanic, paisajes de Mykonos… A los cruceristas les halaga ver sus retratos entre los centenares de imágenes exhibidas en un pasillo. Nuestros vecinos de mesa se encapricharon de un lote de fotos de 200 euros. Corinne y Paul, auxiliar médica y conductor de camiones próximo a jubilarse, conservan un vivo recuerdo de su primer crucero, en 2010, “con Costa”. Unos recuerdos que estos dos suizos comparten en cada comida: “Los minicruasanes eran menos secos, los camarotes más grandes, y la gala del capitán fue más larga”, zanja Paul.

Esta última es “la” velada por antonomasia de la semana. En un barco, el capitán es responsable de todo. El puente n.º 5 está presidido por pequeños retratos suyos con traje blanco sobre un fondo estrellado con el fin de forjar su leyenda. Se trata de un momento sacralizado incluso antes de que el barco zarpe: nos recordaron que “la velada del capitán” es una de las pocas que exigen “una indumentaria adecuada”. Durante la fiesta, el protagonista del evento entra en el teatro bajo las aclamaciones del público. Invita a una niña a subir a escena, da la bienvenida a la muchedumbre en varias lenguas y se marcha bajo los sones de “Simply the best”, de Tina Turner. De repente una mujer visiblemente emocionada se cruza con él en los escalones para cogerle del brazo y susurrarle unas palabras al oído.

Conforme pasa la semana, las cenas se vuelven más cordiales. Nuestro barco navega frente a las costas de Pylos, en Grecia, donde más de 500 personas migrantes murieron en 2023 en el naufragio de un barco de pesca sobrecargado. Las bombas caen sobre Ucrania, Irán o Gaza. El calor es aplastante. Pero, en este elegante restaurante, el viaje —que se juzga “genial”— se impone a los temas políticos en las charlas. “Lo de los coches eléctricos nunca funcionará”, espeta, no obstante, uno de los comensales, empleado en la industria petrolera. “¡De todos modos, tiramos montones de comida! Los empleados trabajan como locos”, se compadece Chloé. Nuestros vecinos de mesa se saludan encantados cuando se encuentran fuera de las horas de comida, pero evitando siempre resultar intrusivos. Nadie nos pregunta nuestro nombre de pila ni nuestra profesión.

Profesor, estudiante, desarrollador web, ebanista, empresario… Los estatus sociales de los viajeros son diversos, pero los pasajeros se muestran discretos al respecto. Sobre el papel, solo el camarote —con balcón, con ventana o sin ella— es susceptible de revelar las diferencias de ingresos: cuanto más arriba se aloja uno en el barco, más caro sale el pasaje, mientras que las bodegas se reservan para la tripulación. Los más adinerados eligen la fórmula de lujo con espacios aislados, como el Top Exclusive Solarium del último puente, el n.° 13. Todos los viajeros, sin embargo, son tratados con muchas consideraciones. Nada más llegar por primera vez al barco, con notable pompa y circunstancia —y sin que falte la música—, se les ofrece la famosa “tarjeta de crucero”.

“Es como tu carné de identidad —compara Manuel—. Debes llevarla siempre contigo”. Algunos se cuelgan del cuello esa llave maestra que se escanea durante los supervigilados embarques y desembarques en los puertos, abre la puerta de los camarotes y supone el único medio de pago a bordo. No se aceptan pagos en efectivo o con tarjeta bancaria, de modo que hay que abonar usando la tarjeta de crucero en una terminal. Por comodidad, muchos viajeros la vinculan directamente a su cuenta bancaria, lo que hace que las transacciones resulten cada vez más abstractas según pasan los días. Ya desde el embarque, pequeños estands recuerdan al viajero la utilidad de los servicios que acaso se haya olvidado de contratar pese a los correos electrónicos recordatorios enviados antes de la partida. Toda compra en el mar resulta más cara: suplementos de hasta el 30% para la opción de internet o del 40% para el combo de bebidas.

Se anima a los viajeros a que estén al día descargando la aplicación de intranet “MSC for me” en su teléfono. Esta red informática interna crea un vínculo indefectible con la nave, en especial para quienes no han contratado la opción de acceso a internet. La aplicación registra las transacciones y gobierna la vida en el barco y cuanto se relaciona con él: pronóstico del tiempo, excursiones, atuendo a llevar en cada ocasión… Llueven las notificaciones: “Disfrute de un cálido momento en el bufé evitando las horas punta de afluencia entre las 7:30 y las 8:00”, “Promociones en el spa, los masajes y los bolsos”… Además, se reparten folletos publicitarios sobre las ofertas a bordo deslizándolos bajo las puertas de los camarotes. La víspera del regreso, todos los clientes ven cómo se les deduce un euro para destinarlo a la Fundación MSC. “Esta aportación queda prevista cuando asocia su cuenta bancaria y la tarjeta de crucero —asegura un recepcionista a quienes no habían leído en detalle las condiciones generales de venta—. ¡Están en medio del mar, bien podrán ofrecerle un euro!”, añade con una sonrisa congelada. Los cruceristas se quejan de esta “donación automática” en un foro de pasajeros. A bordo, los pasajeros se muestran sorprendidos: “El problema no es la suma, sino el medio usado; una donación es algo que debe partir de nosotros, no se nos pidió con claridad, podría haberlo dedicado a otra causa”, se indigna la helvética Corinne.

