Gaceta Crítica

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La proliferación nuclear no puede evitarse a fuerza de bombas

Mohamed El Baradei (Project Syndicate), 2 de Julio de 2025

VIENA – En 1966, Estados Unidos, la Unión Soviética, el Reino Unido, Francia y China no solo eran los únicos países que poseían armas nucleares, sino que también tenían la sabiduría suficiente para reconocer los peligros que planteaba la proliferación nuclear. A pesar de sus muchas y profundas diferencias políticas, llegaron a un consenso para detener la ulterior diseminación de “armas nucleares u otros artefactos explosivos nucleares”.

En virtud del resultante Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP) de 1970, los estados no nucleares acordaron no fabricar armas nucleares y aceptar las salvaguardas del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) en todas sus actividades nucleares. A cambio, los cinco estados poseedores de armas nucleares se comprometieron a negociar “de buena fe medidas eficaces relativas a la cesación de la carrera de armamentos nucleares… y al desarme nuclear”.

Con 191 signatarios, el TNP es el acuerdo internacional más ampliamente adoptado después de la Carta de las Naciones Unidas. Los únicos países que no se adhirieron fueron India, Pakistán e Israel. Todos ellos desarrollaron armas nucleares. Corea del Norte, que inicialmente se adhirió al tratado, se retiró posteriormente para construir su propio arsenal nuclear.

Los cinco estados poseedores de armas nucleares originales no cumplieron su parte del trato respecto al desarme. Al contrario, han utilizado la IA y otras tecnologías para modernizar sus arsenales. Las cabezas nucleares del mundo suman más de 12.000 y se han convertido en el signo preeminente del poder y del prestigio de un país.

Basta con escuchar a los dirigentes rusos. A lo largo de su guerra en Ucrania, han blandido su arsenal nuclear como insignia de invencibilidad. Saben que el riesgo de un holocausto nuclear disuadirá a todas las demás potencias de desafiarlos de manera directa. Del mismo modo, debido a que Corea del Norte se ha dotado de armas nucleares, Estados Unidos ha adoptado una estrategia más suave al tratar con ella, basándose en la diplomacia y los incentivos económicos. En Libia, por el contrario, Muammar al-Qaddafi accedió a abandonar su programa nuclear incipiente y acabó muerto, tras una campaña aérea de la OTAN contra su régimen.

Una de las lecciones que se han aprendido en las últimas décadas es que los estados poseedores de armas nucleares no tienen intención de desarmarse del todo. Peor aún, en la actualidad solo existe un tratado de control de armas nucleares entre Rusia y Estados Unidos (el Nuevo START), que expirará el próximo mes de febrero. La disuasión más poderosa para cualquier estado es la posesión de armas nucleares o la pertenencia a una alianza que ofrezca un paraguas nuclear (como la OTAN). Alrededor de 30 estados poseen armas nucleares o disfrutan de este tipo de protección. Al resto del mundo, mientras tanto, solo le cabe esperar que las potencias nucleares se comporten de la mejor manera posible.

La situación es especialmente tensa en Oriente Medio, una región plagada de guerras, violencia, inestabilidad y una falta de acuerdos integrales en materia de seguridad. Si a esto le sumamos el hecho de que Israel es el único estado de la región que dispone de armas nucleares, la inseguridad es crónica.

El comodín, por supuesto, ha sido Irán, un país que ha sufrido violencia y tumultos desde la década de 1950, cuando un golpe organizado por Estados Unidos y el Reino Unido derrocó al primer gobierno del país elegido democráticamente. En la década de 1980, Irak invadió Irán con el apoyo de potencias occidentales y países vecinos decididos a aplastar su régimen islamista incipiente. Tras ocho años de una violencia brutal, en los que Irak desplegó numerosas armas químicas, la República Islámica llegó a la conclusión previsible de que necesitaba dominar la tecnología de las armas nucleares. Sin embargo, según el OIEA, Estados Unidos y otras agencias de inteligencia, ese programa terminó esencialmente en 2003.

