Entrevista con Claire La Berge (sinpermiso), 6 de Julio de 2025

La historia de la humanidad no es solamente la historia de la lucha de clases, sino también la historia de nuestra relación con los gatos. No es una boutade de Leigh Claire La Berge, autora de Marx para gatos (Akal, 2025): los gatos aparecen, tanto de forma literal como metafórica, en las biografías de personajes como Lenin o Walter Benjamin. El único requisito para adentrarse en esta relectura filosófica es entender la palabra gato de forma laxa: Cristo fue un león, Robespierre un tigre y luego había personajes como Rosa Luxemburgo o Mahoma que tenían gatos. Hay todo un panteón de figuras mitificadas y “felinizadas” que aparecen en el libro. De hecho, los gatos también sirven como metáfora del idealismo alemán y el aullido de gato fue una metáfora para describir el ensimismamiento capitalista de Europa, por no hablar de Pipino El Breve, que consolidó su reputación al someter a un león ensangrentado que se había enfrentado a un toro en una ceremonia. En definitiva, los felinos son símbolos inagotables de poder y subversión, de imperialismo y resistencia.
ANDRÉS LOMEÑA: Marx escribió Escorpión y Félix, una novela de juventud que dejó incompleta, así que pensé que el escorpión sería el animal más marxista y su aguijón sería el símbolo de la violencia como comadrona de la historia. Tras leer su libro, es evidente que estaba equivocado. ¿Cuándo dio su Tigersprung, su metafórico salto de tigre en el que aparece la inspiración y una visión filosófica nítida?
LEIGH CLAIRE LA BERGE: Es una pregunta muy interesante: nunca he pensado en mi propio Tigersprung. Supongo que no fue uno, sino muchos. Soy profesora y empleo mucho tiempo explicando conceptos a los estudiantes. Antes de este libro había publicado Salarios contra obras de arte, que trata sobre el hecho de que en Estados Unidos la mayoría del trabajo del sector cultural se hace sin ninguna remuneración o está muy mal pagado. Tras ese libro, me pidieron hablar con cierta frecuencia de economía a los artistas. Me di cuenta de que estaban muy interesados en el marxismo, pero necesitaban ayuda para entender algunas de sus ideas básicas. Mi pareja es artista y sugirió que deberíamos hacer algunas clases en vídeo en las que explicara conceptos económicos a los artistas. Le dije que no podría hacerlo; empecé a cansarme de oírme a mí misma explicando cosas. Y luego ella dijo (y ese es el momento del salto de tigre): “¿Y si le explicaras esos conceptos a un grupo de gatos?” Fue lo más divertido que he hecho explicando algo a alguien. Puedes ver los vídeos aquí: https://vimeo.com/marxforcats
Con esos vídeos, una editorial de arte nos preguntó si podríamos adaptarlo a libro. Le dije que no creía que fuera posible, pero fue una época muy extraña porque empezó la pandemia. Estaba atrapada en casa y pensé: ¿qué pasaría si rastreara casos en la historia de la economía política que incluyeran un felino y un concepto económico? ¿Qué ocurriría? Así surgió Marx para gatos.
A.L.: Gracias a la escritora Kristen Roupenian, un tipo con gatos puede representar la masculinidad tóxica. Sin embargo, su obra amplía el significado de los gatos porque los felinos pueden tener un rol tan versátil como ambiguo. Parafrasea la máxima atribuida a Jameson o Zizek para decir que es más fácil imaginar el fin del mundo que el “principio” del capitalismo. ¿Qué quiere decir con esa sentencia?
L.C.L.B.: Bueno, lo que Jameson-Zizek dijeron (nadie encuentra la cita exacta; ellos se la atribuían el uno al otro) es que es más fácil imaginar el mundo que el fin del capitalismo. Por una parte, ¡cuánto nihilismo! ¿Son así las políticas de izquierda? Que nadie pueda imaginar un cambio que no sea la aniquilación. Por otra parte, quería volver a una época en la que la gente pensara de forma totalmente diferente sobre los animales, la política o las transacciones económicas. Y la Edad Media fue verdaderamente otra época. Marx alude a cierta animalidad en ese periodo: “La Edad Media constituye la historia animal de la humanidad, su zoología”. Me interesé por cómo se pensaba en los animales en este periodo y se hizo, creo, con un considerable respeto y aprecio. Eso no siempre fue así con determinados animales. Los gatos fueron perseguidos por su supuesto poder diabólico y se los imaginaba como criaturas feroces y fantásticas en una era de guerra permanente. Desde las bestias más grandes a las más diminutas, los primeros siglos de la etapa feudal giraron en torno a todo tipo de gatos, como atestiguan los bestiarios, el género literario más famoso de aquella época. Luego, cuando el capitalismo llegó y cambiaron tantas cosas, algo permaneció igual: el rol de los gatos como agentes subversivos.