La Fundación MSC “está impulsada por nuestro profundo sentido de responsabilidad hacia el planeta y sus recursos”, según su página web. “Gracias a la generosidad de los pasajeros de MSC Cruceros, que han donado millones de euros con el paso de los años, nuestros programas […] han transformado millones de vidas”, puede leerse en la aplicación. Al lado de una tienda, otros carteles publicitarios animan a hacer aportaciones. Una pancarta insiste en el “compromiso” de la empresa con el medioambiente: un 80% del agua dulce usada a bordo procede del mar —entre ella el agua potable, desalinizada—, y el uso del plástico está limitado. La flota MSC aparece orgullosamente representada en los pasillos, en vídeo o en fotografías. Hasta es posible comprar la foto de un buque entrando en una bahía. Apenas pisa uno las moquetas del Armonia, una auxiliar te propone un descuento para un crucero en Panamá “solo si se contrata a bordo”. Una de las actividades de la semana es una conferencia en la que se alaba el “crucero alrededor del mundo de MSC”, con una duración de 120 días y 45 escalas: “El crucero para 2026 ya está completo, pero puede reservar para el de 2027”, precisa la auxiliar.

Durante las escalas, el Armonia permanece atracado varias horas. Así, la visita de Brindisi —un puerto inmaculado del sur de Italia de 80.000 habitantes— se realiza entre las 16:00 y las 22:00 horas. “Es pequeño, no hay nada que ver”, juzgan un par de franceses que se han quedado sobre el puente. Brindisi, conocido como “la puerta de oriente”, fue el punto de partida de la vía Apia, que lo unía a Roma. La ciudad era testigo del desembarco de los ejércitos romanos enviados a oriente. Este día de junio de 2025, los cruceristas descienden al puerto bajo los sones de “What Is Love”, de Haddaway, escupidos por unos altavoces depositados en el muelle. Una fanfarria local de tambores le toma el relevo. A la salida del puerto han instalado tenderetes de creadores de joyas. En la vecina avenida Garibaldi, bordeada de palmeras entre las que vuelan los vencejos, los empleados del barco, despojados de su uniforme, saborean sus spritz. Son muchos los pasajeros que regresan al barco para aprovechar la comida gratuita.

Mientras se leva el ancla, una animadora vestida con un mono da inicio en el puente superior a la actividad del karaoke, cuyos ecos llegan hasta los pálidos inmuebles de Brindisi. Los viajeros se duermen acunados por el oleaje del Adriático y se despiertan en el Jónico.

Llegada de Australia, a Christianne, profesora de inglés jubilada, le apasionan las escalas. “Me gusta lo diverso de la arquitectura de las ciudades europeas”, explica sentada en un sillón, elegantemente vestida, mientras espera a que abran el restaurante. Esta viuda cuenta con doce cruceros en su haber, entre ellos uno exclusivamente para adultos, que recuerda con nostalgia: apreció la tranquilidad y la ausencia de niños. Se embarcó en el Armonia tras un enlace en avión, y ahora disfruta de su viaje: “No puedo caminar demasiado tiempo. Aquí no hay que planificar nada. Los traslados tras el descenso del barco están bien organizados”. Sacar del buque a los viajeros requiere una logística de desplazamiento compleja de la que se ocupa MSC a cambio de un pago suplementario. “Nada sale gratis”, señala a menudo Christianne.

Acusados de contaminar o de dañar las infraestructuras (véase “Una industria muy contaminante”), los cruceros se ven cada vez más alejados de los centros de las ciudades. El desembarque de pasajeros se realiza lejos de los lugares de excursión que tanto encarecen los folletos. En el puerto de El Pireo, el crucerista llega a un extremo de las terminales de ferris, a una hora de viaje en autobús de la Acrópolis de Atenas. Quienes se aventuran por las ciudades en las que se hace escala al margen de los circuitos previstos por MSC recurren al transporte público. Pero, como advierte el personal, a los rezagados no se les espera. Una pareja de francoparlantes prefiere quedarse a bordo: “Ya vimos Atenas, hace doce años”.

Por lo que a Christianne respecta, se limita a las excursiones organizadas: “Mi agencia de viajes me previno contra los carteristas y la droga en las bebidas —cuenta—. También nos recomendó que evitáramos la isla griega de Santorini y la ciudad catalana de Barcelona, donde hay mucho anticrucero y mucho antiturista”. Le preocupa el hecho de que, días atrás, varios grupos de activistas rociaran a los pasajeros de un crucero con pistolas de agua. “Los residentes se están pegando un tiro en el pie, este sector aporta dinero”, dice Christianne, que eligió MSC por sus escalas “en toda seguridad”.

