Jan Radomski (Le Monde Diplomatique), 2 de Julio de 2025
La elección del ultraconservador Karol Nawrocki como presidente de Polonia atestigua una fuerte polarización política y el auge de la ultraderecha en el país. La posibilidad con la que cuenta el jefe de Estado de recurrir al derecho de veto augura unas relaciones desapacibles con el liberal y eurófilo primer ministro Donald Tusk, de vuelta en el poder desde 2023.
ROMAN CIEŚLEWICZ. — Cartel realizado para el teatro de Wrocław, 1975
Un año y medio después de perder las elecciones legislativas, el partido ultraconservador Ley y Justicia (PiS, por sus siglas en polaco) ha conservado la presidencia de la república tras la ajustada victoria (50,9% de los votos) de Karol Nawrocki, que sucederá en el cargo a Andrzej Duda. El fracaso del alcalde de Varsovia, Rafal Trzaskowski, que contaba con el apoyo de Coalición Cívica y del presidente del Consejo de Ministros Donald Tusk, puede complicar la cohabitación en las altas esferas del poder y bloquear las principales reformas del Gobierno liberal surgido de una alianza que abarca desde el centroderecha a la izquierda. Tanto más por cuanto la primera vuelta estuvo señalada por el éxito de candidatos aún más a la derecha que el del PiS, como Slawomir Mentzen, de la agrupación de ultraderecha Konfederacja (‘Confederación’), que recabó el 14,8% de los votos, o el monárquico Grzegorz Braun, que se hizo con el 6,3%.
Ante el temor de verse adelantado por la derecha, Ley y Justicia tal vez opte por alejarse de la línea “social” que inspiró varias de las leyes aprobadas entre 2015 y 2023. Su medida estrella sigue siendo el programa “500+”, una prestación familiar mensual de 500 zlotys (113 euros) en el momento de su creación en 2016 y que asciende hoy a 800 zlotys (187 euros) por niño, al margen de los ingresos de los que dispongan las familias. La victoria de Nawrocki señala el creciente poder de una tendencia más liberal en el interior del PiS. De ello dan fe sus declaraciones durante la campaña electoral, así como sus promesas de exenciones fiscales para los más ricos o su oposición al impuesto sobre bienes inmuebles. Antes de la segunda vuelta, el candidato ultraconservador hizo suyas algunas de las propuestas de Mentzen, como su rechazo a imponer nuevos impuestos o a promulgar cualquier ley que afecte a los negocios, así como al envío de tropas a Ucrania o respaldar la adhesión de este país a la OTAN.
Habida cuenta de su posicionamiento político, puede que resulte sorprendente el apoyo que han ofrecido a Nawrocki más del 80% de los agricultores, el 69,3% de los obreros y el 64,3% de los desempleados (1). El desglose de resultados de la primera vuelta es aún más elocuente: los candidatos de izquierda Magdalena Biejat (4,23% para Izquierda Juntos) y Adrian Zandberg (4,86% para Juntos) obtuvieron un apoyo marginal en esta franja del electorado, que prefirió con mucho a Mentzen pese a sus propuestas de privatizar la educación e instaurar un sistema fiscal extremadamente desfavorable para los más pobres.
¿Cómo se explica este deslizamiento de las clases populares hacia la derecha? La frontera entre los electorados de ambos candidatos reproduce en gran parte la que separa a los ganadores y los perdedores del periodo de transformación del comunismo al capitalismo que sucedió a 1989. Los liberales destacan los logros de dicho proceso. El Gobierno de Donald Tusk —que también fue presidente del Consejo Europeo—, por ejemplo, se felicitó por la portada del semanario The Economist, que titulaba así su número del pasado 24 de marzo: “El extraordinario auge de Polonia”.