A.L.: En su recorrido histórico, la descripción de figuras históricas como George Washington es demoledora, ya que llega a llamarlo genocida, una palabra que desgraciadamente vuelve a estar en la actualidad política. ¿Quiénes son los felinos más traviesos de nuestra historia?
L.C.L.B.: ¡Esta pregunta es difícil porque hay muchos! George Washington tiene un prestigio histórico enorme en Estados Unidos; guió al ejército revolucionario que derrotó a los británicos y llegó a ser el primer presidente del país (de hecho, crecí en una calle que llevaba el nombre de su plantación de esclavos: se llamaba Mount Vernon Lane). Y sí, fue propietario de esclavos, como muchos de los fundadores de los Estados Unidos. También fue un genocida. Estados Unidos se construyó sobre un montón de naciones indígenas; obligaron a la mayoría de ellas a desplazarse al oeste y luego fueron destruidas. Cuando leo sobre George Washington en los archivos, algo que surge una y otra vez es que torturaba animales: fue responsable del ahorcamiento masivo de los perros de sus esclavos. En cierto modo, esto no es sorprendente. Leer historia económica y política es leer sobre formas individuales y sociales de violencia. Lo que quería dejar claro es que la violencia a menudo se ejerce sobre los animales también. El imperialismo no solo destruye personas y naciones, sino ecosistemas y especies. Así que, en cierto sentido, los propietarios, los grandes y pequeños capitalistas, muchos de los cuales forman parte del registro imperial, son de lo peor que hay.
A.L.: Como profesor, lamento enterarme en clase de leyendas urbanas como el de los areneros de gatos en las escuelas [bulo extendido por varios países con una agenda tránsfoba y extremista de derechas). Cuento esto porque me imagino que ataques parecidos han existido siempre. Al bueno de Thomas Paine lo llamaban “follagatos”. ¿Cómo se relaciona su historia felina con los movimientos feministas, animalistas o LGTBI?
L.C.L.B.: Ya sabes, cuando miramos en el registro histórico, las personas que han sido perseguidas por su asociación con los gatos es consistente durante los últimos ochocientos años aproximadamente: judíos, filósofos, mujeres y vegetarianos cayeron en desgracia por asociación felina en algún momento. Podríamos agrupar a estos sujetos desdeñados en el medievo con la etiqueta de “herejes”, y aunque la Edad Media fue muy distinta en términos económicos, advertiremos una notable continuidad en cuanto a la elección de a quién se persigue. ¿A quiénes exactamente quemaban en la hoguera? A campesinas, brujas, gatos, sodomitas (en un sentido amplio), judíos, vegetarianos, trabajadoras sexuales…
Tal y como sostengo en el libro, las categorías heréticas a menudo se solapan. Las campesinas cuidaban de los gatos; los judíos hacían magia con gatos; los sodomitas tenían relaciones sexuales con gatos. A veces las brujas también. Los vegetarianos eran respetuosos con los animales en general, pero también lo eran quienes practicaban la zoofilia. Los judíos usaban gatos para burlarse del cristianismo, pero la brujería también era una burla. El sexo con judíos a veces se consideraba zoofilia, ya que a menudo se los consideró animales. “La iglesia insistió en que, como los animales no tenían alma y eran un simple reflejo del poder de dios, estudiarlos no era ni útil ni deseable para la salvación. Tener mucho interés en ellos se acercaba a la idolatría”, observó el académico Robert Fossier. Se podría decir, de forma un tanto inapropiada en términos históricos, que esas categorías reflejaban una criminalización felinocéntrica. De hecho, en torno a 1700, las prisioneras se llamaban “gatas del infierno” en Inglaterra. ¿Ha cambiado algo? Sí, pero no mucho. Piensa en la expresión “la loca de los gatos” que usó el vicepresidente J.D. Vance durante la campaña presidencial de 2024.
Los gatos como representaciones del desorden social forman todo un género, con varios siglos de antigüedad, que diagnostica el característico exceso de trabajo capitalista. Slavoj Zizek confirmó esta asociación felina al decir: “Los gatos son perezosos, malvados, explotadores… por lo que, si yo estuviera en el gobierno, gravaría con impuestos muy altos a quien tuviera gatos”. Si el reconocido rechazo de los gatos a trabajar para otros es el horizonte hacia un mundo postlaboral o un obstáculo para alcanzarlo es seguramente una de las cuestiones centrales de mi libro. Queda sin respuesta porque esas investigaciones no se pueden responder individualmente ni por adelantado. Podrán explorarse, al menos en parte, de forma retrospectiva. Al fin y al cabo, comprender la ambición y ambivalencia que hay tras los múltiples usos de las cosas es, como dice Marx, la función de la historia. Es hora de incluir a los gatos en ese panteón.
A.L.: Para terminar, ¿qué imagen, cuadro o escultura ilustraría bien nuestra conversación?
L.C.L.B.: A ver qué te parece esta…

Leigh Claire La Berge es profesora en el Borough of Manhattan Community College de la Universidad de la Ciudad de Nueva York y autora de varios libros. El último es «Marx para gatos» (Akal, 2025)
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