En Split o en Mykonos, a los cruceristas parece ofrecérseles el mismo decorado. Las frecuentadas calles cercanas al puerto —transformadas de grado o a la fuerza ante la presencia de numerosos visitantes extranjeros— se asemejan: cafeterías con cartas traducidas al inglés, apartamentos destinados al alquiler vacacional y tiendas de recuerdos. La población local se pone al servicio de los turistas. Los gatos callejeros se han acostumbrado a las fotos y a que los cubos de basura estén bien llenos. Cuando uno se aparta de los trillados circuitos de MSC, nada se le perdona al turista despistado que lo ignora todo de los particulares códigos de este circo de consumo. En Mykonos, un crucerista que mordisquea un pastel encaramado a un muro bajo es increpado por un vendedor de la tienda de al lado: “¡No coma ahí, para eso están los restaurantes!”.

Esta isla del Egeo de tan solo 11.000 habitantes ha visto cómo en 2022 pasaban por ella dos millones de visitantes. En junio, los buques parecen una extensión de su territorio: cuatro grandes barcos ocultan sus áridas colinas. El MSC Armonia casi parece minúsculo al lado del imponente Disney Fantasy, con sus humeantes chimeneas rojas decoradas con las orejas de Mickey, bautizado en 2012 por la cantante Mariah Carey y con capacidad para 4000 pasajeros. Desde julio, se les ha impuesto a los cruceristas una tasa de 20 euros para luchar contra la masificación.

Un grupo de 36 pasajeros de MSC ha optado por la excursión a la pequeña isla de Delos, próxima a Mykonos. A la entrada de unas ruinas a rebosar de gente, la guía griega se apresura a reunir a los pasajeros. Los siguientes grupos de turistas con prisas obligan a acelerar esta escapada de hora y media. “No entendimos lo que la guía nos decía por su acento al hablar en inglés —comenta, divertida, una pareja de estadounidenses—, ¡pero el lugar nos ha parecido fascinante!”. “Nos ha encantado”, comentan dos surcoreanos en viaje de bodas.

“Hay una auténtica guerra entre guías. Las visitas se hacen al cronómetro. Hay gente porque son lugares muy bonitos —comentan los suizos Corinne y Paul durante la cena, a dos días del final del crucero—. Como no hablamos inglés, solo podemos hacer las visitas acompañados de un guía”. Toda la mesa de francoparlantes está encantada con la experiencia y se intercambian datos de contacto.

La canción “Aummo… Aummo…”, de Renzo Arbore, resuena de golpe. Entran a toda velocidad unos empleados llevando pasteles con la bandera de Italia. Luego, invitan a los entusiastas clientes a bailar la conga. La víspera de la despedida, se invita a los comensales a recordar los nombres de sus camareros. Al acabar el crucero, se enviará a los clientes una encuesta de satisfacción con, entre otras, la siguiente pregunta: “Se ha distinguido algún miembro de nuestra tripulación por lo excelente de su servicio?”. “Cada mes, el empleado elegido recibe una prima de unos 100 euros”, explica Giulia, la auxiliar. Hay una foto del mejor empleado de mayo colgada en el tablón de Recursos Humanos, en el puente n.º 4, junto a un emoji sonriente con símbolos de dólar en vez de ojos. Giulia nos guía por este puente situado bajo la línea de flotación. Dado que se reserva a los empleados, carece del privilegio de tener un nombre evocador.

Por el precio de una excursión —esto es, 59 euros— es posible visitar las entrañas del barco, pero sin teléfono y sin cámara fotográfica. Los vigilados viajeros descubren las cocinas y la lavandería, donde indonesios, filipinos y malgaches lavan —según dicen— 2000 sábanas y 5000 toallas de baño al día. Viven en camarotes compartidos y sus contratos son de breve duración. “Trabajo siete meses seguidos y luego descanso. Es fatigoso, pero es bueno tener trabajo”, afirma Viraj, un indio que cada día se ocupa de la limpieza de una veintena de camarotes de un largo y estrecho pasillo que cuenta con un centenar de ellos. “Hay quien tiene un día de descanso a la semana, otros no. Es legal”. “En mi país, me pagarían 550 euros, frente a los 1500 de aquí —cuenta, satisfecho, Manuel—. Otros ganan menos, depende del puesto de trabajo”. La mayoría de los empleados prefieren no decir cuál es su sueldo. Registrado en Panamá —un pabellón de conveniencia—, este barco de la naviera italo-suiza no está sujeto a excesivas cortapisas en materia de derecho laboral.

Viraj, que suda la gota gorda, anticipa la llegada a Venecia: “Es en esta escala en la que más trabajo tengo”. Mientras los nuevos llegados se suben al buque desde pequeñas embarcaciones, los pasajeros que lo abandonan son trasladados en autobús al puerto de Venecia-Marghera, entre grúas y petroleros. El MSCArmonia, como todos los demás barcos de su calibre, han sido acusados de poner en peligro la laguna y tienen prohibido el acceso al centro histórico desde 2021. “Vuelta a la realidad y al calor sofocante”, se lamenta Paul al desembarcar. En La Serenísima, atestada de turistas y góndolas, un movimiento local protesta por la futura boda veneciana del fundador de Amazon, Jeff Bezos, y la presentadora de televisión Lauren Sánchez… La ceremonia acabó celebrándose a finales de junio. La mayoría de los invitados acudieron en avión privado.

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