Varios indicadores apuntan, en efecto, a un éxito en términos macroeconómicos. Según el Banco Mundial, el producto interior bruto (PIB) en paridad de poder adquisitivo ajustado a la inflación se ha multiplicado por 3,5 desde 1989 (en Francia o Alemania, por ejemplo, lo ha hecho por 1,6). Pero esas cifras ocultan el sufrimiento de muchos sectores sociales olvidados en el paso a la economía de mercado, como los trabajadores de las explotaciones agrícolas estatales o de las fábricas manufactureras. Aunque en la actualidad la tasa de desempleo se encuentra a un nivel muy bajo (2,7%), fue superior al 10% durante décadas y en 2002 llegó a superar el 20%.
“Terapias de choque”
El abandono de los obreros fue especialmente doloroso por el hecho de que la caída del régimen comunista había sido iniciada por Solidarność, un movimiento sindical que había presentado una serie de reivindicaciones sociales durante las grandes huelgas de 1980. Pero, en la década de 1990, los trabajadores fueron dejados de lado tanto por los políticos vinculados con Solidarnosc como por una clase media cada vez más acomodada e incluso por la Iglesia católica, que por boca del papa Juan Pablo II dijo: “El mercado libre es la herramienta más eficaz para usar los recursos y satisfacer las necesidades” (2).
Vapuleadas por las “terapias de choque”, las clases populares se dirigieron primero hacia la izquierda poscomunista, que ganó las elecciones parlamentarias en 1993. Entre 1995 y 2005, los polacos incluso eligieron para ocupar la presidencia de la república a Aleksander Kwaśniewski, líder socialdemócrata y antiguo miembro del Partido Obrero Unificado Polaco (POUP, comunista) antes de 1989. Pero los partidos de izquierda olvidaron su base electoral para hacer de la entrada en la OTAN y en la Unión Europea su objetivo prioritario. El primer ministro de 2001 a 2004, Leszek Miller —también él antiguo miembro del POUP y fundador de Alianza de la Izquierda Democrática—, sigue jactándose de la introducción de un impuesto a las rentas de capital con un tipo fijo del 19%: una especie de escudo fiscal en beneficio de los más ricos.
El abandono de los obreros
Simultáneamente, la situación de numerosos sectores sociales cobraba tintes dramáticos. En 1992, el 32,4% de la población vivía bajo el umbral de la pobreza, una proporción que llegó al 57% en 2002: 22 millones de personas. Entre 1996 y 2001, el porcentaje de población que no podía satisfacer sus necesidades biológicas básicas pasó del 4,3% al 9,5%. Para muchos —especialmente los jóvenes— la única salida era abandonar el país: más de 2,5 millones de polacos se fueron a trabajar al extranjero. La emigración masiva redujo el paro y aportó los ingresos de las remesas, pero también profundizó la fragmentación de la sociedad. En 2020, el 4,1% de la población se identificaba con el estrato social inferior, el 5,2%, con la clase obrera. Y nada menos que el 50,9% de las personas consultadas se juzgaban pertenecientes a la clase media (3).
La derecha conservadora ha sabido dirigirse a una parte de la población que se sentía despreciada poniendo el énfasis en la tradición. La superioridad moral se convirtió, así, en un sustituto del ascenso social. No obstante, no es posible explicar su éxito solo sobre la base de un determinado discurso: las políticas realizadas para mejorar el poder adquisitivo también han pesado en la balanza electoral. Ley y Justicia, en efecto, ha sido el primer partido que ha renunciado a una política liberal en favor de cierta redistribución de los ingresos.
Por paradójico que parezca, el advenimiento del capitalismo se logró gracias a grandes huelgas. Pero el descrédito en el que ha caído esta forma de lucha —y el mundo social que la emprendía— ha alimentado un fuerte sentimiento de traición y ha acabado por destruir la clase obrera polaca en cuanto actor político. La derecha ultraconservadora ha conseguido ocupar el espacio que ha dejado vacío. Todo esto nos lleva a una pregunta complicada: el paso a la economía de mercado y la democracia, ¿realmente ha sido un éxito, tal y como se presenta en Polonia y otras partes del mundo?
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