Durante los últimos 20 años, el desafío ha sido conseguir que Irán confiese sus actividades no declaradas en el pasado. Tras un período de sanciones, el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, decidió recurrir a la diplomacia. La idea era utilizar incentivos económicos y diversas medidas técnicas para impedir que Irán desarrollara armas nucleares y presionarlo para que revelara sus actividades nucleares pasadas no declaradas. Estas eran las principales características del Plan Integral de Acción Conjunta (JCPOA, por sus siglas en inglés), que Irán y los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (China, Rusia, Francia, Reino Unido y Estados Unidos), más Alemania y la Unión Europea, firmaron en 2015.

Este marco funcionaba según lo previsto, con pleno cumplimiento por parte de Irán, hasta que el presidente Donald Trump retiró abruptamente a Estados Unidos del acuerdo en 2018. Argumentando que el JCPOA era solo una medida provisional, insistió en un acuerdo que controlara no solo el programa nuclear de Irán, sino también sus actividades “perturbadoras” en Oriente Medio (como su apoyo a Hamas, Hezbollah y los hutíes en Yemen). Como resultado de ello, Irán se negó a poner en práctica algunas de las principales medidas de inspección del JCPOA y comenzó a enriquecer uranio hasta un nivel cercano al de armamento.

Durante el mandato de Joe Biden como presidente, Estados Unidos intentó sin éxito reactivar el JCPOA. Cuando Trump regresó a la Casa Blanca este año, exigió que Irán “renunciara” por completo a su derecho de enriquecimiento. Tras unas cuantas rondas de conversaciones desganadas entre Estados Unidos e Irán, Israel y Estados Unidos, a falta de pruebas creíbles de un programa de armas nucleares, lanzaron su ataque ilegal contra objetivos nucleares y militares iraníes. El objetivo aparente era destruir todas las instalaciones del ciclo de combustible nuclear iraní, aunque también se han oído murmullos sobre la posibilidad de provocar un cambio de régimen en Irán -un duro recordatorio de la justificación de las intervenciones militares igualmente ilegales en Irak y Libia.

La causa fundamental de la proliferación nuclear es la sensación de inseguridad de un estado o su aspiración a aumentar su poder e influencia. El interés de Irán por la capacidad nuclear se debe a su deseo de evitar injerencias extranjeras, a su sensibilidad ante el desequilibrio de seguridad en la región y a su deseo de ser reconocido como potencia regional. Lejos de frenar sus ambiciones nucleares, es muy probable que el uso de la fuerza y la humillación refuercen su determinación. Lo vimos en Irak después de que Israel destruyera su reactor de investigación en 1981.

La única solución a la proliferación nuclear en Oriente Medio es entablar un diálogo basado en el respeto mutuo, en garantías de seguridad significativas (que pueden lograrse mediante estrictos protocolos técnicos y de inspección) e incentivos económicos (ya sea la amenaza de sanciones o la promesa de levantarlas). En otras palabras, resolver la cuestión nuclear iraní demandará, en última instancia, volver a un acuerdo similar al JCPOA, aunque de duración ilimitada, quizá complementado con un acuerdo sobre el alcance del programa de misiles iraní.

Abordar los desafíos de larga data para la paz y la seguridad en todo Oriente Medio también requerirá, en última instancia, de un acuerdo integral que aborde la cuestión palestina, las armas nucleares de Israel y las necesidades de desarrollo económico y social. Una paz justa y una arquitectura de seguridad inclusiva son las mejores defensas contra la proliferación nuclear. Puesto que el conocimiento no se puede “borrar”, bombardear el camino hacia un acuerdo resultará invariablemente contraproducente, con la amenaza de acercar a nuestro mundo un paso más hacia el Armagedón nuclear.

Mohamed ElBaradei, Director General Emérito de la Agencia Internacional de la Energía Atómica y también fue Vice presidente de Egipto. Premio Nobel de la Paz en 2005.

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